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Dominaciónnov 2025

Todas Putas (2)

Pedro siempre supo cómo tocarla, no solo el piano. Ahora, arrodillada frente a su instrumento sagrado, ella debe demostrar que merece el dinero y el placer que él le impone, bajo la amenaza de su voz hipnótica y sus manos implacables.

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Y mientras tragaba leche recordé que el cabrón que me estaba insultando mientras se corría en mi garganta era el profesor con el que tuve el mayor enamoramiento de mi vida.

— GLOGG!! GLGogg… GOGjjjj… GLOG…— Traga puta… aaasíí…

Y tragué, vaya si tragué. Aguanté una arcada, y no sé si fue una coincidencia, pero en ese momento, en respuesta al sonido, a mi convulsión, él gruñó, sujetándome más fuerte de la cabeza con las dos manos, mientras se descargaba. Aguanté como una campeona pensando en los quinientos euros, pero también estaba cachonda.

La voz del Pedro, para mí, había sido durante años un sonido tan hipnótico que, en ocasiones, cerraba los ojos mientras él me hablaba. Me parecía disfrutarlo más. Y mis piernas se apretaban entre sí por un momento, antes de hacer como que me recolocaba en la silla. De todas las burradas que me acababa de decir, la que más me transportó al pasado, al efecto de su voz en mí cuando le conocí, fue esta:

— Lo más suave que escucharás será “puta asquerosa”

Quizá porque lo que me advirtió cuando me senté al piano con él por primera vez fue que no me lo pensaba poner fácil y no iba a continuar dándome clases por el dinero.

Y era cierto. Pedro es uno de los pocos top europeos capaces de hacerse más de un Rachmaninoff en una noche.

Y sus manos

“Vine a por ciento veinte mil euros, pero me iba a dar quinientos.” Ese pensamiento me sacó del recuerdo mientras le escuchaba jadear y su polla daba los latidos finales en mi boca y mi garganta.

Las manos de Pedro,

— Entonces, ¿qué eres?

— Uuuna puutaa… — Dije, con fastidio.

El sabor de su leche inundaba mi nariz y seguía potente en mi garganta. Me lo había tragado todo, y desde bien adentro, pero era como si me lo hubiese metido en la boca, en lugar de en la garganta. Arrodillada frente a él, con las tetas colgando y la camisa abierta aprisionada entre ellas y mis brazos, me sentí preciosa.

— No es un insulto. — Dijo, sonriendo.

— En tu mundo friki ultra racional a lo mejor. En mi pueblo sí.

Me puse de pie con las rodillas aún flojas, creo que por el esfuerzo de tragarme su corrida. El regusto salado y espeso no era ya desagradable. Quién me iba a decir que acabaría cobrando por chuparle la polla.

La sala del piano no había cambiado en años: el Steinway negro y lustroso ocupaba el centro como un altar profanado, con la tapa entreabierta. A un lado, el sofá de cuero raído donde me sentaba a veces, con el cojín hundido por tantas horas de nervios, míos y de tantos otros. Al otro, la estantería con partituras amarillentas. Al principio, los nervios me comían viva cada vez que él entraba. El pulso se me aceleraba y su cercanía — cuando se inclinaba para corregir mi postura y su aliento me acariciaba el cuello — me provocaba un calor directamente en el coño. Y yo apretaba los muslos sin que se notara.

Era mi primer enamoramiento de verdad y fantaseaba con que me agarrase de la cintura o de la nuca para besarme de repente. Que me guiase los dedos sobre su polla mientras tocaba entre mis piernas con esos dedazos largos y esas manos fortísimas. Qué manos, por Dios.

Ahora, desabrochándome la camisa y dejando caer los pantalones y las bragas al suelo, sentía esos recuerdos como un puñetazo en el estómago: el templo convertido en un burdel. Mi cuerpo expuesto al fin, de una forma que nunca me imaginé. Quedé desnuda con la piel erizada por el aire fresco de la sala, oliendo a madera pulida. Es una gilipollez, pero ese olor me calmó. Me hizo pensar que Pedro no notaría mi excitación traidora. Y por un momento eso me permitió preguntarme si mi coño depilado le parecería bonito, o si mis tetas le parecerían vulgares, enormes en mi cuerpo menudo de curvas leves. No me hubiera sorprendido. Una profesora de ojos bonitos, pero grandes, le parecían “ojos Lang Lang”. El precioso de mi amiga Toñi, demasiado grande para su gusto, era Lang Lang. Incluso unas manos demasiado largas si no eran las suyas. Lo que quedaba genial en Instagram y encantaba a todo el mundo podría no gustarle a él. Me enfadé preventivamente, pensando “puto snob”...

