Invasores y nativos. 27
Micanea sabe que el mundo adulto es un espectáculo del que aún está excluida, pero esta noche las puertas del nido se abren para una nueva esposa. Nuridela teme lo desconocido, pero las manos de la familia Mikane prometen placer sin dolor. ¿Podrá resistirse a la tentación de ser parte de ese juego prohibido?
Terminada la ceremonia fúnebre, cuando le tocó el turno, Micanea se acercó a Namite, la hermana del fenecido. Se conocían, pero no eran amigas, simplemente comentaban las lecciones a través del ordenador si estaban en un mismo grupo de trabajo, o si coincidían por ahí se dedicaban una sonrisa y unas palabras que nada implicaban. Micanea la abrazó y en un tono de voz que la pudieran oír aquellas falsas amigas que la rodeaban, porque el rumor sobre su calzón manchado ya era muy conocido entre los jóvenes de la comunidad, dijo en una frase ensayada ante su abuela:
- Ha debido ser horrible estar ante un loco armado que tanto daño os hizo. - Puso su rostro mucho más serio. - Yo me habría muerto del susto, desmayado o cualquier cosa. Estoy segura que todo lo que representa miedo queda justificado cuando un asesino te apunta con un arma…
Cambió de tono y volvió a abrazar a Namite.
- Si necesitas hablar de lo que sea puedes contar conmigo. No tengo experiencia en algo así, tan terrible, pero sé escuchar y callar.
Las otras amigas pusieron cara de circunstancias, ellas se ocupaban de escuchar y propagar rumores añadiendo y quitando aquello que les convenía, dejando que Namite pareciera tonta, cobarde... hasta que dos cautes más tarde durante una tormenta quedaron atrapadas en el vehículo del padre de una de ellas.
El vehículo se salió del camino resbalando por el lateral de un torrente quedando ladeado. El agua terrosa que con fuerza acarreaba ramas y algunos escombros estaba ahí mismo amenazando con arrastrarlas con su fuerte corriente y posiblemente matarlas. Por suerte llegaron a tiempo los vigilantes con una grúa y las rescataron.
Estaban en el vehículo de sanación temblando de frío y miedo cuando una dijo a la otra:
- Casi me lo hago encima.
La amiga solamente asintió.
Ya sabían qué es tener pánico, miedo a la muerte, y dejaron de burlarse de Namite.
Las noches en el nido eran divertidas, gozosas y muy cariñosas. El matrimonio lo pasaba mejor que nunca. Micanea, al otro lado de la pared hacía como que no los escuchaba, aunque a veces contaba los estallidos descubriendo que mamá disfrutaba más.
“¿Seré cómo ella cuando sea adulta? ¿Encontraré un macho que me lo haga pasar tan bien?”
Si bien tenía inquietud en su espíritu, siendo tan joven no tenía necesidad de aliviarse con caricias.
Llegó la primavera y las ganas de reunirse los vecinos. La fiesta de primavera provocó que la gente riera y lo pasara bien, pero no dejó de ser otra reunión de vecinos con sus cotilleos, y como casi no hubo anécdotas dignas de mención pronto fue olvidada.
Como ya era normal solamente fue Mikane, estuvo un rato saludando a las del coro y vecinas, y pronto se marchó.
Unos cautes más tarde Micanea había estado en una noche de chicas en casa de una amiga y lo pasaron bien riendo, cotilleando y escuchando música. Ahora, tras unos pocos cautes de margen, quería que se repitiera en su casa. Pidió permiso a la familia.
- No hay problema puedes traer a quien quieras. - Dijo Mileada mostrando conformidad. - Pero no pueden ser muchas. Ya sabes, para dormir solamente dispondréis de una piscina de matrimonio.
- Seremos las mismas de la otra vez solo que aquí.
Dijo los nombres, eran dos y resultaba que Mikane ya conocía a una al ser del Coro.
- Puedo sacar los tractores del almacén y dormís ahí. - Propuso Sam.
Micanea le dedicó una mirada de reproche. Se trataba de una noche de chicas, no de una reunión por la tarde para escuchar música, hablar y reír como las que hacen algunos chicos.
Se acordó la noche y Mikane dijo que prepararía pescado para la cena.
