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Compañeros - Capítulo 5: Madrugar demasiado

Miguel cree estar solo mientras se masturba frente a la pantalla. Pero Luis ya está despierto, observando cada movimiento desde la cama. Lo que comienza como un acto privado se convierte en el detonante de un deseo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.

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Capítulo 5 — Madrugar demasiado

La luz entraba a cuchillo por entre las rendijas de la persiana. El ventilador giraba lento. Fuera, Madrid ya hervía, aunque apenas pasaran las diez de la mañana.

Miguel se despertó solo, sudado, con la almohada hecha un asco y el pelo pegado a la frente. Miró hacia la cama de al lado. Luis seguía KO, con el pecho al aire, una pierna colgando fuera del colchón y la sábana hecha un lío entre sus muslos.

Miguel se sentó en la cama, bostezó, se frotó la cara.

No tenía ganas de desayunar. Ni de ducharse.

Tenía ganas de estar tranquilo.

Se puso las gafas, se quedó con el pantalón de pijama puesto, sin camiseta, y se sentó en el escritorio. La espalda al descubierto, los hombros marcados, el cuerpo largo y blanco aún con marcas de las sábanas. Abrió el portátil. Libretas. Apuntes de estructuras. Arquitectura básica. Lo de siempre.

Estudió en silencio durante un rato.

Luis no se movía.

Y, poco a poco, el calor y el tedio empezaron a jugarle malas pasadas. Una escena de la noche anterior. Un escote. Una risa. La forma en que esa chica le había tocado el hombro al hablarle. El roce de una pierna. Una mirada.

Y algo empezó a moverse.

Se rascó la entrepierna sin pensar. Luego volvió a hacerlo. Se estaba empalmando, despacio, sin prisa, pero con decisión. Notaba la presión contra la tela fina del pantalón. La polla se le ponía dura. Y el cuerpo se lo pedía.

Miró de reojo.

Luis seguía dormido, boca arriba ahora, respirando por la boca.

Miguel suspiró, bajó el volumen del portátil, y sacó el móvil. Auricular derecho. Vídeo rápido. Una chica encima, tetas grandes, movimientos lentos, gemidos bajos. Nada raro. Justo lo que necesitaba.

Se metió la mano bajo el pantalón y se la sacó. Estaba ya medio tiesa, gruesa, pesada. La cogió con una mano, con cuidado de no mover la silla. Empezó a hacerse una paja, lento, con ritmo suave. El glande estaba brillante, húmedo. La piel subía y bajaba con naturalidad. Se mordía el labio, sin hacer ruido.

Estaba tan metido en lo suyo que no notó que Luis ya se había despertado.

Luis abrió los ojos sin saber por qué. Un calor raro en el cuerpo, algo que le decía que se había roto el silencio. Lo primero que vio fue la espalda de Miguel, y luego… el movimiento.

Tardó un segundo en entender qué estaba pasando.

Miguel se la estaba cascando. Sentado en la silla. Pantalón medio bajado. El móvil apoyado entre las piernas. Y la polla —larga, gorda, roja— deslizándose entre sus dedos con un ritmo lento, serio, muy concentrado.

Luis se quedó quieto.

No por miedo. No por vergüenza.

Por lo que le estaba pasando a él mismo.

Se le estaba poniendo dura. Sin tocarse. Solo por mirar. Notaba cómo le latía en los calzoncillos, cómo le subía el calor por el pecho.

No dijo nada. Fingió que dormía.

Escuchaba los pequeños jadeos de Miguel, apenas respiraciones rotas. Veía cómo apretaba los muslos. Cómo tensaba los abdominales. Cómo la polla se le agitaba más rápido. Y, al cabo de unos segundos, lo vio parar de golpe, quedarse tieso, y correrse.

Un espasmo sordo. El semen salpicó por su vientre, espeso, caliente. Miguel jadeó en silencio y se quedó quieto, respirando fuerte.

Luis cerró los ojos. Se hizo el dormido. El corazón le iba a mil.

Miguel se limpió con papel, se subió el pantalón y cerró el portátil. Se tumbó en la cama, de lado, relajado. Ya estaba. Como si nada.

Luis esperó un par de minutos. Dejó pasar el momento. Notó su propia polla a punto de reventarle contra el calzoncillo.

Entonces se estiró y fingió despertarse con un bostezo flojo.

—¿Qué hora es?

—Las once y pico —dijo Miguel, con la voz ya normal.

—Uff. ¿Has dormido algo?

—Un poco. Me he puesto a estudiar un rato.

—¿Productivo?

—Más o menos —respondió Miguel, sin mirar.

Luis se levantó de la cama, notando cómo la erección seguía ahí abajo, viva, latente.

—Voy al baño —dijo, y cerró la puerta tras él.

Se bajó los calzoncillos en cuanto pudo. La polla le saltó hacia arriba, tiesa como una roca. Tenía los huevos cargados, el glande morado. La imagen de Miguel cascándosela no se le iba de la cabeza. La forma en que se había movido. La expresión de su cara. El sonido seco del final.

Se agarró la polla y empezó a pajeársela sin pensar, rápido, con rabia, con hambre. Respiraba por la boca, el cuerpo sudado, los pies firmes en el suelo. No necesitó ni un minuto. Se corrió con fuerza, dejando que el semen cayera en el lavabo, jadeando por dentro.

Apoyó las manos en el borde y se miró en el espejo.

—¿Qué coño me pasa?

Pero no dijo más.

Se lavó la cara, se duchó rápido.

Y al salir, sonrió como si nada.

—¿Vamos a por un café? —preguntó.

—Dale —respondió Miguel.

Y salieron. Como si nada.

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