El reino del rey. 14
Elena creyó haber ganado su corazón, pero Lucía siempre estuvo un paso adelante. Ahora, bajo el mismo techo, el deseo se mezcla con la rivalidad y la promesa de un placer que ninguna quiere perder.
Una hora más tarde Elena estaba extasiada de placer. No follaron, pero con la lengua y caricias de Daniel sobre las zonas más delicadas de su cuerpo alcanzó las estrellas. Se había corrido tres veces y todavía notaba que su vagina palpitaba mientras expulsaba el húmedo calor.
Un año antes, durante el primer curso en el instituto, salió con un chico de su edad. Lo pasó bien con aquellas caricias en sus tetas, pero a la hora de acariciar su coño siempre se ponía nervioso y quedaba pobre. Aquel afirmó que las pajas estaban bien mientras pedía que se la chupara. Se negaba. Le daba asco. Por eso se negaba a que le lamiera el coño.
En ese momento tenía la polla de Daniel en las manos y la frotaba torpemente. Se disculpó:
- Perdona, no sé acariciarte ni chuparla. Nunca lo he hecho.
Realmente le daba reparo meterse eso en la boca. En ese instante no estaba tan cachonda. En lo que duró un estremecimiento desapareció su excitación. Y en ese bloqueo mental y corporal, no recordaba que lo mejor de la caricia en el coño fue con la lengua de Daniel sobre el clítoris.
- No te preocupes. Me va bien así. Tan solo me gustaría que acercaras los labios. Ya sabes: un beso, una lamida… Si te apetece, claro. No hagas nada que no te guste.
Elena se acercó, dudaba. ¿Le decía que no? Y ya recordó: Poco antes notó la lengua de Daniel en su coño y fue muy agradable. Se mentalizó que se lo debía. Tras algunos titubeos ya parecía una gatita lamiendo algo sabroso. A veces besaba la punta o alrededor del glande. El sabor era extraño, dejó de ser desagradable y poco a poco le gustaba. Preguntó:
- ¿Te gusta? ¿Te va bien así?
Sus tetas se movían al ritmo de las manos y la cabeza, y a Daniel le gustaba ver esos pezones agitarse.
- Sí, preciosa. Sigue, por favor.
Daniel afirmó que le faltaba poco y acercó un pañuelo de papel. Se corrió ahí. Ante la atenta mirada de Elena que todavía manipulaba la polla notando que se agitaba en cada descarga, hasta que Daniel avisó que ya estaba.
- Ya. Ya está. Deja que me limpie.
¿Qué debía estar pensado Elena que aumentó su rubor? Quizá sobre qué se sentiría al notar esa descarga blanca dentro de su cuerpo.
Con otro pañuelo Elena se limpió las manos. Con gran disimulo se las olió arrugando la nariz. Un olor similar al anterior y distinto a la vez.
Se abrazaron y hubo besos.
- ¿Te ha gustado? – Preguntó Elena, ruborizada. - ¿Lo he hecho bien?
- Sí, cariño. Gracias.
Por el parabrisas entraba algo de luz de las estrellas cuando no la tapaba una nube. A lo lejos se veían luces de casas y el letrero de la discoteca. Se oía el motor del aire acondicionado.
Estando todavía desnuda, Elena empleaba su abrigo a modo de manta. Daniel tenía los pantalones bajados y con un pañuelo se secaba la saliva que todavía notaba en los testículos.
- ¿Y ahora? – Quiso saber Elena.
Entendió la preocupación de la muchacha.
- Ahora tú mandas. Tú decides. - Dejó de limpiarse para abrazarla por encima del abrigo. - Podemos dejarlo aquí, como si nada hubiera pasado. O vernos otro día para repetir lo de ahora o follar realmente. También podemos decir a todos que estamos saliendo.
- ¿Novios?
A Elena le gustaría esa posibilidad.
- Esa palabra me parece que es pronto para emplearla. – Respondió Daniel con voz suave. - Pero si lo haces no me molesta.
La muchacha se sintió bien. Tanto como poco antes con el orgasmo.
- Bien. Diré a todo el mundo que estamos juntos, que somos novios.
