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Amor filialFeb 2026

Contenido erótico con mamá (5)

PerseoRelatos20K vistas9.6· 37 votos
<p>Nicolás cerró la puerta de su habitación y dejó la cámara sobre el escritorio. Las manos le temblaban todavía.</p> <p>Se pasó los dedos por el pelo y encendió la computadora.</p> <p>La pantalla iluminó su rostro con ese resplandor azulado que convertía las sombras en fantasmas.</p> <p>La memoria de la cámara contenía algo que hasta hace un mes le habría parecido imposible, un acto que cruzaba una frontera que siempre creyó impenetrable. Conectó el cable al puerto USB y esperó a que la computadora reconociera el dispositivo.</p> <p>En la pantalla de previsualización apareció el primer fotograma: Martha arrodillada frente a él, mirando directamente a la cámara. Nicolás presionó play y el video comenzó a correr. Vio cómo su madre besaba sus muslos, cómo subía con esos labios que ahora le parecían tan diferentes a los que le habían dado besos en la frente durante toda su vida. Su respiración se aceleró. No podía mentirse: lo excitaba verla así.</p> <p>—Esto está muy jodido —murmuró para sí mismo, pero no detuvo la reproducción.</p> <p>La edición no le quitó demasiado tiempo, al final, había poco qué hacer, más allá de recortar el inicio y el final, corregir la luz y el color de la piel…</p> <p>La secuencia final fue la más difícil de editar. No por razones técnicas, sino emocionales. Ver a Martha recibiendo su semen, tragando parte, dejando que el resto se deslizara por su barbilla, mientras miraba directamente a la cámara con esa expresión de sorpresa y logro... Nicolás sintió un nudo en el estómago. ¿Quién era esta mujer? ¿Su madre? ¿Su amante? ¿Ambas cosas a la vez?</p> <p>Terminó la edición pasada la medianoche. El archivo final ocupaba poco más de tres gigabytes, quince minutos de material pulido y profesional. Lo guardó en formato MP4 de alta calidad y lo subió al drive compartido que había creado con Martha. Mientras la barra de carga avanzaba, se preguntó quiénes eran realmente las personas que recibían estos videos. La respuesta era obvia, pero quizá por ingenuidad o quizá por pura flojera no se atrevía a encontrar la respuesta.</p> <p>Pero el dinero era real. Los depósitos estaban ahí, en la cuenta bancaria. Y la verdad, que ni siquiera se atrevía a formular claramente en su cabeza, era que ya no importaba. Hubiera hecho estos videos con o sin pago.</p> <p>Cerró la laptop y se tiró en la cama. El reloj digital en la mesita de noche marcaba las 2:17 AM. A través de la pared escuchó a Martha moverse en su habitación. ¿Estaría despierta todavía? ¿Esperándolo, quizás?</p> <p>La idea de ir a su cuarto le acarició la mente como una brisa cálida. Podría levantarse ahora mismo, cruzar el pasillo, abrir esa puerta sin llamar. Sabía que ella no lo rechazaría. Lo recibiría en su cama, en su cuerpo, sin preguntas, sin culpa. Habían cruzado ya demasiados límites como para que uno más importara.</p> <p>Pero se quedó en su habitación y eventualmente el sueño lo venció.</p> <p>—Buenos días —dijo ella, a la mañana siguiente, parada con un café en la mano.</p> <p>—Buenos días —respondió él, sentándose a la mesa.</p> <p>Martha le sirvió café en su taza favorita, la que tenía un logotipo descolorido de alguna universidad extranjera. Se sentó frente a él con su propia taza.</p> <p>—¿Dormiste bien? —preguntó.</p> <p>—sí—contestó Nicolás—. Ya terminé el video. Está en el drive, puedes enviarlo cuando quieras.</p> <p>Martha asintió, dándole un sorbo a su café.</p> <p>—Gracias, hijo.</p> <p>Esa palabra, "hijo", flotó entre ellos como algo extraño y familiar al mismo tiempo. Ninguno dijo nada más por un rato. Comieron pan tostado con mantequilla en un silencio que no era incómodo, pero tampoco era el mismo silencio de antes.</p> <p>Nicolás terminó su desayuno y se levantó.</p> <p>—Voy a ver una película en mi cuarto, me gritas si necesitas algo — dijo Nico.