La putita del bazar 03
La luz fría de los fluorescentes ilumina su vergüenza mientras las tijeras rasgan su ropa. No es solo miedo lo que siente, es la certeza de que mañana volverá por más.
Me quedo parada en medio del pasillo de la sección de papelería, bajo la luz fría de los fluorescentes. Las estanterías están llenas de bolígrafos baratos, cuadernos de espiral, reglas de plástico, tijeras de punta redonda, cinta adhesiva, grapadoras, clips metálicos grandes, rotuladores gruesos, sacapuntas y rollos de celo.
Salim me mira fijamente.
—Quítate el tanga. Y sácate el huevo. Despacio. Quiero verlo tintinear una última vez.
Las manos me tiemblan mientras obedezco. Me inclino contra una estantería, apoyo una mano en los paquetes de folios para no caerme. Me bajo el tanga rojo y cutre hasta los tobillos, lo dejo caer al suelo. Luego, respiro hondo, meto los dedos y tiro del cordoncito. El huevo sale despacio, resbaladizo, empapado de mí. El cascabel tintinea fuerte en el silencio de la tienda: tintín-tintín-tintín. Lo sostengo en la palma, brillante y húmedo, y lo miro con vergüenza.
Salim sonríe, esa sonrisa ladeada y cruel que me revuelve las entrañas.
—Sabía que escogerías papelería —dice, acercándose un paso—. Pensaste que era la sección más segura, ¿verdad? La que tenía menos peligro para ti. Pobrecita Helena… aquí hay muchas más cosas útiles de las que crees.
Se agacha, coge el huevo de mi mano y lo agita cerca de mi cara.
Tintín.
Deja el huevo en una estantería, como si ya no le interesara, y coge un rollo grande de cinta adhesiva transparente. Lo desenrolla un poco, jugando con él entre los dedos, haciendo ese ruido rasposo característico.
—No te preocupes —dice, mirándome a los ojos—. Te recuerdo que no te voy a tocar… todavía.
Da una vuelta lenta a mi alrededor, el rollo de cinta en la mano.
—Pero si te dejas atar… solo las muñecas, nada más… te pago ciento cincuenta euros extra. Cuatrocientos en total. Prácticamente tu alquiler, ¿no?
Se para delante de mí, el rollo colgando de su mano como una amenaza suave.
—Tú decides, Helena. Puedes irte ahora, incluso te daría los doscientos cincuenta… o quedarte quietecita un rato y salir de aquí sin preocuparte por el alquiler.
Me quedo helada, el tanga en los tobillos, el coño al aire, el corazón latiéndome a mil. Quiero decir que no, que se vaya a la mierda. Pero los cuatrocientos euros brillan en mi cabeza como una salvación. Y esa cinta en sus manos… joder, es que ya me estoy mojando.
Lo miro a los ojos, tragando saliva. Y aunque una parte de mí lo odia, aunque me repugna lo que estoy a punto de hacer…
Asiento, apenas.
—Solo las muñecas —susurro.
Salim sonríe más amplio.
—Buena chica. Manos a la espalda.
Obedezco, aunque algo por dentro me grita que pare. Pongo las muñecas juntas, detrás de la espalda. Él desenrolla la cinta adhesiva con ese ruido que me pone los nervios de punta. Da varias vueltas alrededor de mis muñecas, apretando lo justo para que no pueda soltarme. La cinta se pega a mi piel, fría al principio. Noto cómo me empapo más. Joder, ¿por qué? Estoy atada, vulnerable, y mi coño responde como si esto fuera lo que siempre he querido. Me odio por mojarme tanto, por traicionarme con cada segundo.
Salim coge el tanga rojo del suelo, ese trozo de encaje barato y empapado. Juguetea con él en las manos, lo estira y lo huele sin disimulo delante de mí.
—Cuatrocientos euros es mucho dinero, Helena —dice en voz baja, acercándose—. No voy a hacerte daño. No voy a follarte ni voy a tocarte con mis dedos. Pero vamos a jugar un rato. Prepárate.
