Xtories

Invasores y nativos. 29

La muerte de un hijo abre heridas antiguas y separa a la familia, pero la noche siguiente, el dolor se transforma en un ritual de placer compartido. Mientras una nieta odia y se marcha, otra esposa descubre que ser madre también significa redescubrir su cuerpo ante la mirada de su esposo.

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Nuridela despertó en la bañera siendo acariciada por Mikane que, estando sentada frente a ella, ya había retirado la crema de sus tetas. Se sentía satisfecha, feliz y al mismo tiempo abrumada y temerosa por mostrarse tan débil.

- ¿Con vosotras es igual?

- Sí. Siempre en mayor o menor intensidad. Ahora debes comprender por qué necesito retirarme. Le amo como el primer caute, pero me resulta muy cansado.

- Comprendo. Y has esperado más tiempo por mi culpa.

- No, cariño. Ha sido todo lo contrario. – La leve sonrisa de Mikane prodigaba calma. - Me has dado tiempo a adaptarme. A resignarme. A pensar que hago lo correcto. Porque sí. Hace dos cautones pensé en que me sustituyeras, y al mismo tiempo que me precipitaba. Que te llamaba demasiado pronto. Así que ya ves, hija mía. Me has dado tiempo.

- Eres muy amable. - Quedó callada un momento hasta que se puso hablar en un murmullo: - Quiero pedirte una cosa. – Mikane asintió. – Bien. Todas somos esposas de Sam. Me gustaría llamarte como lo hace Mileada. ¿Puedo llamarte mamá?

Con un gesto Mikane ordenó que se acercara. La besó en la frente.

- Sí, hija mía.

Al caute siguiente hubo una comunicación del ejército, pero no era para Sam, sino para Mikane. Con el miedo de una madre que teme lo peor, la matriarca se acercó al ordenador y escuchó. Seria soportó las palabras rituales en tan nefasta situación. Miteno había muerto y no había más explicaciones de cómo ni por qué. Era evidente que no fue por enfermedad.

Podía optar a que el ejército se ocupara de todo o entregarle el cuerpo donde pidiera.

Mileada protestó queriendo saber más, en cuanto se enteró unos sextos de seis más tarde.

- ¿Cómo es posible? ¡Era civil!

Sam recordó la gran cantidad de veces que se vio encañonado por armas enemigas siendo también civil, pero nada dijo. Solamente servía para asustar a sus esposas. Recordó que el “enemigo” era cada vez menos numeroso. Y que Miteno pudo morir por un accidente. Trabajaba con motores. Los motores se instalan en máquinas, y algunas pueden resultar peligrosas al probarlas o someterlas a un extremo.

Mileada ya pasado el sofoco, preguntó:

- ¿Lo traerán?

- Sí, pronto.

Mikane había pedido que quería sumergir a su hijo en el fango cerca de casa por lo que dos cautes más tarde recibieron el cuerpo de Miteno.

La entrega fue en el sanatorio de la colonia, y Zumeco en calidad de vigilante y amigo de los familiares hacía de mediador. Además de la familia de Mikane al completo, aunque faltaba Micanea, estaba un sanador representando al centro sanitario y cuatro militares que se ocuparon del traslado del fenecido. Estos no llevaban armas y el uniforme no mostraba insignias de grado, y en sus brazos portaban una cinta de con los mismos colores se emplean en el cementerio.

Zumeco abrió la caja donde trasportaban el cadáver, luego el sanador retiró la funda lo necesario para mostrar el rostro y pidió a la familia que lo reconocieran. Mikane se quedó paralizada al ver el rostro de su hijo y fue Mileada quien firmó la entrega. Sam permanecía algo retirado y en silencio. Estaba sentado en el suelo, temía golpear su cabeza contra las lámparas que colgaban del techo.

Tres militares hicieron un saludo, pero no estaba claro si era a la familia, al cadáver o al Consultor, y se marcharon. La militar restante quedó silenciosa a tan solo unos pasos del cadáver, con la espalda muy cerca de la pared. Con el cuerpo estirado y las manos asidas por detrás de su cuerpo. Parecía imperturbable. El sanador dijo que se marchaba después de ofrecer:

- Pueden quedarse todo el tiempo que quieran. Solamente avísenme para volver a cubrirlo.

- Yo también me voy. - Dijo Zumeco. Y mirando a Mileada añadió: - Me ocuparé de los trámites, y se me aceptáis, también del rito.

Mileada miró a su madre que asintió con un gesto, por lo que se giró a su jefe para aceptarlo como oficiante en lugar del sanador.

- De acuerdo, nos veremos mañana en la charca. - Detuvo sus pasos para añadir: - Mileada, naturalmente hoy y mañana tienes libre.