Pedro se mantuvo serio, con los ojos fijos en mí con una expresión que se me antojó la que tenía justo antes de destrozar una interpretación mía. Sin un atisbo de sonrisa, solo esa intensidad fría con un casi imperceptible y rítmico balanceo de cabeza que sucedía a mis errores.

Se levantó despacio, con la polla aún colgando semierecta entre sus pantalones abiertos, y señaló el piano con un gesto seco.

— Apóyate ahí. Baja la caída, apoya las manos, pon ese culo de puta en pompa y abre las piernas para que te vea hasta el alma por el coño.

Obedecí. Lo hice con tanto cuidado como siempre. Y traté de que mi forma de apoyarme y abrirme fuese sensual. Me arqueé y sentí el aire en el coño y el ojete.

— He dicho que te abras bien de piernas, puta ridícula.

Me morí de vergüenza, cerré los ojos y separé más las rodillas, hasta que los tendones de la ingle me tiraron como cuando me obligaba a mantener la octava y media. Me enfadé conmigo misma, esperé unos segundos y me abrí más, separando los muslos hasta que dolió, y mi coño se expuso al aire fresco de la sala, húmedo y vulnerable, con los labios mayores hinchados por una excitación traidora. Sentí como si hubiese vuelto a acusarme de eufemismos.

“Has tocado un eufemismo” era para mí su latigazo más doloroso. Significaba que había cerrado la posición, que había encogido los dedos o las piernas para fallar sólo un poco. Que había empequeñecido una indicación de la partitura original porque afrontarla me aterraba. Un arpegio estrecho, un salto pequeño o un mezzo forte. Y un hilo pegajoso bajó por el interior de mi muslo derecho.

Los nervios me atenazaban como una garra y se me revolvió el estómago en un nudo de arrepentimiento. Mirando fijamente el piano, pensé en mi culo, glorioso, redondo y firme. Tenía que gustarle, tenía que valer ese dinero. A duras penas contuve las lágrimas. ¿Qué coño hacía ahí, vendiéndome? Pensaba en vestirme y salir corriendo hasta que sentí su mano en mi culo.

La palma ancha y dedos fuertes cubriendo la nalga, apretando con esa precisión que recordaba de sus demostraciones al piano. La electricidad me recorrió la espalda, bajando en espiral hasta el coño, encendiéndome el clítoris como un interruptor, el pulso latiendo ahí abajo, traicionándome de nuevo. Hasta que deslizó la mano hacia ese pulso y sus dedos se deslizaron por mi raja hasta que toda su palma me agarró, sus dedos tocaron mi ombligo y su pulgar se apoyó en mi ano.

Mi respiración se cortó y me cogió del pelo con la otra mano, de un sólo movimiento circular, tirando hacia atrás con fuerza y arqueándome el cuello hasta que dolió.

— Tendría que llevar agarrada del coño y del culo como a los paquetes de latas de cerveza, putilla. Y darte la orden de abrirte de piernas o abrir la boca para que te la folle en sitios que no te esperas. En público, delante de quien me dé la gana. Y si te pones a llorar como una subnormal antes de salir

Esa última frase me aterrorizó más que cualquier insulto o cualquiera de sus anteriores amenazas de brutalidad sexual. El corazón me martilleó en el pecho. Estaba burlándose de cómo lloré antes de mi primer concierto como profesional. Me obligó a darlo, bajo amenaza de dejar de enseñarme. Estaba muerta de miedo y lloraba en la sala de danza antes de salir, con las partituras en el suelo. Cinco obras, y todas superaban todas mis posibilidades en todo. Dos Bach intrincados, un Chopin etéreo, un Debussy nebuloso y un puto Rachmaninoff.

Y lo hice bien. Lo bordé ante una audiencia que era, para cualquiera, un pelotón de fusilamiento.

Yo recuerdo su cara de alegría al verme triunfar en el escenario. Pero él la negó. Dijo que su expresión era la misma que antes de que yo saliera a tocar. Él sabía que me saldría de maravilla. Era yo la que no confiaba en mí misma, y por eso veía su cara distorsionada.

Sentí que me empujaba al borde otra vez tirándome del pelo. Intentaba demostrar que dar mi coño por dinero llenaba un vacío necesario. Puto snob.

