Xtories

Invasores y nativos. 28

Nuridela llegó a esta casa con el cuerpo marcado por el miedo y la vergüenza. Sam, su nuevo esposo, no la toca sin permiso, pero la paciencia tiene un límite. ¿Cuánto tiempo tardará ella en confiar lo suficiente para entregarse por completo?

Nutor1.6K vistas
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Al caute siguiente Micanea, Mikane y Nuridela fueron al mercado. En principio era para comprar pescado y algo de ropa para Nuridela, pero como suele ocurrir, Micanea encontró una camiseta que le gustaba. Además, estaba el otro motivo mucho más importante: mostrar a la colonia que Nuridela forma parte de la familia Mikane. A las pocas compañeras del Coro que se cruzaron les parecía perfecto, a otras amigas de Mikane… su opinión quedaba dividida o simplemente no opinaban.

Micanea se probó una camiseta por encima de la que ya llevaba y preguntó cómo le quedaba. Mikane contestó que buscara otra un poco más ancha. Y como Nuridela quedaba callada la muchacha gritó:

- ¿Mamá Nuridela qué te parece?

La joven, ruborizada, contestó que le quedaba bien.

Más de un vecino se había quedado mirando.

Micanea y Mikane se dedicaron una cómplice mirada.

Ya en casa. Mikane aleccionaba a la joven esposa cómo se preparaba el pescado y el cuidado que había que tener al asar las algas que tanto le gustaban a Sam.

Para estar en la cocina y evitar salpicaduras molestas en sus cuerpos, llevaban unas camisetas, menos Micanea que solamente llevaba el calzón ya que se dedicaba a trocear el sionma al otro lado de la mesa.

- En cuanto veas que algunas ya tienen quemados los bordes hay que retirarlas rápidamente. – Indicaba Mikane. - Se pueden volver a poner al fuego aquellas que queden crudas. A veces hay que repetir el proceso dos o tres veces más. Bueno. Depende de la cantidad.

Sam regresó de dar una vuelta entre los frutales. Dejó el calzado al lado de la puerta. Tras el saludo dijo que la cosecha iba bien. Y goloso, el aroma del sionma asado era muy incitante, se acercó a la comida alargando una mano sobre esas algas que tanto le gustaban.

Su mano fue azotada por parte de Mikane.

- ¡Quieto! ¿Te has lavado?

- Pues…

- No digas nada. Ves a la ducha. ¡Ya!

Nuridela se asombró que Mikane tratara así a su esposo. Cuando el macho desapareció en la habitación preguntó por qué.

- Sam es un buen macho. Responsable y todo eso que no quiero decir para que no nos escuche. Pero a veces se comporta como un crío y en eso incluyo a todas las crías de esta casa.

- Yo también necesito ducharme, abuela.

Casi gritó Micanea saltando de la silla donde había estado troceando el sionma para asar, y ya corría a hacerlo con su padre. Quería verlo otra vez desnudo. Y últimamente había notado que le gustaba que le frotara la espalda con sus grandes manos.

Mikane no lo consintió que la joven se librara del trabajo o quizás fuera verdad que hacía falta más comida.

- De eso nada, jovencita. Siéntate y trocea más Sionma, que hay poca para todos.

La niña obedeció murmurando protestas.

En ese momento llegó Mileada de su turno. Afirmó que el agradable olor combinado del sionma y el pescado acrecentaba su hambre.

- Pues creo que aún falta un poco. Veamos.

Mikane sacó una astilla de madera, larga y muy fina, como las que tenía reservadas como parte de la vajilla, y llamando la atención de sus hijas y la nieta pinchó uno de los pescados. Ofreció a oler la astilla y la que tenía a parte, la que usó antes de asar el pescado.

- ¿Notáis la diferencia?

Mileada negó. Había hecho infinidad de veces esa prueba y jamás notó nada. Sabía que el pescado estaba hecho por el tiempo que llevaba en el fuego y el agradable olor de cuando estaba cocinándose bien.

Mientras que Nuridela estuvo oliendo un ratito, comparando y afirmó:

- Pues… la primera huele a sangre y la segunda no.

- ¡Correcto! Y con una tercera astilla ya sabremos si está hecho sin sacarlo del fuego.

- ¿Cómo?

- Pues, entrará más fácil en el pescado y olerá mejor. Vamos a esperar un poco y lo verás.

