<p>Martha y Nicolás se movían por el departamento como planetas en órbitas paralelas, cruzándose en la cocina o el baño con sonrisas tensas y conversaciones sobre el clima, la comida, cualquier cosa que no fuera lo que había pasado en la sala. Y no los culpamos, la escena había sido al mismo tiempo intensa, brutal e íntima.</p>
<p>Para el tercer día, ya podían bromear sobre el asunto. Porque eso es lo bueno de tener una relación real y fuerte con alguien, que no importa qué pase, siempre habrá una manera de resolverlo.</p>
<p>— Bueno, si las cosas no funcionan con el instituto, al menos podemos empezar nuestro estudio de fotos acá — dijo Nicolás esa mañana, y era un chiste terrible, pero quizá esa era la respuesta para “superar” la situación y zanjar el asunto. Martha rió por compromiso pero en el fondo la reconfortaba saber que tenían las armas para reconstruirse.</p>
<p>Martha dedicaba las mañanas a la caza de empleo con una determinación que bordeaba lo obsesivo.</p>
<p>"Agradecemos su interés, sin embargo en este momento…" Era la respuesta perpetua.</p>
<p>Nicolás, por su parte, pasaba las tardes frente al monitor de su cuarto, con los audífonos puestos y las cortinas cerradas. League of Legends, obsesivamente, una manera de adormecer la mente, de no pensar. Partidas que se extendían, donde podía ser alguien más, donde las decisiones eran claras y las consecuencias inmediatas. Ganabas o perdías, pero nunca quedabas atrapado en esa zona gris donde no sabías si habías hecho algo imperdonable o simplemente necesario.</p>
<p>Lo que sí cambió fue su relación con el porno. Normalmente, después de cada partida, o entre ellas, abría alguna pestaña de incógnito y se perdía media hora en sitios que conocía de memoria. Pero desde la sesión de fotos, no había vuelto a hacerlo. No era culpa, exactamente. Era más bien un instinto de autopreservación, como si su cerebro supiera que cualquier contenido sexual lo llevaría de regreso a ese lugar donde no quería estar: de pie detrás de la cámara, viendo a su madre arrodillada y desnuda.</p>
<p>Finalmente, como todo en la vida, el legó el correo.</p>
<p>Martha acababa de descubrir que podía configurar las notificaciones de Gmail directo en su teléfono y así no tenía que depender de la vieja laptop.</p>
<p>—Nico —llamó, sin levantar la voz pero con una urgencia que hizo que él apareciera de inmediato.</p>
<p>—¿Qué pasó?</p>
<p>Martha señaló el teléfono con el mentón, sin soltar la espátula.</p>
<p>—Llegó un correo. Del instituto.</p>
<p>Nicolás cruzó la sala en tres zancadas y agarró el teléfono. El remitente era ese nombre alemán impronunciable que ya reconocían. Tomó la laptop y la abrió. Google chrome tardó demasiados segundos en cargar la página y para colmo, tenían que abrir el traductor a lado.</p>
<p>—¿Qué dice? —preguntó Martha desde la cocina, volteando una quesadilla con un movimiento automático.</p>
<p>—Espera, lo estoy pasando al traductor.</p>
<p>Copió el texto, abrió Google Translate, y pegó. Las palabras en español aparecieron en la pantalla con esa sintaxis plástica que ya les resultaba familiar.</p>
<p>—Dice… —empezó Nicolás, leyendo despacio— …que revisaron las fotos y el contrato. Que todo está en orden. Que… mierda, que ya hicieron un depósito.</p>
<p>Martha abrió la boca con sorpresa.</p>
<p>—¿Cuánto?</p>
<p>Nicolás bajó la vista de nuevo al teléfono, deslizando el pulgar por la pantalla.</p>
<p>—Quinientos euros. Dice que es un adelanto para… "gastos de producción iniciales". No es el pago del video, es para que compremos lo que necesitemos.</p>
<p>Martha se quedó quieta un segundo, procesando. Después se llevó las manos a la cara y soltó una risa que era mitad alivio, mitad incredulidad.</p>
<p>—Quinientos euros —repitió—. Eso es como… ¿once mil pesos?</p>
<p>—Más o menos.</p>
<p>Se miraron a través del espacio que separaba la cocina del comedor, con los ojos brillantes y las sonrisas abriéndose despacio en los rostros. Era real. El dinero era real. No era una estafa, no era un sueño, no era una broma cruel del universo. Era dinero real que ya estaba en el banco.</p>
<p>Nicolás volvió al correo y siguió leyendo.</p>
