Xtories

El reino del rey. 15

Él es el rey de la casa, pero su corona tiene un precio: el deseo de todas las mujeres que viven bajo su techo. Mientras su novia espera su visita cada fin de semana, él regresa a una casa donde la obediencia se mide en placer. ¿Hasta dónde llegará su poder cuando una antigua amante decida reclamar lo que cree que es suyo?

Nutor1.8K vistas9.3· 6 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Situaciones y reacciones.

Horas más tarde Rosa no necesitaba preguntar qué había pasado esa noche. La muchacha lo llevaba escrito en una enorme pancarta que agitaba a cada ruborizado gesto de su rostro. La felicidad que irradiaba daba envidia. Había tenido sexo vaginal por primera vez en su vida y lo había disfrutado. Miró a su hijo pensando:

“La práctica hace al maestro”.

Lola, servía el desayuno mientras pensaba sobre lo bien follada que estaba esa muchacha.

Pasaron la mañana caminando por la alquería hasta que poco antes de comer fueron al salón.

Lucía les dejó solos afirmando que subía a su habitación, quería estudiar los temas de la semana siguiente.

Así la pareja pudo dedicar sus labios a los besos.

- ¿Qué tal tienes el coñito?

- Bien. Muy bien. ¿Quieres que follemos?

- Quiero que lo pases bien.

- Vale. – Ruborizada por su atrevimiento se levantó la falda y tiró del elástico de las medias junto con el de las bragas, hasta dejar las dos prendas a la altura de sus rodillas. Pidió sonriendo: - Podrías emplear la lengua un ratito.

Con las bragas y las medias en los tobillos se dejó lamer el coño. ¡Qué gozada! ¡Qué bien mueve la lengua! ¡Ah! Ahora se dedica al clítoris.

- Así, cariño. – Animó. - ¡Qué gustito!

Se corrió mojando la cara de Daniel.

- ¡Uhm! ¡Qué bueno!

El muchacho se limpió la boca con el dorso de la mano pensando que a su novia le gustaba pasarlo bien. Se acercó para darle un beso en los labios.

Elena contuvo el gesto de subirse las bragas y preguntó:

- ¿No quieres follar?

- Lo quiero con desesperación, y será cuando lo hablemos sin que tenses los muslos y la cadera como si intentaras esconder el coñito. Creo que no lo tienes irritado, pero está esa herida o como se llame al romper eso.

- El sábado. – Murmuró Elena cariñosa y ruborizada. – Me tendrás de nuevo el sábado.

- Es tu cuerpo. Tú mandas.

- ¿Mando? Pues besa mis labios.

Daniel estuvo por preguntar cuáles, boca o coño, porque todavía tenía las bragas en los tobillos. Acertó al besarla en la boca.

Tras el segundo o tercer morreo Elena pidió a Daniel que se la enseñara. Ya al abrazarse la notaba voluminosa detrás de la bragueta.

Daniel asintió bajándose el pantalón.

- ¡Oh! ¡Es grande! – Elena se sorprendía que algo de semejante tamaño entró en su cuerpo y lo gozó. - ¿Eso cabe ahí?

Como respuesta Daniel le cogió una mano y la llevó a la polla para que la sujetara. Elena la cogió con las dos manos.

Estuvo acariciándola y mirando un buen rato. Y por fin, despacio, acercó los labios. Dio un beso en glande y retiró la cabeza sin soltarla. Sin hablar se puso a hacerle una paja.

Daniel aceptó.

Unos minutos y la descarga de Daniel cayó sobre los muslos de Elena.

- ¡Uf! ¡Cuánto! – Miró a su novio proponiendo. – El sábado será en mi coño. ¿Vale?

Ya estaba oscuro cuando la acompañó a casa.

- ¿Subes? Mamá quiere conocerte.

- Ya veo que sabe que salimos.

- Que salimos. Sí. - Añadió ruborizada. - Le dije que vamos poco a poco.

Daniel asintió. Es lo que se suele decir.

La señora Adela iba muy bien arreglada incluso estando en casa. Lógico, era parte de su imagen ya que regentaba una peluquería. Ya se quitaría el maquillaje poco antes de acostarse, o, según qué “echasen” por la tele después de cenar. Se alegró de conocer por fin al príncipe azul de su hija.

- ¿Te quedas a cenar? ¿Verdad?