- No, gracias abuela. - Replicó Micanea sonriendo. - Ya sabemos de qué cenar. Lo compraremos y cenaremos solas en la habitación. - Se giró para pedir a Mileada. - Por cierto, mamá, necesito dos Tablas.
- ¿Dos? ¿Vas a comprar medio mercado?
Las chicas llegaron a media tarde y las tres estuvieron un buen rato encerradas en la habitación. Se oía música muy fuerte.
Una de las invitadas era alta y delgada. Vestía con calzón oscuro que le llegaba a los pies y una camiseta de color claro, en una bolsa debía llevar más ropa, y parte de la compra que aportaba a la reunión, se llamaba Dogare.
La otra joven se llamaba Codela y se parecía más a Micanea salvo que llevaba varios pendientes en la oreja derecha. Vestía una camisa muy larga de manga corta a modo de vestido que le llegaba hasta las rodillas. Su calzado era normal, pero los calcetines eran largos, gruesos y manchados de barro. Según Mikane tenía una bonita voz, y en su opinión, debería quitarse esos pendientes que la afeaban. También cargaba una bolsa.
Ambas llevaban gorros con amplias alas para protegerse de Caute, y además de protección en la cara y brazos. A igual que Micanea tenían doce cautones.
Micanea las recibió descalza vistiendo un calzón corto y la camiseta que compró en el mercado dos cautes antes. Por eso pidió dos Tablas a su madre.
Mileada estaba de servicio, y Sam había ido a la central de vigilancia para hablar un rato con Zumeco.
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó el sorevano al ver que Sam se sentaba en el suelo apoyando la espalda en la rueda de un vehículo sin darse cuenta que se manchaba de polvo.
- Mi cría. Noche de chicas.
- Lo entiendo. Bueno. - Dijo sonriendo Zumeco. - Al menos mi crio hace las reuniones en los almacenes de los amigos, donde ponen esa música a todo volumen. ¡Es lo bueno de vivir en un piso!
Invitó a su amigo a un zumo en su despacho.
- Oye. Tu hija es muy joven y ya hace juergas.
- Trece cautones, no, doce, y ya ves. Claro que a su edad yo también quería hacerlas y no me dejaban.
- Lo mismo.
Mikane se llevó a la habitación la canasta de la ropa por remendar para dejar libre el comedor y la cocina. Así las chicas se sentirían menos vigiladas si salían por agua o a calentar comida.
Oyó gritar a su nieta:
- ¡Abuela! ¡Vamos un rato a las piscinas!
Mikane les aconsejó que se pusieran sombreros, pero era evidente que no la hicieron caso como si a la granja no llegaran los rayos de Caute. Al rato a través de una ventana las vio dirigirse al almacén. Seguramente para protegerse de Caute sin tener que volver a casa. Un lugar donde podían curiosear y al mismo tiempo hablar de sus cosas de medio crías, de casi adultas.
Mikane sonrió al recordar aquellas conversaciones a esa edad y la curiosidad por el mundo adulto. Tomó la decisión que en cuanto terminara de remendar los bajos de un pantalón de su esposo, les llevaría agua fresca y unos tazones con néctar.
- Eso siempre viene bien con este calor que hace. - Murmuró.
Casi un sexto de seis más tarde y ya con la bandeja preparada con la golosina se acercó al almacén. Sin pretenderlo escuchó:
- Venga, cuenta… ¿La tiene grande?
- Dicen que es enorme. ¿Es verdad?
Mikane ya reconoció la bonita voz de Codela y pensó que hablaban de algún chico. Lo extraño era que preguntasen a Micanea. ¿Cuánto sabría ella de esas cosas? Es muy joven.
La nieta contestó:
- Pues supongo que en algún momento se lo he visto, pero hace mucho, además no me he fijado y ahora no me acuerdo.
Micanea, no admitía que sabía bien cómo es su padre. Lo había visto muchas veces desnudo. Sobre todo, en las piscinas de sionma y en la ducha.
- Como suele ir con calzón os puedo decir que además de la cabeza tiene pelo en el pecho y las piernas. Es negro y largo. Papá se lava mucho, pero el olor de su cuerpo es… distinto. Durante un tiempo pensé que todos los machos olían igual, pero no. Su olor es… atrayente.
