Compañeros - Capítulo 12: La Casa Rural (III)
La noche cae sobre la casa rural y el morbo se cuela entre las sábanas. Mientras sus amigos cuentan historias de placer, Luis siente cómo su propia excitación crece en la oscuridad, a centímetros de quien duerme a su lado. Pero la verdadera prueba no está en la envidia, sino en la paciencia con la que decide conquistar a Elena.
Capítulo 12: La Casa Rural (III)
La fiesta ya iba de bajada. Eran cerca de las cinco de la madrugada, y aunque la casa seguía con música, alcohol y cuerpos desordenados por sofás, colchones y rincones, se notaba que la noche había dado todo lo que tenía que dar.
Arnau y Jordi entraron al salón con caras de haber vivido algo legendario. Luis, que estaba tirado en un sillón con una cerveza tibia en la mano, les vio llegar y se incorporó al instante.
—¿Y esa cara? —preguntó Luis.
—Hermano...—empezó Jordi, sonriendo de oreja a oreja—. Acabamos de vivir el porno en la vida real.
Luis se río, sin saber si creerles.
—No me jodas.
—Con Lucille. En la bañera. Los dos. Ella. Todo.
Luis abrió los ojos, dejando escapar un silbido.
—No puede ser...
Arnau se sentó a su lado, exhausto.
—Nos ha hecho de todo, bro. Nos ha montado, nos ha mamado la polla a los dos. Y al final... nos la ha hecho corrernos de pie, en su cara, como si fuera una actriz del XNXX. Te lo juro.
Luis se quedó un segundo en silencio, entre asombrado y cachondo. Se pasó la mano por la cara.
—Estáis enfermos... pero joder, qué envidia. Yo aquí de guapo oficial del grupo, y vosotros os folláis a Lucille en la jodida bañera.
Jordi río fuerte, se echó hacia atrás.
—Hoy ha sido noche histórica, bro.
Luis se acabó la cerveza de un trago. Seguía con la polla medio dura desde que empezaron a contar. Pero bueno, era lo que había. Al menos se alegraba por ellos.
—Venga, vamos a buscar a Miguel y nos fumamos un piti antes de dormir.
—Hecho.
Lo encontraron en la cocina, medio apoyado contra la encimera, con una copa en la mano y cara de resaca anticipada. Salieron a la terraza trasera. La bruma del amanecer asomaba por las montañas. Encendieron un cigarro y se pasaron la calada.
—Entonces... ¿al final nadie más ha pillado?—preguntó Miguel, con voz cansada.
—Tú eres el único que no ha follado —soltó Arnau, riéndose.
—Gracias, gilipollas. Como si no me diera cuenta. Me la pela. Yo tengo el corazón limpio.
—Y los huevos llenos —añadió Jordi.
Se rieron los cuatro, con ese cansancio bueno de fin de fiesta. Luego, sin muchas palabras, volvieron a la habitación. Arnau y Jordi subieron a la litera como si se fueran a desmayar. Miguel y Luis se quedaron mirándose un segundo frente a la cama doble.
—¿Tú a la derecha o a la izquierda?
—Me da igual. Mientras no me pongas la polla en la espalda, todo bien.
Se metieron en calzoncillos bajo el edredón grueso. El frío de la sierra se notaba en los pies. La cama no era enorme, así que cualquier movimiento hacía que se rozaran sin querer.
Luis, de lado, notaba el calor del cuerpo de Miguel a pocos centímetros. Y también notaba otra cosa: su propia erección. Seguía ahí. Intensa. Tensa. Vibrante.
Miguel lo notó al moverse. Algo rígido le rozó el muslo.
—Ey...—susurró, divertido—. ¿Qué pasa, cabrón? ¿Estás empalmado?
Luis río en voz baja.
—Tío, estoy cachondísimo. Toda la puta noche viendo a todo el mundo pillar menos yo. Y encima vais y me contáis lo de la bañera... Pues claro que me he puesto como una roca.
Miguel se río entre dientes.
—Eres un enfermo, bro.
Luis se giró, ya sin filtro.
—Pregunta seria... ¿te importa si me hago una paja?
Miguel se quedó en silencio un segundo. Luego suspiró.
—Haz lo que tengas que hacer. Pero no hagas ruido, que quiero dormir.
Luis no dijo nada más. Metió una mano bajo el edredón. Se bajó un poco el calzoncillo. Y empezó. Despacio. Sin moverse mucho. Con la respiración controlada. La mano le rozaba apenas la piel. Notaba el calor contenido, la tensión acumulada en los huevos. Se la acariciaba de abajo arriba, con la palma abierta, respirando por la boca. Cerraba los ojos, tratando de controlar el ritmo.
Pensaba en Lucille. En Marta. En la curva del culo de Elena cuando bailaba. Y, sin querer, en el cuerpo de Miguel tan cerca, en esa piel que a veces le rozaba sin querer. El morbo de hacerlo al lado de su colega, en la misma cama, sin que nadie dijera nada, lo ponía a mil.