<p>—Hay dos archivos adjuntos. Uno es… un brief, es decir, las instrucciones para el primer video. El otro es un comprobante del depósito.</p>
<p>—Abre el comprobante primero.</p>
<p>Nicolás hizo clic. La imagen se cargó en la pantalla: un documento oficial del banco, con el logo de alguna institución alemana, mostrando una transferencia de 500 € a la cuenta de Martha Pérez. La fecha era de ese mismo día.</p>
<p>Martha se paró junto a Nicolás, mirando la pantalla de la computadora por encima de su hombro.</p>
<p>—Hay que calcular —dijo Martha después de un momento—. Pero estoy segura que eso sólo nos salva.</p>
<p>Fueron a la mesa del comedor, donde todavía estaban los papeles de la sesión de presupuesto de días atrás. Martha agarró la libreta y empezó a escribir.</p>
<p>—Eso nos da para un mes completo —dijo Nicolás, haciendo cuentas mentales—. Y sobra para comprar lo que necesitemos para el video.</p>
<p>—¿Qué vamos a necesitar?</p>
<p>—Luces. Principalmente. Va a ser un problema grabar video porque si dependemos de la luz del sol tendremos que apurarnos para dar continuidad… Además, tal vez hay que tener vestuarios o algo… ¿sobre qué es el video?</p>
<p>Se miraron. Ninguno de los dos sabía de qué iba a tratar el video.</p>
<p>Martha abrió la laptop que estaba en la mesa y buscó el correo. Lo abrió de nuevo, bajó hasta los archivos adjuntos, y descargó el brief. El documento se cargó en una nueva pestaña. Era un PDF de dos páginas, todo en alemán, con algunas imágenes de referencia y una lista numerada.</p>
<p>—Pásalo al traductor —dijo Nicolás, inclinándose sobre el hombro de Martha.</p>
<p>Ella seleccionó todo el texto, lo copió, y lo pegó en Google Translate. La herramienta procesó el bloque completo y escupió la traducción. Martha empezó a leer en voz alta, despacio, con el ceño fruncido.</p>
<p>—"Video número uno: El arte de besar. Objetivo: mostrar gráficamente técnicas de beso para principiantes, con énfasis en la progresión natural de la intimidad física". —Hizo una pausa—. "Demostración práctica".</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Nicolás se enderezó. Martha dejó de leer y se quedó mirando la pantalla, con los labios entreabiertos.</p>
<p>—El arte de besar… —repitió Nicolás.</p>
<p>—Eso… parece —confirmó Martha, la voz de temblaba, de manera inusual, no era miedo ni rabia, sino sorpresa auténtica.</p>
<p>Se miraron. La incomodidad que había desaparecido en los últimos días volvió de golpe, instalándose entre ellos como un tercer ocupante del departamento.</p>
<p>—Bueno —dijo Martha después de un rato, con una voz que intentaba sonar práctica—. Supongo que… tiene sentido. Es educativo. Es sobre sexualidad. Y besar es lo más básico. Pero…</p>
<p>—Sí —dijo Nicolás, aunque no sonó muy convencido. Y es que, ¿qué mierda era eso del arte de besar?</p>
<p>Martha volvió a la pantalla y siguió leyendo, esta vez en silencio, con los ojos recorriendo las líneas traducidas. Después cerró la laptop despacio y se quedó con las manos sobre la tapa.</p>
<p>—Dice que necesitamos filmarlo en los próximos cinco días —dijo—. Y que una vez aprobado, nos depositan el pago completo del video. Otros quinientos euros.</p>
<p>Nicolás asintió, haciendo cuentas. Si cada video pagaba quinientos euros, y había regalías después… podían sobrevivir. Realmente podían sobrevivir.</p>
<p>—¿Cuándo lo hacemos? —preguntó. Porque la esperanza pesaba más que la sorpresa.</p>
<p>Martha respiró hondo.</p>
<p>—Mañana. Compramos las luces hoy mismo si las encontramos, y mañana grabamos.</p>
<p>—¿Mañana?</p>
<p>—Entre más rápido lo hagamos, más rápido nos pagan.</p>
<p>Nicolás no pudo discutir con esa lógica. Así que asintió, tragando saliva, y agarró su teléfono para buscar luces de video en Amazon.</p>
<p>Los tres días que tardaron los paquetes en llegar fueron los más largos que Nicolás recordaba en meses. Revisaba el tracking number cada par de horas, actualizando la página compulsivamente como si eos ayudara, como si la obsesión pudiera hacer que el camión de Amazon se moviera más rápido. Martha fingía indiferencia, pero él la había visto mirando por la ventana cada vez que escuchaba un motor en la calle, con la esperanza pintada en el rostro como una máscara mal puesta. Esa mentira de que tu paquete llega en 24 horas no aplica en Latinoamérica.</p>