- ¡Vamos! - Protestó Dogare que no quería abandonar tan interesante tema de la conversación. Por eso admitió: - A veces papá va desnudo por casa y puedo ver que es de adulto, pero de talla normal.
- Con mi padre pasa igual. Es muy normal. - Afirmó Codela. Y añadió en lo que parecía una confidencia ya que cambió el tono de voz: - Una vez se la vi alzada mientras cogía de la mano a mamá y se iban al nido. En ese momento me pareció muy larga, pensando que no cabría en mamá, pero ahora sé que es lo normal.
Ante esa confidencia Dogare se abrió a contar intimidades.
- Ya tengo la promesa de mi madre que cuando cumpla los quince cautones iremos las dos a una Cesta. ¿Quién se apunta?
- ¿A la Cesta de aquí? ¡No! ¡Qué vergüenza! – Replicó Codela escandalizada. - Al caute siguiente toda la colonia lo sabría. ¡No!
- Tienes razón. – Admitió Dogare. - Le diré de ir a otra colonia.
- No sé. - Respondió Micanea también en un tono de confidencia - A esa edad ya quiero estar con un chico que me haga estallar, aunque no tenga crema en las tetas. - Preguntó: - ¿Conocéis a alguno que no sea tonto?
- ¡Huy!
- ¡Difícil lo pones!
Rieron con ganas.
- Dejaos de eso, chicas. - Protestó Codela retomando la tan interesante conversación inicial. - Micanea, dinos cómo es el falo de tu padre. - Mostró una mano extendida y aseguró: - Debe ser de un palmo como poco.
Mikane sonrió, ya sabía de quién hablaban las crías, pero su nieta nada decía. ¿Era discreta o causaba expectación? Recordó que unos cautes antes de la siembra estuvieron todos en una piscina y debió verle bien porque estaban desnudos durante la ducha.
En silencio retrocedió unos pasos y se acercó al almacén por un sitio que pudiera ser vista con anterioridad desde el interior. Así entregó la bandeja, que fue bien recibida por las ya no tan crías.
Mientras las veía satisfacer la sed estuvo a punto de decir que su esposo tenía el pene tan grande que estando erecto no cabría en sus bocas por mucho que las abrieran y que cogiéndolo a dos manos no les bastaba para cubrirlo por lo largo que es. Pero era mejor callar no añadir información para sus fantasías.
Esa noche las chicas se durmieron tarde ya que estuvieron oyendo música y riendo. Mientras que en la habitación de al lado un matrimonio de tres esperaba el sueño estando abrazados sobre la parte seca de la cama piscina, y conteniendo las ganas de amarse. No querían escandalizar, o provocar burlas, a esas chicas con los gritos de placer cuando estallan.
Mileada, que ya conocía la conversación de las chicas en el almacén propuso a su esposo:
- Sam, cariño, podrías ir a preguntarles si están bien o si quieren algo que puedas ofrecerlas.
- ¡Ya! Y me presento ahí desnudo. ¿Verdad?
- Pues claro, sino no tendría gracia.
Mikane sonrió en silencio ante la ocurrencia de su hija. Pensó sobre la conveniencia de permanecer callados. Meditaba que si les oían amarse podrían contarlo a sus padres o amigos y a saber qué habladurías nuevas se crearían sobre su gigante esposo, y la familia Mikane.
Era un caute que Mileada tenía libre por lo que el matrimonio de tres estuvo un buen rato de la tarde en el nido.
Mikane recibía los envites de su esposo en su cuerpo y tras los consiguientes estallidos creía estar en la Charca del Principio. No gritaba, pero esos gemidos podían escucharse por toda la casa. Luego estaba que al notar las descargas de su esposo quedaba muda. La voz se atragantaba en su boca e incluso contenía la respiración hasta que se derrumbaba sobre el agitado pecho de Sam. Por fin exclamó:
- ¡Por la charca! ¡Cada vez es mejor!
A pocos pasos y apoyada contra una pared estaba Mileada recobrando fuerzas. Todavía salía crema de sus tetas y la entrada de su sexo aun tardaría un poco en recobrar el tamaño normal.
Sam, tras depositar suavemente a Mikane sobre unas bolsas, se acercó a las llaves de agua y una fina lluvia cayó sobre los cuerpos de las hembras que con suspiros agradecieron la hidratación de su piel. Además, sirvió para retirar la crema de sus tetas.