- No quiero molestar.

- Nada de eso. Serán unos bocadillos de jamón dulce. Y… creo que queda yogur.

La conversación fue amena, de eso se ocupaba Adela pasando de un tema a otro tan apenas escuchaba la respuesta. Hasta que preguntó indirectamente si se acostaban juntos.

- Mi Elena pasa los fines de semana en tu casa.

- Es muy amiga de Lucía, mi hermana. Incluso duermen en la misma habitación.

Elena, algo ruborizada, asintió confirmando las palabras del novio. Es algo que ya había dicho a su madre.

Adela sonrió dejándose convencer:

- ¡Ah! Sí, es verdad, duermen juntas. Como dos hermanas que no llegaron a ser.

Sabía que la madre de Daniel salió con el padre de Elena. La muchacha lo dijo, además Adela se enteró gracias al radio macuto de la peluquería. Sin bien Rosa nunca lo dijo, la pareja fue vista por el pueblo en alguna ocasión.

Adela no terminaba de creer sobre lo de acostarse separados. Bastaba con ver el rostro de su hija. Enamorada con ese encandilamiento de las jóvenes recién folladas y satisfechas. Algo que no veía en la imagen que le devolvía el espejo desde hacía demasiado tiempo.

- Bueno. Veréis. Sois mayores, jóvenes sí, pero mayores. Y, bien. Solo os pido precaución. ¿Vale? Supongo que sabéis a qué me refiero.

No dijo que no quería ser abuela tan pronto. Miró a su hija y solamente veía a una niña de dieciocho años. Insistió en lo que le parecía prioritario:

- Precaución.

- Sí señora.

- Sí mamá.

Elena se ruborizó mucho más. No había dicho a su madre que tomaba la pastilla desde el día siguiente a la última regla. Ni que la noche anterior la amortizó.

Pasaron a hablar de los estudios. Elena debía acabar el instituto. Importante, indiscutible. Luego ya se vería de ir o no a la universidad. Elena dijo de ponerse a trabajar en la peluquería. Y la madre, que en principio estaba conforme, la atrajo a la realidad.

- Incluso eso requiere estudios.

Adela, conociendo las notas en el instituto de la hija, pensaba que era lo adecuado. Recordó que debía tener una edad similar cuando iba a Zamalca en compañía de otra muchacha para aprender peluquería en una academia que desapareció hacía mucho. Actualmente hay otras con mayor prestigio.

– Que yo sepa hay dos centros en Zamalca. – Parecía meditar en voz alta al decir: - El autocar tarda poco más de una hora porque no va por la autopista ya que tiene dos paradas.

- Bueno, solamente serían unos meses. – Atajó Elena.

No permitía intromisiones en sus planes.

Una hora más tarde Daniel se despidió. Elena lo acompañó a la puerta. Se dieron varios besos cortos y uno que duró un minuto.

- Una semana.

- Te añoraré esta noche.

- Sé que dormirás con Lucía.

- Puede. ¿Quieres que le dé un besito por ti?

No contestó.

- Nena. Dormimos juntos, ya lo sabes. – Daniel dio más explicaciones ante la seriedad de Elena. - Nos damos besos cortos en los labios y la he visto casi desnuda en varias ocasiones. Y no, no lo hacemos.

Elena, recordando la promesa a la madre, lanzó un suspiro.

- Te creo. Vais a esperar.

- Nena, cariño. No te miento.

Era cierto. Solamente follaba con el servicio de la casa.

En casa encontró a mamá y la hermana mirando la tele al tiempo que leían una revista y ojeaban el teléfono respectivamente. Como un detalle más dijo que acababa de conocer a la madre de Elena, y se cayeron bien.

- Lo sé. – Dijo Lucía mostrando el teléfono.

Había algo en su sonrisa que más parecía mueca triste.

Rosa afirmó que conocía a Adela, había ido alguna vez a esa peluquería desde que vivían en la alquería. Le parecía guapa y bien hablada siendo unos años mayor que ella. Se quedó mirando a Daniel y estuvo por preguntar si la uniría al harén. No. Mejor no lo preguntaría.

Para dormir esa noche Daniel fue a su habitación. Como era normal Lucía estaba ahí, acudía desde su habitación donde se puso el pijama permaneciendo todavía en pie junto la cama.

- ¿Dormirás aquí?