La mano derecha me cogió del cuello, subió al pelo, la izquierda agarró todo el cabello, la derecha lo cogió en el mismo movimiento en que lo giró, la izquierda bajó inmediatamente al culo con un azote… clap, clat, tac, pam, plaf… Espera… tirón del pelo, manotazo en el pubis desde atrás apoyando el pulgar en el ojete, y ¡pum! El pulgar entra en mi coño, hundiéndose hasta el nudillo de golpe… A continuación, sale, azota mi culo, y sé cuándo llega el siguiente golpe, aunque me asusta… Porque empieza a azotarme las tetas, plaf, plaf… El hijo de puta está tocando los campanazos centrales del preludio en sol menor con mi coño y mis tetas.

— Putilla calentorra… ¿te crees que no sabía lo que hacías antes de que yo entrara por esa puerta?

Lo que hacía era quedarme sentada frente al piano, envarada, con las manos sobre los muslos para que, al entrar y verme de espaldas, pensara que simplemente me relajaba y concentraba. Pero me estaba masturbando mientras le imaginaba cerrando la tapa del piano, me subía agarrada del culo para follarme ahí mismo ahogándome los gemidos con la lengua.

Empezó a restregarme la polla por el coño y por el ojo del culo, y su capullo gordo y caliente resbalaba por mi raja en un sonido que me avergonzó, untado en mi humedad, rozando el ojete apretado con la promesa del dolor.

— Te voy a reventar este culo de puta que tienes, niñata… Joder que rico…

Me mordí los labios tan fuerte que sangraron un poco, y el sabor metálico se mezcló con el residual de su lefazo en mi boca. "No te voy a permitir ir con el freno echado y jodiendo la digitación con excusas cursis. Cuando toques como yo le montas emociones. Antes, hazlo bien y punto." Ahora parecía que “hacerlo bien” era dejar que me rompiese, me usase, me echase a follar con desconocidos.

— Muévete tú contra mi polla, cerda de mierda.

Al principio coloqué mejor las manos, presionando para ponerme algo de puntillas y ganar margen de movimiento para mi culo. Pero su mano tirando del pelo con fuerza me lo dificultaba, arqueándome más. Pero, poco a poco, lo conseguí usando tanto el tronco como los dedos de los pies. Establecí un leve arco con mi coño arriba y abajo, usando su capullo como referencia, y pronto pude concentrarme en acariciarle la verga con la raja del chocho, arriba y abajo, arriba y abajo, chapoteando.

Y le hice un pequeño homenaje en mi cabeza con el movimiento, aunque no se diese cuenta. Pedro me obligaba a ir a sus conciertos para después reproducir de memoria todas las licencias que él había tomado sobre la mejor interpretación disponible antes de cierta fecha — un rubato sutil, un pedal prolongado.... Y eso me hizo cada vez mejor. Me obligaba a estudiar. Nunca me perdonó un esfuerzo. Me empujó al límite hasta que la música salía de sus torturas. Y me di cuenta de que no había estado así de cachonda en mucho tiempo cuando el aire enfrió el rastro húmedo que bajaba de mi coño por los muslos. Nunca había querido tanto meterme un cipote en el coño.

— Tienes que convencerme de que te la meta, puta. Si no puedes, es que no mereces tanto dinero.

“Tienes que convencerme” solía ser lo que decía cuando yo me tomaba licencias. Tenía que convencerlo de que había tomado buenas decisiones. La voz me salió ronca al principio, temblorosa como una nota casi en falso. Pero ganó volumen, degenerando en un torrente de súplicas guarras:

— Me vas a dejar… chupártela… todas las mañanas? Por favor… quiero ser una buena puta, necesito.. que uses mi coño… por favor… y que me ahogues con la polla.. Y perder.. Perder el conocimiento mientras me.. me insultas...

Guardó silencio, apretando la presa contra mi pelo, pero sin interrumpirme.

— El culo… sin lubricante… rómpemelo… reviéntamelo… déjame el coño rojo e hinchado.. ahh.. de tanto usarlo…

Y sin darme cuenta, me lo empecé a creer. Y empecé a empujar no solo el coño, sino el culo contra su polla. Me preparé para el dolor, pero seguí pulsando mi ojete contra su capullo mojado, empapado de mis jugos.

— Rómpeme el culo, rómpemelo de verdad, destrózamelo.. no lo prepares, y así te pruebo lo puta que soy y lo cerda que voy a ser tu puerca.. tu perra asquerosa... Y después… me lo pisas mientras me meas encima, metiéndome el pie en el coño para que me corra follada a patadas…

Y entonces, él me penetró por el coño, hasta el fondo, de una embestida brutal. Y su gorda vergaza entró en mi coño como un cuchillo jamonero en mantequilla, aunque el cuerpo alrededor de mi vagina sintió la presión de esa barraca.

Y exploté en un orgasmo inmediato.

Continuará.

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