El reino del rey. 16
Daniel y Lucía comparten cama, pero él le pide que no lo toque. La tensión es insoportable, la excitación crece en la oscuridad. ¿Hasta dónde llegarán cuando las barreras caigan y Elena se una a ellos?
Para dormir Daniel pidió a Lucía que solamente lo hicieran en calzones y bragas. Argumentó:
- Me gustaría notar tus tetas en mi pecho.
Lucía, que ya llevaba el pijama en las manos, dudó. Le miraba fijamente.
- ¿Solamente así? ¿Para eso?
- Tengo ganas de mucho más, pero sí, solamente eso.
Consintió.
Ya abrazados Lucía pidió que no la acariciara.
- No me toques el culo. ¿Vale?
La muchacha notaba que el calzón estaba tenso. Intentó no tocarlo. Había que contenerse.
- ¿Me das un beso? – Pidió Daniel.
- ¡No! – No se atrevía a moverse.
Daniel la besó en la frente.
Tardaron a dormirse porque la situación era excitante. Daniel tenía una erección que Lucía no quería tocar, pero lo hizo en varias ocasiones. Sus pezones estaban duros y Daniel los notaba contra su pecho. A veces con una mano recorría la espalda de la muchacha, desde la cintura a los omoplatos. Y la muchacha deseaba que la mano bajara más o la llevara delante.
Pasado un buen rato, los pezones se relajaron. La erección bajó y por fin durmieron.
Dos días más tarde ocurrió una emergencia. Clota informaba en la entrada de la casa conforme caminaban al despacho. En lugar de ese sitio fueron al salón, más cómodo y menos serio, donde ya contó qué pasaba.
- La cadena de supermercados, Súper Tot y Bó, en Noche Buena se le rompió el frigorífico principal del almacén de zona. No se dieron cuenta hasta esta mañana. Gran parte del contenido se echó a perder. Y deben reponer verduras urgentemente a cinco tiendas. Nos piden tomates. Tenemos un día para llevarlos, hasta mañana por la noche. Quieren ponerlos a la venta pasado mañana.
- No hay tiempo. – Se quejó Daniel. - No podemos reunir los peones en tan poco tiempo.
- He llamado a los que siempre han respondido. Vienen ocho, me gustaría que fueran diez, pero es lo que hay. La mayoría están en Zamalca, trabajando en comercios o con familiares.
- Intentaré ayudar. – Se ofreció.
Clota asintió. Ya debía contar con él.
- Y yo. – Dijeron casi a la vez Lucía y Elena
Las dos muchachas estaban de vacaciones de navidad. Elena había acudido a pasar unos días. Por casualidad iban por el pasillo y oyeron el problema.
- ¡Qué remedio! – Dijo Clota.
Rosa también se apuntó.
- Hace meses que no trabajo en una huerta. Espero no haber perdido la práctica.
- Bueno. Doce, bien.
- No del todo. – Murmuró Lucía. – Poca práctica tengo en eso.
A su lado Elena asentía moviendo la cabeza.
Al día siguiente estaban los habituales. Daniel reconoció a los porteros de la discoteca Luna y les agradeció que acudieran. Durante un instante se preguntó si serían pareja, lo dejó para otro momento.
“No recuerdo sus nombres”.
El tractor se llenaba de tomates y de ahí los ponían en las bandejas. Luego al camión. Clota parecía estar en todas partes, dando órdenes, animando y riñendo.
Por fin pararon al mediodía y se oyeron suspiros. El descanso sería breve porque el sol se desplazaba rápido.
Llegaron Lola y Núria. Traían sopa de verduras, ensaladilla y tortillas que servían en vasos y platos de papel. Además de algunas botellas de vino. Fueron bien recibidas. Daniel la felicitó:
- ¡Una buena idea! ¡Esto da ánimos!
- Gracias. – Dijo Lola. – No sabía si me he pasado.
Clota dijo su opinión:
- Correrá la voz que cuidamos de los jornaleros, y eso es bueno para cuando les llamemos.
Lucía tenía las manos destrozadas, Elena le ofreció una crema, la misma que ella se ponía. Y poco más tarde todas las mujeres decían elogios de tan buena protección en la piel. Algunas dijeron de ir a comprar más a la peluquería de Adela, la madre de Elena. Porque ésta decía que no la tenían en la farmacia y ni en los supermercados de la zona.
Más pronto de lo deseado se reanudó el trabajo.
- ¡Venga, que se va hacer de noche! – Apremiaba Clota.