Micanea se apropió de las astillas. Las olió notando apenas la diferencia. Por eso las chupó.

- Así lo noto más. – Afirmó.

- Puede. Pero no está bien.

Aquella mañana Mikane y Nuridela encontraron a Sam desenredando algunos tallos en las piscinas. Al quedar rectos crecerían más, y seguro que más gruesos y jugosos. Pidieron que saliera de la charca porque tenían ganas de hablar con él.

- ¿Algo serio? – Preguntó Sam.

- No. Solo por hablar. - Respondió Mikane.

Se ducharon los tres al lado de las piscinas. Sam para quitarse el barro y ellas para refrescarse. Y ya acudieron a casa. Si bien ambas permanecían desnudas tras la ducha y cargaban la ropa con la que habían ido a la colonia solamente Nuridela se cubría más su intimidad. Además, la joven esposa estaba ruborizada al ver a ese gigante totalmente desnudo fuera del nido.

- ¿Qué tal el caute? – Preguntó Sam.

Las hembras contaron las pocas anécdotas sobre un ensayo del coro además de algunos chismes sobre los vecinos. Y Sam que simplemente había estado repasando la maquinaria que se emplearía dentro de poco, estuviera en condiciones. Estuvieron casi dos sextos de seis hablando mientras tomaban una infusión. Esperaban que llegara Mileada para comer todos juntos. En ese momento salía Micanea de su habitación. Se restregaba los ojos seguro que había estado mucho rato ante la pantalla de su ordenador.

- ¿Está la comida?

Hizo unos estiramientos y agitó los hombros. Parecía cansada de estar en la misma postura estudiando.

Fue su abuela quien respondió:

- Pronto.

Micanea, en lugar de sentarse donde parecía su sitio, lo hizo sobre las piernas de Sam. En sus muslos notó el pelo de esas piernas, y en la espalda el abundante del pecho. Le gustaba.

- ¿Puedo comer aquí?

Sam y Mikane dieron la respuesta a la vez.

- ¡No!

Las cosechas de ese cautón estuvieron bien, y según las cuentas que hicieron Mikane y Sam aquella tarde llegaron a la conclusión de que el beneficio compensó el trabajo.

- Pasaremos bien el invierno y quizás podamos ahorrar algo antes de la próxima cosecha. - Murmuró Mikane.

Madre e hijo pensaban lo mismo. Ahora eran uno más en la familia, a la que cuidar, vestir y alimentar. Pero lo compensaba con lo buena que era en el trabajo y sobre todo como persona.

Nuridela ya conocía el trabajo sobre los frutales y con el sionma simplemente ayudaba con las cubetas. Se asombró del cuidado y limpieza que tenían con las máquinas.

- Las dejáis muy limpias. - Sonriendo señaló la cosechadora antigua para afirmar. - Esa tiene muchos años más que yo y parece perfecta.

La verdad es que tenía algunos arañazos en la cubierta, y en el controlador fallaba un botón.

- Bueno. Son caras y queremos que duren. Y para eso hay que cuidarlas lo mejor posible. - Respondió Sam.

Mikane dedicó una mirada a Sam dando a entender que aquella familia donde vivió Nuridela debía ser muy descuidada con las herramientas. Como confirmando ese pensamiento la joven añadió:

- El otro caute os oí hacer las cuentas. En casa de mi padre no ganan tanto, y eso que el huerto tiene más frutales. – Añadió. - Hace mucho, antes que acudiera mi nueva madre, había piscinas, pero las quitaron porque se quejaban que dan mucho trabajo. Pusieron más frutales que solamente hay que dejar que echen la fruta y nada más.

- No es así. – Replicó Sam, serio. - Los frutales hay que podarlos, mantenerlos despejados de demasiadas ramas y si llueve poco, regar.

- Nunca se hace eso.

- Bueno. – Interrumpió Mikane. – Ahora a lavarse.

Una noche Mileada y Sam disfrutaban follando. La hembra estaba sobre el macho y gemía lo bien que lo pasaba. Lo cual casi no hacía falta al ver la cantidad de crema que salía de sus tetas.

Mikane y Nuridela estaban apoyada en una pared y si bien la mayor acariciaba las tetas de la joven ambas no disfrutaban tanto.

Mileada se dejó caer a un lado de su marido.

- ¡No puedo más!

