Cristina y Roberto 10
La jaula de acero aprisiona su deseo, pero es la mirada de Pedro lo que realmente lo quema. Juani no solo controla su cuerpo, sino que decide hasta cuándo puede resistir. Esta noche, la sumisión tiene un precio que Roberto nunca imaginó pagar.
El sábado por la tarde, la mansión de Juani estaba envuelta en una calma engañosa. El sol se filtraba a través de las cortinas de encaje, proyectando patrones de luz sobre la alfombra persa que cubría el suelo del salón. Roberto, aún vestido con el ajustado vestido de encaje que Sofía le había puesto esa mañana, estaba de rodillas en el centro de la habitación, su cabeza gacha y sus manos apoyadas sobre los muslos. La jaula de castidad que aprisionaba su miembro era un recordatorio constante de su sumisión, y sus testículos, hinchados por la prolongada abstinencia, palpitaban con un deseo frustrado. Juani, sentada en un sillón de cuero, observaba a su esclavo con una sonrisa satisfecha, mientras Pedro, su marido, se reclinaba en un sofá cercano, su mirada cargada de una mezcla de curiosidad y diversión.
—¿Listo para lo que viene, Roberto? —preguntó Juani, su voz suave pero cargada de autoridad. Su tono no admitía réplica, solo sumisión.
Roberto levantó la cabeza, sus ojos encontrándose con los de Juani. La humillación que sentía al estar vestido de mujer frente a Pedro era casi insoportable, pero sabía que cualquier resistencia sería inútil. —Sí, Juani —murmuró, su voz ronca por la vergüenza.
Pedro, que hasta entonces había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante, su expresión traviesa. —Deberías hacer que se ponga de pie, Juani. Así podremos ver mejor su cuerpo feminizado. Y tal vez... —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—...podrías jugar un poco con su maquillaje. Aún se ve demasiado... natural.
Juani rió, un sonido bajo y gutural que resonó en la habitación. —Excelente idea, Pedro. Roberto, levántate y acércate al espejo. Vamos a asegurarnos de que estés perfectamente presentado para lo que viene.
Roberto se puso de pie con lentitud, cada movimiento un recordatorio de su situación. Caminó hacia el espejo de cuerpo completo que estaba en un rincón de la habitación, sus tacones altos resonando en el suelo de madera. Juani se acercó, llevando consigo un estuche de maquillaje que había preparado especialmente para la ocasión. Con manos expertas, comenzó a retocar el rostro de Roberto, enfatizando sus rasgos feminizados. El rubor en sus mejillas, el brillo en sus labios y el delineado de sus ojos lo transformaron aún más, borrando cualquier rastro de su identidad masculina.
—Perfecto —dijo Juani, dando un paso atrás para admirar su obra. —Ahora, Roberto, quiero que te des la vuelta y te inclines sobre el sofá. Es hora de que Pedro tenga una mejor vista.
Roberto obedeció, su cuerpo temblando ligeramente mientras se posicionaba como se le había ordenado. El vestido se ajustó a sus curvas, dejando al descubierto la parte superior de sus muslos y la jaula de castidad que aprisionaba su miembro. Pedro se acercó, su mirada recorriendo el cuerpo de Roberto con una mezcla de fascinación y burla.
—Impresionante, Juani —comentó Pedro, su voz cargada de aprobación. —Nunca pensé que Roberto podría verse tan... femenino.
Juani sonrió, su mano posándose en la cadera de Roberto. —Y esto es solo el comienzo. Ahora, Roberto, quiero que te relajes. Vas a sentir cosas que nunca has sentido antes.
Sin decir más, Juani se movió detrás de Roberto, sus manos deslizándose sobre la piel suave de sus muslos. Con un movimiento fluido, sacó un tubo de lubricante de su bolsillo y comenzó a aplicarlo en la entrada de Roberto, sus dedos masajeando el área con una mezcla de firmeza y delicadeza. Roberto contuvo un gemido, su cuerpo tensándose ante la anticipación.
—Relájate —susurró Juani, su aliento caliente en el oído de Roberto. —No quiero que te lastimes.
Con cuidado, Juani introdujo un dedo en el cuerpo de Roberto, preparándolo para lo que vendría. Roberto mordió su labio inferior, luchando por mantener el control mientras su cuerpo respondía a la invasión. Juani añadió un segundo dedo, moviéndolos con un ritmo lento y constante, dilatando el esfínter de Roberto y preparándolo para el strapon que yacía sobre la mesa cercana.