<p>Cuando finalmente sonó el timbre un viernes por la tarde, ambos saltaron del sofá al mismo tiempo. Nicolás llegó primero a la puerta, firmó el recibo digital en la tablet del repartidor, y arrastró las tres cajas hasta la sala. Martha ya tenía las tijeras en la mano antes de que él cerrara la puerta.</p>
<p>Abrieron los paquetes con la urgencia de niños en Navidad. Realmente el bulto de los paquetes superaba de manera exagerada el tamaño real de los paquetes, peor no les importo. Las primeras eran dos luces de piso y ta tercera tenía un aro de luz LED, de esos que los youtubers o streamers.</p>
<p>Nicolás sacó todo del empaque, dejando montañas de cartón y plástico de burbujas en el piso. El gato apareció de la nada y se metió en una de las cajas vacías.</p>
<p>—¿Todo bien? —preguntó Martha, mirando el equipo esparcido por la sala.</p>
<p>—Sí, con esto sin problema podemos comenzar, ¿está bien que armemos todo ahora?</p>
<p>—Dale, sí, hagámoslo de una vez, que ya sólo nos quedan 2 días para enviar.</p>
<p>Tardaron una hora en armar todo. Simplemente por inexperiencia y al final el resultado los dejó conformes. La sala parecía el set de una producción real. Las luces convertían el espacio en algo diferente, más limpio, más profesional, casi clínico. Martha se sentó en el sofá y Nicolás encendió las lámparas para probar. La luz le cayó en el rostro con una suavidad que la hacía ver diez años más joven, borrando las pequeñas líneas alrededor de los ojos y la boca.</p>
<p>—Se ve bien —dijo Nicolás, mirando a través del visor de la cámara—. Se ve muy bien.</p>
<p>Martha sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Había algo rondándole la cabeza que no terminaba de salir.</p>
<p>—Deberíamos leer el brief completo —dijo después de un momento—. Bien. No con el traductor de Google. Igual Chat GPT nos da algo mejor</p>
<p>Nicolás bajó la cámara.</p>
<p>—Dale</p>
<p>Fueron a la mesa del comedor, donde la laptop seguía abierta desde la mañana. Martha abrió el PDF del brief de nuevo, seleccionó todo el texto en alemán, y lo copió. Después abrió ChatGPT y escribió: "Traduce esto al español de México, con precisión técnica." Pegó el texto alemán y presionó enter.</p>
<p>Y voalá, ahora sí:</p>
<p>—"Video educativo: El arte de besar. El video debe incluir cuatro escenas progresivas que demuestren la evolución natural de un beso, desde el contacto inicial hasta la expresión completa de deseo físico."</p>
<p>Hizo una pausa. Nicolás se sentó junto a ella, con la espalda muy recta.</p>
<p>—"Escena uno: El primer beso. Duración: 5-8 segundos. Un roce suave y breve entre los labios, sin lengua. La cámara debe capturar el rostro de ambos participantes en plano medio. El beso debe transmitir nerviosismo y anticipación."</p>
<p>Martha tragó saliva y siguió.</p>
<p>—"Escena dos: Explorando la intimidad. Duración: 30-40 segundos. Un beso con los labios entreabiertos, con contacto mínimo de lengua. Las manos pueden tocar el rostro o el cabello del otro participante. Se debe construir la anticipación antes del beso"</p>
<p>—"Escena tres: Profundizando la conexión. Duración: 40 segundos. Un beso intenso con lengua, con movimiento de cabezas para mostrar diferentes ángulos. Las manos exploran el cuello, los hombros y la espalda. La respiración debe ser audible. La cámara debe capturar planos cerrados de las bocas y las manos."</p>
<p>La voz de Martha empezaba a fallarle. Nicolás no se movía, como si cualquier movimiento fuera a romper algo.</p>
<p>—"Escena cuatro: Pasión sin límites. Duración: variable, mínimo 60 segundos. Un beso apasionado sin restricciones. Los participantes deben moverse libremente, permitiendo que el deseo guíe la interacción. Las manos pueden tocar cualquier parte del cuerpo que consideren apropiada. La cámara debe capturar la totalidad del acto. Esta escena debe transmitir autenticidad emocional y física."</p>
<p>Martha cerró la laptop. El sonido fue demasiado fuerte en el silencio del departamento.</p>
