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Dominaciónoct 2025

Sumisa de la hija de mi amiga 10

Marta nunca imaginó que ser 'Ama' sería tan excitante. Pero cuando Elena se arrodilla ante ella, no sabe que cada gemido, cada humillación, es observada por los ojos fríos de la hija de su propia hermana. El secreto está grabado, y la obediencia no tiene salida.

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El ambiente en casa durante esos días era denso, una mezcla de emociones contradictorias que se respiraba en cada rincón de nuestro hogar. La alegría radiante de Raquel, que parecía flotar en una nube de felicidad juvenil, chocaba frontalmente con el silencio hosco y el resentimiento que emanaban de Laura. Esta última apenas dirigía la palabra a su hermana, necesitaba un tiempo para asimilarlo todo bien.

Carlos, por su parte, navegaba la situación con su pragmatismo habitual, intentando hacer de mediador y restar importancia, aunque notaba su perplejidad ante mi postura tan abiertamente apoyaba. Yo, en el centro de todo, actuaba el papel de madre comprensiva y moderna mientras cargaba con el peso de un secreto que, ahora sabía, era aún más monstruoso de lo que creía: mi hija menor ya no era virgen, había sido desvirgada por la misma persona que me dominaba a mí.

Fue en medio de esa tensión silenciosa, mientras recogía la cocina después de una cena particularmente incómoda, cuando mi móvil vibró. Un escalofrío me recorrió al ver el nombre: Sofía.

Una oleada de calor, ese mezcla de vergüenza y orgullo que solo ella podía provocarme, me inundó. ¿Orgullosa? ¿Por soportar ayudar a mi hija en casa? ¿Por no mostrar los celos ante el tormento de ver a mi hija feliz con ella? o ¿Simplemente por obedecer una tras otra todas sus órdenes?

Su respuesta no fue un texto, sino un archivo de video. Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, lo abrí. La imagen, inconfundible, mostraba la habitación de Sofía y se veía como yo limpiaba con devoción el strap-on con mi boca. Se percibía, con total claridad, la intensidad en mis ojos cerrados, la entrega total de mi lengua. Era el video de mi mayor humillación, convertido en un trofeo para ella.

El pánico se apoderó de mí. Mis dedos temblaron sobre la pantalla.

<¿Cómo tienes esto?>

La revelación me dejó sin aliento. No solo en la habitación de Marta, sino también en la de ella. Nos había estado grabando todo el tiempo. Toda nuestra intimidad, todas nuestras confesiones, estaban en su poder. La idea de una cámara en mi dormitorio, el último reducto de una vida que pretendía ser normal, me aterró.

<¡Es una locura! Carlos podría encontrarla. Es demasiado arriesgado.>

La proposición era un nuevo abismo. Por un lado, el riesgo insensato de colocar una cámara en mi propia casa. Por otro, la tentación vertiginosa de que Sofía, mi Ama, cumpliera un deseo profundo, algo que ni siquiera me atrevía a formular claramente en mis pensamientos. Era un premio por mi sumisión, una zanahoria envenenada tras el palo de la vigilancia total.

La balanza se inclinó, como siempre lo hacía, del lado de la obediencia y la necesidad de su aprobación.

El mensaje final me dejó helada. Estaba al tanto de todo y quería estar al tanto de todo en todo momento. No había ningún rincón seguro, ningún secreto que se le resistiera. Mi vida, y ahora la de mi casa, estarían completamente expuestas a sus ojos. Y yo, atrapada en esta red que ella tejía a mi alrededor, solo podía aceptarlo, con el corazón encogido por el miedo y una punzada de excitación anticipada por la recompensa prometida. El juego continuaba, y los límites se desdibujaban hasta desaparecer en la oscuridad.

La cámara llegó, diminuta y traicionera, escondida dentro de un cargador falso. Siguiendo las instrucciones de Sofía, la coloqué en un enchufe alto que teníamos camuflado entre los marcos de unas fotografías familiares.

Mientras ajustaba el objetivo para que abarcara la cama, un escalofrío me recorrió la espalda. Ahora, cada noche, cada gesto de intimidad con Carlos, cada momento de soledad en el que quizás me tocaba pensando en ella, sería grabado, archivado, poseído por mi Ama. Era la vigilancia total, el último clavo en el ataúd de mi antigua vida.