Estaba asombrada y contenta a la vez al ver que no iba a follar con una sirvienta. Dormirían abrazados.

- Sí, hermanita fea. Necesito dormir en brazos de alguien que me quiera. ¡Verás si soy raro! Lo he hecho por primera vez con mi novia y me siento raro, extraño, como si algo no terminara de ir bien. – Se sentó en la cama para quitarse los zapatos. - La echo de menos, sí, y al mismo tiempo es como si hubiera traicionado a alguien importante. A alguien que… eso, para mí es muy importante.

Se sintió aludida.

- ¿La amas? Quiero decir… ¿Amas a esa tan importante?

Daniel se incorporó para bajarse el pantalón pasándolo por los pies. Respondió sincero:

- Mucho.

Lucía lo confirmaba. Se sintió bien.

- Desde luego, hermanito feo, estamos locos.

- ¡Eh, eh! Que he dicho solamente raro.

Lucía vio que Daniel estaba en calzoncillos, algo defraudada no vio el bulto de la polla. No estaba erecta.

- Vale. Bien. Abrázame. – Ofreció: - Puede cogerme de las tetas, puedes hacerme todo lo que quieras.

Se ruborizó ante tamaña oferta. Si le pedía follar no podía ni quería rechazarlo.

- Gracias. – Daniel lanzó un suspiro. - Ya he dicho que esta noche quiero abrazar a alguien que me es muy importante.

Se puso el pijama y se acostaron. Daniel la abrazó por detrás pegando su cuerpo a ese culito. Lucía repitió la oferta:

- Puedes coger mis tetas. Si quieres me quito el pijama.

- No, cariño. Para ese momento falta poco. Te amo. Vamos a cumplir la promesa a mamá.

Lucía se dio la vuelta abrazando a Daniel. Le dio varios besos en los labios y ya se acurrucó para dormir.

- Así. Por favor. – Pidió.

Daniel la abrazó llevando una mano a ese culito que tanto le gustaba. Metió una mano por debajo la ropa y le dio un apretoncito, para luego sacarla y quedar en la cintura.

- Te amo, Fea. Mucho.

- Y yo a ti. – Pasaron unos segundos y dijo: - Me ha gustado la caricia en el culo. Anda. ¡Repítela!

- Mañana.

Durmieron abrazados sin mencionar las muchas veces que había estado con las sirvientas. Así intentaba mostrar a Lucía que esas mujeres no contaban en el aspecto sentimental.

Era media tarde, ya empezaba a oscurecer, cuando se presentó Micaela. Entró avasalladora en la casa. A Lola, que abrió la puerta, le ordenó que le preparase una habitación, pasaría esa noche en la casa. Al llegar al pasillo, ampliando la sonrisa y mirando desafiante a las mujeres que se asomaron al otro extremo, afirmó que no lo haría sola.

- Esperaré a Daniel en el salón. – Y ordenó cuando ya comenzaba a caminar: - ¡Que me traigan un café!

A Rosa le rechinaron los dientes. Los ojos de Lucía parecían puñales. Y fue la joven quien se ocupó de llamar por teléfono al dueño de la casa, mientras Mónica se asomó desde la cocina para volver a retirarse en silencio.

- Daniel. – La voz de Lucía parecía de hierro. - Tienes visita.

- ¿Visita?

- Sí, Feo. Visita. Micaela Gallego está aquí, esperándote. – Su humor empeoraba por momentos. - Creo que ya se está quitando las bragas para follar contigo.

Daniel había ido a los huertos para ver cómo quedaba un toldo nuevo, y regresó rápidamente. Pensaba, preocupado, en cómo había eludido la orden de no volver. Solamente encontraba una explicación: que la dio a Margarita, y no a ella. Porque la posibilidad de perder ese poder no le gustaba. Se pasó una mano por la frente notando esa dureza bajo la piel.

Puede que conforme sale de su cabeza vaya perdiendo el poder mental. No le gustaba.

En medio del pasillo estaban mamá y Lucía. Sus ojos llameaban contra Daniel. Murmuraron casi a la vez:

- ¡Échala!

- ¡Que se vaya!

Para evitar líos difíciles de desenredar en casa, debía eludir acostarse con aquella. Ya no añoraba sus "lecciones".

- No os preocupéis.

La encontró en el salón, tecleando el teléfono y sin tomar nada. No le llevaron el café ordenado. Absorta al teléfono no se daba cuenta que Daniel la miraba desde la puerta.