Mikane animó con un gesto a Nuridela para que acudiese con el marido, pero la joven se negó agitando la cabeza.

- Bien, cariño. No te preocupes.

Mikane se acercó a su esposo. Se situó encima y estuvo frotando su intimidad lo que necesitó para tres estallidos. Luego, jadeando, dijo que se cansaba y se retiró.

Mileada, tras mirar que Nuridela no se movía de la pared, se ocupó de satisfacer al esposo al mismo tiempo que culminó con cinco estallidos seguidos.

- ¡Ah! ¡Ag! – Gimió sintiendo la agitación de su cuerpo a cada descarga del marido.

Durante el lavado Nuridela estuvo ruborizada hasta que Mikane la animó diciendo que fuera a su ritmo.

Por fin llegó el invierno y cayó la primera nevada. Y el paisaje era en verdad de invierno después de un cálido otoño que a todos parecía descolocar. La gente no sabía cómo vestirse ya que por las mañanas refrescaba, al medio caute hacía calor haciendo que la nieve desapareciera, y luego volvía a refrescar al ocultarse Caute, o si este era tapado por las nubes.

Tras una segunda nevada más abundante y fría, Mikane, Nuridela y Sam inspeccionaron los frutales. Con alegría comprobaron que no había daños, tan solo podar unas ramas o retirarlas del suelo. Lo normal, y para eso no había prisa. Disponían hasta poco antes de la primavera.

- A no ser que nieve demasiado. - Sentenció Mikane.

De regreso a casa Sam preparó una bola de nieve que lanzó contra la espalda de Nuridela creando una reacción muy distinta a lo esperado.

- ¡Por favor, no! Sam. ¡Tú, no! ¡No! ¡No! - Se puso a llorar dejándose caer en el suelo. – ¡Por favor, no!

Superando la sorpresa, Sam la cogió en brazos y corrió a la casa. Le quitó el abrigo y llenó su rostro de besos mientras pedía perdón.

Mikane llegó jadeante por el esfuerzo en la carrera, se quitó el abrigo y también abrazó a su hija.

Nuridela lloraba y temblaba de miedo.

Era evidente el cruel juego empleado contra ella en invierno por esos hermanastros que se volvieron unas bestias porque los padres les consentían todo.

Las dos hembras estaban en la bañera cuando llegó Mileada, aleccionada por Sam mientras se quitaba el uniforme simplemente se acercó a saludar besando a las dos en los labios. Dijo que iba a ducharse por lo que también se desnudó del todo.

Al rato se asomó Sam diciendo que a la cena le faltaba poco, que ya podían dejar de holgazanear. Salió huyendo del baño cuando las tres le arrojaron agua.

Las esposas estaban sentadas alrededor de la mesa y Sam servía los tazones humeantes de caldo.

Micanea llegaba la última desde su habitación quejándose de que siempre era la misma cena.

Antes de sentarse Sam pidió otra vez disculpas a Nuridela.

- Cariño, no pretendía humillarte ni hacerte daño. Siempre ha sido un juego entre nosotros.

Nuridela hizo un gesto ordenando silencio y pidió otro beso.

- Yo también quiero un beso, papá. - Pidió Micanea y preparó sus labios mientras se estiraba.

Sam le puso una cuchara en la boca y la besó en la frente.

Aquella tarde Micanea estuvo en su habitación estudiando mientras que los papás se divertían en el nido.

Nuridela estuvo más participativa incluso llegó a acariciar a Sam haciendo que su cuerpo estallase generando gran cantidad de crema al restregar sus pétalos en ese grueso pene, pero, aunque ya convivía en la casa desde hacía todo un invierno, no se ofreció para ser penetrada.

Ya no se asombraba de ver cómo las otras hembras se restregaban sobre el enorme pene del marido. Y se lo introducían en sus cuerpos mientras gritaban de gozo al mismo tiempo que sus tetas producían gran cantidad de crema. Esta vez había participado en restregarse y parte de esa crema amarilla sobre el vientre del esposo era suya. Pero meterse ese pene tan grande en su cuerpo… esperaría.

Mientras se duchaban, Nuridela temía que Sam estuviera enfadado ante su negativa de recibirle en su cuerpo siendo su esposa desde hacía muchos cautes, por eso, cuando al salir del nido se rozaron casi temblaba de miedo ante el gigante. Sam se inclinó sobre ella y besó su boca.