Antes de retirarse miró a la soldado que permanecía impasible como si nada tuviera que ver con ella. Sentía curiosidad por su silencio. Decidió no preguntar.

Mikane besó varias veces el rostro de su hijo. Lloraba. A su lado Mileada la asía por los hombros.

- Muchos cautones sin saber nada de nuestro hermano y de repente esto. - Murmuró Sam a Nuridela, que se había acercado a su lado. Pero todos podían oírle en el silencio de la sala. - ¿Qué será de Nosimane? Espero que le vaya bien. ¿Y Norale? – Lanzó un suspiro y recordó: - Era una criatura que cabía en una de mis manos. Y ahora debe ser toda una hembra. Desconocida.

- Es posible que llame. - Dijo Mileada poco convencida.

Los demás dudaron sobre si se refería a Nosimane o Norale.

- Debe estar muy triste… Me gustaría darle un beso. - Añadió Mikane y tan poco quedaba claro a quién se refería.

- ¡Estoy aquí! - Oyeron decir.

Todos se giraron al escuchar a la única militar que quedaba en la sala.

Norale, pues de ella se trataba, les miraba sin moverse de su postura. Su estatura no destaca entre los sorevanos, pero sus rasgos faciales hacían que se calificara como guapa. Al identificarse ante la familia, Mikane ya reconoció algunos rasgos de Miteno. Se mostraba tan arrogante como distante.

Mikane se acercó rápidamente, casi corriendo, preguntando si de verdad era ella. La abrazó con fuerza y Norale tuvo que mover los pies para no ser derribada.

Norale tenía los brazos separados de su cuerpo permitiendo el abrazo de su abuela, pero no respondía a la caricia. Su rostro no estaba demasiado serio y al mismo tiempo parecía mostrar que no le gustaba que la abrazaran.

Los demás de la familia se dieron cuenta y aunque se acercaron para saludar no hicieron por abrazarla ni darle un beso. Preguntaron cómo estaba y que había sido de Miteno en los últimos cautones.

Contestó con frialdad:

- Miteno, seguía con los cálculos sobre astrometría y sus máquinas de propulsión. - Se refería a él en tercera persona y no le llamó padre o papá en todo el tiempo. - Que yo sepa tuvo cuatro novias o algo así. Pero las perdía cuando a mitad de cautón debía trasladarse al otro lado del planeta. Por eso tenía dos casas que pronto el ejército adquirirá. Que yo sepa no tenía joyas ni objetos de arte. Sus ordenadores han sido requisados. Claro. En unos cautes vendrá a esta colonia un vigilante Controlador para la entrega de vuestra parte de la herencia.

Quedó callada tras lo que parecía un parte militar.

- ¿Y tú, hija mía? ¿Qué es de ti? – Preguntó Mikane entregada en su papel de abuela.

- No perderé el tiempo hablando de eso. - Norale continuaba seria y, más que descortés era fría y desagradable. - Nada os diré de mí. Mañana me iré y no me volveréis a ver ni para cuando me hundan en el fango. Ya lo tengo dispuesto para que sea en otro lugar.

Mileada protestó.

- ¿Por qué nos tratas así?

- Por favor hija, háblanos de ti. - Insistió Mikane.

Se había retirado de la joven y se apoyaba en el féretro. Casi no podía creer las palabras tan desprovistas de cariño de su nieta.

Antes de contestar Norale les miró a los ojos. Quizás ante los del gigantesco Sam estuvo menos tiempo.

- ¿Por qué? ¡Está bien claro!

Había alzado la voz y con gran esfuerzo se contuvo como si se diera cuenta de dónde estaba. Continuó:

- Hace veinte cautones mi madre me llevó lejos, entre extraños a los que no les importaba el porqué de mis lágrimas. Vosotros nada hicisteis para impedirlo. – Cogió aire para continuar hablando. - A veces me llamaba Miteno y estaba claro que lo hacía siguiendo el recordatorio de una agenda, porque en lugar de escucharme su mente estaba en sus cosas. Ya fuera su trabajo o sus novias. Si le preguntaba o pedía algo me enviaba a mamá, a la jefa Nosimane, que era más inalcanzable e inflexible en lo que tenía dispuesto para mí. A veces tardaba hasta tres cautes en contestarme. - Añadió mordaz. - No tenéis ni idea de lo que he sufrido, por lo que he pasado, y por eso os odio. Mañana me marcharé y os olvidaré.

El asombro acalló las voces durante un rato.

¿De dónde había salido ese odio? Una criatura tan pequeña apenas debía recordarles. ¿Qué llegó a imaginar que pasó?