¡Qué guapa estaba! Toda una mujer de pasarela a sus cuarenta años bien llevados. Es verla y desear follarla por todos los agujeros. En contra de lo decidido mientras se acercaba a la casa, era lo que pensó nada más entrar en el salón, pero había que poner unos límites haciendo que no regresara. Que no molestara en la harmonía que se iba forjando en la casa y que él mantenía en control. Decidió que no emplearía el pensamiento. Tenía otra idea:

Regresó al pasillo. Cogió de la mano a Lucía y de un tirón la llevó a su lado para colocarse delante de Micaela. No hubo saludo y la sonrisa de Micaela al verle se congeló al escuchar:

- Te presento a mi novia. Llevamos juntos más de un mes.

- ¿Novia? Creía que era… - Estaba asombrada. – ¡Novia! Ya veo. Con otra persona, en otro lugar, serviría para montar un trío, aquí le das otro significado, lo cambias todo.

- Sí. Así es. Todo cambia señora Micaela. Todo. – Reafirmó Daniel mirándola serio, desafiante. – Es la persona con la que quiero compartir mi futuro. - Y añadió empleando un tono de voz que quedase bien claro: - Sin engaños ni participar en juegos de sexo grupal.

Micaela le miró unos segundos y ya murmuró:

- Entendido.

Tan solo tardó dos minutos en ponerse el abrigo y marcharse.

Rosa sonreía lo que le parecía una buena solución y todo un triunfo. Lucía algo confundida y contenta al mismo tiempo parecía protestar:

- ¿Por qué has dicho eso? – Hablaba sin soltar la mano de Daniel. - ¡Tu novia es Elena!

Daniel se acercó más a Lucía, la cogió por los brazos y depositó un tierno beso en sus labios.

- No se trata de una mentira del todo. ¿Verdad?

Lucía reaccionó tarde. Se retiró unos pasos mirando a mamá.

- No te preocupes por mí, mi niña. – Sonrió Rosa mirando a quienes tanto quería. – Ya os apañaréis entre vosotros.

Mamá aprobaba que Daniel tuviera dos novias, y mejor aún si con esta sustituía a la otra.

Un nuevo beso dejó gratamente ruborizada a Lucía.

Daniel se disculpó. Ahora debía regresar a los huertos. Había negocios que tratar.

- Tenemos que hablar, pero perdona, ahora no. Debo regresar al trabajo. Será esta noche.

Lucía, estaba turbada, ningún sonido salía de su boca. Solamente asintió. Regresó al salón del televisor, se sentó en el sofá poniéndose a jugar con el teléfono sin verlo realmente. Solamente “veía” el rostro de Daniel y continuaba saboreando su beso.

Desde el pasillo, Lola sonreía animando, aprobando. Y cuando lo dijo a Mónica aquella protestó refiriéndose a Micaela Gallego:

- ¡Me hubiera gustado ver la cara de esa cerda!

Recordó verla follar con un familiar, no a lo perrito, pero sí a lo perra, mientras se la chupaba a otro.

Esa noche, durante la cena afirmó que estaba cansado. Solamente después de cenar y enterándose del esfuerzo de Lucía en los estudios se sintió egoísta. Ante el requerimiento de Rosa explicó que estuvo recorriendo los toldos nuevos y organizando qué hacer con los hierros viejos, además que los plásticos más estropeados los llevarían a reciclar. Añadió que esa mañana, aunque estuvo sentado le supuso más esfuerzo planificar la campaña de navidad junto con Eladia.

- Falta un mes. – Dijo Lucía.

Parecía que le pillaba en un error o mentira.

- Sí. Y en dos semanas tenemos que tener entregados los pedidos. Los comercios ya ponen adornos y empiezan las campañas y ofertas para animar a los clientes. Quieren llenar los estantes y almacenes.

- La gente bebe cava en Navidad. – Murmuró Rosa como si le recordara un detalle importante.

- En las fechas clave, sí. Para brindar tras la cena o comida porque así lo manda la tradición. El resto de ese espacio y los días tenemos que acapararlos nosotros. Por eso estamos diseñando un envase atractivo sin que sea excesivamente navideño.

- Para ofertarlo en otras fechas.

- Eso es.