Continuaron abrazados en silencio hasta que apareció la pregunta igual de importante.
- ¿Qué pasa con Lucía?
- ¿Mi hermana?
Elena dio más explicaciones.
- No es tu hermana y sé que me he adelantado. Algo de una promesa a vuestra madre.
“¡Caramba! – Pensó Daniel sorprendido. - Estas chicas se cuentan todo”.
Otra vez actuó con el pensamiento y Elena contó algunas conversaciones con su amiga.
- - Somos amigas desde el primer día de instituto.
- - Nos unimos mucho más al pensar que nos convertiríamos en hermanas, y ya ves: Los papás lo dejaron en un mes.
Fue más tiempo, pero no importaba.
- - Estamos mucho tiempo juntas hablando o lo hacemos por teléfono. Nos tenemos cariño.
- - Me equivoqué al decir que ya nos acariciábamos. La mentí para marcar un dominio sobre ti, y salió mal.
- - Desde que me permitió ir por ti cuando se lo pedí. Sí. En ese momento me di cuenta que también te amaba.
- - Lo tomé como una competencia y hoy, desde este instante que hemos tenido lo que parece sexo, aunque no hemos follado, sé que realmente estoy en el segundo puesto. - Se puso triste al añadir: - Noto en mi corazón que muy pocas veces me dejarás estar en el primer puesto. Amas a Lucía. Y resulta que es mi mejor amiga, y tú… tú, me gustas. Hoy te aprecio, mañana me encariñaré y pasado te amaré.
- - Dentro de poco seré totalmente tuya. Podrás hacer en mí, en mi cuerpo lo que te dé la gana.
- - Me entregaré enamorada.
- - La idea de compartirte con Lucía me duele, mucho. Pero más la posibilidad de perderte.
Daniel ofreció:
- Podemos continuar juntos.
- Supongo que te refieres a los tres.
Dándose unos besos evitó la respuesta.
Daniel retiró el abrigo para volver a acariciar el cuerpo de Elena. Que respondió poniéndose tensa, hasta que con las caricias y besos en las tetas fue dejándose llevar por el placer. Otra vez las manos de Daniel acariciaron cada rincón de su piel. Y Situándose entre sus piernas le lamió el coño provocando un nuevo orgasmo.
- ¡Ah! ¡Daniel! ¡Uhm! – Era fantástico notar esa lengua jugando con su intimidad, con su clítoris. - ¡Qué bueno!
Unos minutos y se ofreció a hacerle una paja. Daniel se negó.
- Estoy bien.
Esa caricia le parecía tan pobre en ese momento que prefería evitarla.
Se vistieron y regresaron a la discoteca. Ahora era más fácil aparcar porque había muchos huecos disponibles, de aquellos que ya se marcharon a casa o a buscar una oscuridad más segura para la intimidad. Los porteros no se sorprendieron al verles, ya estaban acostumbrados a ver salir y entrar parejas.
La muchacha que hacía de taquillera sonrió al recibirles y avisó:
- Cerramos en dos horas.
Entre un grupo de compañeras de clase, Lucía bailaba sujetando en una mano un vaso de plástico con un refresco que al fundirse el hielo ya era casi agua turbia, ya no refrescaba y tan apenas calmaba la sed. La pareja se acercó y por señas dijeron de ir a un sito donde hablar.
Sin rodeos Daniel le dijo que Elena era su novia.
El rostro de Lucía se ensombreció. Parecía que el mundo la sepultaba bajo su peso. El vaso patinó entre sus dedos y se estrelló contra el suelo manchando sus zapatos. Daniel lo recogió para dejarlo, vacío, en la cercana repisa de una pared. Luego iba abrazarla y Elena se adelantó.
Murmuraron entre ellas durante una media hora. Sin hacer caso a Daniel que se interesaba por Lucía. No se le ocurrió emplear el pensamiento. Por fin, mostrando un rostro más animado, Lucía besó a Daniel en el rostro. Estaba triste, pero mucho mejor que minutos antes. Después de todo era algo que esperaba.