Poco más tarde Sam se ocupaba de limpiar el nido retirando el agua que contenía crema y su esencia, y añadiendo nueva. Comprobó la temperatura.
Mileada se levantó y pidió un abrazo de su esposo. Así estuvieron un rato hasta que Sam propuso comer algo.
- Vamos a la cocina y tomemos algo dulce de merienda.
- Buena idea, cariño. - Dijo Mileada sintiendo hambre.
La hembra se acercó a su madre que todavía estaba tumbada sobre las bolsas e intentó animarla a moverse.
- Id vosotros - Respondió Mikane en un suspiro. – Hija mía. Deja que descanse un poco más.
- ¿Estás bien, mamá?
Mileada se preocupó. Su madre siempre solía ser muy dispuesta a cualquier propuesta en la casa y sobre todo a dar las órdenes tan necesarias en la organización o conveniencia.
- Estoy mucho mejor que bien. – Respondió a su hija mostrando una sonrisa. - Ve con tu esposo a la cocina, y toma algo. Hay que beber agua. Ahora voy.
- Bien, mamá. - Respondió seria Mileada.
Mileada dejó de preocuparse por su madre al llegar a la cocina y ver que su hija y esposo competían por meter más veces la cuchara en un tarro donde quedaba muy poco néctar.
Sam, al ver a su esposa pidió ayuda.
- ¡Mira esta niña! No me deja comer mi parte de néctar.
- ¡No es así, mamá! - Protestaba Micanea escondiendo el tarro en su regazo y contorsionándose para que papá no alcanzara con la cuchara. - Ya ha comido mucho. Esto que queda es para mí. Es mi parte.
En uno de aquellos giros de la joven el tarro se volcó sobre la mesa, que por suerte no se rompió. Y una parte del contenido fue a parar a las tetas de Micanea. Mileada, poniendo una exagerada cara de glotona ante un festín gritó que ahí estaba su parte. Se acercó a su hija con la lengua fuera, pero ésta saltó situándose detrás de su padre.
- ¡Así no, mamá!
El caso es que todo el tiempo Micaena vestía un calzón corto mientras que sus padres estaban desnudos.
Mikane asomó desde la habitación. Solamente con su presencia y una sonrisa todo volvió a la calma. Al igual que su nieta y como era lo normal en casi todos los hogares de la colonia solamente vestía un calzón corto. Sam le sirvió agua en un tazón. Mileada limpiaba la mesa con un trapo y Micanea desapareció en su habitación para lavarse. Mileada retiró el tarro y con una cuchara recogió del fondo lo poco que quedaba. Lo compartió con su madre ante el gracioso gesto de protesta de Sam.
- ¡He! ¡Es mi parte!
No le hicieron caso.
Mikane agradeció el dulce y se puso a hablar:
- Hijos míos. Hace unos cautes que noto que no soy tan activa en el nido y, bueno… ya veis que lo disfruto, pero quedo muy cansada. - Sam iba a hablar, pero con un gesto le pidió silencio. - Por eso esta tarde vendrá una amiga… y si os parece bien me sustituirá en el nido. Si la aceptáis y ella os acepta será otra esposa en esta familia.
- No quiero que te sustituyan. - Protestó Sam muy serio.
- Mamá, no me gusta relegarte. Pero comprendo tu preocupación por el bienestar de tu esposo.
Pensó que ya hablaría más detenidamente con su madre, aunque en ese momento pidió más información:
- Háblanos de esa hembra. ¿La conozco?
Se llamaba Nuridela. Tenía veinticinco cautones. Soltera. La conocía del coro y aunque hablaba muy poco de sí misma, todo el mundo sabía que se llevaba muy mal con su madrastra y los hijos de esta.
- ¿Nuridela? No… no la conozco. - Dijo pensativa Mileada que creía conocer a casi todos en la comunidad.
Mikane aportó más datos.
- Porque solamente sale de casa para ir al mercado o al coro. No asiste a fiestas ni reuniones de ningún tipo. Creo que no la dejan.
- Es adulta. ¿Quién no la deja?
- Su familia es muy controladora. Y los hermanos, hijos de la nueva esposa, parece que la tratan mal. Ignoro por qué lo consiente su padre. - Hizo un breve silencio para continuar: - Lo dicho viene esta tarde a presentarse como nueva esposa, a no ser que haya cambiado de parecer. Afirma que nos ha visto en muchas ocasiones, juntos y por separado, y está convencida que sale ganando si está con nosotros.
