Compañeros - Capítulo 13: Ardiente Navidad
Llevan meses compartiendo habitación y secretos, pero nunca imaginaron que la confesión más íntima terminaría entre sábanas. Cuando el alcohol baja la guardia, la curiosidad se vuelve acción y la amistad se pone a prueba en la penumbra de la noche de Navidad.
Capítulo 13: Ardiente Navidad
Como quien no quiere la cosa, el tiempo había pasado volando y la Navidad ya estaba a la vuelta de la esquina. Tras aquella escapada a la casa rural en la que todos en el grupo habían “triunfado”, los cuatro amigos volvieron al colegio mayor más unidos y felices. Miguel en particular regresó con una confianza renovada y una sonrisa fácil. Las últimas semanas le habían sentado bien: gracias a sus líos con Carlota, había aprendido un par de cosas y, aunque seguía siendo el chico introspectivo e intelectual de siempre, ahora se le notaba más seguro de sí mismo, incluso en el terreno de la intimidad.
Esa mañana, la víspera de la partida de todos a casa por Navidad, Miguel se despertó en su dormitorio con una deliciosa sorpresa. Semidormido, notó algo cálido y húmedo envolviendo la punta de su miembro, y un escalofrío de placer lo recorrió. Abrió los ojos con lentitud y una sonrisa somnolienta apareció en su rostro al comprender qué sucedía: Carlota se había hundido bajo las sábanas, completamente desnuda, y ahora sus labios envolvían la punta de su polla con la clara intención de darle un regalito de Navidad anticipado.
Miguel dejó escapar un gemido ronco, aún entre la vigilia y el sueño, mientras sentía la lengua de Carlota recorrerlo con maestría. Ella comenzó despacio, saboreándolo, entreteniéndose en el glande sensible antes de ir tomando más y más de su longitud. Bajo las sábanas, la cabeza de Carlota se movía rítmicamente arriba y abajo, y Miguel arqueó la espalda contra el colchón, llevando instintivamente una mano al cabello de ella, enredando los dedos entre sus mechones revueltos. No se le ocurría una forma mejor de despertar; su respiración se aceleró en segundos, espantando los últimos rastros de sueño.
Carlota lo estaba disfrutando también; sus manos acariciaban suavemente los muslos de Miguel, y de vez en cuando dejaba oír un suave gemido de satisfacción contra su piel, enviando vibraciones placenteras a través de él. Miguel sintió un cosquilleo familiar acumulándose en la base de su vientre. Apenas pudo murmurar algo entre dientes a modo de aviso antes de que su cuerpo se tensara y un gruñido escapara de su garganta. Con un espasmo de placer, se corrió, derramándose sin remedio en la boca de Carlota bajo las sábanas. Ella lo sostuvo con los labios hasta la última sacudida, tragando con naturalidad y limpiando suavemente los restos con la lengua, mientras Miguel se dejaba caer de nuevo contra la almohada, colapsando de gusto.
Carlota emergió de entre las sábanas con una sonrisita pícara, limpiándose la comisura de los labios.
—Mmm… feliz Navidad, guapo —susurró en tono travieso.
Miguel soltó una risita entrecortada, todavía recuperando el aliento.
—Así da gusto despertarse… —murmuró, pasándose una mano por el pelo desordenado.
Carlota le dio un suave beso en los labios, apenas un roce juguetón, antes de apartar las sábanas y levantarse de la cama. Caminó desnuda por la habitación sin pizca de pudor, buscando su ropa esparcida. Miguel la observó con admiración bajo la tenue luz de la mañana mientras se vestía a toda prisa: sus curvas le traían a la mente flashes de la pasión de la noche anterior, pequeñas marcas rojas en su piel como testigo de sus juegos.
Una vez vestida, Carlota se acercó de nuevo a la cama para despedirse. Se inclinó y le dio a Miguel un último beso, esta vez suave y dulce.
—Nos vemos después de las fiestas, ¿vale? —dijo, revolviéndole el pelo con cariño.
—Claro… Pásalo bien en casa. Y gracias por el regalo —respondió él con media sonrisa, haciendo un esfuerzo por sonar casual pese al calor que aún le ardía en las mejillas.
Carlota rió entre dientes, le guiñó un ojo y, tras recoger su bolso, salió de la habitación casi a hurtadillas.
Unos minutos más tarde, la puerta volvió a abrirse lentamente. Luis asomó la cabeza para comprobar que Carlota ya se había marchado, y al ver el campo libre entró en la habitación con paso tranquilo. Miguel seguía recostado en la cama, con la sábana a medio cubrir y solo los calzoncillos puestos. Tenía el pelo revuelto y una expresión entre satisfecho y adormilado.
Luis no pudo evitar fijarse en él: su amigo, alto y delgado, tenía el torso al descubierto, aún perlado por un leve sudor. Bajo la tela ajustada de los boxers de Miguel se adivinaba un bulto sobresaliente, casi sobrenatural, testigo de lo que acababa de suceder.
—¡Buenos días, figura! —saludó Luis con una sonrisa burlona, dejando sus cosas sobre su cama—. ¿Qué, disfrutando de la vida?
Miguel soltó una carcajada suave y se incorporó, frotándose la cara.
—Buenos días, tío… Se puede decir que sí —respondió con una sonrisa satisfecha, desperezándose—. Y gracias por dejarme la habitación anoche, en serio. Eres un puto santo.
Luis restó importancia con un ademán mientras se dejaba caer en el borde de su propia cama.
—Bah, tranqui. Quid pro quo, ¿no? Ya me tocará a mí pringar en el sofá de la habitación de los catalanes cuando traiga visita —bromeó, guiñándole un ojo.
Miguel rio entre dientes.
—Trato hecho. Aunque viendo lo bien que se lo pasa uno… merece la pena el exilio temporal —comentó con tono jocoso.
Luis se rió, y dio una palmada suave sobre la pierna de Miguel por encima de la sábana.
—Entonces, ¿qué? ¿Cómo van las cosas con Carlota? —preguntó con curiosidad mal disimulada—. Parece que anoche acabasteis… bastante bien.
Miguel se apoyó contra la cabecera de la cama, entrelazando las manos tras la nuca con aire satisfecho.