<p>—Bueno, asumen que habrá dos personas… —dijo Nicolás después de un rato, con la voz saliendo ronca y titubeante—. Dice que lo tienes que hacer con alguien.</p>
<p>—Sí.</p>
<p>—¿Con quién?</p>
<p>Martha se llevó las manos a la cara, respirando hondo contra las palmas.</p>
<p>—No sé. Podríamos… podríamos contratar a alguien. Un modelo. Supongo por eso mandaron los primeros 500…</p>
<p>Nicolás agarró su teléfono y empezó a buscar. Agencias de modelos en Ciudad de México. Tarifas para trabajo de video. Los números que encontró lo hicieron soltar una risa seca.</p>
<p>—Dos mil pesos la hora. Mínimo cuatro horas de contratación…</p>
<p>Hizo las cuentas en la calculadora del teléfono.</p>
<p>—Eso nos va a matar. Y eso sin saber si nos van a pagar el video completo hasta que lo entregemos y lo aprueben… Y ya nos gastamos el dinero…</p>
<p>Martha no dijo nada. Sólo se quedó mirando la mesa, con las manos todavía en el regazo.</p>
<p>—No podemos arriesgarnos —siguió Nicolás—. Si gastamos el dinero en un modelo y luego el video no les gusta, o si hay que refilmarlo, o si… no sé. Nos quedamos sin nada.</p>
<p>—Lo sé.</p>
<p>El silencio que siguió fue diferente a los otros silencios que habían compartido en las últimas semanas. Era un silencio donde las palabras no dichas ocupaban más espacio que cualquier cosa que pudieran haber dicho.</p>
<p>Martha levantó la vista y miró a Nicolás. Él le devolvió la mirada, con los ojos muy abiertos.</p>
<p>—Yo lo hago, mamá —dijo Nicolás finalmente, adoptando una postura mucho más firme.</p>
<p>Martha, a pesar de intuir la consecuencia lógica de la situación, se escandalizó.</p>
<p>—¿Qué? Cómo crees… no podemos, no puedes… no puedo… — el shock ni siquiera le permitía organizar una sola oración coherente.</p>
<p>Nicolás se pasó las manos por el pelo, se daba cuenta de que la situación olía a mierda, y esa era la única salida real que les quedaba antes de ahogarse.</p>
<p>—A ver, mamá, mírame y date cuenta: no podemos devolver el pago aunque queramos, y esto puede ayudarnos a resolver la situación. ¿Se te ocurre otra solución? — y al hacer la última pregunta miró atentamente a su madre, que en ese momento más que nunca le pareció hermosa.</p>
<p>— No…</p>
<p>—Vale, ¿ves? Igual no pasa nada, esto no va a cambiar nada entre nosotros.</p>
<p>—Sí, tienes razón… yo confío mucho en ti, hijo, más que en nadie en el mundo…</p>
<p>Se quedaron así, mirándo se, con la realidad del acuerdo instalándose entre ellos como un objeto físico.</p>
<p>—Está bien —dijo—. Vamos a hacerlo.</p>
<p>Martha extendió la mano a través de la mesa. Nicolás la tomó, y los dedos se entrelazaron con una fuerza que era reconfortante y aterradora al mismo tiempo.</p>
<p>—Mañana —dijo Martha—. Lo hacemos mañana.</p>
<p>—Mañana —repitió Nicolás.</p>
<p>Soltaron las manos al mismo tiempo, y cada uno se fue a su recámara sin decir nada más.</p>
<p>La mañana llegó con una claridad que ninguno de los dos había pedido. Martha se despertó antes de que sonara el despertador, con el corazón ya latiendo rápido y las sábanas pegadas a la piel por el sudor de una noche de sueño inquieto. Se quedó mirando el techo un momento, contando las grietas en el yeso, antes de levantarse y abrir el clóset para decidir qué se pone alguien el día que va a besar a su hijo frente a una cámara.</p>
<p>Eligió un pantalón de mezclilla oscuro que le queda bien. aunque con ese culo era imposible que los pantalones no le hicieran resaltar las caderas.</p>
<p>Nicolás apareció en la sala veinte minutos después, con jeans claros y una camiseta blanca lisa sin estampados ni logos. Desayunaron café negro y pan de dulce.</p>
<p>Ambos sabían que necesitaban algo en el estómago antes de comenzar.</p>
<p>Luego, finalmente, se movieron a la sala donde las luces puestas seguín inmóviles desde la noche anterior.</p>
<p>—¿Lista? —preguntó él.</p>
<p>—Lista —mintió Martha.</p>
<p>Encendieron las luces. El espacio se transformó de inmediato, bañado en esa claridad artificial que hacía que cada detalle se volviera importante. Nicolás ajustó la cámara en el trípode, comprobó el enfoque, revisó la exposición. Martha se sentó en el sofá y se paró tres veces antes de quedarse quieta.</p>