Con la cámara instalada, mi mente, liberada de la tarea inmediata, comenzó a divagar en el "deseo" que Sofía me había prometido cumplir. Antes de ella, en la niebla de mi sexualidad convencional, había tenido una fantasía recurrente, casi un cliché: estar con dos hombres a la vez. La idea del placer multiplicado, de ser el centro de atención absoluta de dos masculinidades. Pero esa fantasía me parecía ahora burda, perteneciente a una Elena ingenua que ya no existía. Además, la sola idea de sugerirle a Sofía compartirme con hombres me producía un terror visceral. No lo toleraría. Su posesión era absoluta y exclusiva.

No, mi deseo más profundo, el que había brotado de las cenizas de mi sumisión, era otro. Había probado el poder de Sofía y la complicidad lésbica con Marta. Pero anhelaba una jerarquía, un espejo de mi relación con Sofía, pero en un nivel diferente. Quería que Marta, mi amiga, mi igual en el mundo exterior, se convirtiera en mi Ama. Que me sometiera, que me usara, no solo como amante, sino como su sumisa. Necesitaba su permiso. Era la única que podía otorgarlo.

Con el corazón encogido, marqué su número. La llamada sonó un par de veces antes de que contestara.

—¿Vaquita? —Su voz sonaba distraída, como si estuviera haciendo algo más.

—Ama... —tragué saliva—. Me prometiste un deseo. He pensado... he pensado en lo que realmente quiero.

—Dime —ordenó, con interés.

—Quiero... que Marta me someta. Que sea mi Ama, por un día. Como tú lo eres.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, una risa baja, cargada de malicia y aprobación.

—Me parece una idea excelente, Vaquita. Perfecta, de hecho. Pero pongo una condición, tiene que ser en su dormitorio. Quiero verlo todo.

—Sí, Ama. Lo que tú digas.

—Bien. Te enviaré una nota para que se la des de mi parte.

Minutos después, la nota llegó a mi móvil. La imprimí con manos temblorosas. Era fría, profesional, y no dejaba lugar a dudas.

Hablaba de mí como de su "sumisa", de nombre "Vaquita", y concedía a Marta "permiso completo y absoluto para su uso y disfrute, dentro de los límites que ella misma considere". Firmaba como "Dom X" y adjuntaba un número de teléfono que no reconocí.

Un par de días despues pude organizarme para visitar a Marta. Con el papel plegado en el bolsillo, como un documento que sellaba mi destino, caminé hasta su casa. La humedad entre mis piernas era ya una constante, un anuncio de la tormenta que se avecinaba.

Toqué el timbre, sintiendo cómo el plug, mi fiel compañero, parecía moverse en sintonía con mis nervios. Marta abrió la puerta con una sonrisa cálida que se tornó en sorpresa al ver mi expresión seria.

—Elena, ¡que sorpresa verte!

Sin mediar palabra, le tendí la nota. La tomó, confundida, y comenzó a leer. Sus ojos se abrieron gradualmente, pasando de la incredulidad a una fascinación palpable. Cuando terminó, me miró fijamente.

—¿Esto... esto va en serio, Elena? —preguntó, su voz un susurro.

—Son los deseos de mi amante —confirmé, bajando la mirada en un gesto de sumisión que ya no era actuación—. Y los míos.

Una sonrisa lenta, cargada de un poder nuevo y excitante, se extendió por el rostro de Marta. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, ya no con la lujuria de una amante, sino con la evaluación posesiva de una dueña.

—Cada vez me gusta más tu amo —murmuró, admirativa—. Tiene ideas... fascinantes.

Sacó su móvil y, con dedos ágiles, escribió un mensaje al número de la nota. Pude leerlo por encima de su hombro.

La respuesta de Sofía fue instantánea. Marta leyó en voz baja, una sonrisa juguetona en sus labios. No pude leer que ponía está vez en su mensaje. Tras un par de mensajes más, Marta me dijo:

—Bien, Vaquita —dijo, usando el nombre por primera vez con una autoridad que me hizo estremecer—. Sofía está en su cuarto, no hagas ruido. "Dom" dice que si no es ahora, nunca tendré ocasión de volver a sentir lo que es ser tu ama. Por lo que es necesario que seamos discretas.