Quiero protestar, decirle que no, que pare aquí. Pero en cuanto abro la boca, él arruga el tanga y me lo mete dentro, empujándolo con dos dedos hasta que llena mi boca por completo. Sabe a mí, a mi humedad de todo el día, salado y humillante. Noto los brillantitos cutres sobre mi lengua. Intento protestar, pero solo sale un gemido amortiguado.
Luego desenrolla más cinta y me la pega por encima de los labios, dando vueltas alrededor de mi cabeza para fijar la mordaza. La cinta se adhiere fuerte, sellándome la boca con mi propia ropa interior sucia dentro.
—Mmmph… —intento decir algo, pero solo sale un sonido ridículo.
Salim se aparta un paso, admirando su trabajo. Yo estoy ahí, con la falda corta, sin tanga, las piernas abiertas ligeramente para no caerme, manos atadas a la espalda, boca amordazada con mi propio tanga empapado dentro. Entonces coge las tijeras de punta redonda de la estantería. Las abre y cierra un par de veces.
Clic-clic.
Me asusto de verdad. El corazón me late a mil, intento retroceder, pero con las manos atadas solo me apoyo más en la estantería. Sacudo la cabeza, ojos abiertos, un gemido asustado sale amortiguado por la mordaza.
—Tranquila, putita —dice, levantando las tijeras pero sin acercarse demasiado—. Te he dicho que no voy a hacerte daño. Solo voy a quitarte esta mierda de ropa barata que llevas. Mira qué camiseta más cutre, de mercadillo. Con los cuatrocientos euros que te voy a dar te compras algo decente, algo que valga la pena mirar.
Se acerca despacio y empieza por la camiseta. Mete la punta redonda bajo la tela, por el dobladillo inferior, y corta hacia arriba con calma, centímetro a centímetro. El sonido del tejido rasgándose es lento, deliberado.
—Esto es tela de pobre, Helena —murmura mientras corta—. Una puta como tú merece algo mejor. Algo que se ajuste a lo cara que te vendes hoy.
La camiseta se abre por el centro, dejando al descubierto mi sujetador sencillo y el estómago. La tela cae a los lados, colgando de mis hombros.
Se detiene un segundo, me observa. Sus ojos recorren mi sujetador, mis tetas subiendo y bajando con la respiración agitada, la falda corta que apenas cubre. Noto su mirada como un toque físico, quemándome.
—Joder, qué sujetador más básico —se burla, acercando las tijeras—. Seguro que lo compraste en oferta, como todo lo tuyo. Una puta de cuatrocientos euros no debería llevar esto.
Mete las tijeras por el centro, entre las copas, y corta el puente de tela que las une. El sujetador se abre de golpe, las copas se separan y mis tetas quedan completamente al aire, libres, los pezones duros por el miedo y la excitación. Ese momento es el peor: siento la vergüenza más profunda, como si me hubiera desnudado el alma. Intento cubrirme por instinto, pero con las manos atadas a la espalda solo consigo moverme torpe, haciendo que mis tetas se muevan más. Un gemido largo y amortiguado sale de la mordaza, mitad protesta, mitad algo que no quiero admitir.
Salim se queda mirando, sin prisa. Su respiración se acelera un poco, los ojos oscuros fijos en mis tetas expuestas.
—Mira qué tetas más ricas tienes, Helena —dice en voz baja, casi ronca—. Y las llevabas escondidas bajo esta basura. Con el dinero que te doy hoy te vas a comprar lencería de verdad. Algo que haga justicia a lo zorra que eres.
Luego baja las tijeras hacia la falda. Las mete por el dobladillo, pero cuando va a cortar… se detiene. Sacude la cabeza, como arrepintiéndose.
—No —dice, dejando las tijeras en la estantería—. La falda mejor no la toco. Me he pasado el día cachondo mirándotela, con ese vuelo corto cada vez que te agachabas. Sería una pena destrozarla. Te queda perfecta para lo puta que eres.
Me quedo desnuda de cintura para arriba, la falda corta como única ropa, atada y amordazada, temblando contra la estantería. La boca llena del sabor de mi propio coño, la cinta pegada fuerte.
Salim se aparta un paso, me repasa con los ojos, satisfecho.
—Ahora sí estamos listos para jugar de verdad, putita mía.