—Pues la verdad que bien. No somos novios ni nada serio, ya sabes… pero nos entendemos de puta madre. Quedamos de vez en cuando, nos liamos en fiestas… lo típico.
—Vamos, que no sois “solo amigos”, precisamente —rió Luis.
—Exacto —asintió Miguel con una risita—. Hay buen rollo y atracción, pero sin compromiso.
Hubo una pausa cómplice. Miguel miró de reojo a su amigo, que sonreía con picardía.
—¿Y tú con Marta qué tal? —inquirió Miguel—. Lleváis ya un mes y pico de… ¿follamigos, no?
Luis dibujó una sonrisa de pillo al oír el nombre de Marta.
—Pues de lujo, la verdad —dijo sin cortarse—. La tía está loquísima conmigo y yo encantado. Nos vemos un par de veces por semana para… bueno, quitarnos las ganas mutuamente. Ni tan mal, ¿eh?
Miguel soltó una carcajada y negó con la cabeza, divertido.
—Eres un cabrón con suerte —lo picó, dándole un suave puñetazo amistoso en el hombro—. ¿Qué tal es ella en la cama? Que nunca me has contado.
Luis hizo una mueca exagerada de satisfacción y se tumbó de espaldas en su colchón, mirando al techo.
—Buah, tío… Marta es la hostia. Tiene un cuerpazo increíble y en la cama es pura dinamita —relató, gesticulando con entusiasmo—. Le va casi todo: probar posturas, jugar con hielo, hacerlo en sitios raros… ¡Si hasta lo hicimos en la azotea del cole una noche!
—¡No me jodas! —Miguel abrió los ojos, entre sorprendido y fascinado—. ¿En serio os follasteis en la azotea?
—Como te lo cuento, bro. Casi nos pillan los de seguridad —rió Luis, orgulloso de su travesura—. Pero mereció la pena.
Miguel negó con la cabeza, aún sonriente.
—Vaya par… Está claro que lo vuestro es pura química.
Luis se incorporó un poco, con una ceja arqueada.
—¿Y Carlota qué? ¿Qué tal se porta? —preguntó con malicia—. Porque por lo que he visto esta mañana… —dejó la frase en el aire con una sonrisilla.
Miguel notó que le ardían las orejas, pero sonrió de todos modos.
—Carlota es genial también. Me lleva un poco la delantera en experiencia, creo, pero a mí me va bien aprender —admitió encogiéndose de hombros—. La tía sabe lo que quiere y cómo pasarlo bien… y tiene una forma de moverse… pfff.
—Vamos, que te tiene contento —bromeó Luis.
—Bastante —Miguel se rió—. La verdad, nunca pensé que terminaría así el primer trimestre de la uni: con una amiga especial como Carlota y… bueno, viendo cómo tú tampoco pierdes el tiempo.
—Hombre, venimos a estudiar pero también a vivir, ¿no? —sentenció Luis, guiñándole un ojo.
—Tienes razón. Mira que al llegar en septiembre estaba acojonado pensando que no encajaría, y míranos ahora… Menuda evolución —dijo Miguel, sonriendo al recordar sus nervios iniciales.
—Ya ves. Si hasta parecemos adultos de verdad —rio Luis.
El resto de la mañana transcurrió con pereza. Miguel y Luis no tenían ninguna prisa: se quedaron tirados en la habitación, cada uno en su cama, hojeando el móvil y compartiendo vídeos de TikTok entre risas. La confianza entre ellos era total; se permitían comentarios subidos de tono al enseñarse memes guarros o al bromear sobre las hazañas sexuales que acababan de contarse. Miguel seguía en calzoncillos sin mucho reparo, y Luis andaba por la habitación con la camiseta mal puesta y el pantalón del pijama medio caído. Ninguno se molestaba en disimular; después de todo, habían pasado ya suficientes cosas juntos como para no andarse con vergüenzas.
Llegada la tarde, comenzaron a alistarse para la cena especial de esa noche. Como al día siguiente cada uno partía temprano a su ciudad (Miguel a Oviedo y Luis a Granada), habían acordado salir a cenar los cuatro juntos, ellos dos con sus amigos catalanes, a modo de despedida antes de las vacaciones. No solían permitirse cenas fuera (la vida de estudiante no da para muchos lujos), pero aquella era una ocasión especial. Se pusieron guapos, con la mejor ropa que tenían a mano, y hacia las nueve de la noche se encontraron con los otros dos frente al restaurante que habían elegido, un sitio más apañado de lo habitual.
La cena transcurrió entre bromas, anécdotas y risas constantes. Los cuatro recordaron momentos memorables del primer trimestre de universidad: desde las novatadas en el colegio mayor hasta la legendaria fiesta en la casa rural donde, contra todo pronóstico, ¡todos habían ligado! Miguel y Luis contaron orgullosos cómo habían surgido sus rollos con Carlota y Marta, respectivamente, mientras los catalanes aplaudían y les tomaban el pelo. Sus amigos, que también habían “triunfado” aquella noche con sendas conquistas, brindaban por ellos con cerveza y complicidad.
Después de cenar, se encaminaron a su bar de confianza, el de al lado del colegio mayor. Allí siguieron la fiesta a base de copas baratas y canciones ochenteras en la rockola. Brindaron una y otra vez, celebrando la amistad inesperada que había nacido entre ellos desde que empezó el curso. La alegría del alcohol y el ambiente festivo los animó a abrirse emocionalmente: compartieron confesiones sinceras sobre lo que significaba para cada uno estar allí, sus miedos al haber dejado casa por primera vez, lo mucho que apreciaban haberse encontrado como grupo.
En algún momento de la noche, con varias cervezas encima, salió el tema de lo rápido que habían conectado.
—Tíos, sois como mi familia aquí —admitió uno de los catalanes con la voz ligeramente pastosa por el alcohol—. No sé cómo habría aguantado este primer cuatri sin vosotros.
Los demás asintieron; la emoción se notaba en sus sonrisas y miradas cómplices. Miguel también se sinceró: confesó lo nervioso que estuvo el primer día de clases y cómo gracias a sus nuevos amigos había encontrado su sitio. Luis, por su parte, habló de lo mucho que le costó adaptarse al principio, pero que ahora sentía que tenía hermanos de distintas ciudades.