Subimos las escaleras en un silencio espeso, solo roto por el latido furioso de mi corazón. Cada paso me acercaba a la realización de mi fantasía más íntima. Sin embargo, lo más transgresor era que Marta ignorase que la misteriosa "Dom X" que le permitía que yo fuera suya era su propia hija.

Al cruzar la puerta de su dormitorio y oír el clic del pestillo, supe que no había vuelta atrás. Marta se giró hacia mí, con la nota de Sofía aún en la mano y la mirada de quien acaba de descubrir un nuevo y delicioso poder. Yo, ante ella, estaba completamente a su merced, más húmeda y expectante que nunca.

Marta me observó, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de curiosidad y un poder recién descubierto. El aire en la habitación era pesado, cargado con el secreto de la cámara oculta y la transgresión que estábamos a punto de cometer.

—Desnúdate, Vaquita —ordenó, su voz más firme de lo que la había escuchado antes.

Sin vacilar, me despojé de la ropa, dejando mi cuerpo expuesto a su mirada y a la lente invisible que todo lo veía. Me sentí vulnerable y excitada, sabiendo que Sofía era testigo de cada temblor, de cada rubor que me subía por la piel.

Marta caminó a mi alrededor, estudiándome como si fuera un objeto de su propiedad. Se detuvo frente a mí, su dedo índice levantándose para señalar mi pecho.

—¿Por qué te llama Vaquita? —preguntó, una sonrisa juguetona en sus labios.

—Porque... porque tengo ubres —respondí, bajando la mirada, la humillación siendo tan dulce como punzante.

Una carcajada baja y satisfecha salió de su garganta.

—Es muy apropiado —concedió, y antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró alrededor de mi pezón derecho, pellizcándolo y retorciéndolo con una fuerza que me hizo contener un grito.

El dolor fue agudo, un latido ardiente que se extendió por todo mi pecho. Pero no me moví. No me quejé. Aguanté, clavando mis uñas en las palmas de mis manos, concentrándome en la sensación y en el conocimiento de que mi obediencia estaba siendo valorada por mi verdadera Ama, desde las sombras.

Marta me observó, sus ojos escudriñando los míos en busca de los límites de mi sumisión. Al ver que no cedía, su sonrisa se ensanchó.

—Muy bien —murmuró—. De rodillas.

Obedecí, arrodillándome en la alfombra frente a ella. Esa posición me resultaba ya familiar.

—Suplícame —ordenó, cruzando los brazos—. Suplícame que te use como la puta que eres.

—Por favor, Marta —supliqué, mi voz temblorosa pero clara—, usame como usarías a cualquier puta barata. Soy tuya. Haz conmigo lo que quieras. Haré todo lo que me pidas.

Ella asintió, satisfecha. Luego, levantó un pie desnudo y lo acercó a mi boca.

—Límpiamelo.

Cerré los ojos y, con una devoción que surgía de lo más profundo de mi ser, comencé a lamer la planta de su pie. Sabía a crema hidratante. Mi lengua recorrió cada arco, cada callo, cada espacio entre sus dedos, limpiando y adorando. Ella emitió un suspiro de placer.

—Continúa —dijo, recostándose en la cama y estirando las piernas hacia mí.

Avancé de rodillas junto al lecho y tomé su otro pie, repitiendo el ritual. Lamer, besar, adorar. Luego, uno a uno, me llevé sus dedos a la boca, introduciéndolos y succionándolos como si fueran caramelos, saboreando el sabor más intenso en esta zona. Marta observaba con su respiración cada vez más acelerada.

—Dios, Elena... —jadeó—. Eres increíblemente guarra.

Estás palabras me llenaron de orgullo. Sabía que eran lo que Sofía esperaba de mi.

Cuando Marta no pudo soportar más la tensión, se separó un poco.

—Ahora, lame mi coño. Quiero sentir tu sucia lengua.