</p> <p>El departamento quedó en silencio después de que la puerta se cerró tras Nicolás. Martha terminó su café despacio, saboreando los últimos sorbos fríos mientras escuchaba cómo el eco de los pasos de su hijo se desvanecía en el pasillo. Por la ventana de la cocina entraba una luz gris que convertía los muebles en siluetas sin vida. Se levantó, lavó su taza con movimientos lentos, y caminó hasta la mesa del comedor donde la laptop la esperaba como un confesionario digital.</p> <p>La abrió con un clic suave. El fondo de pantalla —un atardecer en alguna playa que jamás había visitado— le pareció absurdamente normal para lo que estaba a punto de hacer. Abrió el navegador, tecleó la dirección del correo electrónico, y esperó a que la página cargara. Sus dedos tamborileaban en la madera de la mesa mientras pensaba en el video que Nicolás había editado durante la noche.</p> <p>Martha abrió ChatGPT en otra pestaña. Necesitaba redactar un mensaje formal, profesional, como si estuviera enviando un informe de trabajo cualquiera y no un video donde aparecía practicando sexo oral a su propio hijo. Escribió: "Ayúdame a redactar un correo profesional para enviar material audiovisual solicitado a una institución educativa extranjera. El tono debe ser formal pero cordial."</p> <p>La inteligencia artificial le devolvió un párrafo perfectamente estructurado, sin una sola referencia al contenido real de lo que enviaba. Martha sonrió con amargura. La máquina no juzgaba. No preguntaba. No sospechaba. Luego le pidió que lo tradujera al alemán, para despues copiar y pegar</p> <p>Su cursor se detuvo sobre el botón para adjuntar archivos. Debería simplemente agregar el video y enviarlo. Era lo más sensato. Lo más seguro. Pero algo la detuvo.</p> <p>¿Cómo habría quedado? ¿Cómo se vería ella, de rodillas frente a su hijo, con su pene en la boca?</p> <p>Abrió el Drive compartido. El archivo estaba ahí, con un nombre genérico: "Proyecto_3_Final.mp4". Martha hizo doble clic. El reproductor de video se abrió en una ventana nueva, ocupando casi toda la pantalla.</p> <p>La primera imagen la golpeó como un puño invisible. Ahí estaba ella, mirando directamente a la cámara, con una expresión que no reconocía como propia. Sus ojos brillaban con algo que iba más allá del nerviosismo o la vergüenza. Martha sintió un calor repentino subiéndole por el cuello. Presionó play.</p> <p>El video comenzó a correr. No había títulos, ni música, solo el sonido crudo de respiraciones y movimientos. Nicolás había eliminado los momentos de duda inicial, y el video arrancaba con ella ya besando sus muslos. La calidad era sorprendente. Las luces que habían comprado hacían maravillas con el tono de la piel, suavizando imperfecciones, creando un ambiente casi cinematográfico.</p> <p>—Dios mío —susurró Martha para sí misma.</p> <p>Vio cómo sus labios recorrían la piel de Nicolás, cómo sus manos le acariciaban los testículos, cómo su lengua exploraba lugares que una madre jamás debería tocar. La perturbaba profundamente lo que veía, pero no podía apartar la mirada. Había algo hipnótico en esas imágenes prohibidas.</p> <p>En la pantalla, ella tragaba el pene de Nicolás por primera vez. Martha sintió una punzada entre las piernas. Instintivamente, su mano derecha bajó hasta su muslo, acariciándolo por encima del pantalón de algodón que llevaba puesto. No fue una decisión consciente. Su cuerpo reaccionaba sin consultarle.</p> <p>El video continuaba. Ella lamía el glande de Nicolás en círculos lentos. Su expresión en la pantalla era de concentración absoluta, casi devoción. Martha deslizó la mano dentro del pantalón, sobre las bragas. El tejido estaba húmedo. Esta revelación la sorprendió y avergonzó al mismo tiempo, pero no detuvo el movimiento de sus dedos, que ahora presionaban suavemente sobre la tela mojada.</p> <p>—¿Qué estoy haciendo? —murmuró, pero su mano no se detuvo.</p> <p>En la pantalla, ella intentaba tragar el miembro completo de Nicolás. La cámara capturaba perfectamente la manera en que su garganta se tensaba, cómo luchaba contra la arcada natural. Martha aceleró el movimiento de sus dedos. Ya no se acariciaba sobre las bragas; había metido la mano dentro de ellas y sus dedos se deslizaban directamente sobre los pliegues húmedos, encontrando el clítoris hinchado.