A medida que avanzaba la velada, la conversación alternaba entre risas escandalosas y momentos de inesperada profundidad. Esa mezcla de chistes tontos y verdades honestas estrechó aún más sus lazos. Finalmente, a una hora relativamente prudente, decidieron retirarse; al día siguiente tocaba madrugar. Se despidieron entre abrazos y promesas de volver a juntarse tras las fiestas.
Los catalanes se marchaban al alba en coche, así que se dieron un fuerte abrazo de despedida con Miguel y Luis frente al colegio mayor.
—Buen viaje, tíos. ¡Felices fiestas! —dijo Miguel, chocando las manos con ellos.
—Nos vemos en enero; no os empachéis mucho con los turrones —añadió Luis, sonriente pero con la voz algo espesa por el alcohol.
Tras despedirse, Miguel y Luis subieron las escaleras hasta su planta, tambaleándose ligeramente. A pesar de la hora moderada, llevaban encima suficientes copas como para sentir un agradable mareo festivo. Al entrar en su cuarto, ninguno de los dos se molestó en encender la luz fuerte; la penumbra de la farola exterior bastaba para ver lo justo. Ni siquiera se cambiaron de ropa: simplemente se sentaron, medio desplomados, sobre la cama de Miguel, todavía con los vaqueros y las camisas puestas.
Luis dejó escapar un suspiro satisfecho mientras se echaba hacia atrás en el colchón de Miguel.
—Joder… qué noche más guapa, ¿eh? —comentó, con la mirada en el techo y una sonrisa boba en los labios.
—Ya te digo —asintió Miguel, acomodándose a los pies de la cama—. La voy a echar de menos, tío. Todo esto… a vosotros.
—Solo van a ser un par de semanas —repuso Luis, tratando de sonar despreocupado—. Pero sí… se va a hacer raro no verte el jeto todos los días.
—Dímelo a mí —dijo Miguel con media sonrisa—. Al final eres como el hermano que nunca tuve, cabrón.
Luis se incorporó un poco, apoyándose en un codo para mirar a Miguel de frente. Tenía una expresión repentinamente seria bajo la luz tenue.
—Oye… ya en serio. Gracias por todo, tío —dijo de pronto—. En estos meses me has aguantado en las malas y… no sé, siento que puedo contarte cualquier cosa.
Miguel esbozó una sonrisa sincera y le dio un apretón corto en el hombro.
—Para eso estamos, ¿no? —respondió con voz suave—. La verdad, yo también… confío en ti como en nadie.
Se quedaron en silencio unos instantes. La habitación estaba en calma, apenas rota por algún ruido lejano del pasillo.
—¿Sabes? Esta noche todos hemos soltado cosas personales —murmuró Miguel, rompiendo la quietud—. Pero creo que todavía queda alguna que otra confesión pendiente entre nosotros.
Luis alzó las cejas, intrigado.
—¿Ah, sí? ¿Como qué? —preguntó en tono bajo.
Miguel se encogió de hombros y bajó la mirada un segundo, reuniendo valor.
—No lo sé… Digo que si hay algo más que quieras decir o… no sé, alguna cosa que nunca le hayas contado a nadie. Ahora es el momento, ¿no? Para afianzar la amistad al cien por cien antes de las vacaciones —propuso, medio en broma medio en serio.
Luis se quedó callado unos segundos, mordiéndose el labio inferior mientras meditaba. Tenía la mirada perdida en el suelo.
—Bueno… puede que sí haya algo —admitió al fin, con un hilo de voz.
Miguel sintió un vuelco en el estómago al ver la repentina seriedad de su amigo.
—Dale, tío. No hay nada que no podamos contarnos —lo animó con suavidad—. Te prometo que aquí se queda, sea lo que sea.
Luis tragó saliva, visiblemente nervioso, y se incorporó del todo para quedar sentado junto a Miguel. Tomó aire.
—Mira… no sé cómo decirte esto sin que suene raro, pero… —empezó a decir, frotándose las manos—. ¿Te acuerdas de lo que dijiste antes? Que soy como un hermano para ti y tal…
Miguel asintió despacio, sin interrumpirlo, aunque sintió un cosquilleo de ansiedad en el pecho.
—Pues yo también lo siento así, ¿vale? —continuó Luis, hablando rápido—. Eres mi mejor amigo. Puedo contártelo todo. Así que supongo que te puedo contar… esto.
Luis cerró los ojos un segundo, juntando coraje.
—El caso es que… aunque yo me considero hetero, últimamente no he podido evitar… fijarme en ti. O sea, en tu cuerpo —soltó al fin, sintiendo que la cara le ardía—. Sobre todo… en tu polla, tío.
Miguel se quedó en silencio, parpadeando, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien.
—¿Qué… qué has dicho? —balbuceó al cabo de un segundo, incorporándose también.
Luis desvió la mirada, avergonzado pero decidido a no echarse atrás.
—Que me he fijado en tu cuerpo, joder —repitió, esta vez más alto y claro, con las palabras atropellándose—. Te he visto mil veces medio en bolas por la habitación o saliendo de la ducha… y no podía no fijarme. Estás más bueno de lo que crees, Miguel. Y la tienes enorme. Siempre lo he pensado.
Miguel sintió que la boca se le quedaba seca. Un calor extraño le subió del pecho al rostro. Jamás habría esperado oír algo así de labios de su mejor amigo.
—Hostia… —exclamó finalmente, soltando una risa nerviosa—. No me lo esperaba para nada, tío.
—Lo sé, lo sé… suena a coña —dijo Luis deprisa, pasándose las manos por la cara—. Y no quiero que pienses que me he vuelto gay ni nada de eso. Solo… joder, somos colegas y supongo que tengo confianza para decirte esto.
Miguel negó con la cabeza rápidamente.
—Tranquilo, no pienso nada raro —dijo en tono calmante—. Solo… me dejas flipando, la verdad.
Por un momento ninguno supo qué decir. Miguel tragó saliva. Notaba su propio corazón golpeando con fuerza. Inspiró hondo.
—¿Sabes qué? —murmuró al fin—. Te voy a ser sincero, ya que estamos…
Luis lo miró, con semblante un poco asustado, esperando lo peor.