<p>—Vamos a empezar con la primera —dijo Nicolás, mirando la pantalla de la cámara en lugar de mirar a su madre—. La fácil.</p>
<p>—¿Cuál es la fácil?</p>
<p>—La que dura cinco segundos.</p>
<p>—¿Cómo le hacemos para grabar si vas a estar… conmigo?</p>
<p>—Fácil, empiezo la grabación y me voy a sentar frente a ti.</p>
<p>Martha asintió. Nicolás presionó el botón de grabación. La lucecita roja se encendió en la cámara, y con ella algo cambió en el cuarto. Ahora era real. Ahora estaba pasando.</p>
<p>Nicolás caminó hasta el sofá y se sentó junto a Martha, dejando apenas treinta centímetros entre ambos. Se miraron. Los ojos de Martha eran oscuros, grandes, con las pupilas dilatadas por el nerviosismo. Los de Nicolás temblaban ligeramente en las comisuras.</p>
<p>—Sólo… sólo hazlo —dijo Martha.</p>
<p>Nicolás se inclinó hacia adelante. Martha hizo lo mismo. Las caras se acercaron despacio, demasiado despacio, y justo cuando los labios estaban a punto de tocarse, Martha soltó una risa nerviosa que arruinó todo.</p>
<p>—Perdón —dijo, tapándose la boca—. Perdón. Es que…</p>
<p>—Lo sé.</p>
<p>—¿Empezamos de nuevo?</p>
<p>—Dale, sigue nomás, yo luego edito.</p>
<p>El segundo intento fue peor. Nicolás se inclinó demasiado rápido y sus cabezas chocaron.</p>
<p>—Mierda. Perdón.</p>
<p>—No, está bien. Otra vez.</p>
<p>Tercer intento. Esta vez llegaron más lejos. Los labios se rozaron, apenas un contacto, suave como papel de seda. Pero duró menos de un segundo antes de que ambos se separaran, jadeando como si hubieran corrido un maratón.</p>
<p>—Más tiempo —dijo Nicolás, con la voz ronca—. Tiene que durar cinco segundos.</p>
<p>—Está bien. Otra vez.</p>
<p>Cuarto intento.</p>
<p>Esta vez funcionó. Nicolás se inclinó, Martha levantó la cara, y los labios se encontraron en el centro. Suaves. Secos. Sin presión. Sólo un contacto mantenido mientras Nicolás contaba mentalmente. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Se separaron despacio, abriendo los ojos al mismo tiempo.</p>
<p>—¿Estuvo bien? —preguntó Martha, con la voz temblando apenas.</p>
<p>Nicolás fue a revisar la toma en la cámara. La reprodujo en la pantalla pequeña, viendo sus propias caras acercándose, los labios tocándose, manteniéndose, separándose. Se veía… profesional. Educativo. Y por alguna razón, parecía tan natural…</p>
<p>—Estuvo bien —dijo—. Pasamos a la dos.</p>
<p>La segunda escena requería más. Quince a veinte segundos. Labios entreabiertos. Contacto mínimo de lengua. Manos en el rostro o el cabello.</p>
<p>Se sentaron de nuevo en el sofá. Nicolás presionó grabar. Volvió a su lugar junto a Martha.</p>
<p>—¿Lista?</p>
<p>—Lista.</p>
<p>Esta vez no hubo risas nerviosas. Nicolás levantó la mano derecha y la puso en la mejilla de Martha, con los dedos hundiéndose levemente en el pelo detrás de la oreja.</p>
<p>Acá, el tiempo comenzó a correr más lento, los latidos de ambos parecieron sincronizarse.</p>
<p>Ella cerró los ojos. Él se inclinó y la besó, con los labios entreabiertos esta vez, moviéndose despacio contra los de ella.</p>
<p>Martha respondió. Los labios se le separaron, y la lengua le salió apenas, tocando el labio inferior de Nicolás con la punta. Él sintió una descarga eléctrica que le bajó por la columna y se instaló en el bajo vientre. Abrió la boca un poco más, y las lenguas se rozaron. Húmedo. Caliente. Salado.</p>
<p>Se separaron. Nicolás revisó la grabación. Contó los segundos. Doce.</p>
<p>—Muy corto —dijo—. Otra vez. Pero creo que vamos mejor.</p>
<p>Segundo intento. Dieciocho segundos. Pero la química se sintió forzada, mecánica.</p>
<p>Tercer intento. Quince segundos. Nicolás movió la mano desde la mejilla hasta la nuca de Martha, y ella soltó un suspiro contra su boca que no era actuado.</p>
<p>Cuarto intento. Veinte segundos exactos. Los dedos de Martha subieron hasta el pelo de Nicolás. Las lenguas se tocaron con más confianza esta vez, explorando, retirándose, volviendo. Cuando se separaron, ambos tenían las mejillas enrojecidas y la respiración acelerada.</p>
<p>—Esa —dijo Nicolás, revisando la toma—. Esa sirve.</p>
<p>—¿Seguimos?</p>
<p>Nicolás asintió, aunque algo en su expresión había cambiado. Martha lo notó pero no dijo nada.</p>