- Cariño. Espero que lo hayas pasado bien.

Tenía miedo. Quería estar en el otro extremo de la casa. Lejos del gigante. Titubeante así lo dijo:

- Yo. Aunque llevo en esta casa casi un cautón, necesito esperar…

- Claro. Todo el tiempo que quieras.

- Pero soy tu esposa. Debería…

- Mi querida Nuridela, será cuando lo decidas, pues antes de conseguir tu bonito cuerpo quiero ganarme tu cariño. Y eso será cuando confíes realmente en mí. Voy a esperar. Además, si decides que nunca, será nunca. Porque yo no te forzaré a nada que no quieras.

- Vine a esta casa con unas condiciones.

- Sí. Porque no te conocíamos. Ahora te apreciamos tal como eres.

Mileada, que les había escuchado, sonrió. Con ella fue bien distinto. Unos veinte cautones atrás vio el bulto que hacía el calzón de Sam y sintió curiosidad por verlo. Pronto mostraron su desnudez el uno al otro. Tuvieron sexo salvaje sobre el duro suelo y después se enamoraron. ¡Era imposible no enamorarse de ese gigante! Con Nuridela debía ser diferente porque jamás había estado con un macho antes por lo que Sam debía mostrarse paciente y cariñoso.

Tiempo. Todo un cautón pasó. En los adultos nada aparenta, pero los niños crecen, cambian. Exigen ser escuchados dentro de la familia, y fue por eso que, durante el desayuno, Micanea dijo que quería estudiar para ser vigilante. Pero no en un puesto similar al de su madre sino para Investigador, Controlador o Clasificador. Puestos que requerían pasar tres cautones en Lago Oeste estudiando para acceder a unas difíciles pruebas. Pedía permiso y dinero para hacer el primer examen.

- Es muy difícil, hija mía. - Dijo Mileada.

Seguramente recordaba lo duro que fue presentarse para vigilante, aunque las pruebas y el examen fue sin salir de la colonia.

- Puedo lograrlo. Estoy segura. - Insistió la joven.

A Mikane le parecía escuchar a su hijo Miteno en una conversación similar muchos cautones atrás, y temía perder también a su nieta. Recordó a su otra nieta ¿Qué sería de Norale? Nada sabía. Su madre se la llevó envuelta en una manta. Ya debía ser adulta y…

Sam se acercó por detrás a Mikane, se arrodilló para mejor abarcar su cuerpo con su abrazo.

- Cariño. - Pidió con suave voz. - Vamos a ocuparnos ahora de este momento. Por favor. - Era como si hubiese adivinado sus pensamientos. Besó su cabeza y añadió: - Más tarde veremos unas fotos, recordaremos y lloraremos hasta desahogarnos.

Mikane, despacio se dio la vuelta, abrazó a su esposo y se dieron varios besos en los labios. Pronto la hembra se ruborizó al sentirse observada por el resto de la familia. Se separó de Sam mediante un empujón y pidió a Micanea que contara todos sus planes.

La niña hablaba de exámenes, pruebas y otros ejercicios que debía realizar, tanto para ingresar como estudiante, como a lo largo de tres cautones. Hablaba con energía y decisión. Al parecer se había informado bien.

Nuridela no la escuchaba. Miraba a Sam pensando que su esposo era amable y las amaba. ¡Qué delicadeza con Mikane! Sus palabras… sus gestos… ¡Cuánto cariño! Sam era un crío ante mamá, todo un macho en el nido, y con ellas… un compañero. Pensó que Mileada tenía razón: es cariñoso y amable. Notó una sensación nueva en su cuerpo, en su mente, que le indicaba que se estaba enamorando de su esposo. Ya había pasado mucho tiempo permaneciendo a un lado del nido o participando muy poco, y quizás… pronto…

Sam estaba repasando que los capotes que cubrían las vagonetas y maquinaria no estuviera dañados por algún roedor cuando oyó la bocina que le llamaba. Dos de sus esposas debían regresar ya a casa mientras Mileada todavía estaba de turno.

Dejó el calzado entre las dos puertas de entrada y ya dentro de casa se quitó el abrigo. Encontró a sus dos esposas que le esperaban sentadas al lado de la mesa. Casi no hubo tiempo para saludos porque Mikane se puso hablar.