—Yo también me he fijado en ti alguna vez —soltó Miguel de golpe, sintiendo un vértigo inmediato al admitirlo—. O sea, que me fijo en tu cuerpo, quiero decir.
Ahora fue Luis quien quedó desconcertado.
—¿Qué…? —susurró, con los ojos muy abiertos—. ¿Lo dices en serio?
Miguel asintió, esbozando una sonrisilla tímida.
—Tío, eres menos alto que yo pero más fuerte, y… bueno, lo noté cuando nos duchamos aquella vez después del fútbol —confesó, atreviéndose a sostenerle la mirada—. Tienes un cuerpo de puta madre, Luis. Y también la tienes bastante gorda.
Luis se echó a reír con incredulidad, llevándose las manos a la cara.
—Esto es surrealista… —murmuró entre dedos, sin dejar de reír flojito.
—Supongo que a los dos nos daba curiosidad el otro —dijo Miguel, sintiendo que la tensión inicial se disipaba un poco, transformándose en una extraña excitación nerviosa.
Luis apartó las manos de su rostro, mostrando una sonrisa aliviada.
—Qué cojones… míranos, hablando de nuestras pollas como si nada —dijo, negando con la cabeza.
Miguel rió también, notando un cosquilleo en el estómago.
—Tío, es que esto es fuerte —admitió—. Los dos aquí, medio pedo, confesando que a ratos nos ponemos cachondos el uno con el otro… ¿Qué se supone que significa eso?
—No lo sé —Luis se encogió de hombros—. Yo estoy convencido de que me molan las tías, ya lo sabes. Pero también es verdad que… la amistad que tenemos es muy de puta madre. Y, joder, somos dos pavos de 18 años cargados de hormonas…
—Eso desde luego —rio Miguel.
Luis se mojó los labios, tanteando las palabras.
—Quizá simplemente hay confianza —prosiguió—. Tanta confianza que… no sé, hasta el físico del otro nos atrae un poco. Aunque no seamos gays.
Miguel asintió lentamente. En el fondo, aquello tenía sentido de una retorcida manera. Sentía un cosquilleo excitante al hablar tan abiertamente.
—Puede ser. De hecho, ahora mismo… solo de hablarlo, me estoy notando… —hizo un gesto vago hacia sus pantalones, donde empezaba a marcarse de nuevo un abultamiento.
Luis bajó la mirada automáticamente y soltó una carcajada ahogada.
—¿En serio te estás empalmando otra vez? —exclamó en broma.
Miguel se encogió de hombros, ruborizado.
—Tú lo has dicho: 18 años, hormonas a tope… y unas cuantas cervezas encima —contestó, llevándolo con humor.
—No te voy a mentir… yo también ando medio palote —confesó Luis, reajustándose la entrepierna sobre el pantalón discretamente.
Durante unos instantes quedaron callados, procesando la situación. El ambiente había cambiado: seguía la penumbra tranquila, pero ahora cargada de una tensión diferente, eléctrica, que les erizaba la piel a ambos.
Luis tragó saliva de nuevo y miró a Miguel con cautela.
—Y… ¿qué hacemos con esto? —preguntó en voz baja.
Miguel sintió un nerviosismo casi adolescente, como la primera vez que se lió con una chica, pero también una enorme curiosidad le quemaba por dentro.
—Podríamos… no sé —titubeó—. Podemos dejarlo pasar y fingir que esta conversación nunca pasó.
Hizo una pausa, notando el latido en sus sienes.
—O… podríamos aprovechar ahora que lo sabemos —añadió finalmente, sorprendiendo incluso a sí mismo con esas palabras.
Los ojos de Luis brillaron un instante, como si esa idea prohibida le hiciera eco.
—¿Te refieres a… probar algo? —musitó, acercándose un poco más.
Miguel notó el corazón en la garganta, pero asintió despacio.
—Una vez, solo por curiosidad… echar una cana al aire, como quien dice —susurró, con una sonrisa nerviosa—. Quiero decir… ¿qué tal si esta vez nos hacemos una paja mutua o algo así?
Luis lo miró fijo, sus pupilas dilatadas por la mezcla de alcohol y deseo.
—¿Lo dices en serio? —inquirió, aunque en su voz había más anticipación que duda.
—No voy a obligarte, eh —se apresuró a aclarar Miguel, al ver la intensidad en los ojos de su amigo—. Solo si te apetece también. Y prometemos no rayarnos por ello después.
Luis se humedeció los labios de nuevo. Su respiración se había vuelto más profunda sin que lo notara.
—La verdad… me apetece un montón, tío —soltó finalmente, casi en un susurro apresurado—. Puede que mañana lo veamos raro, pero ahora mismo… me apetece.
—A mí también —confesó Miguel, sintiendo alivio al oírlo—. Mucho.
Luis acercó su puño cerrado y Miguel lo chocó con el suyo, como sellando un pacto.
—Pues entonces, que quede entre nosotros y ya —dijo Luis con una pequeña sonrisa ebria—. Hacemos esto, lo disfrutamos, y mañana aquí no ha pasado nada. ¿Vale?
Miguel asintió con determinación.
—Hecho.
Durante unos segundos, ninguno supo muy bien cómo dar el siguiente paso. Se miraron con media sonrisa nerviosa, confirmando que ambos hablaban en serio. Al final, Miguel soltó una risita tonta.
—Pues… venga, ¿no? —susurró.
Luis tragó saliva y asintió. Miguel se deslizó para quedar sentado a su lado, de cara a él. Podía oler el leve rastro de colonia y alcohol en la piel de Luis, y notaba su propia mano temblando un poquito de adrenalina.
Con movimientos lentos, casi torpes, Miguel llevó su mano hacia el regazo de su amigo. Al mismo tiempo, sintió la mano de Luis posándose con indecisión sobre su propia entrepierna. Ambos rieron quedamente por lo absurdo y excitante de la situación.
—Tranquilo… —murmuró Miguel, más para sí mismo que para Luis, mientras sus dedos buscaban el borde de la cintura del pantalón ajeno.
Con cierta torpeza debido a los nervios, logró desabrocharle el botón y bajar la cremallera. Luis levantó ligeramente las caderas, permitiendo que Miguel le bajara algo el pantalón junto con los calzoncillos. Su miembro saltó libre, ya medio erecto.