</p> <p>La imagen en la pantalla cambió. Ahora se veía cómo Nicolás empezaba a temblar, cómo las caderas se le movían involuntariamente. Martha recordó la sensación exacta del miembro pulsando en su boca, el sabor salado del líquido preseminal. Dos dedos se deslizaron dentro de su vagina mientras con el pulgar seguía estimulándose el clítoris.</p> <p>El ritmo de su masturbación coincidió con el ritmo que mostraba el video. Era como si reviviera el momento, pero ahora desde la posición de observadora y participante al mismo tiempo. Su mente flotaba en un espacio extraño donde los límites entre pasado y presente, entre lo vivido y lo observado, se desvanecían. Las paredes de su vagina se contraían alrededor de sus dedos, cada vez más cerca del clímax.</p> <p>En la pantalla, Nicolás llegaba al orgasmo. La primera descarga golpeaba dentro de su boca. Martha recordó la sorpresa, la textura, el instinto de tragar. En el video, se veía cómo parte del semen se deslizaba por su barbilla mientras ella miraba directamente a la cámara con esa expresión de asombro mezclado con satisfacción.</p> <p>Martha no pudo contenerse más. El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica, obligándola a arquearse en la silla, con los dedos hundidos profundamente en su vagina. Un gemido escapó de sus labios, agudo y desesperado. Las contracciones siguieron, una tras otra, mientras la imagen en la pantalla se congelaba en el último fotograma: su rostro con los labios brillantes de saliva y semen.</p> <p>Cuando las últimas ondas del orgasmo se disiparon, Martha se quedó inmóvil, con la mano todavía dentro del pantalón, los dedos empapados, la respiración entrecortada. En la pantalla, el video había terminado, pero la imagen final seguía ahí, como una acusación silenciosa.</p> <p>—Carajo —dijo en voz baja, sacando la mano del pantalón lentamente.</p> <p>No tenía pañuelos a mano. No quería levantarse para buscarlos. En un acto casi inconsciente, se llevó los dedos a la boca y los lamió, saboreando su propio sabor, mientras seguía mirando la imagen congelada en la pantalla.</p> <p>La realidad de lo que acababa de hacer la golpeó con fuerza. No solo había practicado sexo oral a su hijo como parte de un video para extraños, sino que ahora se había masturbado viendo ese mismo video. ¿En qué se estaba convirtiendo? ¿Qué línea habían cruzado, y hasta dónde llegarían?</p> <p>Martha cerró el reproductor de video. Volvió a la ventana del correo electrónico. Adjuntó el archivo sin permitirse volver a abrirlo.</p> <p>Su dedo se detuvo un segundo sobre el botón de enviar. Una última duda. Una última oportunidad de retroceder, de borrar el video, de fingir que nada de esto había ocurrido.</p> <p>Presionó "enviar". El correo desapareció de la pantalla con un sonido suave. Hecho. No había vuelta atrás.</p> <p>Martha cerró la laptop y se quedó sentada en la silla, con la humedad entre las piernas enfriándose lentamente, mientras afuera la luz gris del mediodía se transformaba en la claridad plena de la tarde.</p> <p>Los días se desenrollaron con una lentitud pegajosa, como si el tiempo mismo se hubiera espesado dentro de las paredes del departamento. Martha y Nicolás establecieron una rutina que les permitía coexistir en ese espacio reducido sin confrontar directamente lo que había ocurrido entre ellos. Desayunaban juntos por las mañanas, intercambiando comentarios sobre el clima que veían por la ventana o las noticias que ninguno seguía realmente. Después, cada uno se refugiaba en su propio rincón del departamento: ella con sus libros o su laptop, él con sus videojuegos o la cámara que ahora manipulaba con creciente destreza.</p> <p>El martes por la mañana, mientras Martha servía café, sus dedos rozaron los de Nicolás al pasarle la taza. El contacto duró apenas un segundo, pero ambos sintieron esa corriente eléctrica que ya conocían. Ninguno mencionó nada. Martha retiró la mano con una velocidad que pretendía ser casual, y Nicolás fingió concentrarse en endulzar su café, añadiendo más azúcar de la que normalmente usaba.