- Pregunté por tu madre, tu padre y por ti al ejército. - Dijo seria Mikane, y en lo que parecía un quejido. Añadió: - De nada sirvió. Nada me decían. La comunicación debía hacerse desde vuestra parte.

- No puedes olvidarnos. - Dijo Sam muy serio en lo que parecía una maldición. - Tu odio lo impide. Además, cada vez que te mires en un espejo verás los rasgos de la familia Mikane.

- Ya veo. - Dijo Mileada con ganas de fastidiar. - Tienes la obligación de estar aquí para poder acceder a tu parte en la herencia. ¿Ya has pedido el justificante a los vigilantes? Yo lo soy, puedo rellenarlo ahora mismo para que te marches.

Norale apretó la boca.

Ese documento ya lo tenía rellenado por sanador militar y Zumeco desde hacía un buen rato, pero ella misma ignoraba por qué permanecía todavía en esa colonia. Algo en su interior hizo que quisiera ver a su familia, aunque solamente fuera para poner unos rostros a su odio. Cuando Zumeco salió de la sala temía y deseaba que la identificara ante la familia. No lo hizo sintiendo alivio y desilusión al mismo tiempo.

Mikane pidió silencio y regreso al lado del cuerpo de su hijo. Durante un rato la oyeron gemir su llanto y murmurar palabras de cariño.

- Mucho tiempo sin saber de ti, pero voy a recordarte como el buen hijo estudioso. El que nos compró la maquinaria para nuestra comodidad. Tus silencios y todo lo demás no importa. Hijo mío.

Esa noche estuvieron durmiendo en el nido. Sam abrazaba a mamá y su primera esposa. Apoyada en sus piernas se situó Nuridela.

- No, por favor. – Protestó Sam. – Ponte más cerca.

Hizo que la joven esposa se pusiera acostada con la cabeza rozando la suya. Así podía darle un beso de vez en cuando.

Al caute siguiente y tal como estaba acordado Zumeco se ocupó del sepelio y de que unos sanadores sumergieran el cuerpo en el fango convenientemente lastrado bajo los lienzos que lo cubrían. Estos estaban vestidos con un traje que a Sam le parecía similar al de evitar deshidratarse ya que también era de goma, cuando en verdad era para protegerse del contacto con el agua tan fría.

Muy pronto, y espoleados por el frío, los vecinos se fueron retirando por lo que los tractores y otros vehículos crearon algo de confusión en la salida del lugar hasta que enfilaban el camino de regreso a la colonia. Había asistido mucha gente, Mikane y Mileada eran muy conocidas y queridas en la colonia.

Entre tanto lio apareció un vehículo de vigilancia del que saltó Micanea para acercarse corriendo hasta su abuela y abrazarla. Llevaba el uniforme de estudiante del colegio para vigilantes.

Zumeco hizo un gesto al vigilante conductor agradeciendo que trajera a la joven desde la parada del trasportador a otras comunidades. Por culpa de la nieve se había retrasado casi dos sextos de seis, por eso llegó tarde a la ceremonia de despedida.

En la distancia, y procurando pasar desapercibida pese a llevar el uniforme militar, Norale se quedó mirándoles un instante. Terminada la ceremonia simplemente desapareció antes que la familia se diera cuenta que les observaba. Había pasado la noche en un pasillo de Sanación y seguramente apenas dormiría esa nueva noche. Regresaba andando a la colonia hasta que el mismo vigilante que llevó a Micanea la alcanzó. La reconoció por el uniforme, se detuvo a su lado y propuso llevarla hasta la parada del transporte intercolonial.

- No recuerdo verte por la colonia. - Dijo el vigilante con ganas de hablar de algo.

La había recogido porque se apiadó del frío que debía pasar andando. Además, como llevaba uniforme casi eran compañeros.

- Soy un familiar lejano de los Mikane. - Respondió intentando ser amable. - No creo que vuelva por aquí.

La cabina del tractor quedaba pequeña con tanta gente. Mileada conducía y detrás, también sentada sobre la misma pierna de Sam, estaba Micanea. En frente, sentadas en la otra pierna estaban Mikane y Nuridela. Sam se había ofrecido a ir fuera cogido de las asas de detrás, pero Mikane no lo consintió, hacía mucho frío.

- Así nos daremos calor unos a otros. - Añadió.

Al poco Micanea decidió ponerse de cuclillas para evitar tanto peso sobre papá, pero Sam la empujó dedicándole una sonrisa. Podía sentarse.

Todos iban en silencio respetando los pensamientos de Mikane. Y sin embargo fue ella la que preguntó a su nieta cuánto tiempo podía quedarse.

- Lo siento abuela, tengo que regresar mañana por la tarde.

Dijo el sexto que pasaba el transporte escogido.