Me deslicé entre sus piernas, que se abrieron para mí. Su sexo, ya húmedo y hinchado, era un espectáculo familiar. Enterré mi rostro en él, mi lengua encontrando su clítoris con la práctica que solo las semanas de sumisión a Sofía me habían dado. Gemía, y sus manos se enredaban en mi pelo, empujándome con más fuerza.

—¡Sí, así! —gritó—. ¡Qué puta más buena eres! ¡Mi puta!

Sus palabras, tan crudas, me electrizaron. Pero entonces, un pensamiento cruzó por mi mente, nítido y claro: ¿Qué querría ver Sofía? ¿Qué la excitaría más en este momento?

Con cierta dificultad me separé de su coño. Marta me miró, sorprendida y frustrada.

—¿Qué ocurre? —preguntó, con voz ronca.

La miré dócilmente y le propuse:

—¿Quieres que continúe... —dije, mi voz cargada de una intención lasciva que no era solo mía— lamiendo tu culo?

Sus ojos se abrieron de par en par por un instante, luego una sonrisa lenta y perversa se extendió por su rostro. Sin decir una palabra, con un movimiento fluido, se volteó sobre el vientre, elevando sus caderas y ofreciéndome sus nalgas.

Me acerqué, mis manos se posaron en su piel suave. La visión era íntima y obscena. Sin vacilar, apoyé mi rostro y comencé a lamer. Mi lengua exploró su entrada, al principio con suavidad, luego con mayor audacia, metiéndose profundamente, saboreando su esencia única. Su sabor era distinto al de su hija, más intenso pero no me resultaba desagradable. Era la transgresión definitiva, y cada gemido que escapaba de su garganta era un triunfo para mí.

Mientras mi lengua trabajaba en su interior, una de mis manos se deslizó por su costado, buscando y encontrando su clítoris hinchado. Comencé a masajearlo con dos dedos, siguiendo el ritmo de mi lengua. Su cuerpo se tensó como un arco, sus gemidos se convirtieron en alaridos ahogados contra las sábanas.

—¡Dios, sí! ¡No pares! —suplicó, sus caderas empujando alternando entre mi rostro y mi mano.

Sentí cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mi lengua, cómo su cuerpo entero se estremecía en una violenta sacudida. Un grito largo y gutural escapó de sus pulmones mientras el orgasmo la recorría, dejándola temblorosa y jadeante, completamente vacía y satisfecha sobre la cama.

Yo me quedé allí, arrodillada, con el sabor de su esencia más íntima en mis labios, sabiendo que en algún lugar, a través de la cámara, los ojos de mi verdadera Ama estaban fijos en mí, y que su sonrisa de satisfacción sería mi mayor recompensa. La Vaquita había obedecido, había llevado su fantasía hasta el límite.

El sonido del móvil de Marta cortó el silencio cargado de la habitación. Un zumbido breve, intrusivo. Ella, aún jadeante y con la piel brillante de sudor, se incorporó sobre los codos y alargó el brazo para cogerlo de la mesita de noche. Sus ojos, vidriosos por el placer, se enfocaron en la pantalla y una sonrisa amplia y lasciva se dibujó en sus labios.

—Es "Dom"—dijo, su voz un hilillo ronco y una sonrisa excitada—. Dice que no me olvide de follar bien a su vaquita.

Un escalofrío de anticipación y vergüenza me recorrió. Sofía estaba dirigiendo el espectáculo, incluso desde la distancia, asegurándose de que mi fantasía se cumpliera hasta el último detalle.

Marta tecleó una respuesta rápida, sus dedos volando sobre la pantalla. La vi fruncir el ceño ligeramente, luego sus ojos se abrieron con sorpresa. Intercambió un par de mensajes más, su expresión cambiando de la incredulidad a una determinación divertida.

—Bueno, Vaquita —anunció, dejando el móvil a un lado—. Le dije que no tenía nada para follarte pero tu amo tiene ideas para todo. Quiere que bajes a la cocina, así, como estás, y que cojas una zanahoria o un calabacín, para que lo usemos.

La idea de cruzar la casa completamente desnuda, con Sofía en ella para mí no resultaba un problema. Sin embargo, tenía que fingir para no levantar sospechas.