</p> <p>—¿Sabes algo del instituto? —preguntó él, rompiendo el silencio.</p> <p>—Nada todavía —respondió Martha, sentándose frente a él—. Supongo que estarán evaluando el material.</p> <p>Nicolás asintió, y la conversación derivó hacia temas más seguros: una serie que ambos estaban viendo, la posibilidad de pedir comida a domicilio para la cena, la necesidad de comprar más café. Era sorprendente lo fácil que resultaba hablar de trivialidades mientras evitaban el elefante en la habitación.</p> <p>El miércoles, Martha estaba lavando los platos cuando Nicolás entró a la cocina para dejar su vaso. El espacio era estrecho, y al girarse, quedaron frente a frente, separados apenas por un palmo de aire. Por un momento, pareció que iban a besarse. Los ojos de Martha bajaron a los labios de Nicolás, y él contuvo la respiración. Pero entonces ella se apartó con una sonrisa tensa, y él murmuró una disculpa innecesaria antes de regresar a su cuarto.</p> <p>Esa noche, cada uno en su habitación, ambos se preguntaron si deberían cruzar el pasillo, tocar la puerta del otro, sugerir otra "sesión de práctica". Pero ninguno lo hizo. No porque no lo desearan, y seguramente si les hubiéramos preguntado, no sabrían qué responder.</p> <p>El jueves transcurrió sin incidentes. Una lluvia suave golpeaba las ventanas, creando un telón de fondo perfecto para la quietud dentro del departamento. Vieron una película juntos en la sala, sentados en extremos opuestos del sofá, aunque Nicolás notó que la distancia entre ellos fue reduciéndose gradualmente, casi imperceptiblemente, a lo largo de las dos horas que duró la película. Para cuando terminó, sus rodillas casi se tocaban. Pero de nuevo, ninguno dio el paso final, y cada uno se retiró a su habitación con un "buenas noches" que sonaba a pregunta sin respuesta.</p> <p>El viernes por la tarde, Martha desplegó su tapete de yoga en el centro de la sala. Llevaba mallas negras que se adherían a sus piernas y una camiseta deportiva que dejaba al descubierto una franja de piel en su abdomen cada vez que levantaba los brazos. No era la primera vez que hacía yoga en casa —era parte de su rutina desde antes de la cuarentena— pero ahora, con la nueva dinámica entre ellos, el acto adquiría otra dimensión.</p> <p>Nicolás apareció en el pasillo con una botella de agua en la mano. Se detuvo en seco al verla. Martha estaba en posición de perro boca abajo, con las caderas elevadas hacia el techo, la espalda recta, las manos y pies firmemente plantados en el tapete. La tela de las mallas se tensaba sobre su trasero, metiéndose entre los cachetes de las nalgas y a veces hasta entre los gajos de la vagina.</p> <p>Ella no lo vio de inmediato. Tenía los ojos cerrados, concentrada en su respiración, en el estiramiento de sus músculos. Nicolás se quedó paralizado, observándola cambiar lentamente de posición, no conocía los nombres, claramente, así que en su mente sú madre simplemente estaba haciendo variaciones de la posición del perrito.</p> <p>El calor le subió por el cuello hasta las mejillas. No era solo la posición; era todo el contexto. Saber cómo sabían esos labios que ahora se entreabrían para exhalar. Recordar el tacto de esa piel que brillaba con una fina capa de sudor. Conocer el sonido exacto que hacía cuando alcanzaba el orgasmo.</p> <p>Nicolás intentó retroceder silenciosamente hacia su habitación, pero el piso de madera crujió bajo su peso. Martha abrió los ojos y lo vio. Sus miradas se encontraron, y por un momento ninguno de los dos dijo nada. Ella no interrumpió su rutina. Simplemente pasó a la siguiente postura, doblándose hacia adelante con las piernas separadas, exponiendo aún más la curva de su culo.</p> <p>Nicolás sintió cómo la erección comenzaba a formarse en sus pantalones deportivos, demasiado evidentes bajo la tela ligera. Martha lo notó. Sus ojos bajaron brevemente hacia la entrepierna de su hijo, y una sonrisa casi imperceptible le curvó los labios antes de volver a cerrar los ojos y continuar con su secuencia de posturas.