- Gracias por venir, hija mía. - Mikane reconocía el esfuerzo de su nieta para estar a su lado en ese momento tan triste. - Con este tiempo y con los horarios tan ajustados.

- Abuela… a Miteno no lo conocía, pero a ti, te quiero mucho.

Mikane le dedicó una sonrisa desde su rostro cansado de tanto llorar.

- ¿Y a mí? ¿Me quieres? – Preguntó Sam.

Micanea le miró. Pronto se le iluminaron los ojos y respondió:

- Pues no lo sé. Todavía estás a prueba.

Sam protestó e intentó comerle la barriguita como cuando era una cría de pocos cautones. Naturalmente Micanea se agitaba intentando huir de esas manazas que le querían abrir el abrigo.

Mileada se quejó que no le dejaban conducir con tanto movimiento detrás de ella y empujándola.

- ¡Quietos o nos estrellamos!

Ya en casa se quitaron la ropa de abrigo y antes de quedarse solo en calzones Nuridela elogió lo guapa que encontraba a Micanea.

- Estás más alta, más hembra y ese traje te queda muy bien.

Micanea giró sobre sí misma para mostrar el uniforme al que le faltaban los zapatos. Dijo que era el de gala en el colegio. Afirmó que solamente podía vestir de civil el único caute que tenían libre de cada ocho.

- Cuando sea Vigilante podré cambiarme cada caute como hace mamá. Incluso habrá servicios que los podré hacer vistiendo de civil.

Pronto la joven llevó aparte a su madre para contar intimidades. Pero no debía recordar su carácter porque Mileada se puso a gritar que su hija ya no era una cría, al tiempo que la empujaba de regreso al comedor y gritaba:

- ¡Ha estado en una Cesta!

Micanea tuvo que admitir ante toda la familia que lo pasó bien. Y que por el momento no tenía tiempo para volver a esos sitios.

- Ocurrió que en el tiempo libre fuimos a pasear unas compañeras, y por casualidad pasamos por delante de una Cesta de la que salían unas hembras que parecían muy contentas. Nos pusimos a reír y hacer comentarios. Así descubrimos que del grupo solamente una ya había estado con su madre… y bueno, eso.

- Espero que te fuera grato. Hija mía.

Dijo Sam sin moverse de su asiento al ver el rubor de la hija.

Mikane, se acercó para abrazarla y fue más directa al preguntar si sacaba crema por las cuatro mamas. Micanea se ruborizó y contestó sonriendo que sí. Y más ruborizada aun añadió:

- Es increíble lo que les gusta a los machos hacerlo por el otro sitio. De las cuatro veces que lo hice por donde corresponde tuve que rechazar a… no sé, cinco, creo.

Rieron. Mileada se inclinó sobre su hija y como si fuera una confidencia que todos oían admitió que de jovencita le gustaba que le acariciaran el ano.

- Sí, ayer justamente…

Dijo Sam serio. Y fue aplaudida su ocurrencia con gran algarabía. Mikane nada dijo sobre sus gustos por lo que Sam y Mileada tampoco.

Mileada propuso que después de cenar fueran todos al nido, pero Micanea dijo que no podía, tenía que estudiar.

- Tengo que estudiar tres sextos de seis todos los cautes antes de dormir. - Y sonriendo a su madre añadió: - Puede que me pase un ratito a mamar tu crema. Ya sabes que me gusta.

Explicó que no estudió en el trasporte porque se durmió excepto el rato que estuvieron atascados por la nieve. Lo intentó resultando inútil.

- Imaginaros. Por culpa del retraso me puse nerviosa y nada podía memorizar. – Sentenció: - Era perder el tiempo. Y cuando ya me calmé voy y me duermo.

Mikane comentó sonriendo:

- ¡Vaya! ¿Os acordáis cuando de cría quería ver qué hacíamos? ¡Cómo ha cambiado!

La verdad es que esa noche no fueron al nido. Solamente Mikane se dejó abrazar por Sam hasta que se durmieron en la cama piscina.

Por la mañana Nuridela fue la primera esposa en acudir a la cocina y se sorprendió al ver que Micanea ya estaba desayunando mientras leía de su ordenador.

- Hola, mamá. - Respondió al saludo de Nuridela. - He preparado caldo, suponiendo que todavía desayunáis de eso. ¡Ah! Solamente traigo dos manzanas. - Las mostró como si se tratase de algo raro. - Habrá que repartirlas, digo, trocearlas.

Nuridela removió el puchero viendo que el caldo era más espeso de lo que solían tomar, pero claro normalmente era acompañado con un poco de néctar de vodoca en otro tazón. Cuando apareció el resto de la familia Nuridela avisó sobre el caldo y las manzanas, todos corrieron a comer esos manjares.

