La putita del bazar 02
Salim no pide permiso, solo obediencia. Y cuando la persiana baja y el sonido del cascabel rompe el silencio, Helena descubre que su miedo y su deseo son la misma moneda.
Han pasado varios días desde que me rebajé por cien euros en el suelo de la tienda. Días que he pasado en una montaña rusa: por las mañanas me despierto arrepentiéndome, jurándome que no volveré a caer, que buscaré otro trabajo aunque sea peor pagado, que hablaré con Salim y le obligaré a borrar esa puta foto. Pero por las noches… por las noches me meto en la cama y, sin querer, mis dedos acaban entre las piernas recordando las luces parpadeantes, la pegatina en la frente, su voz ordenándome correrme. Me odio por correrme pensando en ello, por mojar las sábanas con su nombre en la cabeza.
Pensé en dejar el curro. Varias veces. Incluso preparé el discurso: “Borra la foto o denuncio”. Pero Salim no ha aparecido por la tienda desde entonces. He estado trabajando sola con Álex, un chaval de veinte años con carita de niño bueno, de esos que te preguntan si estás bien si te ven seria y que nunca se imaginaría lo que pasó aquí hace unos días. Y cada vez que suena la puerta, mi corazón da un vuelco: pienso que será él, que cruzará con esa sonrisa ladeada y su perfume caro, y que todo empezará de nuevo.
Hoy, justo cuando estoy saliendo de casa, me llega un WhatsApp suyo. Solo tres palabras:
“Trae falda.”
Ni hola, ni explicación. Solo eso.
Y no sé por qué, pero ya estoy obedeciendo.
Miro mi armario. Tengo faldas largas, de las que uso para parecer profesional. Pero sé cómo es él. Cojo una corta, negra, de esas que se suben un poco al agacharte, que apenas cubren medio muslo. Estoy segura de que es lo que quiere, aunque no lo haya dicho.
Llego a la tienda con las piernas temblándome bajo la falda. La persiana está subida, hay clientes entrando y saliendo. Álex está reponiendo en el fondo. Y ahí está Salim, sentado en el mostrador como si fuera el rey del sitio, comiendo un huevo Kinder de los grandes, de los que llevan el juguete en un plástico amarillo. Algo nada típico en él: él no come chucherías baratas, él come en restaurantes caros. Me extraña tanto que me quedo parada un segundo.
Me ve entrar. Sus ojos me recorren despacio, de arriba abajo, deteniéndose en la falda corta. Sonríe ladeado, esa sonrisa que odio y que, a la vez, me acelera el pulso. Se limpia la boca con el dorso de la mano y me hace un gesto con el dedo para que me acerque.
Cuando estoy lo suficientemente cerca, se inclina un poco y susurra, su aliento caliente en mi oído:
—Ve al pasillo de lencería. Coge uno de esos tangas cutres de puta que tenemos, de los rojos o negros con brillantitos. Te lo pones en el baño y me traes tus bragas normales. Te pagaré bien.
Me quedo mirándolo, el corazón latiéndome fuerte.
—¿Con Álex aquí? ¿Y clientes?
Él se encoge de hombros, sin dejar de sonreír.
—Exacto.
Me quedo mirándolo, la boca seca. ¿En serio? ¿Con la tienda abierta, con Álex a unos metros?
No quiero hacerlo, pero mis pies ya se están moviendo hacia el pasillo de lencería. Como si tuvieran vida propia. Me digo que necesito el dinero, que tengo facturas atrasadas mientras cojo el primer tanga que veo: uno rojo chillón, de encaje barato, con la palabra “Sexy” bordada en brillantitos falsos que parecen de juguete. Me encierro en el baño del personal, el corazón latiéndome tan fuerte que lo oigo en los oídos.
Me bajo las bragas normales. Están húmedas. Joder, ya están húmedas. Me odio por ello, por cómo mi cuerpo reacciona a sus órdenes aunque mi mente grite que pare, que salga corriendo. ¿Por qué me pone tanto que me trate como una puta? Esa voz dominante, esa arrogancia… me hacen traicionarme.