- Saldría ganando en cualquier sitio que la apreciaran.
Sam empleó un tono de voz que no quedaba claro si la rechazaba de la familia o simplemente apoyaba la acción de abandonar a sus padres.
- Cierto. - Dijo Mikane y añadió en tono enfadado: - Pero la esposa de su padre, que tiene muchas amigas por ahí, hace correr el rumor que la muchacha es tonta y que la tolera en casa con la resignación de una madre. - Suspiró y añadió relajando el tono de voz: - Es falso. La muchacha no es tonta, solamente tímida. He hablado con ella muchas veces y de muy variados temas resultándome agradable.
- Bueno, mamá. La recibiremos. - Aceptó Mileada. - Pero ya debes saber que nada está decidido.
Sam estaba de acuerdo con la madre de su hija, aceptarla como esposa era un paso muy importante. Debían estar seguros. Se acercó más a Mikane sentándose en el suelo. La cogió alzándola para sentarla en sus piernas y la abrazó.
- Nadie puede sustituirte.
- Necesito de tus besos. – Dijo Mikane y miró a Mileada al añadir: - De vuestros besos. Pero ya no soy tan activa en el nido.
Mileada también se acercó para abrazarla.
Por la tarde apareció ante la puerta de casa una hembra joven muy vergonzosa. Vestía con el sayón de campesina, un calzón hasta las rodillas, y unas desgastadas sandalias. Antes de entrar en la casa se quitó las sandalias dejándolas fuera ya que estaban manchadas de barro, en lugar de emplear los estantes que estaban para eso. Su apariencia era muy normal, pues no se podía decir que era alta ni demasiado delgada. Tenía las manos y brazos fuertes por el trabajo constante. Su rostro podría ser hermoso si no tuviese miedo a sonreír.
Para recibirla todos llevaban camisa además del calzón. Iban descalzos. Habría sido descortés recibir una visita estando medio desnudos.
Mikane le indicó donde sentarse. Le ofreció agua y si quería un tazón con néctar. Nuridela aceptó el agua con un leve gesto y el atisbo de una sonrisa. Y Mikane puso también el dulce a su lado.
Sam y Mileada se pusieron a hablar sobre que no hacía mucho calor ese verano y preguntaron a la invitada su opinión para que participara en la conversación. Pero Nuridela no escuchaba. Retenía en su boca la cuchara mientras saboreaba el néctar. Tenía los ojos cerrados.
- Hija mía. - Preguntó Mikane también sorprendida por el inesperado gesto de la invitada. - ¿Tan bueno te está el néctar que elaboro?
- ¿He? Sí. No lo he comido nunca. ¡Está riquísimo!
Sam quedó anonadado al escucharla. ¿Un sencillo postre que puede encontrarse en cualquier hogar y esa muchacha no lo había comido nunca? Parecía imposible. En todas las granjas se elabora de alguna fruta y la vodoca es la más común en la comunidad. Además, se puede encontrar néctar de otras frutas en el mercado. Seguro que los demás en esa casa sí que… decidió no pensar más en eso.
Mileada tan asombrada como Sam, ofreció:
- Te diría que comas todo lo que quieras, pero claro, si uno se pasa con el dulce puede hacer daño.
- Termina el tazón y te sentará bien. - La animó Mikane.
Al poco se pusieron a hablar sobre el motivo que la llevó a esa casa.
Nuridela afirmó que conocía bien a Mikane, y la opinión que de ella tenían las compañeras del Coro. Por parte de su madre era pura envidia al saber de las muchas Tablas que entraban en esa casa. Todo el mundo sabía que la granja de la familia Mikane era rentable. Que además contaban con un sueldo de vigilante y otro militar. La muchacha ya se había dado cuenta que muchas granjas eran atendidas por el macho, al que a veces ayudaba la hembra y además de la colaboración de los hijos, según sus edades y si los había. Mientras que en su casa eran cinco adultos y tan apenas producía lo suficiente para subsistir. Había algo que hacían mal, pero era más cómodo quejarse.