Un envase atractivo para la botella, ya sea cartón o madera. No podían modificar la etiqueta. Era marca registrada.

Esa noche Lucía se asombró al ver a Daniel en la habitación y eso que era la de él. Prácticamente lo echó antes que pudiera desnudarse:

- ¿Qué haces aquí? Vete con Núria o Mónica. ¡Y pásalo bien! Con darme una palmadita en el culo y un besito breve no te basta para saciar la bestia que llevas dentro. – Le empujaba ordenando: - Vete, vete.

- Tenemos que hablar de nosotros.

- Ya está hablado. Esperaremos. ¡Ahora vete!

- Creo que…

Lucía estaba nerviosa. Si dejaba que se quedara esa noche se amarían, y aunque lo deseaba, también pensaba que no estaba lista. Por eso insistía en que se marchara rápido sin darse cuenta del detalle que la habitación es la de él, donde era ya una costumbre que también durmiera:

- ¡Vete, vete!

- ¡Espera! Dame el besito. Y deja que te dé una palmadita en el culito. ¡Anda!

No podía negar lo que antes propuso.

El besito fue corto y la palmadita… la mano de Daniel se deslizó por debajo del pijama, de la braga y llegó a la nalga. Le dio unos apretoncitos. Daniel la encontró cálida, suave. Le habría gustado continuar con la caricia, pero había un detalle muy importante: no tenía permiso.

Lucía le interpeló moviendo su cuerpo para que esa mano se retirase de su cuerpo cuando realmente le gustaba.

- Esa palmadita ha sido un poco rara.

- No quiero dejar marcas.

- ¡Qué detalle! Ahora vete. Que tengo que dormir.

La puerta se cerró y los dos lamentaron la aparición de esa barrera.

Estando en el pasillo Daniel envió un mensaje al grupo de sirvientas. Iba a la habitación asignada. Tardaría unos minutos.

Ya a solas Lucía se cobijó debajo de la ropa de cama. Metió una mano por debajo del pantalón del pijama y, por encima de la braga, se acarició el sexo hasta que se concentró en el clítoris durante dos minutos. Llegó la sacudida del orgasmo que le erizaron los pezones que al frotarse con la ropa contribuyó al goce.

Apretó los ojos. Su boca se abrió liberando un gemido que más parecía un susurro. Mantenía la mano apretando su sexo notando que la braguita se humedecía.

Fue placentero y relajante.

Aspiró por la nariz con fuerza. Así recuperaba el aire expulsado con sus gemidos.

Movió el cuerpo a un lado sin percatarse que el índice continuaba sobre el íntimo bultito. Frotándolo despacio.

Pensaba. Amaba a Daniel y deseaba que le fuera bien con su amiga Elena. No sabía cómo, pero la relación entre los tres debía funcionar. Continuaba acariciándose y poco a poco aumenta el placer. Ya se dio cuenta que se acariciaba y por lo que se preparó para otro orgasmo. Murmuró:

- ¡Qué ganas tengo de amarte!

Por encima de la braga llevó un dedo hasta la entrada de la vagina. Apretó notando el roce. ¿Cómo sería notar la polla de su amado Daniel ahí? ¿Es tan agradable cómo dicen?

- Un mes. – Murmuró. – En Enero serás mío.

Sus dedos reanudaron con intensidad la caricia sobre el clítoris.

Tras el nuevo orgasmo ya pudo relajarse para dormir. Lo necesitaba, al día siguiente tenía un control de matemáticas. ¡Qué diferencia! Comparó. En Torrentera hacía de maestra y en el instituto era la última de la clase.

En su habitación, Rosa metía las dos manos por debajo del pijama para acariciarse el coño pensando en Daniel. ¿Con quién estaría esa noche? Dormiría abrazado a Lucía o estaría follando con la exuberante Mónica. Quizás con Núria, esa muchacha es muy guapa. ¿Lo haría ya con Mora? Una mujer que seguramente destroza a los hombres en la cama. Se corrió imaginándose la polla de su querido Daniel dentro del coño. Murmuró:

- ¡Así, así! ¡Dame! Todo, todo.

Ya relajada los remordimientos la atormentaron:

"Está mal. Soy su madre. No puede ser".

Y al poco recordaba ese pene medio flácido durante las duchas.

“En reposo no está mal. ¿Cómo será tiesa? – Admitió: - Me gustaría verla. Saber cómo es. Y. ¿Sentirla dentro? ¡No! ¡Eso está mal! O puede que muy bien”.