Me pongo ese tanga horrible: se me clava entre las nalgas, el encaje raspa, es incómodo y vulgar. Me miro en el espejo: parezco una puta de mercadillo. Y una parte de mí, muy en el fondo, se excita con esa idea.
Salgo del baño con las bragas normales arrugadas en la mano. Apenas abro la puerta, Salim está ahí, de pie, bloqueando el pasillo estrecho. Su perfume caro me invade, esa mezcla intensa de madera y especias que siempre lleva. Me mira de arriba abajo, deteniéndose en la falda corta.
—Dámelas —ordena en voz baja, extendiendo la mano.
Se las entrego, temblando un poco. Las coge, las despliega un segundo y las toca con los dedos, notando la humedad. Sonríe ladeado, triunfal.
—Mira esto… ya mojadas. Eres una puta cachonda, Helena. Nada más verme y ya estás lista para mí.
Me arde la cara. Miro a los lados comprobando que nadie lo ha escuchado. Quiero negarlo, decirle que se equivoca, pero no puedo. Porque es verdad. Las guarda en el bolsillo de sus vaqueros, como si fueran un trofeo de guerra.
—Ven —susurra, y me hace un gesto para que lo siga al almacén pequeño.
Ya me espero lo peor. El pulso se me acelera mientras caminamos. Cierra la puerta a medias, lo justo para que no nos vean desde fuera, pero dejando una rendija por si viene Álex o un cliente.
Saca el huevo de plástico amarillo del Kinder, el que viene dentro con la sorpresa. Lo abre delante de mí con un clic. Se saca del bolsillo un cascabel pequeño, de esos de collares de gato, y lo mete dentro del huevo. Luego ata un cordoncito fino de manualidades alrededor del cascabel, asegurándose de que quede colgando fuera y lo cierra. Lo agita un segundo —tintín—.
—Bájate el tanga y métetelo. Ahora —dice en voz baja, pero firme, sosteniéndolo en la palma—. Vas a llevarlo todo el turno, tintineando como una zorra en celo.
Niego con la cabeza, retrocediendo un paso.
—Estás loco. No. Con la tienda abierta, con Álex…
Él saca el móvil, desliza el dedo y me muestra la pantalla un segundo: la foto de aquel día, yo arrodillada, luces parpadeando, la espada láser dentro. Me quedo sin aire.
—Si no lo haces, ahora mismo se la enseño a Álex. Le diré que mire qué chula salió en la foto su compañera de turno. Pero si lo haces bien… te doy 250 euros.
Trago saliva. Miro el huevo en su mano. El cascabel tintinea levemente al moverlo. Una parte de mí quiere mandarlo a la mierda, denunciarlo. Otra me recuerda que tengo facturas sin pagar. Y hay una tercera que... lo desea.
Lo cojo, nuestros dedos se rozan. Me bajo el tanga hasta las rodillas, me apoyo en una caja de cartón y, mirándolo a los ojos, desafiante aunque por dentro tiemble y me moje más, me lo meto despacio. El plástico es liso, ovalado, entra fácil porque ya estoy empapada. Lo empujo hasta el fondo, dejando el cordoncito fuera.
Tintín.
Salim sonríe, satisfecho.
—Buena chica. Qué obediente eres cuando quieres, Helena. Vas a pasar un día duro, tintineando cada paso, sintiendo cómo te llena ese juguete barato. Súbete el tanga y procura que no suene mucho. Si alguien descubre lo que estás haciendo… no te pago ni un euro. Y la foto igual sale a la luz.
Asiento, sin palabras. Me subo el tanga, me ajusto la falda. Al dar un paso pequeño, tintinea. Suave, pero lo oigo. Y él también.
—Venga, a trabajar —dice, abriendo la puerta—. Y sonríe cuando atiendas, Helena. Que parezcas normal.
Salgo del almacén con las piernas rígidas, sintiendo el huevo ocupando espacio, el cascabel recordándome con cada movimiento lo que soy hoy: Su puta discreta. Y aunque lo odio… estoy más cachonda que nunca.
