Compañeros - Capítulo 11: La Casa Rural (II)
Jordi y Arnau creen que la noche se les escapa cuando las chicas de la fiesta los ignoran. Pero Lucille los espera en la oscuridad del sótano, con una propuesta que no pueden rechazar y una bañera llena de agua caliente.
Capítulo 11: La Casa Rural (II)
Serían alrededor de las dos de la madrugada cuando Miguel bajó de la habitación con una sonrisa floja en los labios y el pelo algo alborotado. Luis lo vio llegar desde el fondo del salón y, sin pensárselo, le lanzó una mirada cómplice.
—¡Ole ahí mi arquitecto!— gritó, chocando su mano con la de Miguel mientras Jordi y Arnau se reían y lo aplaudían sin mucha discreción.
Salieron los cuatro a fumar a la terraza trasera, alejados del bullicio. El frío serrano contrastaba con el calor que traían del interior, y las brasas de sus cigarros iluminaban sus caras en la penumbra.
—Venga, ¿entonces qué ha pasado, cabrón?— dijo Jordi, encendiendo un piti y pasándole fuego a Miguel—. Suelta ya, que estamos que nos morimos de curiosidad.
Miguel se quedó en silencio unos segundos, sonriendo mientras soltaba una calada lenta. Al principio titubeó, como si no supiera por dónde empezar, pero sus amigos lo miraban con atención, deseosos de escuchar cada detalle.
—Pues... ¡buah, tío! Fue muy loco. Al principio subimos a la habitación solo para estar tranquilos. Carlota me dijo que desde el primer día me había fichado, que le molaba mi rollo, que me veía diferente. Nos pusimos a hablar en la cama, tíos, y en menos de cinco minutos ya nos estábamos comiendo la boca. Estaba muy encima de mí, mordiéndome el labio, montada en mi cintura... y yo ahí con un calentón que no podía ni respirar.
—Vamos —dijo Arnau—, sigue, sigue.
Miguel se rió.
—Le quito el top, y no llevaba sujetador. Tenía unas tetas pequeñitas pero perfectas, tíos, con los pezones durísimos. Empecé a besarle el cuello, bajando por el escote... Ella gemía bajito, se me agarraba al pelo. Luego bajó ella sola, se arrodilló, me bajó los pantalones, y... flipa, se queda un segundo en silencio y dice "joder, Miguel". Me la empieza a chupar, lenta, usando la lengua como si me conociera de toda la vida. Me apoyé en la pared, cerré los ojos y...
—Tío, ¡cállate, me estás poniendo cachondo! —saltó Luis, todos rieron.
—Luego fue mi turno —siguó Miguel, riendo también—. La tumbé en la cama, le bajé las braguitas, y tenía el coño mojado ya, como esperándome. Me puse a comérselo, al principio torpe, pero ella me guiaba. "Ahí, ahí, así" me decía. Se corrió con la mano en mi cabeza, temblando.
Luis chascó la lengua.
—No me jodas, bro.
—Luego me puse el condón y se subió encima. Empezó a moverse con una intensidad... como si me tuviera ganas desde hace meses. Me arañaba la espalda, me mordía el cuello. Estaba ya a punto de correrme, pero le dije que parara, y ella, toda decidida, se agachó otra vez y me la mamó hasta que me corrí en su boca. Y tíos, se lo tragó todo sin pensárselo.
—Grande, arquitecto —dijo Jordi—. Pero cambia las sábanas, ¡por Dios!
Miguel río, bajando la cabeza, algo sonrojado.
—Y... no sé, tíos. Creo que me mola un poco.
Los tres lo miraron. Silencio cómplice.
—Pues disfrútalo. A lo mejor tienes algo ahí.
Cuando se terminaron el cigarro, no querían que la noche se apagara todavía. Desde dentro llegaban las risas, la música, el ruido de vasos y botellas. Había calor de fiesta en el aire.
—Vamos para adentro, que esto aún está en llamas —dijo Luis, tirando la colilla.