- ¿Vas a saludar a tus amigas… Dogare y Codela? - Peguntó papá.

- No. Me gustaría, pero no tengo tiempo. Las llamaré más tarde.

- Codela se ha unido al Coro definitivamente y la han puesto en primera fila. Lo hace muy bien. - Dijo Nuridela. - Creo que deberías felicitarla. Es algo que le gusta.

- Así lo haré. Gracias, mamá. - Micanea soltó un suspiro y dijo que se retiraba a su habitación. Explicó que había un tema de estudio que no le entraba. - Quizás llame a mi tutor para ver qué me aconseja.

Al retirarse solamente besó a Mikane.

- ¡Qué hija tan responsable tenemos! – Elogió Mileada.

Sam recordó aquellas mañanas en una tienda de campaña donde dos profesores enseñaban a leer y matemáticas a unos niños de muy variada edad siendo él de los más jóvenes. Sam escribía con un lápiz sobre un cuaderno de papel lo que distintos profesores ponían en la pizarra que alguna vez dejó de ser blanca por culpa de un borrador que ya estaba muy desgastado. Se decía, como si fuera una leyenda, que antes, en las clases había mejores asientos, mesas, que se llamaban… ¿pupitres? Sam no estaba seguro de esa palabra. La pizarra era una pantalla enorme y todos los niños disponían de ordenador. ¿Sería verdad o era un cuento infantil?

Durante los inviernos disponían de una estufa al lado de un poste para evitar que se quemara la lona que hacía de pared. Y por las tardes no había clase ya que no se podía iluminar el lugar, no había lámpara.

Por la tarde todos fueron a despedir a Micanea al trasporte donde hubo abrazos y parabienes.

Y ya de regreso en casa Nuridela pidió a Sam que no fuera al almacén como había comentado poco antes. Quería que la escuchasen por lo que todos se sentaron alrededor de la mesa, pero Nuridela no se decidía a hablar. Se movía nerviosa e incluso tartamudeaba.

- Cariño. Ya sabes que te queremos. Nada temas. – Dijo Mikane con su suave voz. - Puedes decirnos lo que sea.

- Pues que… que Micanea me llamaba mamá y me gusta. Creo que… que quiero serlo de verdad. Quiero… quiero ser mamá. ¿Puedo?

Aunque no sabía a quién mirar, su rostro era una súplica.

Mikane dijo que era su decisión. La apoyaban. Solamente Sam añadió que quería ser el papá del mismo modo que lo era de Micanea. Nuridela se abrazó a quien más cerca tenía, a Mikane. Y dijo lo feliz que era de estar en esa casa, en esa familia.

Mileada corrió a abrazarla y Sam sonriendo dijo:

- Cariño, no estás aquí, formas parte de aquí. Te amamos.

- Vale, está decidido. Seremos mamás otra vez. - Dijo Mileada, y se dispuso a dar órdenes: - Os iréis a Lago Oeste en primavera, después de la siembra de Sionma. Que hará mejor tiempo. Estaréis tres o cuatro noches. Elegir bien el hotel. Sam ¿Todavía tienes el bañador? - Miró a Nuridela y continuó con sus órdenes. - Tú en verdad con ese cuerpo no tienes nada que ocultar, pero las normas están para algo. Ya lo compraréis. Y volver con un crío, mejor si es nena.

- ¡Otra! – Protestó Sam.

Esa noche fueron al nido, en principio era para dormir solamente, pero Mileada se puso a acariciar el pene de Sam. Y al poco ya estaban follando. Desde que Nuridela también participaba las caricias en el pene duraban menos por hembra. Aunque Sam quedaba tan agotado como siempre.

Mileada tuvo tres estallidos sin llegar a recibir el pene del marido, y cedió el sito a Mikane que tras dos estallidos pidió ayuda para retirarse. Luego Nuridela cabalgó sobre el pene frotando sus pétalos. Estalló tres veces.

Sam avisó su pronta corrida y Mileada cedió el turno a mamá.

Mikane se introdujo el falo entre los pétalos y folló. Ya tenía su tercer estallido cuando Sami afirmó que lo tenía cerca, por eso esperó. Y por cuatro veces creyó que Caute ardía en su vientre.

Dejaron que ambos amantes descasaran y al poco la impaciente Mileada ya acariciaba el cada vez más duro ariete del marido.

Mileada y Nuridela alternaban cabalgar entre sus pétalos lo que Mileada llamó barra de piedra hasta que Nuridela recibió la descarga del marido.

El pene de Sam estaba flácido y Mileada lo manejaba como si se tratara de barro hasta que lo ofreció a mamá:

- Ven, mamá. Come esta fruta dulce.