</p> <p>¿Estaba provocándolo deliberadamente? Nicolás no lo sabía con certeza, pero algo en la forma en que se movía, en cómo cada posición parecía diseñada para mostrar la elasticidad de su cuerpo, le sugería que sí.</p> <p>Decidió quedarse. Se sentó en el sofá, fingiendo revisar su teléfono mientras la observaba por el rabillo del ojo. La erección no cedía. Al contrario, se hacía más intensa con cada nueva postura que Martha adoptaba.</p> <p>Finalmente, ella terminó su rutina. Se quedó de pie en el centro del tapete, con las palmas juntas frente al pecho, respirando profundamente. Abrió los ojos y miró directamente a Nicolás. Él dejó el teléfono a un lado. El momento había llegado.</p> <p>—Me gustaría... me gustaría que practicáramos de nuevo —dijo, sorprendiéndose a sí mismo con su propia audacia.</p> <p>Martha ladeó la cabeza, evaluándolo. No parecía sorprendida por la propuesta, como si hubiera estado esperando que surgiera, tarde o temprano.</p> <p>—¿Practicar qué exactamente?</p> <p>—Ya sabes... —Nicolás titubeó—. Lo que hicimos para los videos. Pero sin cámara. Solo... para estar preparados.</p> <p>Ella sonrió.</p> <p>—Estoy sudada —dijo ella finalmente, pasándose una mano por el cuello—. Voy a bañarme</p> <p>Nicolás reunió todo su coraje. Era ahora o nunca.</p> <p>—Podríamos... podríamos bañarnos juntos —sugirió, las palabras saliendo atropelladamente—. Para… soltarnos un poco más, ya sabes, cuando tengamos que grabar algo más.</p> <p>—Me parece bien.</p> <p>El baño era pequeño para dos personas, un espacio que nunca fue diseñado para la intimidad compartida. El espejo sobre el lavamanos comenzó a empañarse con el vapor que escapaba de la regadera antes incluso de que ellos entraran. Martha cerró la puerta tras de sí mientras Nicolás abría la llave del agua caliente. El sonido del chorro golpeando el piso de la ducha llenó el cuarto con un estruendo que hacía innecesarias las palabras. Se miraron, parados a escasos centímetros uno del otro, conscientes de que esto era diferente a todo lo anterior. No había cámaras. No había instrucciones. Solo ellos, su deseo, y la decisión de rendirse a él sin excusas.</p> <p>Martha fue la primera en moverse. Se llevó las manos al borde de la camiseta deportiva y la levantó despacio, revelando el abdomen todavía brillante por el sudor del yoga. La tela se deslizó por encima de sus pechos —no llevaba sostén— y finalmente sobre su cabeza. La dejó caer al suelo del baño con un movimiento que intentaba parecer casual pero que ambos sabían estaba cargado de intención.</p> <p>Nicolás la observó, conteniendo la respiración.</p> <p>—Tu turno —dijo Martha, con una sonrisa pequeña que le curvaba apenas los labios.</p> <p>Nicolás se quitó la camiseta con un movimiento menos elegante, casi torpe en su prisa. Martha observó cómo los músculos de su abdomen se tensaban con el esfuerzo. No era un cuerpo perfecto, pero era joven, firme, y lo más importante: le pertenecía a su hijo. Eso lo volvía perfecto para ella.</p> <p>Las mallas de yoga fueron lo siguiente. Martha las deslizó por sus caderas y muslos con un movimiento sinuoso que parecía una danza. No llevaba ropa interior debajo. El vello púbico, recortado pero no completamente depilado, formaba un triángulo oscuro entre sus piernas. Nicolás sintió que la boca se le secaba.</p> <p>Él se quitó los pantalones deportivos y los bóxers al mismo tiempo, con menos ceremonia. La erección ya era evidente, apuntando hacia arriba, revelando un deseo que no intentaba ocultar. Martha la miró sin disimular su apreciación.</p> <p>Entraron en el espacio, un espacio que ahora parecía aún más reducido con sus dos cuerpos desnudos ocupándolo. El agua cayó sobre ellos, tibia y abundante, creando una cortina líquida que los aislaba del resto del mundo. Las gotas se deslizaron por la piel de Martha, dibujando caminos brillantes entre sus pechos, por su vientre, perdiéndose entre sus muslos. Nicolás las siguió con la mirada, hipnotizado.