Miguel bajó la vista, contemplando por primera vez de cerca la polla de su amigo, aquella que solo había vislumbrado de reojo en las duchas. Era gruesa, de un tono moreno como el resto de su piel, y aunque no tan larga como la suya propia, le pareció imponente a esa distancia.
Con la mano ligeramente temblorosa, Miguel rodeó con sus dedos la base del miembro de Luis. Lo sintió caliente y pesado en su palma, latiendo con vida propia. Luis dejó escapar un suave jadeo al notar la mano de Miguel envolviéndosela.
A su vez, Luis tomó valor para hacer lo propio: liberó el pene de Miguel apartando la tela de sus boxers. Lo había visto antes, sí, pero tenerlo ahora frente a sí, completamente erecto, impresionaba. La longitud y el grosor del miembro de Miguel superaban a los de él, y por un segundo Luis se preguntó cómo demonios Carlota podía meterse eso en la boca. Con la respiración acelerada, cerró la mano alrededor del tronco, sintiendo la piel tirante y ardiente.
Un gemido ahogado escapó de los labios de Miguel al sentir la mano firme de Luis envolviendo su erección. Sus miradas se cruzaron, asombradas: aquello se sentía endemoniadamente bien y, a la vez, surrealista.
—Joder… —suspiró Miguel con una risita nerviosa—. Se siente diferente…
—Ya ves… —coincidió Luis, humedeciéndose el labio superior mientras empezaba a mover despacio la mano arriba y abajo.
Al principio fueron movimientos tímidos. Miguel deslizó su mano a lo largo de toda la verga de Luis, explorando la textura suave de aquella piel ajena. Notó cómo el falo de su amigo crecía y se endurecía aún más bajo su atención. Por su parte, Luis imitó el ritmo en la polla de Miguel, recorriéndola de la base al glande con los dedos cerrados en un puño flojo.
En pocos segundos ambos estaban completamente erectos y jadeando suavemente. La habitación se llenó del sonido húmedo de sus manos masturbándose mutuamente y de sus respiraciones entrecortadas.
Miguel descubrió que la mano de Luis se sentía muy distinta a la suya propia: el ángulo, la presión, la simple certeza de que era otro quien lo hacía… todo le resultaba exótico y morbosamente estimulante. Luis no tenía la técnica suave de una chica, pero eso no importaba; la novedad de la situación hacía que un calor denso le recorriera el vientre.
Para Luis, tener en su puño la polla de Miguel era a la vez intimidante y fascinante. Notaba cada vena palpitante contra sus dedos, la dureza impresionante de aquel miembro que tantas veces envidió en secreto. Y ahora estaba ahí, pajeando a su mejor amigo, escuchándolo gemir por su culpa.
—Quién nos iba a decir… que acabaríamos haciendo esto —murmuró Miguel con la voz entrecortada por un gemido. Tenía la frente apoyada contra el hombro de Luis, sus respiraciones mezclándose.
—Ni en un millón de años lo habría imaginado… —coincidió Luis, cerrando los ojos un instante para saborear la sensación.
—Pero joder… cómo mola —admitió Miguel en un gemido ahogado, acelerando un poco los movimientos de su mano sobre Luis.
—Mmm sí… se siente de puta madre… —gruñó Luis, siguiendo el ritmo; sus ojos fijos en la mano de Miguel trabajando sobre él.
Los dos jóvenes estaban ya muy excitados. Un hilillo de líquido transparente brotaba de la punta del miembro de Miguel, lubricando su glande, y la mano de Luis resbalaba más fácil gracias a ello. Miguel notó su palma humedecerse también con el líquido pegajoso que escapaba del grueso glande de Luis.
Sus movimientos se volvieron más decididos. Miguel apoyó la frente en el hombro de Luis, soltando algún que otro “joder…” en voz baja cuando la mano de este le dedicaba una torsión particularmente placentera. Luis respiraba ya con fuerza contra el cabello de Miguel, intentando no correrse demasiado rápido.
Miguel alzó la vista, con los ojos brillantes de lujuria, y se encontró con la mirada de Luis, igual de encendida. Ambos sudaban ligeramente y el cuarto olía a sexo.
—Oye… —susurró Miguel entonces, deteniendo por un segundo el movimiento de su mano. Luis gimió quedamente por la repentina pausa, mirándolo con impaciencia—. ¿Y si… vamos más allá?
Luis frunció el ceño, aturdido por el placer interrumpido.
—¿Más allá? —repitió, y entonces comprendió—. ¿Te refieres a… chuparla?
Miguel se mordió el labio y asintió, despacio pero sin titubeos.
—Sí… ¿Qué pasaría si nos la chupamos el uno al otro? —dijo, notando lo extraño que sonaba incluso mientras las palabras salían de su boca.
Luis abrió la boca, incrédulo. Aquello era cruzar una línea aún más intensa. Sentía el corazón desbocado.
—Tío… eso ya es… —no terminó la frase. Sus ojos bajaron automáticamente a la mano de Miguel que seguía envolviendo su polla mojada. La idea de sentir esa boca en lugar de la mano le provocó un escalofrío de puro morbo.
Miró de nuevo a Miguel, que lo observaba con expresión ansiosa.
—¿Lo harías? ¿Me la chuparías? —preguntó Luis en un susurro, necesitando confirmación de que no lo había entendido mal.
Miguel tenía la garganta seca, pero tragó saliva y asintió.
—Si tú también lo harías por mí —contestó quedamente—. Solo si te apetece, Luis. No tenemos por qué llegar a tanto si no quieres.
Luis negó con la cabeza rápidamente.
—Querer quiero… claro que quiero —confesó atropelladamente—. Es solo que… joder, nunca pensé que haría algo así.
—Yo tampoco —dijo Miguel con una sonrisita trémula—. Pero míranos… ya estamos en esto. Quizá… no sé, quizá sea peor quedarnos con las ganas ahora.
—La verdad… es que sí, tengo unas ganas… —Luis no terminó; en su expresión se mezclaban lujuria y aprensión—. ¿Crees que… se joderá nuestra amistad por esto?
Miguel negó lentamente, apretando con suavidad la mano que aún sujetaba la base del miembro de Luis.