Y Mikane, sentada contra la pared, agitó la cabeza negando. Solamente sonreía.

Cuando le tocó recibir las culminaciones de Sam a la primera esposa, sus gritos de gozo llenaron la estancia. Un grito a cada estallido, a cada chorro de esencia del marido entrando en su vagina. Y derrumbándose sobre el marido murmuró:

- ¡Charca primordial!

Pocos cautes más tarde recibieron la visita de un vigilante Controlador que, aunque avisada les sorprendió. Llegó a mitad de mañana y fue invitado a entrar en la casa.

Se sorprendió al ver que tenía que quitarse el calzado dejándolo en la puerta algo que en las ciudades no se hace.

Tras tomar asiento y sacar un pequeño ordenador, con estudiado tono solemne leyó la herencia de Miteno. Como todas sus pertenencias habían sido adquiridas o requisadas por el ejército solamente había dinero. Cuando dijo la cantidad que le correspondía a Mikane, la aludida casi se desmaya. Pensó que era rica. Mileada, que asistía al disponer de unos sextos de seis de su turno, corrió a socorrer a su madre o se habría caído de la silla.

Sam preparó unos tazones con agua y también le ofreció uno al Controlador que agradecido se lo bebió de un trago y eso que dentro de la casa no hacía calor. Quizás fuera porque tendría miedo de Sam ya que no dejaba de observar al nativo que vivía en la casa como uno más de la familia.

El Controlador siguió leyendo algunas notas y luego pedía a Mikane que firmara la aceptación. En al menos dos documentos el Controlador también firmó. Resultó que Mileada recibía otra cantidad, mucho menor, pero que no estaba mal.

Mikane preguntó:

- Supongo que mi nieta Norale recibe lo adecuado. Es la hija.

- Nada puedo decir de eso. Además, no me consta. Solamente me ocupo de vuestra parte - El Controlador parecía meditar bien sus palabras antes de añadir: - Pero si como dices, es la hija supongo que no quedará desamparada. En principio le corresponde más que a vosotras a no ser que haya una disposición legal en contra.

Mikane asintió mostrándose serena, mientras que Sam y Mileada suponían que le tocaba toda una fortuna. ¿Cómo la obtendría Miteno si trabajaba para el ejército con un sueldo? ¿Trabajaba al mismo tiempo para una empresa privada? Jamás lo sabrían.

Como parte de la despedida el Controlador dijo que en dos cautes recibirían el dinero y que de no ser así le llamaran inmediatamente para hacer la reclamación.

Nuridela no estuvo presente. Se retiró del comedor con la excusa de no molestar. Permaneció escondida de un extraño en la habitación matrimonial. Cuando le dijeron la cantidad heredada se sorprendió más que sus esposas.

- ¿Existe tanto dinero?

Esa noche. Después de disfrutar Mileada y Nuridela de las descargas de Sam. Cogieron el pene entre sus tetas y lo frotaron hasta que unos chorros de semen mancharon sus rostros.

- ¡Calentito! – Gimió Mileada.

Al otro lado, Nuridela también disfrutó de esa barra, solo que nada decía. Se limitaba a recoger con los dedos y la lengua lo que podía de la esencia del marido.

Mikane se acercó y cogiendo la polla de Sam pasó la lengua por el glande. Quería un poco.

Micanea regresó en primavera. Estaba muy contenta porque había aprobado el curso. Su nota en gimnasia era algo baja quedando compensada en… ¡Lucha y armas! Las demás notas estaban bien. Pero como no estaba satisfecha con la de gimnasia pidió la oportunidad de mejorar nota en un nuevo examen pasado el verano. Se justificó:

- Ya veis. Descuidé los entrenamientos al dedicar más tiempo a los estudios.

Al parecer su profesor le aconsejó que no lo hiciera, avisando que en vacaciones la relajación influye mucho negativamente. Pero Micanea insistió. Por eso se pasaba un sexto de seis de cada mañana, antes que se levantase todo el mundo en la colonia, corriendo, saltado arroyos y algunas vallas. Haciendo lo que parecían piruetas, contorsiones, que a Sam le parecían extraños movimientos.

Con ayuda de Sam construyó un muñeco con ramas finas, forrado con una lona y relleno con hierba y hojas. Quedó un poco más alto que ella y se dedicó a destrozarlo dándole patadas y puñetazos. Luego, como si no hubiera hecho esfuerzo alguno preparaba el desayuno para todos y ayudaba en la granja, en la cocina… Su habitación no era aquel caos que Mikane intentaba arreglar antes de irse.

En pocos cautes recuperó a sus amigas y algunas noches acudían a reuniones de jóvenes para escuchar esa música tan… moderna.