Me muevo con las piernas rígidas, intentando caminar normal. Cada paso es una pesadilla: el huevo se mueve dentro de mí, el cascabel tintinea bajito, un sonido que solo yo oigo… o eso espero. —Tintín. Tintín—. Me ajusto la falda corta, rezando para que no se suba. Estoy mojada, joder. El tanga cutre se pega a mi coño, y aunque odio todo esto, odio que me haga obedecer así, mi cuerpo está traicionándome otra vez. Cachonda. Frustrada. Avergonzada.
Salim me mira desde la caja, con esa sonrisa ladeada que me revuelve el estómago. Sabe exactamente lo que siento. Me hace un gesto discreto: ve a atender.
El primer cliente pesado llega a media mañana. Un señor mayor, de esos que parecen inofensivos al principio, pero que no para de pedir cosas. Quiere pilas. Todas las pilas. Me pide que le explique las diferencias, que le muestre más modelos, que le saque las de la estantería baja una y otra vez. Tengo que agacharme para abrir cajas, para buscar en los cajones inferiores. Cada vez que lo hago, la falda se sube un poco por detrás, dejando al descubierto más muslo de lo que debería. Y el viejo no se corta: sus ojos se clavan en mis piernas, en los muslos expuestos, bajando y subiendo con descaro mientras yo me esfuerzo por sonreír y contestar.
—Estas son recargables, señor… más económicas a la larga —digo con voz temblorosa, agachándome otra vez.
Tintín-tintín.
El huevo se desplaza, el cascabel vibra dentro de mí. El viejo sonríe, se rasca la barbilla, pide otra comparación. Es un cachondo disfrazado de abuelo inocente. Lo sé porque no para de mirar, de alargar la conversación, de pedirme que me agache “una vez más, guapa, para ver las de atrás”.
Y Salim, desde la caja, observa todo. Con esa puta sonrisa ladeada, los brazos cruzados, disfrutando. Sabe que cada agachada es una tortura para mí. Que el viejo me está devorando con los ojos, que yo siento sus miradas en la piel, que me estoy mojando más por el riesgo, por la vergüenza. Que odio que me mire así… y que una parte de mí se excita sabiendo que Salim lo ve todo y no hace nada por parar.
Por la tarde, Álex está especialmente pesado. El chaval no para de hablarme, de seguirme por los pasillos mientras repongo. Es de esos días en que parece que no tiene nada mejor que hacer.
—Oye, Helena, ¿has visto la nueva serie esa de Netflix? Te pega un montón, la prota es como tú, fuerte y tal.
Me sigue hasta el pasillo de limpieza, charlando sin parar sobre películas, sobre el fin de semana, sobre cualquier cosa. Yo intento concentrarme, pero cada vez que me muevo rápido para apartarme un poco, tintín. El huevo presiona, el cascabel suena más fuerte si acelero. Estoy frustrada: quiero que me deje en paz, que no esté tan cerca, no vaya a oír algo. Pero al mismo tiempo estoy cachonda perdida. El roce constante, el secreto, el saber que Salim me ha metido esto dentro y me tiene controlada… me tiene al borde todo el rato. Quiero gritarle a Álex que se calle, quiero tocarme, quiero que Salim me ordene algo más. Me odio por pensarlo.
Y Salim, claro, aprovecha. Me manda tareas una tras otra, susurrándomelas cuando Álex no mira.
—Ve a reponer en lencería, las de abajo del todo.
Agacharme entre tangas y sujetadores baratos, con la falda subiéndose, el tanga rojo clavado y visible si alguien mirara bien. —Tintín-tintín—.
—Ahora en juguetes, las estanterías bajas.
Me agacho entre los estantes de juguetes infantiles. Y ahí está: una pelota antiestrés exactamente igual que la que me metió en la boca aquel día. Blanca, blanda, de plástico. La miro y el recuerdo me golpea como un flash: yo arrodillada, la boca llena, babeando sin control, las luces parpadeando en mi cara mientras él se pajeaba. Noto cómo la saliva se me acumula de nuevo en la boca solo de pensarlo, cómo el tanga se empapa más. Me quedo un segundo parada, la mano temblando en la caja. ¿Por qué me pone tan cachonda recordarlo? Babeando como una perra, humillada… y corriéndome como nunca.