No tenían ganas de continuar en la discoteca y decidieron ir a casa. Además del abrigo, y como ya estaba acordado, Elena buscó en el guardarropa la bolsa donde cargaba lo necesario para el día siguiente.
En el coche Lucía cedió el asiento delantero a Elena, que rechazó, y se sentaron juntas detrás.
Por el retrovisor vio que se abrazaron y murmuraban. A veces podía oír retazos de la conversación. Ordenó:
- ¡He! Poneros los cinturones.
Ya en casa las chicas se disponían a ir a la habitación de Lucía, como siempre en esos casos. Daniel les ordenó que fueran a la suya. Mirándose entre ellas obedecieron. Y con la puerta cerrada pidió:
- Por favor. Quitaros la ropa. Vamos a dormir.
- ¿Los tres juntos?
- ¿Desnudas?
- Los tres, sí. Y como os sea más cómodo. – Se dio cuenta de lo que dijo poco antes y rectificó: - Perdonar. Al pedir que os quitéis la ropa me refería a ponerse el pijama.
Quedaron en ropa interior. Elena sin sujetador mostrando sus bonitas tetas que se balanceaban ante el nervioso movimiento de la dueña.
Lucía no se lo quitó y esos pezones destacaban muy duros bajo la tela. Se preguntaba qué pretendía Daniel.
Elena, estando nerviosa, se adelantó al preguntar:
- ¿Qué vamos hacer?
La muchacha estaba dispuesta a follar si Daniel la acariciaba otra vez, pero no lo haría delante de Lucía. Le daba mucha vergüenza sin recordar que estando cachonda está dispuesta para todo. De hecho, ya se hizo un dedo con su amiga al lado. Dudó si ellos lo hacían normalmente ya. ¡No! Recordó. Unos días antes Lucía afirmó que es virgen, y la creía.
- Dormir. – Repitió Daniel.
Posiblemente de no haber tenido sexo antes, aunque se tratara de una paja en el coche, ahora lo estaría intentando con una de las dos bellezas que tenía ante sus ojos, o correría escaleras arriba buscando a Mónica.
Se situó en medio de la cama y se dejó abrazar por las dos.
- Bien, chicas. Escuchar. - Miró a Elena y propuso: - Desde hoy, y si así quieres, somos novios. Nuestra relación avanzará al ritmo que impongas. – A continuación, y mirando a quien dejó de ser su hermanita fea, añadió: - Lucía te tengo mucho cariño ya lo sabes. Espero que seamos novios cumplido el plazo prometido a mamá.
Preocupada, Elena gimió su protesta.
- ¿Y desde ese momento qué será de mí?
- Lo que tú elijas. Verás, nunca he tenido novia. Y me gustaría continuar o empezar contigo. Y has de saber que quiero mucho a Lucía. – Añadió rápidamente. - Os quiero a las dos.
La situación no estaba clara del todo, pero Daniel no sabía qué decir. Tenía miedo a equivocarse perdiéndola al no emplear las palabras correctas. También temía que, si lo ordenaba mediante el pensamiento, quizás lo que tanto le gustaba de ella se anulase y apareciera una personalidad totalmente distinta. Porque pensaba que una cosa es hacer preguntas y otra someter. Si Elena y Lucía querían estar con él sería porque querían. Sin condicionamiento ni órdenes.
Quería unas novias que lo amasen, no los cuerpos hermosos de unas muchachas con las que follar.
Al poco, Elena pasó una pierna entre las de Daniel. Era una forma de decir que aceptaba. Que para continuar con él aceptaba lo que propusiera. Sus tetas se aplastaron contra el cuerpo de Daniel. Aparentaba dispuesta para follar en ese momento.
Lucía dijo que tenía que pensarlo. Se quedó mirando la pose de Elena sobre Daniel. Había visto los gordezuelos pezones de Elena rozando los pelos del pecho de su amado Daniel. ¿Qué se sentiría? Quería saberlo. Decidida, y ruborizada a la vez, se quitó el sujetador para dejarlo en la mesita, y rápidamente se situó igual. Con la otra pierna de Daniel entre la suyas. Notó la mirada de los dos y la que más le “picaba” era la de Daniel. Sonreía al afirmar:
- Tenéis razón. Se piensa mejor sin sujetador.
