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La Regla de Martina 6

Daniel cree que su sumisión es exclusiva de Martina, hasta que la madre de ella lo llama a su habitación. Entre el agua tibia y el silencio de la noche, una nueva autoridad exige su servicio más íntimo. ¿Será capaz de servir a dos dueñas sin perder el control de sí mismo?

Martin Gonzalez2.1K vistas
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La cena semanal con la madre de Martina, la señora, se había convertido en un rito. Un juego de ajedrez silencioso donde Daniel, en su uniforme de criada, era la pieza sacrificada entre las dos mujeres controladoras. Martina, por supuesto, lo veía como la humillación máxima, la rendición de su novio ante su figura materna, la prueba de que su control era total.

Una noche, después de la cena, Daniel estaba terminando de limpiar la cocina cuando el intercomunicador de la habitación de la señora sonó. Martina no estaba en casa; había salido a "dejarlo a prueba" intencionadamente.

Daniel contestó con la voz baja y profesional que había cultivado. "Sí, señora. ¿Necesita algo?"

La voz de la madre, seca como el desierto, llegó a través del altavoz. "Daniel. Estoy terminando un libro y no me apetece levantarme. Necesito que me traigas mi vaso de leche tibia y que me ayudes con mi pedicura. Mis pies me molestan. Ven."

Daniel sintió un escalofrío. La pedicura. Era el fetiche de Martina, su dedo gordo. El universo se estaba doblando sobre sí mismo.

"Enseguida, señora," respondió.

Preparó la leche tibia, la llevó en una bandeja pequeña y se dirigió a la puerta cerrada del fondo del pasillo. Tocó suavemente y entró.

La habitación de la madre era un santuario de la indiferencia. Impecable, oscura, con cortinas pesadas y una cama enorme donde la señora estaba recostada, leyendo un e-reader y con unas gafas de lectura pequeñas y elegantes. No vestía pijama, sino un camisón de seda que gritaba "clase inactiva". Sus pies, descalzos, asomaban por debajo de la sábana.

"Pon la leche en la mesita, Daniel. Y siéntate en el borde de la cama," ordenó sin mirarlo, sin dejar de leer.

Daniel obedeció. El silencio en la habitación era tan denso que casi dolía. Se sentó en la posición más humilde que pudo, con las manos entrelazadas en su regazo.

"Ahora, tráeme el kit de manicura que está en el baño y trae un bol con agua tibia. Y quítate los guantes, me dan dentera."

Daniel, con el corazón latiéndole en el pecho, fue al baño, encontró el kit, y regresó con el bol de agua. Colocó la bandeja con las herramientas a un lado de la cama.

"Muy bien," dijo la madre, cerrando el libro. Finalmente, lo miró. Su expresión no era de burla como la de Martina, sino de una curiosidad clínica. "Ahora, quítame los calcetines. Y sumerge mis pies."

Daniel se inclinó, sintiendo el ridículo de la situación. Con cuidado, descalzó a la mujer. Sus pies eran similares a los de Martina: cuidados, pero con las líneas y el ligero cansancio de una edad que no caminaba demasiado. Ligeramente más secos, menos arrogantes, pero con el mismo aire de exigencia.

Sumergió sus pies en el agua, con las manos temblándole ligeramente.

"Masajéame los tobillos un rato. Están hinchados," ordenó la madre, y cerró los ojos, disfrutando.

Daniel empezó a masajear, concentrándose en la tarea. Era un acto de servicio puro, sin carga erótica, pero la posición, su uniforme de criada, y la orden de sumergir sus manos en el agua de una mujer que no era su dueña, encendió una chispa de excitación vergonzosa.

"Dime, Daniel," dijo la madre con los ojos aún cerrados. "Cuando sirves a mi hija, ¿ella es igual de exigente?"

"Mi dueña es... metódica, señora," respondió Daniel, manteniendo el tono neutral.

"¿Y te gusta? ¿Que te ordenen?"

Daniel dudó un instante. Era una pregunta trampa. Miró los pies en sus manos. "Me gusta la estructura que me da, señora. Es... reconfortante."

"La reconfortante pérdida de la voluntad, supongo. Mi hija siempre fue así. Quería ser jefa de todo. Pero nunca lo fue de mí." Abrió un ojo y lo miró. "Así que mírala ahora, ha tenido que buscarse un novio que se vista de sirvienta para sentirse alguien."

El comentario, inesperado, fue un golpe. Daniel sintió la necesidad de defender a Martina, de afirmar la autenticidad de su sumisión.

"No es por eso, señora. Yo... yo la necesito a ella más de lo que ella me necesita a mí. Soy yo quien le suplica por las reglas."

La madre sonrió. Una sonrisa diminuta, casi una mueca. "Sí. Eso he visto. Es un espectáculo curioso, Daniel. Ahora, saca los pies del agua. Sécame bien, especialmente entre los dedos. Y luego, córtame las cutículas del dedo gordo, que están horribles."

Daniel asintió. Sacó los pies del bol. El foco se puso en el dedo gordo, el dios de su deseo. Con una precisión milimétrica, Daniel tomó la herramienta y se dedicó al cuidado de la cutícula, concentrado, sintiendo la suave rugosidad de la piel ajena. El acto de servicio era tan íntimo, tan humillante en su contexto, que el placer que le recorría el cuerpo era un goteo lento pero constante.

Cuando terminó, la madre volvió a cerrar los ojos. "Bien. Ya puedes irte. La próxima vez, tráeme una crema de menta y me masajeas las plantas."

Daniel se levantó. "Sí, señora. Buenas noches."

Recogió las herramientas y salió. Cuando cerró la puerta, sintió una mezcla de náuseas y triunfo. Había servido a la madre de su dueña de una forma más íntima de lo que jamás había imaginado. Había cumplido una orden de sumisión que no había venido de Martina, sino de una nueva figura de autoridad silenciosa.

Abrió el chat con Martina:

Dani: Misión cumplida. Serví a la señora. Me ha ordenado la pedicura.

La respuesta de Martina llegó al instante.

Martina: Lo sé, esclavo. Estoy mirando el historial de mensajes de voz. Has tartamudeado dos veces. Mañana te espero en el salón. De rodillas, listo para agradecer que te dejé servir a mi madre. Lo has hecho bien. Eres mío.

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