—¿Desnuda? Pero… Sofía está en casa —protesté en un susurro, fingiendo un falso pánico.

—Eso he dicho —respondió Marta con un encogimiento de hombros—. Me ha dicho que tengas cuidado. Así que sé rápida y silenciosa. ¡Por Dios que no te vea!

Era una locura. Una temeridad. Pero la orden estaba dada. La desobediencia no era una opción.

Me puse de pie, sintiendo el aire frío en mi piel desnuda. El plug anal, mi única "prenda", se movió dentro de mí con un recordatorio mudo de mi condición. Avancé hacia la puerta con pasos cautelosos, cada uno de ellos resonando en el silencio de la casa como un trueno.

Al salir al pasillo, el vacío y el silencio me envolvieron. Recorrí el corto trecho hasta la escalera, mis sentidos alerta al más mínimo sonido. Rezaba para que Sofía estuviera en su habitación con la puerta cerrada. Bajé los peldaños con la agilidad de un ladrón.

La cocina estaba en silencio. Me dirigí directamente a la nevera, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Al abrirla, la luz interior me cegó por un segundo. Busqué a tientas en el cajón de las verduras. Mis dedos encontraron primero una zanahoria, demasiado delgada. Luego, más al fondo, la forma firme y alargada de un calabacín. Lo agarré. Era grande, considerablemente más grueso que el plug que llevaba, y de una frialdad húmeda. Un nuevo temor se apoderó de mí. ¿Realmente podría con él?

Fue entonces cuando una figura emergió de las sombras junto a la puerta del patio. Sofía. Estaba en ropa interior, apoyada contra el marco, con los brazos cruzados y una sonrisa de pura satisfacción en su rostro. Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el calabacín que sostenía en mi mano.

—Lo estás haciendo genial, Vaquita —susurró, su voz un hilo seductor en la quietud—. Ese es perfecto.

Su aprobación fue un bálsamo y un veneno. Me sentí expuesta, evaluada y, para mi vergüenza, increíblemente excitada por su mirada y por el riesgo de estar hablando con ella en la cocina pudiendo ser descubiertas por Marta.

—Ahora sube —ordenó con un movimiento de cabeza—. Y dile a Marta que tu amante habría elegido ese.

Asentí, incapaz de articular palabra, y giré sobre mis talones para escapar de la cocina. El viaje de vuelta fue aterrador al pensar que tendría que albergar ese vegetal en mi interior. Notaba cómo los ojos de Sofía seguían clavados en mi desnuda silueta mientras subía las escaleras.

Al entrar de nuevo en la habitación de Marta, cerré la puerta con el pestillo y me apoyé en ella por un momento, jadeando. Ella estaba sentada en el borde de la cama, expectante.

—¿Viste a Sofía? —preguntó expectante.

—No, estaría encerrada en su cuarto. —mentí y añadí a continuación— Mi amo habría elegido este — dije levantando el calabacín con una mano temblorosa.

La sonrisa de Marta se ensanchó, maliciosa y llena de anticipación. Sus ojos se posaron en el vegetal y luego en mí.

—Es enorme, Vaquita —dijo, tendiéndome la mano para que se lo diera— ¿Seguro?

—Entrará —dije con una seguridad que no sabía de dónde sacaba, mi cuerpo ya anticipando la invasión— Estoy... muy abierta. Y mojada.

​Ella asintió, aún con cierta incredulidad, y buscó un frasco de lubricante en el cajón de su mesilla. Me acosté de espaldas en la cama, separando las piernas, ofreciéndome. La punta fría y húmeda del calabacín se posó en mi entrada. Contuve la respiración.

—​Relájate, Vaquita —murmuró Marta, y con una presión firme y constante, comenzó a empujar.

​Un respingo involuntario escapó de mis labios. La sensación de estiramiento fue inmediata y abrumadora. Era mucho más grande que el "pollón" de Sofía, más grande que cualquier cosa que hubiera probado antes.

Marta empujó con determinación, y sentí cómo mi cuerpo cedía, abriéndose para acomodar aquel volumen imposible. Una vez completamente dentro, me sentí increíblemente llena, como si no quedara espacio para nada más en mi interior.