Volvieron al salón. El ambiente estaba candente. Un grupo bailaba en una esquina, otro jugaba a un "yo nunca" ya sin reglas, y la cocina se había convertido en una barra libre improvisada. Miguel se fue directo a hablar con Carlota y sus amigas. A pesar de su timidez natural, sabía ser encantador. Se reía con ellas, escuchaba con atención, y no necesitaba forzar nada. Se notaba que se sentía cómodo con Carlota, y eso le daba una seguridad inusual.
Mientras tanto, Luis, Arnau y Jordi observaban desde la barra con vasos en la mano.
—Nuestro niño se ha vuelto galán —dijo Arnau.
—Y nosotros aquí, secos —resopló Jordi.
—Venga, va. Hay que ponerse las pilas. Esta noche no dormimos solos —dijo Luis, dando el primer trago largo.
Se separaron. Cada uno se fue a hablar con grupos distintos. Luis se fue hacia un grupo de tres chicas que estaban bailando. Les sonrió, dijo un par de cosas con su seguridad habitual, pero las chicas estaban más en su rollo que en conocer a alguien nuevo. Se fue a por otra copa.
Arnau y Jordi fueron juntos hacia un par de chicas sentadas en el sofá. Hablaron, rieron, hubo cierto tonteo, pero nada llegó a cuajar. Las chicas eran provocadoras, divertidas, pero a mitad de charla se fueron al baño y no volvieron.
Los dos catalanes se miraron, decepcionados.
—Tío, nos vamos a ir a la cama con la polla triste —dijo Jordi.
—Pillamos un piti y nos aireamos. A tomar por culo.
Salieron a la terraza trasera. El aire frío de la sierra les pegó en la cara, pero se sentía bien. Sacaron tabaco, encendieron con un mechero que apenas tenía gas, y se quedaron apoyados contra la pared, en silencio.
Fue entonces cuando ella apareció.
Lucille.
Alta, delgada, con un vestido negro que le quedaba tan natural como si fuera parte de su cuerpo. Tenía el pelo rubio, liso, que caía perfecto sobre sus hombros. Una belleza clásica, serena, con ese aire parisino que no necesitaba esfuerzo. Fumaba con elegancia, como si fuera parte de su identidad. Tenía 21, un par de años más que ellos, y eso solo la hacía más magnética.
Se acercó a ellos con paso tranquilo y mirada directa.
—¿Tenéis fuego?
Su acento era apenas perceptible. Castellano perfecto, con una musicalidad distinta. Jordi se apresuró a darle el mechero.
—Claro. Es todo tuyo.
Lucille encendió su cigarro, dio una calada y los miró de arriba abajo, con una sonrisita ladeada.
—No os había visto antes. ¿De qué facultad sois?
—Medicina, los dos —dijo Arnau.
—Ah. Yo estoy de Erasmus. Pero hago clases en varias facultades. Me llevo mejor con los de primero... sois más divertidos.
Jordi tragó saliva. Arnau le sonrió.
Lucille se apoyó junto a ellos. El humo del cigarro salía lento de sus labios. Les contó que era de Lyon, que llevaba ya mes y medio en Madrid, que le encantaban las fiestas universitarias. Hablaba con naturalidad, pero con un puntito de provocación. Arnau y Jordi se habían quedado atrapados. Cada uno intentaba ganarse su atención.
—Y decís que sois catalanes. ¡Eso explica muchas cosas!
—¿Buenas o malas? —preguntó Jordi.
—Depende de cuán bien os portéis esta noche —dijo ella, con una sonrisa pícara.
La tensión sexual flotaba en el aire. Los tres fumaban, se reían, se miraban. Lucille no dejaba claro con cuál estaba coqueteando. O tal vez era con los dos.
—¿Os apetece una copa? —preguntó Arnau.
—Claro. Pero solo si me la preparáis bien.
Entraron juntos en la cocina. Jordi abrió el congelador.
—Mierda. No queda hielo.
—Creo que en el sótano hay más. Lo dijo uno antes —comentó un chico al fondo.
Arnau y Jordi se miraron. Lucille levantó una ceja, divertida.
—Pues vamos al sótano, chicos. A por hielo.
Y sin decir nada más, los tres bajaron por la escalera.