Sam y Nuridela fueron a Lago Oeste tras la siembra de sionma. La hembra estaba tan nerviosa que propuso que les acompañara una de las dos esposas e incluso Micanea en lugar de Sam.

- Tranquila, cariño, lo pasaremos bien. - Prometía Sam hasta que consiguió que subiera al trasporte que les llevaría a la capital.

Ya en Lago Oeste se comportaba como una autentica rústica al asombrarse por todo lo que veía. Sam sonreía al pensar que debió comportarse así la primera vez con Mileada.

Primero fueron al hotel, comprobando que no estaba mal. Solo que Sam debería dormir en el suelo sobre la estera que ya llevaba preparada evitando así una cama piscina. Luego fueron a comer y Sam se preocupó de que fueran los platos que ya conocían. Entre otras cosas porque no estaba seguro que le gustasen a él y no quería tener mal de estómago desde el primer día. Y más tarde pasearon mirando los expositores de los comercios y Sam preguntó a su esposa si quería algo de ropa.

- No. Ya tengo mi armario lleno.

Sam supuso que se refería a su parte del armario. Cuatro personas compartían un enorme armario y parte de otros muebles.

- Bien, pues vamos por un bañador y unos sombreros.

En un comercio que se dedicaba exclusivamente a la venta de bañadores en verano, la pobre no se decidía ante tantos o peor aún, ese que se probaba en ese momento era el perfecto. Sam no estaba de acuerdo. Hasta que por fin lo escogió él.

- Este, cariño. Este te queda bien.

Nuridela se miró ante el espejo del probador. Pensando que el bañador elegido se parecía mucho a otros que habían desechado salvo que se ajustaba más a su cuerpo, casi como una segunda piel. Miró el precio y le parecía carísimo. Con ese dinero se podría comprar tres calzones y dos camisetas o un vestido en el mercado de la colonia. Miró a su esposo para protestar encontrando que ya estaba en caja pagándolo. Una dependienta le hacía leves gestos para que se cambiara, sin dejar de observar al gigante nativo.

Fuera del establecimiento Nuridela preguntó por qué ese si todos eran muy bonitos.

- Pues porque este enmarca mejor tu precioso culito.

Instintivamente la hembra se cubrió con una mano y miró alrededor, aunque vestían normalmente para ir por la calle. Sam, recordando gestos similares en las otras esposas, rio con ganas provocando que varios transeúntes les miraran.

- Ahora vamos por unos sombreros.

- Podíamos traer los de casa.

- No. Ya los miramos y estaban arrugados. Además, como el mío lo empleo en el huerto está manchado. Me vendrá bien uno nuevo.

Continuaron caminado, mientras miraban los comercios y los adornos de las calles hasta que llegaron a una Cesta. A unos pasos de la puerta, Sam propuso que entrara y Nuridela contestó que ya lo haría al caute siguiente. Sam insistió y tras una breve conversación sobre la alegría de ser papás por fin se decidió.

Estuvo dentro poco más de un sexto de seis.

Sam no quiso preguntar, pero tras un paseo que les llevó a un mirador lleno de gente que observaba las olas del lago y los problemas de algunas barcas en tan revuelto lugar, Nuridela quería contar todo a su esposo.

- No quiero tener secretos contigo, esposo.

Sam asintió. Miró alrededor diciendo que no le gustaba el sitio porque había mucha gente por la calle. Por lo que compraron algo para comer y regresaron al hotel.

Para estar en la habitación se comportaban igual que en la granja, esto es, los dos empleaban calzones solamente. Al verse así Sam se preguntó si la gente de la ciudad hacía como en las colonias, esto es iban en calzones dentro de sus casas. Decidió no preguntar. Resultaría raro preguntar eso a un camarero o a desconocido transeúnte. Por otro lado, no recordaba que Mikane vivió en un piso en una poblada ciudad en Sorevan segundo y ya tenía esa costumbre.

Nuridela, sentada en frente, compartiendo la estera de Sam, comenzó a contar con algo de rubor:

- Micanea tiene razón, más de un macho quería hacerlo por detrás. Me negué. Eso es perder el tiempo. Es opuesto a lo que hemos venido y disfrutar del sexo ya lo hago contigo.

Sam recordó palabras similares de Mileada en esa misma ciudad casi veinte cautones atrás. Nuridela cogió aire y continuó:

- He estado con tres y bueno… ¡Qué pequeñas las tienen! Duran muy poco. No me satisfacían. – Se ruborizó. – Por eso cómo me aconsejó Mileada, fingí los estallidos para que no me dejaran a un lado y así continuar con el siguiente. Y menos mal que expulsé algo de crema por las tetas. Pero creo que fue por lo nerviosa que estaba que por esas torpes caricias.