​Cada movimiento suyo era una caricia profunda y intensa. Podía sentir la presión del vegetal en un lado y, justo al otro lado de la fina pared que separaba mis dos cavidades, la presencia constante y familiar del plug de Sofía. Era una sensación de plenitud extrema, de posesión doble.

—​No me puedo creer que te haya entrado... —murmuró Marta, alucinada, moviendo suavemente el calabacín. — ¿Estás bien?

—Mejor que nunca, por favor, folláme, no pares.

Marta, embriagada por el poder y la excitación, comenzó a moverlo más rápido, con más fuerza. Los gemidos se escapaban de mi garganta sin control, cada embestida me llevaba más cerca del borde. La presión en mi vejiga era intensa, y supe que no podría contenerla.

—​¡Voy a...! —grité, y el orgasmo me arrasó con una violencia inusitada, un torrente de placer tan intenso que perdí el control de mis esfínteres y un chorro de orina caliente brotó de mí, empapando las sábanas debajo de mis caderas.

​Marta, sorprendida, detuvo su movimiento. Jadeaba, mirándome con una mezcla de asombro y excitación. Lentamente, retiró el calabacín de mi interior. La sensación de vacío fue instantánea y enorme, un contraste brutal con la plenitud de momentos antes. Sin embargo, el plug de metal permaneció en su sitio, un pequeño y frío recordatorio de mi sumisión permanente incluso en medio de esta nueva transgresión.

​Desnudas y agotadas, yacíamos una al lado de la otra en la cama deshecha. El olor a sexo y orina impregnaba el aire.

—​Dios, Elena —susurró Marta, rompiendo el silencio—. Esto de ser... 'Ama'... es increíblemente excitante. Pero... —hizo una pausa, buscando las palabras—. La verdad es que no tengo mucha idea. Lo del calabacín, por ejemplo, nunca se me habría ocurrido a mí? Jamás.

​Sonreí, sintiendo una punzada de orgullo por mi verdadera Ama.

— Mi amante...tiene una imaginación muy fértil. Siempre encuentra la manera de sorprenderme. Nos divertimos mucho así.

​Marta se volvió hacia mí, su expresión seria.

— Algún día tienes que presentármelo. De verdad. Quiero conocer a la persona que ha cambiado tu vida—dijo, agarrándome la mano.

​El corazón me dio un vuelco.

— Es mejor que no Marta —dije con suavidad, evitando su mirada—. El anonimato... añade una capa de morbo extra, ¿no crees? Hace que todo sea más intenso.

​Ella frunció el ceño, no del todo convencida.

— Puede ser...pero aun así, me gustaría ponerle cara. Me tiene fascinada.

​Nos vestimos en silencio, la complicidad y el agotamiento pesando en el ambiente. Al salir de la habitación y cruzar el pasillo, nos encontramos de frente con Sofía. Iba saliendo de su cuarto, y una sonrisa amplia se dibujó en sus labios al vernos.

— ​Hola, mamá. Hola, tía Elena —dijo con una dulzura cargada de ironía— ¿Qué hacíais ahí encerradas tanto tiempo?

​Marta se quedó paralizada, la vergüenza tiñendo sus mejillas de un rojo escarlata. No supo qué decir.

— ​¡Ah, nada! —improvisé yo rápidamente, forzando una sonrisa—. Estábamos probando una crema depilatoria nueva. Una de esas que pican un poco y hay que esperar.

​Sofía soltó una carcajada, claramente fingiendo creérselo.

— ¡Ah, claro! —dijo, y se acercó a mí para darme un beso en la mejilla—. Cuídate, tía Elena.

​Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo. En los suyos, un brillo de triunfo absoluto y de un secreto compartido que Marta no podía ni sospechar. Las dos sabíamos la verdad. Ella lo había visto y orquestado todo. Ese conocimiento, peligroso y excitante, flotaba en el aire entre nosotras mientras yo salía de su casa, sintiendo que los lazos se enredaban aún más, haciendo la red de mi sumisión más fuerte e inescapable que nunca.

Sabía que Marta no se conformaría con esa tarde y escribiría a "Dom X", y sabía que mi ama no dejaría la ocasión de seguir disfrutando de este macabro juego.

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