Se oyeron risas nerviosas.
Daniel pidió que alguien apagara la luz, no podía moverse con las dos chicas encima.
Durante el desayuno, que estuviera Elena en la casa era algo normal en algunos fines de semana. Y también que los tres vistieran con pijamas y batas hasta mitad de mañana, si no tenían intención de ir a una población cercana a pasear.
Las sirvientas nada decían. Solamente Lola sonreía como si adivinara o ya supiera algo. Además de tener muy buen oído, esa mañana, al ir hacer las camas se dio cuenta que en la habitación que suelen ocupar las muchachas cuando están juntas, la cama estaba tal como la dejó horas antes. Era fácil deducir que las dos durmieron con Daniel. Y que no follaron, porque las sábanas estaban limpias y la habitación no tenía olor a sexo.
Cuando llegó Rosa, mamá, saludó a todos mostrando una ligera sonrisa. Besó a Lucía, como siempre. Posó unos segundos una mano sobre el cercano hombro de Elena y ya se sentó agradeciendo a Lola la taza de café a la que ya añadiría leche a su gusto.
Fue cuando Daniel anunció que él y Elena eran novios.
Rosa le miró, asombrada. Luego miró a Lucía teniendo sentimientos contradictorios, y por fin a la avergonzada Elena. Sonrió y pidiendo más explicaciones, se levantó para dar un beso a Elena. Una forma de admitirla en la familia. Luego llegaron más preguntas. ¿Se quedaba Elena en casa o sería un noviazgo normal con las visitas y acompañar a la casa de los padres de ella? Sí, necesitaba saber más.
No lo habían hablado entre ellos.
Alargando el desayuno decidieron que Elena regresaba a su casa, viviría allí hasta terminar el instituto. Se verían los fines de semana.
- No te preocupes por tu novio. ¿Vale? – La animó Lucía. - Ya sabes cómo es mi relación con él.
Elena se contuvo decir que no podía impedir que se relacionaran como quisieran. Que estaba segura que Daniel la amaba más que a ella. Simplemente le devolvió la sonrisa.
- Vale, sí.
Rosa, escuchaba en silencio. Lola, unos pasos alejada, veía totalmente normal que ese Demonio se saliera con la suya.
Nadie avisó a Elena que de domingo a viernes Daniel solía follar con las sirvientas. Con la excepción de alguna noche que dormía abrazado a Lucía.
Por la tarde la acompañaron a su casa en Villuela. Un bloque de tres pisos en una calle donde todos los edificios eran relativamente modernos. Solamente Elena bajó del coche tras la despedida de varios besos.
Fue duro para Lucía ver que su amiga y el futuro novio se despedían en un largo beso con lengua. Fue duro para Elena ver que su novio se iba con la rival, que cambiaba de asiento de detrás adelante, y nada podía hacer para impedirlo.
Ya en la alquería Lucía dijo de retirarse a su habitación. Afirmó que necesitaba pensar.
- Me gustaría dormir abrazado a ti. – Propuso Daniel.
- No, hermanito feo. No me va bien. Esta noche no sé si te amo o te odio. – Señaló la cocina al final del pasillo. - Vete con Mónica.
- Pues dormiré solo en mi habitación.
Pasaba de las doce de la noche cuando Lucía entró en la habitación de Daniel. Sintió alegría al descubrir que el que amaba no estaba en el piso de arriba con una sirvienta. Disimulando preguntó:
- Hola. ¿Puedo dormir aquí?
- Sí, gracias. Te esperaba.
- Me… Me desnudo. – Solamente vestía bragas y sujetador. - Supongo que quieres notar mis tetas.
- Hermanita fea. Ven tal como estás si te es cómodo. Vamos a dormir.
- Pues… pues prefiero quitarme el sujetador y ponerme una camiseta.
- Como quieras.
Lucía quedó quieta. Miraba a Daniel. Despacio se llevó la mano a la espalda para soltar el broche del sujetador y quedó quieta. Decidió conservarlo.
