La Regla de Martina 5
Daniel ya no es el arquitecto que era; es la propiedad de Martina, y su cuerpo responde solo a sus órdenes. Cuando ella le exige una precisión imposible para concederle un orgasmo, él descubre que la humillación es su mayor recompensa. Pero la verdadera prueba llega cuando la madre de su dueña lo observa, buscando la grieta en su sumisión.
Capítulo 5: El Placer Demorado y el Culto al Pie
Las semanas se convirtieron en meses, y Daniel se hundió más y más profundamente en su nueva vida. Ya no se sentía Daniel, el arquitecto independiente; era simplemente "Daniel," el criado de uniforme que ocasionalmente era recompensado con el título de "esclavo doméstico" por la voz aterciopelada de Martina.
El control sexual de Martina se había intensificado. Ahora, las relaciones eran un campo de batalla donde el objetivo de Daniel era la entrega total, y el de Martina, la prolongación agónica del deseo. Ella lo utilizaba para su propio placer con una frialdad y una intensidad calculadas.
"No te atrevas a irte," jadeaba Martina una noche, mientras cabalgaba salvajemente sobre él, controlando el ritmo y la profundidad, obligándolo a la tensión. "Esto no es para ti, Daniel. Esto es para mí. Eres mi motor."
Daniel apretaba los dientes, al borde del abismo, con el sudor corriéndole por la sien. La sensación era insoportable.
"Por favor... dueña... por favor, ya no aguanto," suplicó, hundiendo sus dedos en el colchón.
"Cállate. ¿Quién manda aquí? Respóndeme." "Tú, dueña. Solo tú."
"Entonces, te aguantas. Tu cuerpo es mío. Tu placer es mío. Y no te daré el final hasta que yo lo tenga. Si te atreves a terminar antes, te castigaré sin tocarte una semana, ¿entendido?"
Martina aumentó el ritmo, sus ojos fijos en el rostro sufriente de Daniel, bebiéndose su control perdido. Cuando ella finalmente gritó su propio clímax, Daniel se sintió un hombre ahogado. Exhausto, dolorido y, sorprendentemente, en paz. La liberación de ella era la única recompensa que importaba. Odiaba el dolor de la espera y adoraba la certeza de que ni siquiera su placer le pertenecía. Era el colmo de la sumisión.
El Ritual del Dedo Gordo
Un viernes por la noche, Martina estaba de humor para ser "generosa". Daniel llevaba casi dos semanas sin alcanzar el orgasmo, una tortura que había pasado de la frustración al deseo punzante.
Estaban en el salón. Martina estaba recostada en el sofá, leyendo, con una copa de vino.
"¿Qué quieres, esclavo?" dijo ella, sin apartar la mirada del libro.
Daniel, arrodillado junto a ella, en su uniforme de criada, tragó saliva. "Dueña... por favor... llevo mucho tiempo esperando. Permítame servirla. Permítame... terminar."
Ella cerró el libro, lo miró de arriba abajo con desinterés. "Quizá. Pero me has aburrido con tanto ruego. Tienes que ganártelo de una forma especial."
Martina levantó su pierna derecha y posó su pie descalzo sobre la mesita de centro. Sus uñas estaban pintadas de un rojo intenso, y sus dedos eran largos y perfectos.
"Mírame, Daniel. Mi pie."
Él obedeció, sintiendo el rubor de la humillación mezclado con una intensa excitación fetichista que no sabía que tenía.
"Te voy a dar una oportunidad. Vas a terminar, pero solo si eres capaz de depositar todo tu... premio... en mi dedo gordo. En este," dijo, señalándolo con el dedo corazón de su mano. "Ni una sola gota puede caer en el sofá. Si fallas, cortas césped con tijeras de manicura. Si lo consigues... el dedo es tuyo para gozar."
Daniel se sintió como un tirador de élite en una misión imposible. La presión era inmensa, pero la idea era... exquisita. Era el control final, el castigo potencial y la recompensa más íntima, todo en un solo acto.
"Sí, dueña. Seré preciso."
Martina se recostó, sin ofrecer ayuda, observando su esfuerzo con una expresión de juez. Daniel se concentró como nunca, sintiendo la oleada de placer acumulado. Finalmente, con un grito sofocado y concentrando cada músculo de su cuerpo, cumplió la misión. El dedo gordo de Martina quedó cubierto, sin que cayera una sola gota en el tapizado.