<p>La tercera escena era la que ambos habían estado temiendo. Cuarenta segundos. Beso intenso con lengua. Movimiento de cabezas. Manos explorando el cuello, los hombros, la espalda. Respiración audible.</p>
<p>Nicolás presionó grabar. Volvió al sofá. Se sentó más cerca esta vez, con los muslos casi tocándose. Martha giró el cuerpo hacia él, con una rodilla doblada sobre el cojín.</p>
<p>No hubo cuenta regresiva. No hubo preparación. Nicolás simplemente se inclinó y la besó, y Martha le devolvió el beso con una intensidad que sorprendió a ambos.</p>
<p>Las bocas se abrieron de inmediato, y las lenguas se encontraron en el medio, moviéndose con un ritmo que no era ensayado. Nicolás le puso una mano en la nuca, hundiendo los dedos en el pelo, y con la otra le agarró la cintura, jalándola hacia él. Martha le rodeó el cuello con los brazos, apretándose contra su pecho, y el beso se profundizó.</p>
<p>El sabor era diferente ahora.</p>
<p>Las cabezas se movían, cambiando el ángulo del beso, permitiendo que las lenguas se deslizaran más profundo. Martha soltó un gemido bajo, casi inaudible, pero Nicolás lo sintió vibrar contra sus labios. Las manos de ella bajaron desde el cuello hasta los hombros, agarrando la tela de la camiseta, arrugándola entre los dedos.</p>
<p>Nicolás movió la mano desde la cintura hasta la espalda baja de Martha, justo arriba de la curva de las nalgas, presionándola más contra él. La posición era algo incómoda, pues estaban sentados frente a frente y eso seguía dificultando el acercamiento.</p>
<p>El beso no se detuvo. Siguió y siguió, con las bocas devorándose mutuamente, las lenguas enredándose, los dientes rozándose ocasionalmente. La respiración de ambos se volvió pesada, jadeante, llenando el cuarto con un sonido obsceno que el micrófono de la cámara capturaba perfectamente.</p>
<p>Martha movió una mano hasta la nuca de Nicolás de nuevo, jalando su cabeza hacia abajo, profundizando el beso todavía más. Él respondió con un gruñido bajo y le mordió el labio inferior, suave primero, después con más fuerza. Ella jadeó contra su boca y le clavó las uñas en los hombros.</p>
<p>Finalmente, después de lo que pudo haber sido un minuto o una hora, se separaron. Las bocas se despegaron con un sonido húmedo. Ambos respiraban por la boca, con los labios hinchados y brillantes de saliva.</p>
<p>Se miraron. No dijeron nada. No había nada que decir.</p>
<p>Nicolás se levantó despacio, con las piernas temblándole apenas, y caminó hasta la cámara. Detuvo la grabación. Revisó la toma. Cuarenta y tres segundos. Perfecto.</p>
<p>—Ya está —dijo, sin mirar a Martha—. Esa sale perfecto.</p>
<p>Martha asintió, aunque él no la estaba viendo. Se quedó sentada en el sofá, con las manos en el regazo, sintiendo el pulso latiendo en lugares del cuerpo que no había sentido en años.</p>
<p>—Falta una —dijo después de un momento.</p>
<p>—Sí —dijo Nicolás, todavía dándole la espalda—. Falta una.</p>
<p>Nicolás se quedó de pie junto a la cámara más tiempo del necesario, fingiendo que revisaba la configuración aunque ya la había comprobado tres veces. La erección le presionaba contra el cierre del pantalón, dura y persistente, imposible de ignorar. Intentó pensar en cualquier otra cosa —las cuentas del banco, el gato, el techo con goteras del baño—, pero nada funcionó. El pene seguía ahí, marcándose contra la tela del jeans, y cada segundo que pasaba lo hacía más obvio.</p>
<p>Se sentó en el borde del sofá, con las piernas juntas y las manos en el regazo, tratando de ocultar el bulto. Martha lo vio desde el otro extremo, con los ojos bajando un segundo hacia su entrepierna antes de desviarse rápidamente. No dijo nada. Nicolás supo que ella lo había notado, y eso hizo que todo fuera peor.</p>
<p>—La última —dijo Martha, la voz saliendo ronca—. Y terminamos.</p>
<p>Nicolás asintió sin mirarla. Se levantó, ajustó el pantalón con disimulo, y fue a la cámara. Presionó grabar. La lucecita roja se encendió de nuevo, testigo silencioso de lo que estaba por venir.</p>
<p>Volvió al sofá. Se sentó junto a Martha. Esta vez no dejó espacio entre ellos. Los muslos se tocaron, y el calor del contacto atravesó la tela de ambos pantalones.</p>