Se abrazaron, Lucía apoyó la cabeza en un hombro de Daniel y pasó una mano por encima de su cuerpo, aunque al poco se giró pidiendo que la abrazara así.
- Me gusta más. Y, si quieres, puedes cogerme de las tetas.
- Cariño. Hermanita fea, vamos a dormir. – Repitió.
Lucía notó el cuerpo de Daniel pegado al suyo. Unos brazos que la rodeaban evitando tocar sus tetas. Lo que parecía un beso en el hombro, y el murmullo deseando que pasara buena noche. Se sintió bien.
- Te amo. – Murmuró.
En algún momento Daniel notó que su hermana se incorporaba para quitarse el sujetador. Oyó un suspiro de alivio. Y que se acostaba a su lado. No se movió. No quería molestar, pero de alguna forma Lucía se había dado cuenta que estaba despierto.
- Anda, Feo. Abrázame.
Daniel volvió a acercarse. La abrazó sin tocarle las tetas. Otra vez besó su hombro y cerrando los ojos se entregó al descanso.
Las jornadas se sucedían rutinarias, casi iguales. Salvo que por la noche dos bellezas se turnaban para follar. A veces Mónica quería brusquedad, otras, cariño. Resultando una incógnita para Daniel con qué se encontraría al cruzar la puerta de esa habitación si con una fiera o un ángel. Con Núria siempre era cariño. Y siempre la muchacha se sentía enamorada hasta que Daniel volvía a tratarla con educada cortesía y recordaba que solamente follaban, sin compromiso.
A veces vistiendo el pijama, o solamente unas bragas, unas pocas totalmente desnuda, así recibía Núria al rey de su reino. Daniel la besaba y acariciaba con cariño. Haciendo que su deseo aumentara hasta que por fin estallaba en un orgasmo, ya fuera provocado por las manos o la boca sobre su sexo. Luego follaban. Casi siempre Daniel se ponía encima porque cada vez que ofrecía cambiar de postura Nuria simplemente decía:
- Ven.
Al día siguiente Lola o Mónica le recordaban que no se enamorara, que estaba con ellas porque son las siervas del rey.
Un sábado volvieron de la discoteca y los tres se acostaron juntos. Hubo besos, caricias en las tetas con la participación de Lucía, que a veces se acercaba para besarlo, pero se negó a que le lamiera el sexo, y eso que sintió algo parecido a envidia cuando vio a Elena disfrutar de un orgasmo teniendo la cabeza de su amado Daniel entre los muslos.
Se la veía estremecerse de placer al recibir la lengua en la vulva. Tenía los pezones duros y gemía en lugar de respirar. Lucía la miraba entre extrañada y envidiosa. Supo que el orgasmo debía estar próximo porque Elena se cogió con fuerza las tetas además de dedicarse unos pellizcos a en los pezones. Así fue.
- ¡Uf! Cariño. ¡Ha sido fantástico! – Murmuró Elena. – Me dejas bien, muy bien. ¡Sí!
Hubo más besos hasta que Daniel, con el pene totalmente erecto se puso bocarriba ante la petición de Elena, parecía dispuesta a devolverle la caricia, pero otra vez quedó paralizada. Sujetaba la polla de Daniel entre las manos sin decidirse a más.
Lucía, sentada al lado, miraba expectante. Era la primera vez que veía la polla de su amado y al mismo tiempo parecía conocerla de siempre. ¿Por qué Elena no empezaba con la mamada? Quería ver cómo se hacía para aprender, y dar placer a Daniel cuando fuera su novio.
Daniel intervino.
- No te preocupes, cariño.
Daniel hablaba a Elena con voz suave, y la acarició un hombro.
Al lado Lucía miraba en silencio. Creía que le pasaba lo mismo que a Elena. No sabía acariciar a Daniel y también le daría repelús meterse esa barra de carne en la boca.
Elena se puso las bragas, Daniel se colocó bien el calzón que no se había llegado a quitar del todo, y se dispusieron a dormir.
- Cariño. Perdona. - Pidió otra vez Elena.
- Tranquila. Será cuando estés lista. Te amo. – Incluyó a Lucía en la conversación: - Os amo. Y solamente poder abrazaros ya es un regalo.