—No si no dejamos que la joda —dijo, tratando de convencerse tanto como a él—. Seguimos siendo los mismos colegas de siempre, Luis. Esto es… solo sexo, supongo. Como quitarnos una curiosidad entre amigos.
Luis tragó saliva y asintió.
—Eso, solo sexo… sin más —repitió, y al decirlo en voz alta pareció relajarse un poco—. Mañana seguimos siendo colegas y aquí no ha pasado nada.
—Exacto —Miguel esbozó una leve sonrisa.
—Y esto queda entre nosotros para siempre —añadió Luis, mirándolo fijamente.
—Por supuesto —afirmó Miguel.
Se quedaron mirando un segundo más, temblorosos y ansiosos. Entonces Luis esbozó una sonrisilla atrevida, envalentonado de repente.
—Vale… pues te la chupo yo primero —dijo, casi como un desafío juguetón.
Miguel sintió un vuelco en el estómago al oírlo expresado con todas sus letras. Se recostó un poco más contra la pared, acomodándose.
—Adelante… —susurró, abriendo las piernas ligeramente para darle espacio.
Luis se bajó del borde de la cama y se arrodilló en el suelo, situándose entre las piernas de Miguel. Este quedó medio sentado, apoyando la espalda en la pared, con el corazón retumbando de anticipación. Su imponente erección se alzaba palpitante frente al rostro de Luis.
Luis la contempló de cerca por primera vez: la polla de Miguel era realmente larga y gruesa, con el glande brilloso por los fluidos y venas marcadas a lo largo del tronco. Tragó saliva, sosteniéndola con una mano, consciente de que lo que estaba a punto de hacer cruzaba todos los límites que siempre había tenido.
—A la mierda… —murmuró, dándose valor.
Titubeó apenas un instante y sacó la lengua, dándole una larga lamida de abajo arriba. Miguel dejó escapar un gruñido ronco por la sorpresa y el gusto. Ver eso —la lengua de su mejor amigo recorriendo toda su longitud— y sentirlo a la vez, fue casi demasiado para procesarlo.
Animado por el sonido que Miguel había hecho, Luis continuó. Depositó un par de besos húmedos en la punta, saboreando el líquido salado que manaba de ella, e inmediatamente después entreabrió los labios y se los llevó alrededor del glande.
La sensación de calor y humedad alrededor de la cabeza de su miembro hizo que Miguel soltara un suspiro tembloroso. Luis cerró los ojos para concentrarse y fue hundiendo la boca poco a poco, dejando que la polla de Miguel se deslizara sobre su lengua.
Al principio apenas pudo meter la mitad antes de sentir que se ahogaba; su mandíbula estaba tensa por los nervios y la postura era extraña. Se detuvo, respiró hondo por la nariz y volvió a intentarlo, esta vez relajando la garganta. Milímetro a milímetro, Luis consiguió tragar prácticamente toda la longitud de Miguel, hasta que sus labios chocaron contra la base. Su nariz rozó el vello púbico de Miguel y casi se sorprendió a sí mismo por haberlo logrado.
—¡Dios…! —jadeó Miguel desde arriba, echando la cabeza hacia atrás contra la pared y apretando los dientes para no gemir demasiado alto. Nunca una chica le había hecho una mamada tan profunda; ver a Luis lográndolo, con su polla enterrada hasta el fondo en su boca, era una imagen tan pornográfica como increíble.
Luis empezó a mover la cabeza lentamente, sacándola casi por completo y volviéndola a introducir, acostumbrándose al tamaño y a la sensación. Sus labios se deslizaban por el tronco, empapándolo de saliva. Con una mano, sujetó la base que no alcanzaba a cubrir con la boca; con la otra se apoyó en el muslo de Miguel para estabilizarse.
Miguel observó la escena entre atónito y extasiado. La imagen era alucinante: su mejor amigo, arrodillado entre sus piernas, mamándole la polla con dedicación creciente. Oleadas de placer lo recorrían mientras Luis ganaba confianza, chupando con más ganas, haciendo una ligera succión al retroceder y jugando con la punta entre sus labios.
Por su parte, Luis descubría que la experiencia no era tan desagradable como había temido. Tenía la boca llena, sí, y la mandíbula empezaba a dolerle un poco por el grosor, pero saber que estaba haciendo gemir a Miguel de aquella manera le producía un extraño orgullo… y una excitación que le tensaba aún más su propia polla, que goteaba pre-semen sobre el suelo.
Sin darse cuenta, Luis comenzó a moverse un poco más rápido, subiendo y bajando la boca por la verga de Miguel. La saliva se escurría por su barbilla, mezclándose con el sabor almizclado que inundaba su lengua. Su propio pene palpitaba olvidado entre sus piernas; incluso llegó a rozarlo contra el borde de la cama buscando alivio.
Miguel sentía que no aguantaría mucho más. Entre la paja de antes y ahora la caliente boca de Luis envolviéndolo, el final se le venía encima veloz. Trató de avisar, con la voz entrecortada:
—L-Luis… para, que me… voy a…
Pero Luis no lo escuchó, o no quiso escuchar. Miguel agarró la almohada tras su cabeza, apretando los dedos en la tela.
El orgasmo lo golpeó de pronto, subiéndole por la columna con furia. Con un gemido ronco, Miguel se corrió abruptamente. Su polla dio un par de sacudidas violentas y comenzó a eyacular directamente en la boca de Luis.
Los ojos de Luis se abrieron como platos al sentir los chorros calientes inundándole la lengua sin previo aviso. Instintivamente apartó la cabeza, pero alcanzó a tragar la mayor parte de la corrida de Miguel antes de soltársela. Se echó hacia atrás, apoyando las manos en el suelo mientras tosió ligeramente, desconcertado por el sabor amargo que impregnaba su boca.
Miguel quedó respirando con fuerza, la mente en blanco de placer durante un par de segundos. Al bajar la mirada y ver a Luis con una mueca extraña, cayó en la cuenta.
Luis tenía restos de semen escurriendo de la comisura de sus labios y una expresión mezcla de asco y risa incrédula.
—¡Ugh, cabrón… avisa! —protestó en tono quejumbroso, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Aún recuperaba el aliento y trataba de aclararse ese inesperado regusto.
Miguel se incorporó de golpe, inclinándose hacia él con el rostro encendido.