- Como ya sabes esta mañana hemos ido al Coro.

Sam asintió esperando más explicaciones porque eso ya lo sabía. Se trataba de un ensayo y pasarlo bien haciendo algo que les gustaba.

- Y resulta que alguien va diciendo por ahí que la loca de su hija se ha juntado con otros locos y un peludo nativo.

Estaba claro que se refería a la antigua familia de Nuridela.

- No hay que hacer caso…

- Cierto. Sí. Así es. - Corroboró Mikane aún con voz enérgica interrumpiendo a su esposo. - Pero es tan insistente que parece que la gente ya se lo toma en serio. Ya la creen.

Sam tuvo que meditar sobre qué palabras emplearía su amada Mikane de no estar tan enfadada. Lo intentó:

- Cariño. Esta situación es nueva en la colonia y por eso se comenta. Dentro de unos cautes todo volverá a la normalidad. - Miró a Nuridela y se le ocurrió decir: - No podemos decir que nuestra amada esposa era explotada en aquella casa. Creo que la dañará más, pero sí que mañana, en el mercado, como si no tuviera importancia hagáis recordar a la gente que es mi esposa desde hace un cautón, y somos felices.

- Es algo que ya saben las compañeras del coro, pero… parece insuficiente ante las habladurías.

Es lo que pasa porque Nuridela solo sale de la granja para ir al Coro.

- Bueno, insisto en lo del mercado. – Dijo Sam. - Pero también está que te puede acompañar cuando vas a visitar a tus amigas.

Mikane ya se relajaba. Aceptó las propuestas de su esposo. Llevarla a esas visitas era presentarla como la esposa de Sam, su igual en una relación de cuatro. Y entre infusiones y sonrisas mostrar cómo es realmente Nuridela.

Pidieron la opinión de Nuridela que simplemente aceptó.

- Cariño. - Sam insistió: - Puedes decirnos lo que piensas, tu opinión es muy importante, ya lo sabes.

Nuridela se puso más nerviosa.

- Pues que no me gusta esta situación. Que se metan conmigo es normal. Lo de siempre. Ya estoy acostumbrada. Pero os está molestando y no quiero eso para vosotros.

Mikane corrió a abrazarla y Sam pasó una mano sobre su espalda.

- En una familia nos protegemos unos a otros. - Dijo Mikane y se acordó de su hijo y una nieta de los que nada sabía.

El número de componentes de un matrimonio no es fijo entre los sorevan. En el hogar de Mikane es de tres esposas y un esposo. Mientras que en otros es sabido los casos de dos maridos y una hembra, y el de dos parejas. Incluso parejas del mismo sexo. Todo es aceptado. Sam continuó hablando:

- En unos cautes todo cambiará, lo sabéis. – Afirmó. – Mamá, tienes un alto prestigio tanto en el Coro como entre los vecinos. Yo, el de colaborador para todo en la colonia, Mileada es vigilante y todos la aprecian. Ya verás, mamá, dejarán de hacerles caso y nuestra querida Nuridela será respetada como cantante y granjera en la familia Mikane.

Iba a decir más cosas, pero sonó el comunicador del ejército. Debía responder. Con una mirada a Mikane pidió disculpas. Mamá asintió, siempre se trataba de algo prioritario. Y entró en la habitación del ordenador más grande, esto es el de Micanea. Tuvo que expulsarla de la habitación.

- ¡Papá! ¡Podrías emplear el otro! - Protestó la cría.

Se refería al ordenador que fuera de Miteno que habían colocado en la habitación de Mikane y Pitape. Sam alegó que ese es más potente y mejor, cuando en verdad es que aquel no estaba conectado.

Al poco salió interrumpiendo la conversación de sus esposas.

- Tengo que irme mañana. Estaré fuera de tres a cinco cautes.

Nuridela ya sabía que a Sam le llamaba el ejército de vez en cuando y lo mismo estaba un rato en el ordenador como que tenía que marchar a una misión de la que nada o muy poco contaba. De cada vez estaba más asombrada de su esposo al que miraba con creciente veneración.

Mikane murmuró:

- Te prepararé calcetines y calzones.

Sam estuvo fuera seis cautes. Cuando regresó se había perdido la despedida de Micanea. La joven se marchó a Lago Oeste para los exámenes de vigilante que duraban dos cautes, por lo que estaría fuera tres noches. Mileada, que no pudo acompañarla se ocupaba de los gastos de alimentación, trasporte y alojamiento.