Nuridela se mostró rotunda al afirmar:
- Quiero dejar esa casa y puedo hacerlo porque soy mayor. Allí me insultan, desprecian y a veces un hermano me golpea la espalda mientras me insulta llamándome tonta o inútil. Si aparece algo roto, sin que se sepa quién ha sido o el motivo, me echan la culpa y hay más insultos. - Lanzó un suspiro y continuó hablando: - Cierto que podía marcharme hace mucho, pero no sabía dónde ir. Hasta que Mikane me ofreció esta posibilidad. Como ya podéis suponer no quiero ser una indigente.
Quedó un instante en silencio, como si buscase las palabras.
- Si me acogéis aquí trabajaré en el huerto y en la casa. No sé cocinar, pero sí lavar la vajilla, el nido y mantener la casa limpia. Puedo aprender otros trabajos. Siempre será mejor aquí que allí.
- No es por eso que te he ofrecido venir. – Le recordó Mikane empleando una suave voz. - No queremos una sirvienta, queremos una esposa.
Nuridela asintió ruborizándose aún más. Miró a Sam, pero pronto retiró la mirada fijándola en el tazón vacío.
- Comprendo, debo… debo ir al nido con el macho de la casa cuando me lo ordene.
Sam se escandalizó, había que aclarar el por qué, pero la enérgica Mileada se adelantó al hablar:
- Puedes estar con tu esposo cuando te apetezca. Pero lo que te pedimos es mucho más que eso. En el nido estaremos todas amando a nuestro esposo. Y si nuestros labios se juntan al acariciar a Sam, me gustaría que el beso entre nosotras sea sincero y de esposas.
- ¿Lo ves, amiga mía? – Añadió Mikane. - No solo te unes a Sam, también lo haces con nosotras. Formarías parte de la familia. Si lo aceptas, claro.
Sam se decidió hablar lo más amable y sincero que pudo:
- Cariño, amiga, veo que dudas y me parece lógico que quieras pensarlo. Nada te exigimos ni obligamos. Puedes volver en otro momento con la respuesta o ignorar nuestra...
- ¡No quiero volver allí!
Casi gritó Nuridela. En su voz, y en la mirada dedicada a Sam había decisión y miedo al mismo tiempo. Por fin había dado el gran paso y no estaba dispuesta a retroceder. Pero pronto desvió la mirada. Nativo Sam es muy grande y tenía la fama de enfrentarse a otro nativo con solamente sus manos por muy armado que aquel estuviera.
- Vale. Bien. Podemos arreglarlo. - Se ofreció Mileada dudando si ponerse el uniforme evitando así posibles discusiones. – Me pongo el uniforme y vamos juntas a casa de tu padre por tus cosas.
- Ya llevo puestas todas mis cosas.
Sam quedó mudo. Mientras que Mikane pensó que la situación de Nuridela en esa casa era desastrosa.
Poco más tarde cenaron y naturalmente todos comían de lo mismo. Esto es, no le daban a Nuridela las sobras de la comida anterior o lo que ellos no querían. Micanea se sentaba al lado de Nuridela y en cuanto la presentaron la trató con respeto llamándola mamá de vez en cuando. Mileada estaba al otro lado contando anécdotas del trabajo y para animarla a participar le preguntaba qué hubiera hecho ella en su lugar. Mientras que Nuridela estaba a punto de echarse a llorar al ver lo bien que la trataban. Su tazón fue el primero en llenarse.
- Esta noche dormiremos juntas. - Dijo Mileada sonriendo. - Y ya veremos cómo nos las apañamos más adelante.
- Podemos dormir en el nido. - Propuso Mikane.
Sam hizo un gesto muy gracioso. Por supuesto que le gustaba estar con sus esposas en el nido, pero pasar toda una noche en remojo, no.
Micanea pidió dormir también en el nido. Generando una nueva conversación. ¿Es lo suficiente mayor? Nuevamente Nuridela se sorprendió al ser preguntada su opinión.
- Pues. Es joven. Dentro de dos cautones, quizás. – La miró desde la perspectiva de adulta. - O mejor tres, sí, tres.
- Pero si solo quiero mirar. - Se quejó Micanea.
Terminaban de cenar cuando se llegó a la conclusión que podía ver, pero no participar, y a condición de que no fuera contando detalles por ahí. Debía quedarse en la entrada del nido y dormiría en una cama piscina del cuarto del matrimonio.