La erección de la polla desmentía sus palabras.
Se abrazaron los tres. Cuando por fin se decidió Lucía llevó una mano sobre la polla, encontrando que estaba debajo de la mano de Elena. Sin hablar. Elena bajó el calzón y se puso a pajear a Daniel. Lucía le cogía por los testículos.
Unos minutos y Daniel avisó que faltaba poco. Elena aceleró el movimiento, mientras que Lucía abrió un poco la mano permitiendo que los testículos botaran.
Más tarde Daniel se limpió la barriga con un pañuelo. Elena buscó otra postura para dormir, mientras que Lucía no le soltó durante un buen rato. Hasta que se giró dándole la espalda y acercando su culo.
Daniel no quería elegir a una sobre la otra por lo que no se movió. Bueno, sí. Al poco metió las manos entre la almohada y las cabezas de las novias. Así alcanzó una teta de cada una, y estuvo dándoles apretoncitos hasta que sintió sueño.
Lucía murmuró que lo amaba.
Al otro lado de la cama Elena pensaba que debía dejar a un lado sus miedos y adelantarse otra vez a Lucía. Quizá así consiguiera desplazarla de su deseo, de su corazón y hacerlo totalmente suyo.
Mónica recibía a Daniel unas tres veces a la semana, ya fuera sola o acompañada de Núria, de Lola, incluso a veces las dos. Y con alegría se corría hasta tres veces por noche, normalmente eran dos. Una al comerle el coño y otra follando. Había que añadir otra si Lola le "limpiaba" el coño con la lengua.
Lola recibía cariñitos y besos. Le gustaba ser tratada así. Y reía al ver la cara de tristeza que ponía Daniel, aunque fuera fingida, cuando se negaba a mostrar sus tetas.
- No voy a quitarme el sujetador. – Solía decir. - No insistas.
Núria besaba y se dejaba acariciar el culo, a veces las tetas cuando se cruzaban en el pasillo. Le gustaba tener el control de hasta donde llegar en el juego. En esa semana solamente folló una vez y se sintió trasportada a un mundo de sensaciones que la inundaban de gozo. Luego necesitaba que Mónica o Lola le recordaran que no se enamorara del jefe porque ya tenía novia. Ya había una reina en el corazón del rey.
Era finales de noviembre cuando regresaron los tres de la discoteca. Por petición de ellas lo hicieron poco más de una hora antes de lo normal. No preguntó por qué ni se opuso, simplemente aceptó.
En la habitación Daniel se quedó en calzoncillos esperando a las chicas, ya era una costumbre que fueran juntas al baño con la diferencia que a petición de Elena fueron al de la habitación de Lucía. Al parecer a la hermana no le molestaba orinar junto Elena en comparación a aquella vez con unas compañeras de clase. Había más confianza, complicidad o cariño.
Unos minutos más tarde solamente Elena entró en la habitación de Daniel. Se quitó la bata quedando en bragas. Una prenda tan transparente que era como si nada llevase.
- Lucía no viene esta noche. – Anunció.
- Vale. Bien. - Pensó que tendría la menstruación y quería dormir sola. Elogió la breve prenda. - Vas muy provocativa.
- Esa es la idea. – Sonrió al explicar por qué mientras se giraba para mostrar el culo a través del fino tejido. – El jueves fue mi cumpleaños. Tengo dieciocho.
- Perdona. No lo sabía. Te habría regalado algo.
- No te preocupes por eso. – Desvió la mirada al suelo, se ruborizaba al murmurar: - Tú eres mi regalo y yo soy el tuyo.
Daniel asintió. La cogió de una mano para hacer que se sentara en la cama. Situándose al lado se abrazaron y empezaron las caricias. Hubo besos y coger una teta para darle apretoncitos.
Se dejaron caer sobre la cama. Las caricias pasaron a ser más íntimas, y por fin se situó entre las piernas de la novia.
- Vale. Bien. – Consintió Elena. - Suave. ¿He?
Ya la había acariciado ahí con la boca, bien que lo recordaba, solamente que ahora parecía… ¿Qué palabra sería la correcta? Más comprometido.