A varios kilómetros Elena, en la habitación de su casa en Villuela, se acariciaba las tetas pensando en Daniel. Recordando el placer alcanzado en su primera vez. Tenía ganas de repetirlo. Llevó una mano por debajo de la braga y se frotó el clítoris recordando las lamidas del novio en ese sitio. Comparó. Sí con la lengua era mucho mejor.

Continuó con la caricia. Cuando notó que el orgasmo estaba llegando, metió un dedo de la otra mano en la vagina, y fue como si fuera la llave que abre la puerta al placer. Se corrió recordando la agradable sensación de sentirse penetrada y de notar las descargas de semen dentro de su cuerpo. ¡Qué lejos quedaba el sábado!

- Cariño. – Murmuró. - Te tengo muchas ganas.

El sosiego llegaba a su cuerpo tras el momento electrizante. Recordó aquella vez en el coche. ¡Fue la primera vez que le comieron el coño! Y luego, la conclusión de una paja se descargaba sobre un pañuelo de papel. Murmuró:

- Tienes que enseñarme a chupártela. – Tuvo que tragar la saliva que se acumuló en la garganta para poder añadir: - Lo estoy deseando. – Ruborizada añadió: - Te prometo que aguantaré tus descargas dentro de la boca. Debo hacerlo.

Se estremeció. Colocó bien las bragas y se dispuso a dormir.

En la habitación de al lado, Adela se alegraba por su hija. Pensó en Daniel, le gustaba ese chico y no le importaría darle un par de lecciones en la cama para que dejara realmente satisfecha a su niña. Recordó el rostro de Daniel, todavía un muchacho, pero ya despuntaba varonil.

“Dentro de diez o doce años será todo un adonis que atraerá, como un sabroso hueso, a todas las perras de la comarca”.

Luego recordó el rostro de Elena mostrando enamoramiento y satisfacción. ¿Qué tal lo haría Daniel? ¿Cómo sería su polla? Con este pensamiento se pajeó hasta correrse imaginando que primero se la chuparía para ponérsela bien dura, luego lo cabalgaría haciendo que le acariciara las tetas. Que supiera lo que es una mujer ardiente en la cama. Murmuró:

- Si me agarras las tetas como ya te enseñaré. Las aprietas y me convertirás en una puta zorra, en una loba hambrienta, y te destrozaré. Sí. Lo haré. – Sonrió al verse en una nueva situación. – En pocos días volverás como un corderito por más.

Notó sensible el clítoris y que de la vagina emanaba calor. Se estaba poniendo muy cachonda.

- Ten cuidado Elenita, que no te quite al novio. – Sonreía frotando un muslo contra el otro. Se cogió las tetas por encima del pijama para apretarlas notando sensibles los pezones. Añadió: - Está el peligro de que es muy guapo.

Llevó sus manos por debajo de las bragas. Como ya esperaba encontró que tenía la vulva muy sensible y mojada.

“¡Uhm! ¡Vaya, vaya! Solamente en pensar en ese muchacho ya me mojo las bragas. Bueno vamos a darle una alegría al cuerpo”.

Se acarició el clítoris hasta que, al estar tan cachonda no necesitó de mucho rato para llegar al placer. Un orgasmo hizo que gimiera y se estremeciera al tiempo que apretaba con más fuerza en los dedos sobre el abultado clítoris.

- ¡Niño! - Volvió a murmurar. - ¿Cómo es tu polla? ¿Grande, pequeña, gruesa, delgada? Una vez en el coño lo que importa es la calidad no la cantidad. – Sonrió al añadir: - Y de eso ya te enseñaré todo lo que haga falta.

Estiró el brazo hasta alcanzar un cajón de la mesita. Sacó un falo de plástico de un palmo de largo y tres dedos de grueso. Ahora tenía ganas de lo que catalogaba como animaladas porque unas veces se sentía como una perra, otras como una loba y casi siempre como una zorra. Chupó el extremo de plástico mientras retiraba las bragas. Separó bien las piernas. Acercó el falo a su coño y despacio se lo fue metiendo.

“¡Muchacho! ¿Cómo es tu polla?”

No la había metido hasta el fondo como había hecho en más de una ocasión, y ya aceleró el movimiento sobre su coño. Meter casi tres dedos, sacarla. Así un buen rato en el que además de mover la cadera gemía su placer. Disfrutaba.