Micanea asintió, pero fue la primera en desnudarse nada más levantarse de la silla. Simplemente tenía que quitarse el calzón. Mostró sin pudor su cuerpo delgado, un culo plano y unas tetas casi inexistentes. Lo único que destacaba eran sus pezones y que sus pétalos ya era algo más que el envoltorio de un pequeño orificio.
- ¡Es pronto para acostarse! – Dijo Mileada.
- Podrías ir a tu habitación y estudiar un poco más. – Propuso la abuela.
La joven se contuvo antes de llegar a la puerta de la habitación de sus padres y regresó mostrando su cara de disgusto. Recogió su calzón que se mojaba con el agua de la pared y entró en su habitación.
Estar todos en el nido motivó los piropos sobre el cuerpo de Nuridela, la cual se ruborizó. Estatura normal tirando a un poco alta, de cuerpo delgado, pero fuerte. Sus tetas, algo pequeñas llamaban la atención por su perfección. Barriga inexistente. Culo precioso y llamativo.
Micanea pidió la opinión sobre el suyo mientras entraba unos pasos en el nido, y le dijeron que era una cría. Aunque oyó que la abuela le decía a su madre lo guapa que se estaba poniendo.
Nuridela participó en algunas caricias tímidas con las hembras y quedó pasmada y asustada al ver cómo amaban al esposo. Cómo restregaban sus cuerpos sobre el enorme miembro de Sam alcanzando así varios estallidos y se dejaban acariciar por esas grandes manos capaces de coger dos tetas a la vez. Las veía estallar de placer al ser penetradas, y que cuando el esposo estallaba ellas gritaban de placer en lo que parecía una prolongación de estallidos. Sintió ganas de notar lo mismo, pero la vergüenza y el miedo la contenía.
En casa de su padre, le había visto muchas veces desnudo, incluso a mamá y a los hermanos. A ella no le hacían caso, como si no existiera en esos momentos al ser tan fea. Así la llamaban.
A veces algún hijo elogiaba a la madre y ésta, entre risas, le prometía que algún caute le aceptaría en el nido. Pero que Nuridela supiera eso no sucedía. La hembra dominante estaba siempre acaparada por papá. Por eso se levantaban tarde y se acostaban temprano. Incluso a veces después de comer, descuidando la casa y el huerto. Un trabajo que recaía en ella porque los hermanos estaban con sus negocios por ahí, o simplemente de juerga. Incluso también desaparecían durante la temporada de la cosecha. O simplemente se limitaban a llevar las vagonetas a Recolección entreteniéndose demasiado por el camino.
Permaneciendo cerca de la puerta de entrada al nido, Micanea se restregaba las tetas y acariciaba sus pétalos sin dejar de mirar cómo se amaban los adultos. Sentía ganas de participar, pero sabía que si se movía del sitio asignado la echarían del nido. Y no quería perder detalle de tan gran espectáculo. Con la acción de sus caricias tuvo dos estallidos sin que sus tetas segregaran crema, para su disgusto, ya que eso demostraba que no era adulta.
Cuando vio que las esposas habían quedado satisfechas y remoloneaban descansando al lado del esposo, con gran timidez Nuridela se acercó a Sam y su voz era tan solo un murmullo.
- Yo… me gustaría disfrutar de ti, pronto. - Pero era evidente que, en ese momento, no.
Fue entonces cuando Mileada se dio cuenta que en las tetas de su nueva esposa no había crema. Y comenzaron las preguntas.
Si bien Nuridela desde hacía unos cautones se acariciaba de vez en cuando escondida en la intimidad de la noche, logrando un estallido relativamente placentero, de sus tetas jamás salió crema. Jamás había estado con un macho, ni sabía lo que era un beso. Hacía muchos cautones que dejó de recibir los besos de su padre en su frente. Y nunca fue aleccionada en el nido familiar.
Mileada propuso que se dejara acariciar y así conseguiría generar crema por todas las tetas.
- Cariño. Deja que te acariciemos y serás una hembra completa.
Temió que se había pasado al decir eso de completa. No quería ofenderla.
- Mi querida hija. - Dijo Mikane con su suave voz. - Vamos a procurarte placer hasta que tus tetas se conviertan en manantiales. Pero solo si así lo quieres. ¿Quieres?