Se da la vuelta hacia la estantería y empieza a explorar con calma. Sus dedos recorren los paquetes: bolígrafos, grapadoras, rotuladores… Hasta que llega a los marcapáginas y accesorios de oficina. Saca un paquete de clips metálicos grandes, de esos para sujetar montones de papeles, y otro de mini pinzitas de ropa de madera, de las que se usan para manualidades o cerrar bolsas.
Abre los paquetes con calma, riendo bajo, un sonido grave y burlón que me pone la piel de gallina.
—Joder, Helena… probablemente no has pensado en esto cuando has escogido papelería, ¿eh? —dice, agitando los clips en la mano—. Clips grandes y pinzitas de estas… perfectas para una puta como tú.
Me mira los pechos, desnudos y expuestos, los pezones duros como piedras por el aire frío y por todo lo que me está haciendo.
—Mira qué pezones tan duros tienes —murmura, acercándose—. Están pidiendo a gritos algo que los sujete. Estos clips serán perfectos para enganchar ahí.
Intento protestar con la mordaza, un gemido amortiguado sale de mi garganta, pero él ignora. Coge un clip grande, lo abre con los dedos y lo coloca despacio en mi pezón izquierdo. El metal frío me muerde, duele un poco al principio, un pinchazo agudo que se transforma en un calor intenso. Luego el derecho. Otro clip. Gimo más fuerte, el dolor mezclado con un placer traidor que me hace apretar los muslos. Las tetas se me ponen tirantes, los clips colgando pesados, moviéndose con cada respiración.
Salim se aparta un segundo, admirando.
—Joder, cómo me poner así, con los clips de oficina en las tetas como una puta decorada.
Luego coge las mini pinzitas de madera, las abre y cierra, clic-clic-clic.
—Y estas… estas son aún mejor —dice, acercándomelas—. Pequeñas, pero muerden rico. ¿Quieres que te las ponga, Helena? ¿O prefieres que pare aquí?
Dudo. Sacudo la cabeza al principio, pero el dolor de los clips ya se está convirtiendo en algo más, en un pulso que me llega directo al coño. Estoy empapada, lo sé. Él lo sabe. Me mira a los ojos, se inclina cerca de mi oído.
—Ambos sabemos cuánto te pone que te trate así, putita —susurra, su aliento caliente en mi piel—. Me odias por necesitar el dinero, pero te encanta que te humille. Asiente si quieres más.
Cierro los ojos un segundo. El conflicto me quema por dentro: lo odio, odio que me tenga así… pero joder, sí quiero. Asiento apenas, un movimiento pequeño de cabeza.
Salim ríe bajo, satisfecho.
—Buena chica. Sabía que dirías que sí.
Empieza a ponérmelas. Una a una, en la piel sensible alrededor de los pezones, en los laterales de las tetas, en la areola. Cada pinza es un mordisco pequeño, constante. Clic. Clic. Clic. Gimo con cada una, el dolor acumulándose, convirtiéndose en un fuego que me hace temblar. Las tetas me quedan cubiertas de pinzitas de madera baratas, una decoración absurda y cruel.
Cuando termina, se aparta y me mira: desnuda de cintura para arriba, falda corta, manos atadas, boca amordazada con mi tanga, tetas llenas de clips y pinzas.
—Perfecta —dice—. Una puta de papelería absoluta.
Salim me deja ahí, expuesta contra la estantería. Estoy temblando, cachonda perdida, el coño palpitando por el dolor y la vergüenza. Él se da la vuelta de nuevo, como si nada, revisando las estanterías con calma, tocando paquetes aquí y allá.
Coge un rotulador permanente de los gordos, negro, de esos para cartelitos. Y una regla de plástico rígida, de 30 centímetros, lisa pero firme.
Sonríe ladeado al destapar el rotulador con un pop seco. El olor fuerte a tinta me llega.
—Quieta —dice, acercándose—. No te muevas aunque sientas cosquillas. Si te retuerces, te va a doler.
Empieza por las tetas. El rotulador frío roza mi piel sensible, justo por encima de los clips y pinzas. Escribe despacio, deliberado: “PUTA” en una teta, grande y en mayúsculas. El trazo grueso me hace cosquilleo, pero aprieto los dientes bajo la mordaza para no moverme. Luego en la otra: “BARATA”.