Jadeó bajito. Se mordía los labios. Estaba ya al borde. Dio unas embestidas finales, rápidas, contenidas, y se corrió entre sus dedos, caliente, denso, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.
Se limpió con el bajo del calzoncillo, intentando no hacer ruido. Luego se giró, de espaldas a Miguel, y soltó todo el aire.
Miguel, despierto pero callado, sonrió sin decir nada.
Y así se quedaron los dos. Calientes. Pero tranquilos.
La mañana siguiente fue puro domingo de resaca. El sol entraba con fuerza por las ventanas de la casa, pero dentro se respiraba una calma espesa, llena de cabezas pesadas y cuerpos arrastrados por los sofás.Luis fue el último en levantarse. Salió de la habitación con los rizos revueltos y los ojos entrecerrados, directo a por un café que supiera a supervivencia. En el jardín, varios ya estaban montando una barbacoa improvisada. Jordi removía brasas con una rama, Arnau cortaba pan con una navaja, y Miguel se reía de algo que decía un chaval de arquitectura con voz de ultratumba.Pasaron el día tirados en el césped, con cervezas frías, carne a medias, playlists malas y anécdotas de la noche anterior. Hubo partidas de cartas, apuestas absurdas, cigarros compartidos y muchos chistes sobre sábanas manchadas. Miguel y Carlota estaban más cerca que nunca, pero sin hacer ruido. Luis los observaba a veces, con cierta calma. Como si hubiera aceptado que a su amigo le había tocado una buena.Por la tarde, varios se fueron. Entre ellas, Lucille y Carlota, que compartían coche con una amiga que tenía que volver antes a Madrid. Las despedidas fueron rápidas pero cálidas. Besos en la mejilla, bromas, promesas de volver a verse. Miguel se quedó un poco callado después, pero lo disimuló bien.Y cayó la noche. Una noche distinta.Una noche solo de chicos.En la cocina, Luis se dejó caer en una silla con la mirada medio ida.—Tíos... hoy me toca a mí,, \u00no?—Eso está hecho —dijo Jordi, brindando con una birra.—Vamos a encontrarte una diosa, bro —dijo Arnau.Y entonces apareció Elena.Era amiga de Carlota, aunque había pasado la primera noche más bien en segundo plano. Tenía ese aire discreto que hace que a veces las bombas sexuales pasen desapercibidas entre tanto ruido. Pero Luis la vio ahora. Y se quedó quieto.Elena era una morenaza de pelo rizado, estatura media, ojos grandes y dulces, labios carnosos, piel morena. Tenía un cuerpo espectacular, con curvas que parecían talladas: pecho firme, cintura estrecha, un culo redondo y potente que no pedía permiso para sobresalir. Vestía con ropa cómoda, sin alardes. Pero todo en ella gritaba deseo.Luis se acercó sin decir nada. Le ofreció una copa. Ella aceptó con una sonrisa tímida. Empezaron a hablar. Primero sobre nada. Luego sobre todo.Miguel, desde el sofá, los observaba. No dijo nada. Pero sonrió.La conversación se alargó. Se rieron. Se buscaron. Había electricidad en el aire.—Nunca he estado con un chico —dijo Elena de pronto, con la mirada bajando al borde del vaso.Luis la miró, serio, pero sin juzgar.—En serio?—En serio. He tenido novios, pero nunca llegamos a hacerlo. No sé... no era el momento.Luis no dijo nada más. Solo asintió. Como quien recibe una confesión sagrada.Elena le tocó el brazo.—¿Subimos?Luis tragó saliva. Luego asintió.—Claro. Cuando quieras.Y subieron.La habitación estaba en silencio. Elena cerró la puerta con cuidado. Luis se acercó despacio. La besó con suavidad. Luego con más hambre. Sus labios se buscaban. Sus lenguas se reconocían. Se tocaban por encima de la ropa, explorándose con calma, como si el deseo llevara semanas guardado.
Luis fue paciente. Le besó el cuello, los hombros, bajó despacio por su pecho. Le quitó la camiseta. Sus tetas eran enormes, suaves, con pezones oscuros y duros. Las besó, las chupó, las acarició con devoción. Ella respiraba entrecortado, con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso.
—Tranquila, estoy contigo —susurró él, mientras le bajaba los pantalones.
No llevaba bragas. Tenía el coño completamente depilado, con los labios rosados y brillantes. Luis se arrodilló frente a ella y le pasó los dedos con delicadeza entre las piernas. La masturbó suave, con movimientos circulares. Luego bajó con la boca. Le comió el coño despacio, con la lengua, haciendo pausas, dejándola gemir. Le acariciaba el clítoris, le metía un dedo, luego dos, y Elena se arqueaba sobre el colchón, agarrando las sábanas como si se fuera a romper.