Lucille se detuvo frente a una puerta entreabierta, asomó la cabeza, y dijo desde dentro, con una sonrisita pícara:
—Chicos... venid a ver esto.
Arnau y Jordi cruzaron el pasillo oscuro hasta la puerta y, cuando entraron, se encontraron con un baño grande, con aire rústico pero de lujo: una ducha de obra, una enorme bañera redonda con chorros y luces LED encendidas en tonos suaves. Ella estaba de pie en medio del cuarto, apoyada contra el borde de la bañera, con ese vestido negro corto que apenas cubría lo justo.
Lucille los miró a los dos, se mordió el labio y, sin decir nada, empezó a desnudarse. Primero se bajó los tirantes del vestido con lentitud, dejando que el tejido deslizara por su piel blanca. No llevaba sujetador. Las tetas, pequeñas y firmes, asomaron con los pezones tiesos. Luego bajó el vestido por sus caderas estrechas y dejó que cayera al suelo. No llevaba bragas tampoco. Tenía el coño completamente depilado, fino y estrecho, con los labios rosados y marcados.
Jordi tragó saliva. Arnau se quedó sin palabras.
Lucille se metió en la bañera como si no hubiera nadie mirando.
—¿Qué pasa? ¿No os vais a meter conmigo?
Los dos se miraron. Dudaron. Pero ya era tarde para pensárselo. Se quitaron las camisetas, los pantalones, y en segundos estaban en calzoncillos. Jordi fue el primero en bajárselos. Su polla, ya medio empalmada, quedó al aire. Arnau le siguió, con una más gruesa, también dura. Lucille los miró con descaro.
—No está mal... venga, metéos.
Entraron al agua caliente con ella. Al principio hubo silencio. Una risa incómoda. Pero Lucille, como siempre, rompió el hielo.
Se acercó a Jordi, le cogió de la nuca y lo besó. Luego se giró y besó a Arnau con la misma intensidad. Y ahí empezó todo.
Ella los tenía comiendo de su mano. Bajo el agua, les metía mano sin problema, acariciando sus pollas con calma, como si estuviera eligiendo. Ellos, en paralelo, empezaron a manosearla, a meter la mano entre sus piernas, rozando su coño suave y caliente. A veces se cruzaban las manos, pero les daba igual. La calentura podía con todo.
Se turnaban para besarle el cuello, los labios. Lucille gemía bajito, con una sonrisa que no se le iba de la cara. En un momento, se agachó en el agua y se puso entre los dos. Le mamó la polla primero a Jordi, con ganas, mientras Arnau le besaba la espalda. Luego se giró y se la chupó a Arnau mientras le acariciaba las pelotas.
Después se subió encima de Jordi, lo guió hacia dentro, y empezó a cabalgarlo despacio, con los ojos cerrados. Arnau se puso detrás y le besaba el cuello, las tetas, le metía los dedos. Ella jadeaba entre ellos dos. Al rato, se cambió: montó a Arnau mientras Jordi se la comía desde abajo. Luego volvió a girarse. Jordi le metía la polla, mientras Arnau le daba placer con la lengua.
Ella se vino dos veces. La segunda vez temblaba tanto que casi se les resbala en el agua.
Cuando ellos dijeron que no aguantaban más, ella se puso de rodillas en medio de la bañera, con el agua a la cintura. Ellos se pusieron de pie frente a ella y empezaron a pajearse rápido. Ella los miraba con la lengua fuera, tocándose el clítoris.
Jordi fue el primero en correrse, soltando un gemido contenido. Arnau le siguió segundos después. Ella no se apartó. Les sonrió y les dio un beso húmedo a cada uno.
Luego se lavaron rápido, se secaron como pudieron, y salieron de la habitación. Lucille desapareció entre la música y el humo de la pista. Ellos bajaron con cara de haber vivido algo que no iban a olvidar en la vida.
Luis les vio llegar.
—¿Dónde coño estabais, cabrones? No ligo ni a la de tres —dijo, riendo.
—No te lo vas a creer —dijo Arnau, dándole una palmada en la espalda.
Y así terminó la noche.
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