Así fue. Tuvieron que trabajar siendo noche. Por suerte bajo los toldos, Julio y las empleadas de la alquería habían puesto bombillas conectadas a un generador de gasolina.
Daniel protestó:
- Hay bombillas muy cerca del toldo. Puede quemarse.
- Sólo será hoy. – Respondió Clota, sin dejar de supervisar el trabajo, también estaba preocupada. - ¿Sabes rezar?
- Hoy aprenderé.
Horas más tarde cenaron casi sin ganas. Se ducharon las chicas en el baño de la habitación de Lucía, y Daniel en el suyo. Al poco, los tres jóvenes fueron a dormir a la cama de Daniel. Rosa, desde la puerta al pasillo, se quedó mirándoles sin saber qué decir.
Veía a las chicas que retirando las toallas quedaban desnudas ante Daniel que tan apenas las miró mientras también se ponía el pijama. Volvió a ver el pene del muchacho. Flácido. Por el cansancio que en nada de sexo pensaba. Rosa supuso que se habían visto desnudos en más de una ocasión.
Al día siguiente Daniel tuvo que masajear esos cuerpos que permanecían rígidos por culpa de las agujetas. Las chicas no estaban acostumbradas a tan duro trabajo.
Elena protestó:
- Amorcito, el masaje me va bien en la espalda no en el culo.
Para el masaje, Elena se había quitado la camiseta del pijama. Y Daniel, con las caricias, empujaba el pantalón y las bragas haciendo que ya mostrase gran parte de las nalgas.
- ¡Ah! Perdón, perdón. No sé en qué estaba pensando.
Lucía reía al afirmar:
- Sabemos bien en qué piensas.
- Venga, hermanita fea, ahora tú.
- Sí. Y mira, mi espalda es de aquí hasta aquí. - Señaló de la cintura hasta el cuello. - ¿Vale?
- ¡Huy! ¡Qué espalda más rara!
- Eso crees porque no puedes verte la tuya.
Las dos chicas se mostraban sin ningún rubor ante el novio llevando solamente las bragas. Lo cual despistaba mucho a Daniel al dar los masajes.
Durante todo el día se hicieron bromas sobre que las chicas parecían robots o muñecos con ese movimiento tan limitado. Rosa admitió sobre lo fácil que se acostumbra el cuerpo a la buena vida, sin decir si tenía malestar o no. Y realmente fue Lola quien le dio unas friegas con una crema, se ofreció cuando la vio moverse raro.
Fue en la habitación de Rosa, que se puso en ropa interior tumbada en la cama.
- Gracias Lola. Se lo pediría a Lucía, pero ya ves que está peor que yo.
- Podría ser Daniel. Seguro que lo hace bien.
- No seas mala. Sabes que no se lo voy a pedir.
- Se las diste cuando la vendimia.
- No es lo mismo.
Le dio unas palmaditas en el culo por encima de la braga.
- Y este culo tan precioso está por aquí abandonado. Pobrecito.
- Por favor. Lola. No insistas.
Intentaba ponerse seria, pero de vez en cuando mostraba la sonrisa de quien se siente guapa.
Por la tarde salieron a pasear ante la protesta de las chicas.
- Este frío no le sienta bien a mi espalda. - Se quejó Elena.
Fue cuando Daniel vio luz en la alquería y dijo de acercarse.
Encontraron a Clota haciendo cálculos.
- Al vender ya. – Dijo la veterana mujer. - Disponemos de espacio para sembrar pimientos en dos semanas o veinte días. Claro que antes hay que repasar las tomateras. Sacaremos varios quilos que ya serán para llevar a Zamalca y subastar a minoritarios en la lonja.
- Igual que las patatas. - Recordó Daniel de la otra vez. - ¿Cuándo la nueva recolección?
- El día dos de enero.
- Aquí estaré.
Se alejaron unos pasos y muy seria Elena dijo que no contaran con ella. Quería vivir.
- Comprenderme. Quiero llegar a los veinte.
Lucía la secundó:
- Da cómo ilusión poder llegar, sí.
Por la tarde se presentó Adela preocupada por su hija, habían hablado por teléfono y temiendo que su pequeña no le contaba todo para no preocuparla se presentó en la casa. Ahora, mejor informada y viendo a su hija moverse con dificultad, se echó a reír.
- Ya puedes acostumbrarte, niña. Trabajar es muy duro. Ya verás de peluquera, tantas horas de pie dando vueltas alrededor de las clientas.