Recordando la experiencia con el exmarido y los dos amigos que tuvo se corrió. Aún movía el falo y llevó la otra mano sobre el clítoris. Lo sujetó entre los dedos.

“¡Uf! Creo que el domingo iré a Zamalca a ver si encuentro un semental que me desfogue. ¡Lo necesito!”

Retiró el juguete y arqueando un poco su cuerpo recolocó bien las bragas sobre las nalgas y el coño.

“Vale. Lo bueno de esto es que no tengo que correr a lavarme en el bidet. Comparó: pero la verdad es que me gustaría volver a notar una descarga de semen caliente en el coño”.

Se durmió con el juguete entre sus manos.

Daniel entró en la habitación acordada para esa noche. Y, sorpresa: Estaba Lola. Vestía un pijama y sobre este una bata. Tenía el teléfono entre las manos. Dedicándole una sonrisa disculpó a las jóvenes.

- Hola, chico. Perdona. Tienen cosas de mujeres estos días. – Alzó el teléfono para añadir: - Iba a decirte que no vinieras.

Daniel corrió a abrazarla. Sin dejar de besar su rostro afirmó que se alegraba que esa noche fuera con su novieta. Se sentaron en el borde de la cama y continuaron con los besos.

- Mi novieta, mi reina, mi diosa. Deja que acaricie tus tetas mientras nos damos muchos besos.

Ya había metido la diestra por debajo del pijama y la acariciaba las tetas por encima del sujetador.

- ¡Pero niño! ¡No hay quien te entienda! ¿Cómo pueden gustarte estos colgajos? Para esta noche iba a decirte que regresaras a tu habitación y abrazaras a Lucía. – Miró el rostro ilusionado de Daniel y cedió. – Vale, pero retirando un poco el sostén y sin quitármelo.

La bata y la camiseta del pijama desaparecieron. Las dos tetas quedaron fuera del sujetador y Daniel las acarició, besó y chupó como si de manjares se trataran hasta que Lola dijo basta.

- Vale niño. Que las desgastas. Ahora quítate el pantalón que voy a chupártela.

La mujer puso empeño en la caricia y Daniel disfrutó de besos, lamidas y succiones. Cada vez que notaba que le faltaba poco para correrse Lola apretaba la base para impedirlo. Esperaba unos segundos y ya continuaba. Al menos lo hizo tres veces hasta que ya permitió que Daniel se corriera.

La descarga fue abundante en cinco lechazos de los que solamente uno fue en la boca. Los anteriores, al tener la polla en la garganta fueron directamente al esófago.

- Novieta. ¡Qué bien lo he pasado! Me gusta eso que me haces con la lengua en el frenillo. ¿Y a ti?

- Sí mi niño. Me gusta el sabor de tu polla. Y darme un buen trago de leche. – Afirmó Lola sonriendo. – De cada vez duras más y tu polla se pone más bonita.

- Cariño. Eres tú quien me hace durar al aplicar tu sabiduría de diosa.

Daniel pidió descansar y así fue mientras una mano de Lola continuaba con la caricia en los testículos. Al poco la mujer propuso:

- Venga, niño. ¡Otra! Que aún te queda leche en los huevos.

- ¡Es pronto! - Protestó. - Deja que te chupe otra vez las tetas, o me enseñas el coño. ¿Vale? Solo verlo.

- ¡No! Nada de quitarme las bragas, que te veo venir. – Agitó la cabeza sin dejar de protestar. - ¿Solo verlo? Y luego sigue el deja que lo vea bien, deja que lo toque, solo un besito, una lamidita, deja que lo chupe… - Ordenó haciendo que Daniel se colocara para estar al alcance de su boca. – Así, niño. Será con mi boca. Bien. No perdamos el tiempo.

¿Qué le hizo? ¿Cómo lo hizo? Vale, sí. Fue una mamada. ¡Pero qué maestría! Tras otra dura erección le lamió, chupó y succionó hasta sacarle el poco esperma que quedaba.

- ¡Uf! ¡Novieta! No podré andar en una semana.

Daniel se dejó caer en la cama. Intentaba respirar.

Lola se limpiaba la barbilla con la sábana. Luego empleó el mismo extremo para limpiarle las babas de la polla.