</p> <p>Al principio, cada uno se lavó a sí mismo, manteniendo una distancia que resultaba absurda dada la estrechez de la ducha. Martha tomó el champú y se lavó el pelo, con los brazos levantados sobre la cabeza, exponiendo las axilas recién depiladas y elevando sus pechos de manera que resultaba imposible no mirarlos. Nicolás hizo lo mismo, fingiendo una normalidad que ya no existía entre ellos.</p> <p>Sus codos se rozaron. Sus caderas chocaron suavemente mientras intentaban cambiar de posición bajo el chorro de agua. Cada contacto accidental enviaba pequeñas descargas eléctricas a través de sus cuerpos.</p> <p>—Déjame ayudarte —dijo Martha finalmente, tomando el frasco de champú de manos de Nicolás.</p> <p>Él se giró, dándole la espalda para facilitar la tarea. Martha vertió un poco de champú en la palma de su mano y comenzó a masajearle el cuero cabelludo. Sus dedos se movían en círculos firmes pero delicados, creando espuma que se deslizaba por la nuca de Nicolás hasta sus hombros. Él cerró los ojos, entregándose a la sensación.</p> <p>—Inclina la cabeza —murmuró ella.</p> <p>Él obedeció, permitiendo que el agua le lavara el champú. Las manos de Martha lo guiaron, asegurándose de que no quedara residuo en su pelo. Después, sin decir nada, tomó el jabón del pequeño estante adosado a la pared.</p> <p>—Date la vuelta —pidió.</p> <p>Nicolás se giró para encararla. Su erección seguía ahí, inconfundible entre ellos, pero ninguno la mencionó. Martha comenzó a enjabonarle el pecho con movimientos circulares. El jabón creó un camino de espuma blanca que descendió hasta su abdomen. Las manos de Martha siguieron, bajando cada vez más, acercándose al límite invisible que ambos esperaban cruzar.</p> <p>Se detuvo justo encima del vello púbico.</p> <p>—¿Está bien si...? —preguntó, su voz apenas audible sobre el sonido del agua.</p> <p>—Sí —respondió Nicolás, la palabra sonando más como un jadeo que como una afirmación.</p> <p>Martha bajó la mano y rodeó el pene erecto con sus dedos enjabonados. El contacto arrancó un gemido involuntario de la garganta de Nicolás. Ella sonrió, apreciando el poder que tenía sobre el cuerpo de su hijo.</p> <p>Comenzó a mover la mano arriba y abajo, extendiendo el jabón por toda la longitud. La espuma hacía que su mano se deslizara con una suavidad increíble. Nicolás apoyó las palmas contra los azulejos de la ducha, necesitando un soporte mientras las sensaciones lo inundaban.</p> <p>Martha se acercó más, tanto que sus pechos rozaron el torso de Nicolás. Con la mano libre, le acarició el rostro, obligándolo a mirarla a los ojos mientras continuaba masturbándolo con la otra.</p> <p>—¿Te gusta? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.</p> <p>—Sí —jadeó él—. Mucho.</p> <p>Ella aceleró el ritmo. Su mano subía y bajaba con precisión, apretando justo donde sabía que daría más placer, aflojando en los momentos exactos para prolongar la sensación. El agua caliente seguía cayendo sobre ambos, lavando el jabón, creando un contraste de sensaciones entre el calor del líquido y el roce firme de la mano de Martha.</p> <p>Nicolás sentía cómo la presión aumentaba en la base de su columna, cómo el orgasmo comenzaba a formarse, inevitable. La mano de Martha se movía con más rapidez ahora, y la otra había bajado para acariciarle los testículos con suavidad.</p> <p>—Me voy a venir —advirtió él, con la voz estrangulada.</p> <p>—Hazlo —susurró Martha contra su oído.</p> <p>Fueron sus palabras, más que el movimiento de sus manos, lo que detonó el orgasmo. Nicolás se tensó. El primer chorro de semen salió con fuerza, golpeando el vientre de Martha antes de ser arrastrado por el agua. El segundo y el tercero siguieron, mientras él gemía sin control, con las rodillas temblándole.</p> <p>Martha no detuvo el movimiento de su mano, ordeñándolo, extrayendo hasta la última gota, prolongando el orgasmo hasta que Nicolás tuvo que sujetarle la muñeca, incapaz de soportar más estimulación.</p> <p>—Dios —murmuró él cuando finalmente pudo hablar.</p> <p>Martha sonrió, satisfecha. Soltó su pene, ahora semierecto, y levantó la mano para que el agua la limpiara. Después, con una naturalidad que resultaba sorprendente dadas las circunstancias, tomó de nuevo el jabón y comenzó a lavarse a sí misma.