—¡Mierda, perdón, perdón! —balbuceó azorado—. No pude… Lo siento, tío, se me fue.
Luis lo miró y de pronto soltó una carcajada ronca, todavía de rodillas en el suelo.
—Joder, qué puta guarrada… —dijo riendo, negando con la cabeza—. Tu lefa sabe asquerosa, tronco.
Miguel se cubrió la cara con las manos, muriendo de vergüenza, aunque no pudo evitar reír entre dientes también.
—Lo siento, de verdad… —repitió, con una risilla nerviosa—. Te la debía.
Luis se puso de pie, pasándose la lengua por los dientes con gesto divertido.
—Pues sí, me la debes —repuso, alzando las cejas de forma juguetona.
Miguel entendió al instante. Con las piernas aún temblorosas, se acomodó y se deslizó al suelo, cambiando posiciones con su amigo.
Luis se sentó en el filo de la cama y Miguel se arrodilló frente a él. Tenía ahora la verga de Luis a la altura de la cara: gruesa y congestionada, el glande oscurecido reluciendo y suplicando atención. La cercanía le permitió percibir el olor almizclado de la excitación de Luis, un aroma intenso pero no desagradable.
Miguel nunca se imaginó que haría algo parecido, pero la curiosidad y la excitación podían más que cualquier reparo. Apoyó las manos en los muslos de Luis y se inclinó, sacando la lengua para lamer la punta hinchada. Recogió un poco del líquido salado que se había acumulado allí. Luis siseó por lo bajo, sus abdominales contrayéndose al sentirlo.
Animado por el efecto, Miguel se armó de valor y se metió el glande entre los labios. El sabor masculino lo tomó por sorpresa, pero no era terrible; simplemente distinto. Cerró los labios alrededor de la punta y succionó ligeramente.
Luis tiró la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras un gruñido escapaba de su garganta.
—Oh… joder, Miguel… —murmuró, con la voz temblorosa.
Escuchar a Luis gemir su nombre así solo animó más a Miguel. Se hundió un poco más, dejando que varios centímetros de aquel miembro grueso se deslizasen dentro de su boca. Lo llenaba casi por completo; no era tan largo como el suyo, pero su grosor suponía todo un desafío para su mandíbula inexperta.
Miguel tuvo que relajarse, abriendo bien la boca para no rozarlo con los dientes. Imitó lo que a él más le gustaba: envolvió con su mano la base del miembro que no alcanzaba con la boca y empezó a masturbarlo al compás de las succiones.
Poco a poco, Miguel fue tomando confianza. Movía la cabeza adelante y atrás, probando a tragarlo lo más hondo posible sin atragantarse. Pronto encontró un ritmo cómodo: chupaba con fuerza al retroceder hasta casi sacarlo, y volvía a engullirlo hasta donde lograba al avanzar, mientras su lengua presionaba contra la parte inferior del tronco.
Luis estaba en el cielo. Abrió los ojos un instante para mirar hacia abajo, y la escena casi lo hace correrse al momento: ver a Miguel, su Miguel, con los labios estirados alrededor de su polla, la cabeza moviéndose entre sus piernas… Era una imagen tan jodidamente morbosa y placentera que tuvo que respirar hondo para no explotar de inmediato.
Instintivamente, llevó una mano a la cabeza de Miguel, apartándole con cuidado el pelo de la frente para verle bien.
—Así… sigue así… —alcanzó a decir en un gemido ahogado.
Miguel se animó al escuchar a Luis. Empezó a moverse un poco más rápido, chupando con entusiasmo. Los sonidos húmedos de su boca trabajando sobre Luis llenaban la habitación, mezclándose con los jadeos entrecortados de este. Sentió la mano de su amigo enredarse en su pelo, aunque Luis no empujaba, solo la dejaba ahí, acariciándolo con torpeza.
Con cada lamida y succión, Miguel notaba a Luis estremecerse. El pene le palpitaba dentro de la boca; su amigo no aguantaría mucho más, lo podía sentir. Miguel no se detuvo: estaba decidido a hacer que Luis llegara al final, costase lo que costase.
Luis comenzó a jadear más fuerte. Su cuerpo se tensó, los músculos de sus muslos se endurecieron bajo las manos de Miguel.
—Mi… Miguel… creo que voy a… —logró avisar entre dientes, con el último hilo de control que le quedaba.
Lejos de apartarse, Miguel redobló sus esfuerzos. Quería devolvérselo, literalmente. Hundió la boca todo lo que pudo en un último movimiento, hasta rozarle la garganta con el glande.
Luis soltó un gruñido profundo, clavando los dedos involuntariamente en el cabello de Miguel mientras alcanzaba el clímax. Un latigazo de placer lo atravesó y explotó: su polla empezó a palpitar y Miguel sintió de pronto el sabor salado inundándole la boca.
La corrida de Luis llegó en oleadas, golpeando el paladar de Miguel. Esta vez sí estaba preparado; aunque el sabor fuerte lo sobrecogió, se las arregló para no apartarse de inmediato. Tragó lo que pudo, aunque un hilo espeso escapó de la comisura de sus labios.
—Aaagh… —gimió Luis con la voz rota, arqueándose contra la pared con los ojos fuertemente cerrados.
Cuando por fin las convulsiones cedieron, Miguel retiró la boca con cuidado, dando una última lamida casi involuntaria. Un hilo brillante de saliva y semen los conectó por un segundo antes de romperse. Miguel se limpió la boca con el dorso de la mano, respirando agitadamente.
Luis abrió los ojos lentamente, mirando a Miguel con una mezcla de alivio y asombro. Ambos se quedaron inmóviles un momento, procesando lo que acababa de ocurrir.
—Creo que… ya estamos en paz, ¿no? —comentó Miguel con una risita nerviosa, rompiendo el silencio, al tiempo que se sentaba en el suelo y se pasaba una mano por la cara, exhausto.
Luis soltó una carcajada suave, dejándose caer de lado sobre el colchón.
—Estamos locos… —murmuró, negando con la cabeza mientras sonreía con incredulidad—. De remate.
—Los dos —coincidió Miguel.