<p>—Pasión sin límites —dijo Nicolás, repitiendo las palabras del brief con ironía—. Mínimo sesenta segundos. Acá se supone se juega todo</p>
<p>—Uno más y somos libres —soltó Martha,</p>
<p>No hubo más conversación.</p>
<p>Nico, nuestro héroe el día de hoy, se estaba muriendo de excitación y nervios, le temblaban las piernas y le sudaban las manos. Martha, que intentaba mostrarse impasible pero realmente estaba afectada, evitaba mirarlo, consciente de lo que se aproximaba.</p>
<p>Nicolás se giró hacia ella, le puso una mano en la mejilla, y la besó. No hubo tentativa. No hubo suavidad. Fue un beso hambriento desde el primer segundo, con la boca abierta y la lengua entrando sin pedir permiso.</p>
<p>Martha respondió con la misma intensidad. Le agarró la nuca con ambas manos, jalándolo hacia ella, y el beso se profundizó hasta un punto que ya no tenía nada de educativo. Las lenguas se enredaban, retorciéndose una alrededor de la otra, y el sonido era obsceno: húmedo, desesperado, lleno de una necesidad que ninguno quería admitir.</p>
<p>Nicolás movió la mano desde la mejilla hasta el cuello de Martha, después bajó por el hombro y se detuvo en la cintura. Los dedos se le hundieron en la carne blanda a través de la blusa, y Martha arqueó la espalda, empujando el cuerpo contra él.</p>
<p>Las manos de ella bajaron desde la nuca hasta los hombros, después al pecho, explorando los músculos bajo la camiseta. Nicolás soltó un gemido contra la boca de Martha, y ella lo tragó, convirtiéndolo en parte del beso.</p>
<p>El control se estaba perdiendo. Nicolás lo sintió desmoronándose con cada segundo, con cada caricia, con cada movimiento de las lenguas. Movió la mano desde la cintura hasta la cadera de Martha, después más abajo, agarrándole el muslo por encima del jeans. Ella separó las piernas apenas, dejando que la mano se deslizara más arriba, y el beso se volvió brutal.</p>
<p>Martha se recostó hacia atrás, jalando a Nicolás con ella. Cayeron juntos sobre los cojines del sofá, con el cuerpo de él medio encima del de ella. El peso era aplastante, delicioso, y Martha lo recibió rodeándole la cintura con las piernas, cruzando los tobillos detrás de su espalda.</p>
<p>Nicolás sintió la pelvis de Martha presionando contra la erección, y el contacto le arrancó un gemido que no pudo contener. Se movió sin pensar, empujando las caderas hacia adelante, y Martha levantó las suyas para encontrarlo. El roce era mínimo, limitado por dos capas de tela, pero fue suficiente para que ambos jadearan al mismo tiempo.</p>
<p>Las manos de Nicolás se volvieron salvajes. Una subió hasta el pecho de Martha, agarrándole el seno por encima de la blusa, apretando la carne blanda, sintiendo el pezón endurecido marcándose contra la palma. La otra bajó más, deslizándose sobre el vientre, acercándose peligrosamente a la cintura del pantalón.</p>
<p>Martha le clavó las uñas en la espalda, marcándole la piel a través de la camiseta. La boca se le despegó de la de Nicolás un segundo para jadear, y él aprovechó para bajar por el cuello, besándole la piel suave debajo de la mandíbula, mordiéndole el punto donde el pulso latía descontrolado.</p>
<p>—Nicolás —gimió Martha, y el sonido de su nombre en esa voz cargada de deseo casi lo hizo venirse ahí mismo.</p>
<p>Los cuerpos se movían juntos ahora, con un ritmo que no era consciente. Nicolás empujaba con las caderas, y Martha levantaba las suyas para encontrarlo, creando una fricción que era insuficiente y perfecta al mismo tiempo. La erección le dolía, atrapada dentro del pantalón, presionando contra el cierre con una urgencia que le nublaba el pensamiento.</p>
<p>La mano de Martha bajó por la espalda de Nicolás hasta llegar al borde de la camiseta. Se deslizó por debajo, tocando piel desnuda por primera vez, y los dedos se le hundieron en los músculos de la espalda baja. Nicolás arqueó el cuerpo contra ella, presionando más fuerte, y Martha soltó un gemido que era casi un grito.</p>
<p>La otra mano de ella subió hasta el pelo de Nicolás, enredándose en los mechones, jalando con fuerza. Él levantó la cabeza del cuello de Martha y volvió a besarla en la boca, con una brutalidad que le dejó los labios adoloridos. Las lenguas se batían, las bocas se devoraban, y los cuerpos seguían moviéndose, cada vez más rápido, cada vez más desesperados.</p>