</p> <p>Nicolás la observó, todavía recuperándose. El cuerpo de Martha brillaba bajo el agua, y el deseo que sentía por ella, lejos de disminuir después del orgasmo, parecía crecer cada vez más.</p> <p>—Déjame ayudarte ahora —dijo, tomando el jabón de sus manos.</p> <p>Martha sonrió y se dio la vuelta, ofreciéndole la espalda. Nicolás comenzó a enjabonarla con movimientos suaves. Sus manos se deslizaron por los hombros, bajaron por la columna, se detuvieron en la cintura. Después continuaron hacia las nalgas, explorando las curvas con una apreciación que iba más allá de lo sexual. Era casi reverencia.</p> <p>—El agua se está enfriando —comentó Martha después de un rato.</p> <p>Era cierto. El calentador de agua del departamento nunca había sido muy eficiente, y ya habían estado bajo la ducha más tiempo del habitual.</p> <p>Cerraron la llave. El silencio repentino pareció amplificar el sonido de sus respiraciones. Martha salió primero, tomó una toalla grande del estante y se envolvió en ella. Nicolás hizo lo mismo con otra toalla, atándosela a la cintura.</p> <p>Se miraron, goteando sobre el tapete del baño, con el espejo completamente empañado detrás de ellos.</p> <p>—¿Vamos a mi cuarto? —preguntó Martha, con una sencillez que contrastaba con la magnitud de lo que proponía.</p> <p>Nicolás asintió, sin confiar en que su voz pudiera transmitir todo lo que sentía en ese momento.</p> <p>Martha cerró la puerta y se volvió hacia Nicolás. Esperaba que él dudara, que mostrara la misma vacilación de siempre. Pero algo había cambiado. El orgasmo en la ducha, lejos de aplacarlo, parecía haberle dado una confianza nueva.</p> <p>Nicolás avanzó hacia ella con decisión. Le puso una mano en la nuca, enredando los dedos en el pelo húmedo, y la acercó a él. Martha cedió con una facilidad que la sorprendió a ella misma. Los labios de Nicolás no buscaron su boca, sino su cuello. Comenzó a besarla ahí, justo debajo de la mandíbula, donde el pulso latía visible bajo la piel.</p> <p>—Nico... —suspiró ella.</p> <p>Pero él no respondió. Estaba absorto en la exploración de ese territorio que antes solo había rozado tímidamente. Sus labios bajaron por el cuello de Martha, mordiendo suavemente, alternando entre besos y pequeños mordiscos que le arrancaban suspiros involuntarios. La toalla de ella amenazaba con aflojarse, sujeta apenas por un nudo improvisado entre los pechos.</p> <p>Las manos de Nicolás bajaron desde la nuca hasta los hombros, después a la espalda, finalmente llegaron al borde de la toalla. Titubearon ahí un instante, como si todavía quedara un último vestigio de duda. Martha tomó la decisión por él: se llevó las manos al nudo de la toalla y lo deshizo. La tela cayó al suelo con un ruido sordo.</p> <p>Nicolás respiró hondo, absorbiendo la visión de su madre completamente desnuda frente a él. No era la primera vez que la veía así, pero cada ocasión parecía nueva, como si descubriera detalles que antes había pasado por alto: la pequeña marca de nacimiento bajo el pecho izquierdo, la cicatriz casi invisible de cesárea debajo del vientre, la textura de la piel que cambiaba sutilmente según la zona.</p> <p>Con un movimiento que sorprendió a Martha por su audacia, Nicolás la empujó suavemente hacia la cama. Ella se dejó caer sentada en el borde del colchón, con las piernas ligeramente separadas, mirándolo desde abajo con una expresión que mezclaba curiosidad y anticipación.</p> <p>Él dejó caer su propia toalla, revelando una nueva erección que comenzaba a formarse. Martha extendió la mano para tocarlo, pero Nicolás la detuvo, sujetándole la muñeca.</p> <p>—Ahora me toca a mí —dijo, con una voz que apenas reconoció como propia.</p> <p>Martha asintió, dejando caer la mano. Nicolás se inclinó sobre ella, obligándola a recostarse. Volvió a besarle el cuello, bajó por la clavícula, llegó a los pechos. Tomó un pezón entre los labios y lo succionó sin delicadeza, con una urgencia casi adolescente que contrastaba con la suavidad calculada que Martha había mostrado con él.