—Joder, qué bien queda —murmura, admirando su obra—. “Puta barata”. Eso es lo que eres hoy, Helena. Cuatrocientos euros y te dejas marcar como mercancía.
Baja a la tripa. Escribe “DE SALIM” justo encima del ombligo, y más abajo, cerca de la falda: “USAR Y TIRAR”.
El cosquilleo es intenso, el rotulador resbala por mi piel sudorosa, pero me esfuerzo en quedarme quieta. Estoy ardiendo, el dolor de las pinzas mezclado con la humillación de las palabras me tiene al borde.
Luego las piernas. Me separa un poco más los muslos con la mano libre —sin tocar el coño, cumpliendo su promesa—, y escribe en el muslo izquierdo: “CACHONDA”, y en el derecho: “POR DINERO”.
—Mira qué piernas más bonitas para anunciar lo zorra que eres —dice, la voz ronca—. Todo el mundo sabría lo que eres si te vieran así.
Llega al costado, bajo las costillas, escribiendo algo largo: “PROPIEDAD DEL BAZAR”. El rotulador hace cosquillas de verdad ahí, un cosquilleo insoportable que me recorre como electricidad. No aguanto: me retuerzo un poco, un movimiento involuntario, las tetas se mueven y las pinzas tiran dolorosamente.
Salim gruñe, bajo y cabreado.
—Te he dicho que no te muevas, puta.
Y sin aviso, levanta la regla y me da un azote seco sobre las tetas. ¡Plas! El plástico impacta en la piel sensible, justo sobre los clips. Duele como un latigazo, un ardor que me hace gemir fuerte bajo la mordaza, lágrimas en los ojos. El dolor explota, pero al segundo se transforma en un calor que me llega directo al coño.
—No te muevas —repite, más calmado pero firme—. O el próximo es más fuerte.
Me quedo quieta, temblando, el costado a medio escribir. Él termina la palabra despacio, presionando más el rotulador como castigo.
Cuando acaba, se aparta y me mira entero: marcada como un cartel, tetas rojas por el azote y llenas de pinzas, palabras humillantes en tinta permanente por todo el cuerpo.
—Joder, Helena… Eres una puta en oferta.
Salim se aparta un paso, dejando que el ardor del azote se extienda por mis tetas, los clips y pinzas tirando con cada respiración agitada. Aunque me queme de vergüenza y dolor, estoy tan cachonda que casi me corro solo con su mirada.
—Ven —ordena, cogiendo una escalera baja de las que usamos para reponer estanterías altas, de dos peldaños—. Siéntate aquí.
Obedezco, torpe con las manos atadas. Me siento en el primer peldaño, la falda corta subiéndose por los muslos. Él me empuja suave pero firme hacia atrás, inclinándome hasta que mi espalda queda apoyada en el segundo peldaño, las piernas abiertas, el coño expuesto al aire frío de la tienda. La posición es obscena: tetas hacia arriba con todos los clips y pinzas, palabras humillantes a la vista, falda arrugada alrededor de la cintura.
Salim se arrodilla frente a mí, entre mis piernas abiertas. Coge el rotulador grueso, el permanente negro, y lo agita delante de mi cara. Lo destapa otra vez, el olor fuerte a tinta invadiendo el aire.
—Mira esto, Helena —dice, girándolo entre sus dedos—. Grueso, largo… perfecto para un coño como el tuyo. ¿Lo quieres dentro? Asiente si sí, putita. Sé honesta.
Me quema la cara de humillación. Quiero negar, gritar que no, pero mi coño palpita vacío, traicionero, deseoso. El dolor de las pinzas, las palabras en la piel, el azote anterior… todo me tiene al borde. Cierro los ojos un segundo y asiento, apenas, un movimiento pequeño y vergonzoso de cabeza.
Salim ríe satisfecho.
—Sabía que sí. Eres una puta desesperada.
Se arrodilla más cerca, entre mis piernas abiertas, la regla en una mano y el rotulador grueso en la otra.