Por primera vez desde que empezó aquella locura, la habitación quedó en silencio. Solo sus respiraciones desacompasadas rompían la quietud. Miguel se puso de pie, con las piernas todavía un poco temblorosas, y se sentó al lado de Luis en la cama. Ninguno se atrevía a mirarse directamente.
Ambos entendían el peso de ese momento. Lo habían hecho. Habían cruzado esa línea invisible que, hasta hacía unas horas, ni siquiera sabían que existía entre ellos.
—¿Te das cuenta de lo que acabamos de hacer? —murmuró Miguel, atónito.
Luis dejó escapar un sonido entre risa y suspiro, frotándose la nuca.
—Qué cojones, Miguel… acabamos de… —no terminó la frase, pero ninguno la necesitaba.
Miguel rió por lo bajo, incrédulo, pasándose las manos por el pelo húmedo de sudor.
—Ni me lo digas…
Luis respiró hondo y señaló hacia la puerta del pequeño baño.
—Creo que… me voy a pegar una ducha rápida —dijo en voz baja, consciente del desastre que llevaban encima.
—Sí… buena idea —asintió Miguel, bajando la vista a su propio vientre, donde notó algunos restos pegajosos, y a la sensación húmeda en su barbilla.
Luis agarró una toalla y desapareció en el baño. Miguel se quedó sentado, escuchando el agua correr mientras su mente daba vueltas. Aún no asimilaba del todo que lo que sentía en sus labios era el sabor de su mejor amigo. Se estremeció.
Cuando Luis terminó, Miguel entró a ducharse a su vez. El agua caliente le ayudó a relajar los músculos y a enjuagar no solo los rastros físicos de su aventura, sino también la maraña de pensamientos que pugnaban por salir. Ninguno de los dos pronunció palabra en esos minutos.
Ya limpios y con el pijama puesto, la euforia traviesa de la noche había dado paso a una sobriedad tensa. Miguel se sentó en su cama, secándose el pelo con la toalla. Miró de reojo a Luis, que hacía lo mismo en la suya.
—Oye… —comenzó Miguel en voz baja—. Mejor… esto…
—…no lo volvemos a mencionar —completó Luis la frase al instante, volviendo la vista hacia él. Esbozaba una media sonrisa comprensiva, aunque sus ojos reflejaban confusión.
—Exacto —suspiró Miguel, aliviado de estar en la misma página.
—Como si no hubiera pasado —remató Luis, dejando caer la toalla y metiéndose bajo las sábanas.
Miguel apagó la lámpara de su mesilla. La oscuridad invadió la habitación.
—Buenas noches, Miguel —murmuró Luis después de un rato, desde su cama.
—Buenas noches, Luis —respondió Miguel en un hilo de voz.
A la mañana siguiente, la luz gris del amanecer se coló por la ventana. Miguel y Luis se despertaron temprano, con ligera resaca y pocas horas de sueño. Sin hablar demasiado, cada uno terminó de hacer su maleta para las vacaciones.
La atmósfera entre ellos estaba cargada de un silencio raro; no era hostil, pero sí tenso. Se trataron con una cortesía exagerada, casi formal. Cualquier atisbo de la confianza descarada de la noche anterior había desaparecido bajo la incomodidad.
A las ocho en punto se oyó el portazo lejano de sus amigos catalanes marchándose, pero Miguel y Luis apenas reaccionaron, ocupados en sus propios preparativos. Un par de horas más tarde, ambos estaban listos para irse también.
Bajaron juntos al vestíbulo del colegio mayor, arrastrando sus equipajes. Fuera, el aire frío de diciembre les golpeó las caras, despejándolos un poco.
Delante de la puerta, llegó el momento de separarse. Ninguno sabía muy bien qué gesto de despedida era el adecuado.
Miguel dudó y terminó tendiendo la mano. Luis la estrechó con firmeza, quizá demasiado formal para dos amigos que han compartido tanto, pero era lo único que se les ocurrió.
—Bueno… que vaya bien el viaje —dijo Miguel, forzando una sonrisa.
—Igualmente, tío. Pásalo bien con la familia —respondió Luis, metiendo las manos en los bolsillos al soltar la mano de Miguel.
Hubo una pausa incómoda. Ambos parecían querer decir algo más, pero ninguna palabra salió. Al final, Luis logró esbozar una media sonrisa.
—Felices fiestas, Miguel.
—Felices fiestas, Luis —repitió Miguel en un murmullo.
Sin más ceremonias, recogieron sus maletas y cruzaron la puerta principal. Ni un abrazo, ni más palabras de las necesarias. Cada uno tomó rumbo opuesto. Así, se marcharon por separado a casa por Navidad, dejando atrás un silencio incómodo y un secreto compartido del que ninguno de los dos quería hablar.
Continúa en
- Relato #237280— title-regex: contiguous parts (12 -> 13)
Relatos similares
- Parodias
Evangelion, Girlfriend of Steel 13
Maya siempre soñó con la doctora Akagi, pero el destino la puso frente a Makoto. En la soledad de la casa paterna, la culpa y la soledad se…
Comparte:Primera vezHeterosexual generalAmor apasionado
- Confesiones
La cogida de mi vida
María Dolores siempre evitó a Jorge por su intimidante inteligencia y presencia, pero el destino los reúne en una terminal de autobuses.
Comparte:Primera vezHeterosexual generalConexion inesperada
- Sexo con maduros
Estando de comparas encontre un semental de saldo.
El timbre de la tienda suena por última vez, pero él no piensa irse. Con una mirada que atraviesa la tela y unas manos que ya saben su nombre, el…
Comparte:Heterosexual generalPrimera vezConexion inesperada
- Hetero: General
Amor en la biblioteca
La biblioteca guarda secretos, y hoy la chica de al lado no solo tiene las miradas cautivadas.
Comparte:Primera vezHeterosexual generalConexion inesperada
- Erotismo y Amor
Nadie espera a la Inquisición española
El tren partía, pero el destino lo tenía escrito en los ojos de una desconocida. Lo que comenzó como un simple cruce de miradas en el andén se…
Comparte:Primera vezHeterosexual generalConexion inesperada
- Hetero: General
La amiga de mi hermana parte 1
Llevaba dos años mirándola en silencio, pero ella nunca lo vio hasta que la alcohol y la noche rompieron las barreras.
Comparte:Amor apasionadoPrimera vezConexion inesperada