Martina inspeccionó el resultado con una sonrisa. "Impecable, Daniel. Felicidades. Te has ganado el premio."
Él la miró, jadeando. Ella se rio y tomó su pie, frotando su dedo gordo por la punta de su lengua para limpiarlo un poco.
"Ahora, la recompensa," dijo, y para el shock y el placer absoluto de Daniel, se inclinó, presionó su dedo limpio en la entrada de su ano. "Cierra los ojos. Siénteme. Esto es el premio a la obediencia, mi esclavo. El placer que te niegas y que yo te concedo."
Daniel se estremeció. La intimidad era brutal y extrañamente sagrada. Era el final perfecto.
"Gracias, dueña. Gracias por mi placer," consiguió decir, con la voz quebrada por el gozo y la sumisión.
La Cena con Mamá: La Evaluación Silenciosa
La madre de Martina, la señora, había desarrollado una curiosidad extraña por su "asistente doméstico." No porque le cayera bien, sino porque era un misterio.
"Daniel, mi madre quiere que sigas cocinándole una cena a la semana," le informó Martina un lunes por la mañana. "Dice que le gusta que su comida tenga 'orden'. Quiere hablar contigo. Sobre cosas. Sin mí."
Daniel sintió un nuevo nudo. Un nuevo nivel de exposición.
"¿Y qué quiere, Martina? ¿Que le cuente lo que me haces?" "Claro que no, idiota. Quiere verte humillarte, pero de una forma que ella entienda. Quiere ver hasta dónde llega tu sumisión sin la correa. No reveles nada de nuestro trato. Sé el sirviente perfecto, pero con más conversación. Es tu nuevo examen. Si fallas, castigo de abstinencia, ya sabes."
Esa noche, Daniel estaba en el comedor. La madre, formal y fría, se sentó. Él, de pie, en su uniforme de criada, le sirvió un solomillo (su especialidad).
"Siéntate, Daniel. Y no te pongas tan tieso," ordenó la madre, con un tono que sonaba a imitación barata de Martina.
Daniel se sentó con la espalda recta. "Gracias, señora."
"Dime, Daniel. ¿Por qué has dejado tu trabajo de arquitecto? Tu jefa me ha dicho que eres muy bueno. ¿Y ahora eres un...?"
"Soy un asistente doméstico, señora," interrumpió Daniel, con calma. "Mi jefa... Martina, me dio la oportunidad de tener un trabajo que requería dedicación total. Ella es muy exigente. Y yo... descubrí que necesito esa estructura. El caos de ser mi propio jefe era demasiado para mí. Ella me da el enfoque."
La madre lo miró fijamente. "A mí me parece que te manipula. Mi hija es una controladora."
Daniel sonrió suavemente, un gesto de sumisión genuina. "Ella es fuerte, señora. Y yo soy... mejor con alguien fuerte que me guíe. Le aseguro que estoy donde quiero estar. Y agradezco su... atención."
La madre no sonreía, pero su mirada se ablandó un poquito, un destello fugaz de curiosidad en la frialdad. "Ya veo. Dime, ¿te gusta cocinar? O solo lo haces por obligación."
"Me encanta servir. Y si servir incluye cocinar y hace feliz a mi dueña... entonces me encanta, señora."
La madre asintió lentamente, tomando un sorbo de vino. Parecía decepcionada de que Daniel no le ofreciera una queja, una lágrima.
"Muy bien, Daniel. Estás sirviendo bien a mi hija. Si alguna vez necesitas que te compre algo... cualquier cosa... no dudes en pedírmelo. Un favor de jefa a... otro."
Daniel inclinó la cabeza, comprendiendo. La madre lo veía como un cómplice, una versión humillada y masculina de lo que Martina había sido para ella.
"Gracias, señora. Se lo agradezco. Pero yo ya tengo todo lo que necesito. Solo me lo tiene que dar mi dueña."
La madre asintió, su rostro inexpresivo. Y así, Daniel había pasado la prueba. No solo era el sumiso de Martina, sino también el nuevo "asistente doméstico" para la madre ausente, una nueva capa de humillación familiar que, para su sorpresa, le resultó incluso más excitante que el control sexual. Había cruzado otro umbral.
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