—Mírate, Helena —murmura, la voz ronca de deseo—. Abierta como una puta en oferta, marcada con mi tinta, las tetas llenas de pinzas baratas. Eres lo más bajo que he tenido.
Posiciona la base del rotulador en mi entrada, rozando apenas. Gimo amortiguada, el tanga en la boca empapado de saliva y mi propio sabor. Lo mete despacio, tortuoso, centímetro a centímetro. El grosor apenas me llena, pero estoy tan desesperada que estoy a punto de correrme desde el primer momento. Lo empuja hasta el fondo, luego lo saca un poco, lo vuelve a clavar. Lento, deliberado, como si quisiera que sienta cada milímetro.
Al mismo tiempo, se saca la polla otra vez, dura, venosa, enorme. Empieza a masturbarse despacio, la mano subiendo y bajando mientras me folla con el rotulador, mirándome a los ojos.
—Apuesto a que ahora mismo estás deseando mi polla de verdad, ¿eh? —gruñe, acelerando un poco el ritmo del rotulador—. Ese rabo moro que tanto odias. Queriendo que te folle como la zorra que eres.
Sacudo la cabeza, intento negar con la mordaza, pero sale un gemido patético. Porque sí, joder, una parte de mí lo desea. Lo odio por saberlo.
—Pues te jodes —dice, riendo bajo—. Hoy aguantas con este puto rotulador de mierda. Material de oficina para una puta de oficina. Aguanta, Helena. No te corras todavía.
A veces deja de tocarse la polla para coger la regla y azotarme: ¡plas! en las tetas, sobre los clips y pinzas, haciendo que el dolor explote y que el rotulador se clave más profundo. ¡Plas! en los muslos internos, cerca del coño, el ardor subiendo como fuego. Grito amortiguada cada vez, lágrimas en los ojos, pero el placer es brutal, el rotulador entrando y saliendo sin piedad.
—Qué puta más obediente —jadea, acelerando—. Marcada, atada, mordaza con tu tanga sucio… y corriéndote por un rotulador. Eres patética.
Estoy al borde, temblando, el coño apretando el plástico como si fuera vida. No aguanto más.
—Córrete —ordena al fin, pajeándose furioso—. Ahora, puta. Córrete con este rotulador barato dentro.
Y exploto.
El orgasmo me atraviesa violento, me doblo hacia atrás en la escalera, las tetas rebotando con las pinzas, gemidos largos y amortiguados saliendo de la mordaza. El coño se contrae alrededor del rotulador, olas de placer y dolor mezcladas, todo mi cuerpo convulsionando mientras él me mira, disfrutando cada segundo.
Salim gruñe fuerte, se incorpora de rodillas y se corre sobre mis tetas llenas de pinzas y clips. Chorros calientes, espesos, salpicando la piel marcada, resbalando por las palabras “PUTA BARATA”, goteando sobre los clips metálicos. Acaba con un suspiro animal, la polla aún en la mano, mirándome desde arriba.
—Joder… buena chica.
Se guarda la polla, se sube la cremallera. Saca cuatrocientos euros del bolsillo y los deja en la estantería, al lado del huevo Kinder.
Coge las tijeras de punta redonda, me las pone en la mano atada, el mango entre mis dedos inertes.
—Búscate la vida para soltarte, Helena —susurra cerca de mi oído—. Cuando te vayas, no olvides cerrar la puerta con tu llave y poner la alarma. Mañana te quiero aquí a la misma hora.
Se aparta, me mira una última vez —desnuda, marcada, corrida en las tetas, atada y amordazada— y sonríe ladeado.
Luego se va, cerrando la puerta de la tienda con llave desde fuera. El clic del cerrojo resuena en el silencio.
Me quedo sola, temblando aún por el orgasmo, el rotulador olvidado en el suelo, el dinero esperando.
Sé que mañana volveré. Y que una parte de mí ya lo está deseando.
_________
Veo que la historia os está molando. Tengo planificado un "especial de navidad", ya veréis.
Dejadme en los comentarios las guarradas que os gustaría ver en las distintas secciones de la tienda. Igual me dais una buenas y perversas ideas.
Continúa en
- Relato #245363— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
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