—Joder, Luis... así... no pares...
Se corrió por primera vez, con espasmos largos, temblando entera.
Luis se tumbó y se dejó hacer. Elena le sacó la polla. Grande, gruesa, perfecta. La cogió con una mano, con cuidado. Luis le guió la mano, le explicó cómo acariciarlo, cómo mover la lengua. Ella empezó a chuparla. Primero suave, luego con ritmo. Aprendiendo rápido. Luis cerraba los ojos, con la boca entreabierta, jadeando.
—Estás lista?
Ella asintió, con los labios brillantes.
Luis se puso el condón. Se colocó encima. Le separó las piernas. Fue entrando despacio. Ella apretó los dientes. Dolía un poco. Pero le agarró de la espalda, aferrándose a él.
—Sigue. Por favor.
Y siguió. Al principio lento. Muy lento. Luego más profundo. Más firme. Ella se acostumbró al tamaño. Empezó a moverse con él. Jadeaba. Pedía más. Le arañaba la espalda, le mordía el cuello. Luis la tomaba con fuerza, pero con cuidado.
La puso encima. Elena cabalgaba con torpeza, pero con hambre. Sus tetas botaban con cada embestida. Se agarraba a su pecho, a su cuello. Luego la giró. La puso boca abajo. Le levantó el culo. La penetró de nuevo. Las embestidas se volvieron más rápidas. El sonido de los cuerpos chocando llenaba la habitación.
Ella se vino fuerte. Gritando su nombre. Luis, al borde, se salió, se quitó el condón rápido y se pajeó encima de su culo. Se corrió con un gemido ronco, salpicándola con todo. Jadeó con fuerza, con el cuerpo tenso y los dientes apretados.
Se dejaron caer en la cama. Jadeando. Riéndose. Besándose sin prisa. Luis la acariciaba por la espalda, le besaba la frente.
—¿Estás bien?
—Muy bien. Gracias.
Luis la trató con mucho cariño. Se quedaron hablando un rato, entre caricias y sonrisas, con las piernas enredadas y los cuerpos todavía calientes. Luis quería asegurarse de que ella se sentía bien, que no había prisa por nada más. Elena le escuchaba con la cabeza apoyada en su pecho, los dedos dibujando líneas suaves sobre su abdomen.
Cuando el ritmo de la respiración volvió a la calma, se vistieron sin prisa. Bajaron juntos de nuevo a la fiesta. Luis con el pelo despeinado y una sonrisa imborrable. Elena con la cara encendida y el brillo de quien había cruzado una frontera.
Al entrar al salón, Jordi lo vio enseguida.
—¡Mítico! ¡Se ha coronado!
Arnau levantó los brazos.
—¡Ese es mi rugbyman!
Luis fue aupado por sus colegas entre risas y palmadas en la espalda.
—¡Luis el caballero!
—¡Luis el domador de morenas!
Luis se rió con ellos, con respeto. Luego contó lo justo. Habló con orgullo, pero sin fanfarronear. Les dijo que había sido especial, que ella era distinta, y que había sido su primera vez.
Miguel lo miró con una mezcla de admiración y ternura.
—Te lo merecías, cabrón. Buen cierre de finde.
La noche terminó despacio. Con los cuerpos rendidos, los vasos vacíos y la música apagándose poco a poco. Algunos se quedaron dormidos donde cayeron. Otros, como nuestros protagonistas, volvieron a la habitación con la sensación de haber vivido algo grande.
Al día siguiente, domingo por la mañana, entre bostezos, maletas y restos de pan con Nutella, tocó recoger. Volvieron a Madrid en coche, con música floja y conversaciones sueltas. Cada uno en su burbuja, procesando el viaje.
Esa noche, ya de vuelta en la 408, Luis y Miguel estaban tumbados en sus camas. Las luces apagadas. El silencio de la ciudad entrando por la ventana entreabierta.
Luis habló primero:
—Tío...
—Dime.
—Ha sido un finde brutal, ¿no?
Miguel suspiró, sonriendo en la oscuridad.
—El mejor. Sin duda. Parece mentira que haya pasado todo en solo dos días.
—Nos hemos reído, follado, liado... y hasta dormido en la misma cama. Con paja incluida.
Miguel soltó una carcajada baja.
—Épico, bro. Esto no se nos olvida en la vida.
Luis se giró hacia él, aunque no pudiera verle la cara.
—Gracias por ser mi compi de cuarto.
Miguel tardó un segundo en responder.
—Gracias a ti, cabrón.
Y se quedaron en silencio. Cálido, tranquilo, compartido.
La clase empezaba de nuevo al día siguiente.
Pero algo, dentro de ellos, ya había cambiado para siempre.
Continúa en
- Relato #237277— title-regex: contiguous parts (11 -> 12)
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