- ¡No exageres, niño! No seas quejica. – Ordenó haciendo un gesto imperioso. - Vamos a dormir y ya verás que a tu edad esto no es nada. Mañana tendrás ganas de follar otra vez y ahí tienes dispuesta a Elena. No lo has hecho todavía con Rosa, tu madre, que seguro que… bueno, es cosa vuestra. ¡Ah! Creo que Núria ya podrá. ¡Y otra! Nada sé porque tan apenas la conozco, pero creo que Mora te mira con ojitos de deseo. – Le miró la ahora flácida polla sin dejar de sonreír. - Bueno tú eliges. Eres el rey de la casa.

Se abrazaron para dormir así. Daniel pidió que se quitase el sujetador.

- Me gustaría notar tus tetas en mi pecho.

Lola no contestó. Apoyó la cabeza en el hombro de Daniel dejándose abrazar. Le gustaba.

Daniel estaba totalmente saciado. La mujer contenta al ser tratada como una novia. Incluso protestó:

- Saca esa mano de ahí.

- Así, acariciarte el culito.

- ¡Que la quites!

- Vale.

Daniel retiró la mano de debajo las bragas de Lola. Y la mujer, contenta al ver que cuando decía no, era no. Sonrió. Estuvo por decir que la follara, pero no podía ser, no a su edad.

La navidad se precipitó. Para Noche Buena, Rosa daba libre al servicio y ocurrió que Lola no tenía dónde ir, y Núria nada sabía de su familia desde hacía tres años y no tenía ganas de intentar buscarlos por miedo a saber que fue vendida por sus padres con el beneplácito del novio. Tampoco podía ir a casa de su hermana porque se había mudado a Murcia.

Mónica fue la única que se marchó con su familia.

Elena no podía ir a la cena. Había sido invitada, junto con su madre, a casa de unos familiares en Zamalca. Llamó a Daniel y estuvieron casi una hora hablando. Cómo es lógico entre novios se despidieron con un montón de besos y palabras de cariño.

- Esta noche dale un beso especial a Lucía. Dile que yo también la amo.

- Bien, cariño.

Rosa lo organizó para que todos cenaran juntos. En principio Daniel presidiría la mesa y se negó creándose una situación tan caótica cómo divertida. Hasta que Lucía tuvo una idea.

- ¡Que sea la de más edad!

Rosa y Daniel aplaudieron la idea y pronto fue secundada por Núria. Lola, ruborizada y sin atreverse a sonreír, tuvo que aceptar.

Lucía dijo que los romanos tenían un día al año en el que los siervos eran los amos y los patronos los siervos. Nadie se lo creyó. Pero resultó agradable servir a las ruborizadas Lola y Nuria.

Hablaron sobre anécdotas en los trabajos domésticos. Hasta que Lucía contó que una gallina con plumas amarillas en las alas siempre la atacaba cuando iba a darles de comer.

- Saltaba sobre mí arañándome los hombros o tirando de mi pelo con las patas. A veces me daba picotazos que tardaba varios días en curarme.

Todos reían hasta que concluyó:

- La venganza llegó cuando la vi troceada en la olla.

- ¿Estaba rica?

Preguntó Lola haciendo que Lucía acaparase otra vez la atención de todos.

- El sabor de la venganza me gustaba más.

Lucía y Daniel dormirían en la misma habitación.

En el piso de más arriba Núria acudió a la habitación de Lola. Ya sentada en el borde de la cama se sinceró con Lola.

- Es la primera navidad en tres años que no se celebra violándome. Y resulta que estoy desorientada. Me siento extraña.

Lola asintió. Era la primera vez en varios años que no había una bacanal en el salón. Gente desnuda por la casa donde todos follaban con todos. Y la servidumbre intentaba permanecer oculta en el tercer piso.

- Tranquila, muchacha. – Y propuso: - Si quieres podemos dormir juntas.

Así lo hicieron. Núria llevaba un pijama y Lola un camisón. Al poco Núria pidió si la podía abrazar. Lola aceptó. La tuvo entre sus brazos hasta que escuchó la agitada respiración de quien tiene una pesadilla.

Lola se retiró dando todo el espacio que necesitara mientras pensaba:

"Pobre niña. Créeme que te comprendo muy bien".

Para dormir Daniel pidió a Lucía que solamente lo hicieran en calzones y bragas.

Continúa en