- Sí, cariño. – Respondió Daniel acariciándole los muslos.
Daniel acercó la boca a esa intimidad.
Un beso sobre la rajita, pasar la lengua haciendo que el cuerpo de Elena se estremeciera. Con los dedos separó los delicados pétalos de esa flor. Y puso su lengua a trabajar.
Elena gimió. Recordaba que lo pasó muy bien las veces anteriores y ahora le parecía que era el doble de placentero.
El placer de Elena fue continuo hasta que sintió una descarga en su cuerpo. Con una mano acariciaba la cabeza de Daniel revolviendo sus cabellos. Con la otra se acariciaba las tetas. Era la tercera vez que le lamía el coño y la segunda en la comodidad de una cama. Le resultó tan placentero que las convulsiones de su cuerpo al correrse juntando las piernas casi le parten el cuello a Daniel.
- Espero que te guste, cariño.
- Mucho. – Elena tenía problemas para hablar. - Ha sido sublime.
Cuando se recuperó pidió:
- ¡Ven! Estoy lista. Este es el momento.
- Bien. Un momento, me pongo un condón.
- ¡No hace falta! Ven.
Daniel se situó encima orientó el pene sobre el orificio de la vagina y entró un poco.
- ¡Uf! ¡Sí! – Gimió Elena. – Sigue.
Un poco más y notó un tope.
- Nena. Te amo.
Lo pasó de un empujón.
Elena se quejó mediante un gemido. Soltó unas lágrimas. Daniel preocupado preguntó si iba bien.
- Sí. Va bien. ¡Sigue! – Intentó una sonrisa al explicar: - Lloro porque ya no soy una niña. Soy tu novia, tu mujer. Soy muy feliz. ¡Sigue!
Daniel se esforzó en aguantar todo lo que pudiera sin ser brusco. Y le salió bien.
Elena estuvo moviendo su cadera al ritmo de su placer. Sus tetas se pusieron tensas, sus pezones destacaban sin estar duros. Abría la boca como si quiera hablar y tan solo soltaba un suspiro o un gemido.
Unos minutos llenos de placer y amor que culminaron con un largo orgasmo lanzando suspiros, gemidos y diciendo lo bien que lo pasaba.
- ¡Ah! ¡Qué bueno!
Le ordenó que se corriera, quería notarlo.
- Quiero saber qué se siente.
- No tardaré.
Continuaron follando y al poco, Elena afirmó que le venía otro orgasmo. Lo tenía cerca. Daniel pensó con alegría que, menos mal, porque espoleado por el momento y tan estrecha vagina no aguantaría mucho más. Se corrieron casi a la vez.
Elena, al notar que su cuerpo se llenaba, gritó:
- ¡Dios! ¡Es esto! ¡Es así!
Daniel la besaba en el rostro, los labios. Murmuraba continuamente que la amaba.
Estaban abrazados. Elena permanecía callada tumbada de espaldas mientras que Daniel, a su lado y ligeramente encima, de vez en cuando le decía que la amaba. Así pasó un buen rato hasta que Daniel, dándose cuenta que estaba repitiendo las mismas palabras todo el tiempo se dejó caer recostando la cabeza sobre la almohada.
Elena suspiró. Todavía notaba su cuerpo raro y eso la hacía sentirse amada, y no sabía explicarlo. Miró a Daniel y preguntó:
- ¿Duermes?
- No cariño. – Volvió a incorporarse sobre Elena. - Solo que no sé si traerte agua, una aspirina o que para que estés bien tenga que dar un doble salto sobre la alberca. Por favor, dime qué necesitas.
- Quiero decirte que soy feliz. Y que me esforzaré en ser una buena novia, en que también seas feliz.
- Perdona. – Dudaba. - Soy hombre y por lo tanto hay un montón de cosas que no entiendo. No sé qué quieres decir con eso. Solo te pido que me des lo mismo que yo a ti. Te amo.
Elena asintió. Y añadió que dentro de esa petición entraba que debía devolverle tan buenos momentos.