<p>Entonces Nicolás fue consciente.</p>
<p>Y se apartó de golpe.</p>
<p>El movimiento fue tan brusco que Martha soltó un grito de sorpresa. Nicolás se levantó del sofá, tambaleándose, con la respiración entrecortada y el rostro enrojecido. Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el pelo, y caminó hasta la cámara sin mirar atrás.</p>
<p>Presionó stop. La lucecita roja se apagó.</p>
<p>Martha se quedó recostada en el sofá, con las piernas todavía abiertas, la blusa arrugada, el pelo alborotado. Lo miraba con los ojos muy abiertos, brillantes, llenos de algo que podía ser confusión o podía ser otra cosa.</p>
<p>—Nico… ¿estás bien?</p>
<p>—Ya está —dijo él, cortándola—. Ya grabamos todo.</p>
<p>No la miró. No podía. La mente de Nico estaba mitad destruida mitad caliente. Y ella, ella no estaba mejor, Martha podía sentir la humedad inundiando sus piernas, tal vez incluso visible para los ojos de su hijo.</p>
<p>Desmontó la cámara del trípode con movimientos torpes. Las manos le temblaban. Comenzó a apagar las luces como un autómata.</p>
<p>Martha se incorporó despacio. Se bajó la blusa, se acomodó el pelo con los dedos, y se quedó sentada en el sofá, mirando el espacio vacío donde Nicolás había estado un momento antes. El calor seguía ahí, pulsando entre las piernas, exigiendo atención. Pero la vergüenza empezaba a llegar también, fría y pesada, instalándose en el pecho como una piedra.</p>
<p>Se levantó del sofá con las piernas temblándole apenas y caminó hasta su recámara. Cerró la puerta con un clic suave. Se recostó en la cama, mirando el techo, y esperó a que el calor se disipara. No lo hizo.</p>
<p>A la mañana siguiente, Nicolás editó el material. Juntó las cuatro escenas, agregó títulos simples que ChatGPT tradujo al alemán, ajustó el color y revisó el audio. Muteó las partes donde alguno de los dos decía el nombre del otro, lo último que quería es que alguien, que fuera, los reconociera. Trabajó en silencio, con los audífonos puestos, sin salir de su cuarto.</p>
<p>Cuando terminó, guardó el video en la carpeta compartida de la nube. Le mandó un mensaje de texto a Martha: "Ya está listo."</p>
<p>Ella lo descargó, lo adjuntó a un correo dirigido a la dirección del instituto alemán, y escribió un mensaje breve con ayuda de ChatGPT: "Estimados, adjunto el video solicitado. Quedo atenta a sus comentarios." Presionó enviar sin revisar el video una segunda vez.</p>
<p>Los días que siguieron fueron una repetición de la incomodidad de semanas atrás, pero peor. Ya no podían hacer contacto visual sin que las imágenes volvieran: el sofá, los cuerpos moviéndose juntos, los gemidos, el calor. Se movían por el departamento como fantasmas, cruzándose en el pasillo con miradas que se desviaban al último segundo.</p>
<p>Martha pasaba las horas en su cuarto, revisando el correo cada diez minutos, esperando la respuesta de Alemania. Nicolás volvió a encerrarse en los videojuegos, pero ni siquiera eso le daba paz. Las partidas se sentían vacías, mecánicas, y cada vez que cerraba el juego, las imágenes regresaban.</p>
<p>Pasaron tres días. Después cuatro. La respuesta no llegaba. La tensión en el departamento era tan densa que se podía cortar con cuchillo. Ambos sabían que tenían que hablar, que tenían que aclarar lo que había pasado. Pero ninguno sabía cómo empezar, y el silencio se volvió más fácil que las palabras.</p>
<p>El eco de los besos permanecía, suspendido entre ambos, mientras esperaban con una ansiedad que era mitad terror, mitad esperanza, la respuesta de Alemania.</p>
<p><strong>Nota del</strong> autor:</p>
<p>Bueenas, estiamdos lectores.</p>
<p>Espero que les guste esta serie, el capítulo 4 ya está publicado en<a href="patreon.com/RelatosdePerseo"> mi Patreon</a>, así que si quieren avanzar un poco más, pueden verlo por allá. También hay videos de la protagonista.</p>
<p>Como había comentado por mi Patreon y mi discord, este año vienen bastantes novedades para este proyecto. </p>
<p>Excelente inicio de año.</p>