</p> <p>—Con cuidado —susurró ella, pero no había reproche real en su voz.</p> <p>Nicolás ajustó la presión, pero no la intensidad. Continuó besando y lamiendo ambos pechos, alternando entre uno y otro, mientras una de sus manos bajaba por el vientre de Martha, dirigiéndose con determinación hacia el vello púbico.</p> <p>Cuando sus dedos llegaron al pliegue entre las piernas, Martha soltó un jadeo. Estaba húmeda, tan húmeda que los dedos de Nicolás se deslizaron sin esfuerzo entre los labios. No había finura en sus movimientos, ninguna técnica aprendida, solo instinto y deseo crudo.</p> <p>—Ahí —gimió ella cuando los dedos rozaron su clítoris—. Justo ahí.</p> <p>Nicolás presionó con más fuerza, moviéndose en círculos torpes pero efectivos. Martha arqueó la espalda, empujando las caderas hacia arriba, buscando más contacto. Una de sus manos se aferró a la sábana, arrugándola entre los dedos; la otra subió hasta su propio pecho, pellizcándose el pezón de una manera que a Nicolás le pareció hipnótica.</p> <p>—¿Te gusta? —preguntó él, necesitando la confirmación a pesar de las evidentes señales de placer.</p> <p>—Sí —respondió ella con voz entrecortada—. Sí, sigue así.</p> <p>Envalentonado por su respuesta, Nicolás introdujo dos dedos en la vagina de Martha sin previo aviso. Ella soltó un grito que era mitad sorpresa, mitad placer. Los dedos entraron con facilidad, deslizándose en esa humedad abundante. El pulgar de Nicolás seguía presionando el clítoris, y aunque sus movimientos carecían de la precisión que ella le había mostrado en la ducha, la compensaban con entusiasmo.</p> <p>Martha no podía dejar de gemir. La brusquedad de Nicolás, lejos de incomodarla, la excitaba profundamente. Había algo primitivo en la manera en que él la tocaba, algo que revelaba un deseo tan básico y honesto que resultaba liberador.</p> <p>Los dedos de Nicolás se curvaron dentro de ella, encontrando por instinto ese punto que la hacía retorcerse. Presionó ahí mientras aceleraba el movimiento del pulgar sobre el clítoris. Martha sintió que el orgasmo se acercaba, construyéndose en oleadas cada vez más intensas.</p> <p>—No pares —suplicó, con la voz aguda por la necesidad—. Estoy cerca.</p> <p>Nicolás obedeció. Mantuvo el ritmo, la presión, la intensidad, observando fascinado cómo el rostro de Martha se transformaba con la llegada inminente del clímax. Sus mejillas se enrojecieron, sus ojos se cerraron con fuerza, su boca se abrió en un grito silencioso.</p> <p>El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica. Las paredes de su vagina se contrajeron alrededor de los dedos de Nicolás, apretándolos en espasmos rítmicos. Todo su cuerpo se tensó, después se relajó, después volvió a tensarse con cada nueva ola de placer. Nicolás no detuvo sus movimientos, prolongando el orgasmo tanto como pudo, hasta que Martha le sujetó la muñeca, incapaz de soportar más estimulación.</p> <p>—Ya, ya —jadeó, con los ojos todavía cerrados—. Es suficiente.</p> <p>Nicolás retiró los dedos despacio, maravillándose con la humedad que los cubría. Martha abrió los ojos y lo miró. Su rostro estaba ruborizado, su pelo húmedo se extendía sobre la almohada como un halo oscuro. Respiraba entrecortadamente, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo que poco a poco volvía a la normalidad.</p> <p>—Ven aquí —dijo, extendiendo los brazos hacia él.</p> <p>Nicolás se recostó a su lado. Martha lo abrazó, atrayéndolo contra su pecho desnudo. La piel de ambos todavía estaba húmeda por la ducha y ahora también por el sudor. Se quedaron así un momento, simplemente sintiendo la calidez del otro, la cercanía que ya no era solo física sino algo más profundo y complejo</p> <p><strong>Nota del autor:</strong></p> <p>Bueeenas, como siempre paso a recordarles que si les gusta esta serie, <a href="patreon.com/RelatosdePerseo">en mi Patreon pueden leer hasta el capítulo 7</a>, además de ver algunos videos sobre la protagonista, para hacer la experiencia todavía más inmersiva :)</p> <p>Saludos</p>

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