Sam lo aceptó a regañadientes, pero lo peor para sus esposas eran sus silencios. Durante un buen rato se quedaba mirando una pared, por la ventana o el plato sobre la mesa al que tan apenas había removido el contenido con una cuchara. Siempre en silencio y con la amargura reflejada en su rostro. Muchas veces le oyeron murmurar que los humanos son tontos, muy tontos. Pero nada contaba, lo tenía prohibido.

Las esposas le dedicaban muchos besos y mimos y si bien en el nido se comportaba como era costumbre estaban esos detalles que las esposas notan. Parecía menos atento, menos cariñoso.

Por fin Micanea regresó de las pruebas. Estaba muy contenta esperando buenos resultados, y su alegría parecía animar a papá hasta que regresaba a sus silencios.

Pasó el verano con las tardes de fiestas para los jóvenes y vigilancia de los huertos por los adultos.

Por fin llegó la cosecha. Primero en el huerto. Tardaron cinco cautes en retirar la fruta ya que era abundante y estaba bien de tamaño. Las gavetas se llenaban rápidamente obligándoles a hacer varios viajes a Recolección. Además, cómo había tanta tardaron dos cautes más de lo esperado. Pero no era un fastidio porque representaba más Tablas de beneficio ya que extraordinariamente no bajó el precio. Al parecer había mucha demanda.

Solamente descansaron dos cautes ante la protesta de Mileada a que esperasen a que tuviera libre y así ayudar, pero Mikane se mostró enérgica, no podía ser, la cosecha de sionma ya estaba muy madura, y podría empezar a estropearse bajando el precio, dedicaron otros dos cautes a las piscinas.

Sam y Mikane se ocupaba de una segadora cada uno, mientras que Nuridela y Micanea llenaban las vagonetas.

Tras un buen descanso interrumpido al ir al mercado para comprar comida ya preparada, Sam estaba cansado, pero volvía a ser el cariñoso esposo que todas amaban y deseaban, aunque a veces parecía que se esforzaba en mostrarse alegre.

Esa noche Sam se despidió de sus esposas con unos besos y se retiró a su cama. Mileada murmuró a su madre.

- ¡Ha vuelto!

- Sí. Esa cicatriz, de lo que fuera que se ha enterado o visto, le dejará una marca, pero poco a poco se borrará.

Nuridela las miró sin comprender. Por eso preguntó a Mikane al caute siguiente qué sucedía.

- Nada sé. Pero creemos que su pueblo está exterminándose por acción de ellos mismos. Y nuestro querido Sam nada puede hacer por evitarlo.

- ¿Ellos mismos?

- Sí. Unos cuantos forman grupos que atacan a los otros para robar, hay muertes, y entre esos, los pocos fértiles que quedan.

Ya era mitad de mañana cuando aquel caute Micanea salió gritando alegre de su habitación. Había sido aceptada como estudiante a vigilante en un centro en Lago Oeste. Recibió besos y felicitaciones de todos, pero Mikane, aunque la felicitó, guardó su opinión. Celebraron una fiesta.

- Bien cariño. - Dijo Sam aparentemente serio. - Puedes ir a Lago Oeste, pero sin tu barriguita… me la voy a comer.

Era un juego de cuando Micanea aprendía a andar, y en ese festivo momento era vigente. Un brazo de Sam la alzaba por los muslos y con el otro evitaba que cayera de espaldas. La muchacha gritó, rio y protestó protegiendo su barriga. Papá reía, gritaba y afirmaba lo buena que estaba esa barriga y que no pensaba compartirla con nadie. A veces conseguía rozarla con los labios y aprovechaba para dar un beso.

- ¡Charca primordial! - Murmuró Mikane creyendo que no era escuchada, refiriéndose a su esposo. - ¡Por fin ríe!

Aún era otoño, pero el frío obligaba a todo el mundo a permanecer en las casas el mayor tiempo posible. Sam, Mikane y Nuridela revisaron las piscinas y los huertos. Todo parecía correcto ya que solamente hubo que podar unas cuantas ramas que habían crecido demasiado y se podrían romper por el peso de la nieve con el peligro de desgarrar el tronco. Luego se dispusieron a poner las lonas sobre las gavetas, las vagonetas y las cosechadoras, dejando libre el tractor porque seguro que haría falta para retirar la nieve de la entrada a la granja.