- Por lo que esta noche no. Perdona. Pero quiero aprender a chupártela y darte todo el placer que pueda. Darte toda la felicidad con que me colmas.
No quiso recordarle que ya se la había lamido estando en el coche. Solo era mejorar la caricia unos pasos más hasta que en la cúspide de la caricia ya culminara en su boca. Miró la hora antes de hablar:
- Ya sabes que solamente necesito besos. Pero no vamos a discutir eso ahora. Durmamos.
Daniel se acercó más para poder besarse. Fue corto, tierno, tan apenas un roce en los labios. En ese breve roce a Elena le dio tiempo de oler su propio sexo en esos labios. Aspiró con fuerza y notaba como si fueran cosquillas en la vulva. Cerró los ojos.
Daniel entró en su mente. Notó que además de enamorada estaba confundida. Con miedo a qué pasará con ellos. Cómo lo tomará su madre. Y lo que más temía a Lucía. Le caía muy bien esa muchacha, pero ser novias del mismo hombre podría provocar muchos roces. Daniel le dio un leve impulso: todo eso se verá y buscará solución sobre la marcha.
Tan solo faltaban dos horas para levantarse cuando apareció Lucía. Vestía un pijama y una bata por encima. Se quitó la bata y se metió en la cama al lado de Elena, que continuaba desnuda. Con unos golpecitos en el hombro la despertó.
Al lado, Daniel, también se había despertado decidiendo no moverse, oyó que hablaban las dos mujeres.
- ¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido?
- Ahora no puedo describirlo. Estoy en una nube.
- Vale. Pues mañana.
- ¡Lucía, nena! – Contuvo a su amiga sujetándola del pijama y la atrajo para murmurar sin saber que Daniel las oía. - No tengas miedo para cuando te toque. La nube lo compensa todo.
- ¿Te dolió?
- No. Bueno, una molestia al principio, que como digo la nube lo compensa. Invade tus sentidos y te conduce al mayor de los placeres.
- ¿Qué se siente?
- Ya lo sabrás. Y seguro que te gustará tanto como a mí. Una sensación extrema, llena de gozo. Placer que te llena no solo el cuerpo sino todos los sentidos.
Lucía no lo entendía del todo. Se despidió:
- Gracias. Te quiero.
Se levantó para marcharse.
Elena se giró abrazando a Daniel. De algún modo se dio cuenta que estaba despierto. Murmuró:
- Cuando lo hagas con Lucía debes… ¡No! Nada. No necesitas mis consejos. Lo harás bien. Sí. Lo sé. Serás cuidadoso. Tan tierno y brusco como conmigo. – Su voz sonaba triste cuando añadió: - Sé que me amas, y también sé que tu amor por ella es más grande que por mí. Lo acepto porque quiero estar a tu lado.
Daniel se movió empujándola. Se puso encima para besarla en la boca. Al poco chupaba sus tetas mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar y tenía el extremo de un dedo dentro de la vagina.
Unos minutos y Elena tuvo un orgasmo mientras con las manos apretaba la cabeza de Daniel contra sus tetas.
Al abrazarse, Daniel murmuró:
- Elena, cariño. Te amo.
- Cariño. Y yo a ti. – Se ofreció. - ¿Tienes ganas de más? ¿Quieres venir? ¿Repetir?
- ¿No tienes molestias?
- Pues. Algo irritada, sí.
- Ya sabes la respuesta.
- Esto. Yo… ¿Te la chupo? ¿Me enseñas?
Recordando la conversación de antes, iba a decir: cuando estés dispuesta, pero dijo:
- Cuando no estés cansada.
- ¡Te amo! – Dejó pasar unos segundos y añadió: - Verás. Supongo que es como cuando me lames ahí, pero tener lo tuyo en mi boca me hace dudar. Lo haré. Sí. Tengo que aprender a darte… lo mismo que me das.
Con un beso en los labios Daniel impidió que siguiera hablando, y poniéndose a un lado propuso:
- Vamos a dormir un rato más.
Horas más tarde Rosa no necesitaba preguntar qué había pasado esa noche. La muchacha lo llevaba escrito en una enorme pancarta que agitaba a cada ruborizado gesto de su rostro.
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