- Bueno cariño. Seguro que mañana irá mejor.

- Puede, pero ahora necesito a un macho de verdad. A mi cariñoso marido. - Se avergonzó de sus propias palabras por lo que intentó suavizar su afirmación. – Me gustaría que me acariciaras y me hicieras disfrutar de verdad.

Nuridela estalló ocho veces mientras Sam se acariciaba el miembro con una mano. La hembra había notado la lengua de su esposo en su intimidad, en sus tetas que ya aportaban crema. Luego cuando Sam avisó que le faltaba poco separó más sus piernas para recibir a su esposo. Sintió como sus pétalos se abrían para acoger el grueso pene y ya estalló. Y cuando más tarde llegó la descarga del esposo estalló cinco veces seguidas. Eso es lo que le gustaba a la hembra, lo que la colmaba de placer y felicidad.

Nuridela preguntó:

- ¿Te gustan mis tetas de verdad o es para que me sienta bien? Ya sé que las de Mileada y Mikane son más hermosas.

- Cariño. Tus tetas son perfectas. Y no porque tengan esos pezones tan bonitos, ni por la forma que tienen, sino porque están en tu cuerpo. Eres así. Así de maravillosa. Me gustas y me siento muy orgulloso de ser tu esposo.

No quedó muy convencida. De las tres esposas era la que más pequeñas las tenía. Y en una conversación entre ellas, Mikane dijo que era porque aún no había dado de mamar a una cría. Lanzó un suspiro mientras recordó que sus tetas segregaban crema desde hacía poco. Quizás por eso no se desarrollaron bien.

Odió con renovada energía a su padre y la madrastra. Intentó recordar a su madre, pero era imposible. Se marchó a otra colonia cuando ella aún era una cría, abandonando todo detrás, a ella incluida.

Al caute siguiente fueron a nadar, pero tan apenas pudieron mojarse en la orilla. Por culpa del viento el agua estaba muy revuelta. Había unas olas que incluso a Sam le parecían grandes. Era peligroso meterse demasiado, la corriente podría lanzarlos contra las rocas que había debajo del mirador del paseo. Por eso la playa estaba casi desierta. Solamente unos transeúntes y alguno que se mojaba los pies.

Nuridela se quejaba en lo que consideraba que tenía mala suerte.

- Un caro y bonito bañador para nada.

- No cariño. – Sam le dedicó una sonrisa. - Estabas tan entusiasmada saltando en el agua que no te has dado cuenta de que todos los machos que había en la playa se quedaban mirando tu precioso cuerpo.

Nuridela miró alrededor entre temerosa y ruborizada de que fuera cierto, y contestó:

- ¡Mentiroso! Hay hembras muy hermosas por aquí.

Pronto se cansaron de luchar contra las olas y decidieron cambiarse en la caseta alquilada.

Estando desnudos se lavaron en el grifo y se prepararon con la intención de buscar un restaurante. Ya fuera de la caseta Sam se agachó frente su esposa poniendo una rodilla en el suelo y apoyó las manos en la pierna que quedaba entre los dos. La miró a los ojos y sonrió. Nada decía mientras veía como Nuridela se iba ruborizando ante esos ojos que la miraban con cariño, amor y deseo.

- Sig… sigamos con el paseo. - Pidió la esposa.

La verdad es que Nuridela iba vestida de lo más normal. Llevaba un largo suéter que parecía un vestido. Algo apto para desenvolverse en la colonia, y adecuado para ir a la playa. Pero en la playa mostró su figura realzada con un bañador que marcaba sus formas. Por eso atrajo las miradas de los machos.

Para dar el paseo Sam no se quitó el bañador, no llegó a mojarlo, y se cubría el torso con una camiseta.

Abandonaron la playa. Como hacía viento debían tener cuidado con los sombreros casi en cada esquina.

Unos sextos de seis más tarde buscaron un comercio de comidas donde Nuridela quería probar platos nuevos. Y como Sam temió no le gustó algo tan insípido. Por suerte el postre estaba riquísimo.

Pasearon y miraron escaparates haciendo comentarios sobre la ropa que no necesitaban porque era inadecuada para trabajar. Hasta que vieron unas sandalias muy bonitas.

- ¿Las quieres? – Preguntó Sam.

- ¡No! Se romperán en poco tiempo. - Contestó Nuridela. - En cuanto las moje en el mercado o por ahí ya no resistirán nada.

La verdad es que parecían confeccionadas para andar por las secas calles de la ciudad.

Algo más tarde, ante otra Cesta Nuridela volvió hacerse la remolona hasta que, cediendo a las palabras de su esposo, entró.

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