Mikane y Sam intentaban no reír al ver que Nuridela se movía con cuidado de no manchar o romper su nuevo abrigo. Afirmó que antes se cubría con capotes y ropa que le daban porque ya estaba muy usada sin recordar que el invierno anterior llevara el abrigo, casi sin usar de Mileada, porque solía emplear el de vigilante.

- Cariño, deja de comparar lo que tienes con lo que no tenías. Simplemente dime qué quieres y te lo traigo. - Dijo Sam arrodillándose ante Nuridela. La sujetaba por las manos. - Pero no pidas las estrellas porque tus ojos brillan más, no me pidas la luna porque tu sonrisa es más hermosa.

Nuridela no solamente se ruborizó si no que sus piernas temblaban. Deseaba sentir esa boca en la suya y esas grandes manos recorriendo todo su cuerpo. Pero era tan vergonzoso… A su lado Mikane propuso.

- Cariño. Tu esposo se merece que le des un beso.

Nuridela no podía moverse y vio que su esposo se acercaba. Juntaron los labios. Las tetas de Nuridela casi segregan crema ante tan cálida caricia. Abrió un poco los labios y notó que la lengua de Sam no empujaba para que los abriera más, sino que se deslizaba suavemente pidiendo permiso. Abrió más la boca, sacó un poco la lengua y se rozó con la de su esposo.

¡Fue electrizante!

Y cerró la boca al mismo tiempo que lanzó un sonoro jadeo.

Sam se retiró y en un gracioso gesto le lamió la nariz. Con la risa, la hembra ya pudo normalizar sus sensaciones.

Sam alzó a sus esposas haciendo que quedaran sentadas en sus brazos. Besó a las dos en un breve y cariñoso beso en las bocas y propuso regresar a casa.

- Falta por revisar más lonas. - Protestó Mikane sujetándose al hombro de Sam que ya caminaba. – No están atadas.

- Ya lo haré mañana. Ahora quiero saborear vuestras tetas.

- Vale, cariño. - Dijo sonriendo Mikane. - Pero ocho tetas pueden ser muchas para una boca.

- Pues unir las vuestras.

Ya en casa las hembras se dejaron desnudar por las ágiles manos del esposo, pero tras unos besos y alguna lamida en las tetas, Nuridela no quería continuar el juego. Había disfrutado esa boca en sus pezones, que estaban duros, pero estaba temblando por los nervios y miedo al dolor.

Simplemente Sam y Mikane aceptaron su negativa pasando a hacer cualquier trabajo en la casa. Aunque Sam, que no se había desnudado, regresó al almacén.

- Yo… Lo siento… - Murmuró Nuridela.

- Nuridela, cariño. No te preocupes. - Respondió Mikane mostrando una cariñosa sonrisa. - Ya conocemos tus besos, también el sabor de tus tetas. Incluso has acariciado el pene de tu esposo más de una vez. – Poco antes, esa caricia fue por encima de la ropa. - Para el resto te quedan unos pasos y debes darlos cuando estés convencida que quieres hacerlo y no antes.

- Pero el derecho de un esposo…

- La obligación de un esposo es que su esposa sea feliz. Y te aseguro que nuestro querido Sam, lo intenta.

Nuridela asintió. Casi inmediatamente se puso a secar del suelo ese exceso de agua que bajaba por las paredes.

Qué mal lo debió pasar en aquella casa, pensaba Mikane mientras la observaba con disimulo. La joven llevaba en la casa dos cautones y aun no se atrevía a disfrutar plenamente de su esposo.

“Debe temer que la trate con violencia”.

La falta de hojas en la totalidad de los frutales y así como en muchos árboles del cercano bosque, salvo por el color amarillo en algunos que no perderían sus hojas en todo el cautón, evidenciaba la llegada del invierno.

Micanea ya llevaba unos cautes lejos de casa y de vez en cuando era añorada. Sobre todo por Mileada que cada pocos cautes se asomaba a su vacío dormitorio. La suponían entregada a los estudios y seguramente a alguna fiesta de vez en cuando. Ahora comprendía el dolor de mamá por la ausencia de Miteno y la carestía de noticias.