Pedro, que había regresado a su asiento, observaba con una mezcla de fascinación y diversión. —¿No crees que deberías jugar un poco con sus testículos, Juani? Están tan hinchados... debe estar al borde de la locura.
Juani sonrió, su mano libre deslizándose hacia la jaula de castidad de Roberto. —Buena idea, Pedro. Roberto, ¿te gustaría que jugara con tus bolas? ¿Te gustaría sentir un poco de alivio?
Roberto, cuyo cuerpo estaba al límite de la sensibilidad, asintió con la cabeza, incapaz de formar palabras. Juani comenzó a masajear sus testículos a través de la jaula, sus dedos presionando y frotando con una mezcla de firmeza y suavidad. Roberto gimió, su cuerpo arqueándose ligeramente mientras el placer y la frustración se entremezclaban en una tormenta de sensaciones.
—Ahora —dijo Juani, su voz firme pero cargada de promesa, —es hora de que conozcas mi strapon.
Se movió frente a Roberto, el strapon ya en su lugar, su forma fálica brillando bajo la luz. Con un movimiento fluido, guió la punta hacia la boca de Roberto, quien abrió los labios sin dudarlo, aceptando el objeto con una mezcla de sumisión y deseo. Juani comenzó a mover la cadera, penetrando la boca de Roberto con un ritmo constante, su mano en la nuca de Roberto para controlar la profundidad.
Roberto jadeó alrededor del strapon, sus ojos cerrados mientras intentaba procesar las sensaciones que lo inundaban. El sabor del látex, la presión en su garganta y el sonido de Juani respirando pesadamente detrás de él creaban una sinfonía de humillación y placer.
—Ahora —dijo Juani, retirando el strapon de la boca de Roberto, —es hora de que sientas el verdadero poder.
Con un movimiento decidido, Juani se posicionó detrás de Roberto, alineando el strapon con su entrada preparada. Con un empuje firme, penetró a Roberto, su cuerpo uniéndose al de su esclavo en un acto de dominación absoluta. Roberto gimió, su cuerpo temblando mientras el strapon llenaba su interior, estirando sus músculos y llevándolo al límite de su resistencia.
Juani comenzó a moverse, su ritmo lento al principio, pero aumentando gradualmente en intensidad. Cada embestida enviaba ondas de placer a través del cuerpo de Roberto, mezclándose con la frustración de su jaula de castidad y la humillación de estar siendo follado como una mujer frente a Pedro.
—¿Te gusta, Roberto? —preguntó Juani, su voz ronca por el esfuerzo. —¿Te gusta sentir mi strapon en tu culo?
Roberto, incapaz de formar palabras, asintió con la cabeza, su cuerpo arqueándose con cada embestida. Pedro, que había estado observando en silencio, se acercó, su mano posándose en el hombro de Roberto.
—Juani —dijo Pedro, su voz cargada de sugerencia, —¿por qué no le das una opción a Roberto? Podrías ofrecerle quitarle la jaula si... —hizo una pausa, como si disfrutara del momento—...si le chupa la polla.
Juani sonrió, su ritmo no disminuyendo. —Excelente idea, Pedro. Roberto, ¿te gustaría correrte? ¿Te gustaría sentir el alivio que tanto anhelas?
Roberto, cuyo cuerpo estaba al borde del colapso, asintió con desesperación. —Sí, Juani. Por favor.
—Entonces —dijo Juani, su voz firme pero cargada de promesa, —todo lo que tienes que hacer es chuparle la polla a Pedro. Si lo haces, te quitaré la jaula y podrás correrte.
Roberto, cuyo mundo se había reducido a las sensaciones que lo inundaban, vaciló. La idea de chuparle la polla a Pedro, de cruzar esa línea que había mantenido intacta durante tanto tiempo, lo llenó de una mezcla de terror y deseo.
—No —murmuró, su voz apenas audible.
Juani sonrió, su ritmo no disminuyendo. —Estoy segura de que cambiarás de opinión antes de que termine el fin de semana, Roberto. Pero por ahora... —dijo, aumentando la intensidad de sus embestidas, —disfruta de lo que te estoy dando.
Roberto, atrapado en un torbellino de emociones y sensaciones, no pudo hacer otra cosa más que obedecer. Su cuerpo, su mente y su alma pertenecían a Juani, y ella lo estaba llevando a lugares que nunca había imaginado. Y mientras el placer y la humillación lo consumían, supo que este era solo el comienzo de un fin de semana que cambiaría su vida para siempre.
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