Nuridela, ruborizada, asintió. Se dejó llevar sobre las mullidas bolsas del nido. Notó unas suaves manos en su cuerpo y que le separaban las piernas. Hasta ese caute jamás había mostrado sus pétalos a nadie. En esa postura, en esa entrega era la primera vez. Tenía mucha vergüenza y algo de temor. Señaló a Sam y murmuró:
- Me hará daño.
- No cariño. - Susurraba Mileada cerca de su oído. - Porque no te penetrará hasta que se lo pidas. Y puedes estar segura que jamás te hará daño. Es el macho más cariñoso del mundo. Créeme, lo sé bien porque así es conmigo.
Nuridela no sabía si creerla. Poco antes les había visto amándose y todo le parecía muy brusco. Vio entrar ese pene tan gordo en los cuerpos de las hembras mientras se retorcían con sus estallidos.
Nerviosa, y no muy convencida, cerró los ojos y se dejó acariciar. Casi inmediatamente notaba esas manos suaves pero firmes al apretar sus tetas. Notaba sus bocas en la suya y cómo unas lenguas rozaban sus labios como pidiendo permiso para entrar en su boca. La abrió descubriendo el placer de los besos de adultos, de amantes.
Notó una mano grande en sus pétalos y durante un instante sintió miedo ante una posible brusquedad por parte del gigante, pero no fue así. Esas manos ásperas de gordos dedos se movían delicadamente. Notó un nuevo contacto, una nueva caricia en su intimidad. Era grande, áspera pero cálida y húmeda. Movió la cabeza para mirar y descubrió la cabeza de Sam entre sus muslos. ¡Era la lengua de Sam! Le gustaba.
Sí. Notó placer en sus pétalos, en todo su cuerpo. El placer la inundaba, la rebosaba y estalló. Por primera vez en su vida de su cuerpo emanaba crema.
Micanea vio con alegría que de las tetas de su nueva mamá salía crema. Se acarició las suyas pensado que eso sucedería pronto. Sería amarilla, por supuesto, pero… ¿Espesa, dulce? ¿Le gustaría con quien… eso, su primera vez? Enfrascada en sus pensamientos y en no caerse al tropezar con el borde del nido, no vio cómo su abuela cogía un poco de crema de las tetas de Nuridela y la probaba. Ni que con un gesto a su madre indicaba que esa crema, si bien era abundante, era demasiado espesa y su sabor quedaba lejos de ser agradable o dulce. Tampoco oyó la maldición que soltó su madre sobre una gente que no se preocupa por el buen desarrollo de los hijos.
Más tarde, Micanea se acercó curiosa al grupo que descansaba sobre las bolsas. Había visto estallar a las hembras y el gesto de placer en el rostro de papá al culminar. Sonreía cuando cogió un poco de crema de las tetas de su madre y la llevó a la boca.
- ¡Um! Es cómo recuerdo. ¡No! Está más rica.
Mileada sonrió ante la acción de su hija y no pudo evitar que Micanea acercara unos dedos a su sexo y cogiera algo de la esencia de Sam que asomaba de su cuerpo. Lo llevó a la boca.
- ¡Qué sabor más raro!
Retenía lo poco que había cogido entre la lengua y los labios.
- ¡Cariño! ¡No vuelvas hacer eso! - Ordenó muy seria Mikane que sin llegar a levantarse estaba algo incorporada. - Eres muy joven todavía.
La joven sabía lo mucho que era querida por la abuela, pero cuando estando tan seria daba una orden, debía obedecer o sufriría el peor de sus castigos: durante unos cautes sus palabras solamente serían órdenes secas, no disfrutaría de su cariño, ni de sus besos. Algo terrible que no quería volver a sentir, a sufrir.
- Sí, abuela.
El ambiente se relajó cuando Sam le ordenó que accionara las duchas. Todos necesitaban refrescarse. Pero la joven se retrasó en obedecer porque se quedó viendo el pene de su padre, flácido, sí, pero todavía gordo, del que en ese momento asomaba una gota de semen y que se estiraba en un hilo casi trasparente. Sintió un nudo en el vientre, en la garganta, ansiaba esa gota en su boca, pero no debía tocarla, y tragando saliva corrió a obedecer abriendo las llaves de las duchas
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