Mileada tenía ese humor variable según había pasado la jornada al actuar como policía, juez o dando consejos a los vecinos. Pero tras unos mimos era la de siempre, o así lo hacía ver.

Como al caute siguiente Mileada tenía libre hubo fiesta esa noche en el nido matrimonial.

Mileada quedó satisfecha tras su cuarto estallido y cedió el sitio sobre el pene de Sam a otra esposa. Nuridela se acercó ante el beneplácito de Mikane. Acarició ese pene que más parecía el duro tronco de un frutal, pero de sabrosa carne, y se situó encima. Frotó sus pétalos consiguiendo dos estallidos y por primera vez se introdujo un pene dentro de su cuerpo. Su grito de placer y dolor atrajo de inmediato a Mikane. Y fue socorrida en caricias y besos hasta que la intimidad de su cuerpo se acostumbró al volumen de su esposo.

Sam permanecía inmóvil acariciando la cabeza de Nuridela. A veces le daba un beso suave, cariñoso, en la frente.

- No te preocupes, cariño. - Murmuró cariñosa Mileada cerca de su oído al mismo tiempo que le acariciaba las tetas. - Nuestro esposo no te lo ha metido del todo. Lo hará cuando estés más acostumbrada. Y entonces lo disfrutarás como mamá y yo.

¿No estaba del todo? Se preguntó Nuridela asombrada. ¡Pero si se sentía llena!

Mikane tomó un poco de la crema de las tetas de Nuridela y con alegría notó que era dulce y menos espesa que otras veces. Se podía decir que el cuerpo de esa hembra estaba bien. Por fin, tras dos cautones en una actitud casi pasiva en el nido, ya disfrutaba de la intimidad con su esposo.

Nuridela se animó a moverse. Acelerando su movimiento porque cada vez le gustaba. El primer estallido la hizo gemir, pero no detenerse. Así hasta el cuarto estallido, y pidió descansar. Estaba convencida que con un estallido más moriría.

– Estoy… cansada.

Con gran delicadeza Sam la retiró de su miembro y la dejó a un lado sobre unas bolsas. Llenó de besos su rostro.

- Te amo, preciosa mía.

Mikane se acercó y pidió a Sam:

- Deja que disfrute yo ahora, esposo mío.

Sam volvió a tumbarse mientras afirmaba que Mikane era la más hermosa, a la que más quería de las esposas. Dijo un montón de piropos mientras mamá disfrutaba de hasta tres estallidos frotando despacio sus pétalos y se dejaba amasar las tetas por las grandes manos de su esposo. Además de esos magreos en el culo. Cuando la hembra se retiró para descansar dijo sonriendo a su hijo:

- Me gusta cuando me mientes así.

Mileada se acercó. Cogió el pene de Sam y lo acarició al mismo tiempo que acercó su boca sobre el orificio y succionó. En su lengua atrapó una gota cálida y la saboreó. Preguntó a su esposo cómo estaba y cuanto le faltaba.

- Pues, creo que puedo lograrte dos o tres estallidos antes de culminar.

La verdad es que sabía que le faltaba poco.

- Bien, cariño, pero que sea solo uno y luego culminas en Nuridela.

“¡Qué generosa!”. - Pensó Mikane estando algo retirada.

Todos miraron a la aludida que, al asentir con un gesto, sus tetas segregaron más crema. Mileada sonrió, su querida y joven esposa además de tener un cuerpo hermoso estaba sana.

Mileada mintió en lo del número de estallidos, porque al sentir que el grueso pene de Sam entraba en su cuerpo ya estalló y luego otra vez al poco de moverse, y una tercera vez cuando pidió a su esposo que se detuviera. Iba a retirarse, pero Sam aún movió su cadera un poco más. Con gran esfuerzo y pesar la primera esposa cedió el sitio a Nuridela.

- Ven cariño. Disfruta de nuestro esposo.

Esta esposa soportó mejor la penetración de tan grande y duro pene entre sus pétalos que aún no se habían relajado del encuentro anterior. Al poco tuvo un estallido y más tarde se desmayó tras la andanada de semen, de embates dentro de su cuerpo. Tres descargas seguidas que provocaron igual número de estallidos. Algo que, aunque avisado y deseado, fue tan fulminante que la derrumbó sobre el cuerpo de su esposo. Ya no se enteró de las dos descargas siguientes.

Continúa en