Tintín.
El cascabel me saca del trance. Me agacho más para reponer, el huevo presiona fuerte.
—Sube la escalera a por papel de regalo.
Cada escalón: tintín. La falda corta ondeando, el aire fresco en las piernas, el miedo a que Álex o un cliente suba detrás y vea el tanga rojo asomando.
Todo el día así. Frustrada por no poder estar quieta, por Álex que no calla, por los clientes que no se van —especialmente ese viejo cachondo que al final se llevó las pilas más caras solo por alargar el momento—. Cachonda por el sonido constante, por las órdenes de Salim, por esa sonrisa que me dice que sabe exactamente cómo me tiene.
Para cuando la tarde avanza, estoy hecha un lío. Quiero que acabe el turno. Quiero que no acabe nunca.
Finalmente llega la hora de cierre. Álex se despide con su sonrisa de niño bueno, coge su mochila y sale por la puerta principal.
—Nos vemos mañana, Helena. ¡Descansa!
—Claro, Álex… hasta mañana.
La puerta se cierra tras él. Su turno siempre es más corto porque combina con la universidad. Ahora quedamos solo Salim y yo en la tienda. El silencio de repente es pesado. No sé qué hacer. ¿Me voy? ¿Me quedo esperando los 250 euros como una idiota?
Me planto frente al mostrador, quieta, con las piernas aún temblando por todo el día de tintineos y roces. El huevo sigue dentro, el cascabel callado por fin, pero lo siento ahí, ocupándome.
Salim me observa de arriba abajo, lento, como si me desnudara con los ojos. Se levanta, rodea el mostrador y va directo a la entrada. Baja la persiana metálica con un ruido que retumba en la tienda vacía. Clic, clic, clic… hasta que queda completamente cerrada.
Me quedo helada.
—No lo has hecho mal hoy —dice, volviéndose hacia mí con esa sonrisa ladeada—. Has sido una chica obediente. Pero aún falta algo. 250 euros por pasearte todo el día con un cascabel en el coño… es demasiado dinero por tan poco esfuerzo.
Trago saliva. El corazón me late fuerte otra vez.
—No… no me vas a follar —suelto, la voz más débil de lo que quisiera.
Él suelta una risa baja, divertida, como si le hiciera gracia mi intento de resistencia.
—¿Follarte? Helena, con todo lo que has hecho ya… follarte sería lo menos guarro que podríamos hacer aquí.
Se acerca un paso más. Huele a su colonia cara, a dominio. Me repasa otra vez con la mirada, deteniéndose en la falda corta, en mis piernas.
—Escoge una sección —ordena, tranquilo pero firme—. La que quieras. Vamos a terminar el día como merece la pena. Tú eliges dónde.
Dudo. El cerebro me va a mil. Ferretería… no, Dios, ahí hay cinta americana, bridas, cosas con las que podría atarme. Limpieza… mangos de fregona, cepillos. Cocina… pinzas, mangos largos. Infantil… juguetes que ya sé cómo usa. Lencería… demasiado obvio. Jardinería… no quiero ni pensar.
Finalmente, casi sin voz, digo lo que creo más seguro.
—Papelería…
Salim alza una ceja, divertido. Se cruza de brazos.
—Papelería. Buena elección, putita. Vamos allá.
Me hace un gesto para que lo siga al pasillo de material de oficina: bolígrafos, cuadernos, carpetas, tijeras, grapadoras, cinta adhesiva, rotuladores, reglas de plástico, clips grandes, sacapuntas…
Me para en medio del pasillo, bajo la luz fluorescente.
—Quítate el tanga. Y saca el huevo. Despacio. Quiero verlo tintinear una última vez.
Y las manos me tiemblan mientras obedezco.
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