Como siempre iba bien maquillada y peinada, ruborizándose un poco ante el piropo de Daniel. Rosa también la alagó:
- Eres buena con el peine. Estás guapa.
La invitaron a cenar y naturalmente aceptó. Luego se retiraron al salón donde estuvieron poco más de media hora. Rosa se fijó que era muy cariñosa con el novio de la hija. Poco más tarde cuando madre e hija se marchaban a su casa, Rosa pensaba en esa mujer: ¡Qué poco le faltaba para ser una más en el harén de su hijo!
“O por lo menos follarán varias veces”.
Lola, a su lado, parecía pensar lo mismo.
Una semana más tarde, al regreso de la discoteca, Elena y Daniel follaron dos veces en diferentes posturas. Y Elena tras unas caricias al pene del novio quedó bloqueada mirándolo sin soltarlo de las manos, pero nada más. No se veía con ganas o valor para chuparlo y recibir la descarga en la boca. Casi tartamudeando de nervios y vergüenza pidió disculpas:
- Perdona, yo…
Daniel se había dado cuenta.
- Cariño. No te preocupes.
- No puedo chupártela. Perdona. Algo me bloquea. – Casi sonó a un gemido cuando añadió: - Siento dejarte a medias.
- ¿A medias? No nena, me he corrido dos veces dentro de ti. Eso no es quedarse a medias. Creo que los dos lo hemos pasado bien. ¿O no?
Sonrió al añadir sin esperar respuesta:
- Y lo más importante: justo después de meternos en la cama y antes de iniciar las caricias me has dicho una cosa que me ha satisfecho mucho más que los polvos que hemos echado. – Elena le miró muy interesada. ¿Qué podía superar la entrega total de su cuerpo? – Me dijiste: Te amo, cariño, puedes hacerme lo que quieras porque te amo. Y, bueno, que te entregues así hace sentirme muy feliz.
Los ojos de Elena brillaron. Saltó sobre su novio.
- Así es, cariño. ¡Te amo! Soy tuya. Totalmente.
Con renovado entusiasmo le cogió la polla y la pajeó un rato hasta dejarla bien dura. Y así como estaba situada encima la orientó al coño y volvieron a follar hasta que se puso a gritar lo mucho que le gustaba notar la leche de su querido novio dentro del coño por tercera vez.
- ¡Es caliente!
Daniel estaba contento y satisfecho. Su novia no se la chupaba por ahora, pero lo suplía con creces.
Fueron juntos al lavabo, turnándose para ocupar el bidet.
- ¿Lo ves cariño? – Daniel estaba sentado en el bidet y Elena se cepillaba los dientes. - Me has dejado con las piernas temblando. Me tienes muy contento.
Elena, ruborizada, desvió la mirada un momento sin descuidar la higiene bucal.
El día de reyes fueron los dos hermanos a casa de Elena. Iban a merendar, que ya serviría de cena, el roscón de reyes y unas tazas de chocolate. Después de una festiva velada en la que también participaba Adela, Daniel sacó un anillo y lo ofreció a Elena. La muchacha se emocionó poniéndose a llorar. Aceptó ser su novia. Se besaron quedando abrazados un buen rato ante la complacida mirada de Adela y la risueña de Lucía. El anillo quedaba muy bien en su mano.
- Te amo.
- Y yo a ti.
Daniel sacó otro anillo, idéntico al anterior, solo que el aro era un poco más pequeño. Era así por consejo de la vendedora al decir que los dedos de la destinataria eran más delgados. Lo ofreció a Lucía. La muchacha se cubrió el rostro con las manos.
- ¿Ya? – Preguntó temblando de emoción.
- ¿Qué contestas?
Su respuesta afirmativa retumbó en las paredes.
Las dos chicas, con los anillos puestos, abrazaban a un risueño Daniel.
Adela. Al otro lado de la mesa les miraba como si presenciara la aparición de extraterrestres. No comprendía qué pasaba. Cuando vio el primer anillo se alegró por su hija. Era una petición tan formal como tradicional, pero con el segundo estaba desconcertada. Exigió explicaciones y le llegaron de Elena.
- Mamá. Daniel es nuestro novio. De las dos. – Mostró el anillo de su mano. – Mira. Esto simboliza que dentro de poco viviremos los tres juntos. Soy feliz, mamá. Muy feliz. – La miró un tanto anhelante al pedir. - Y, me gustaría que lo aceptes.
Adela todavía estaba sorprendida.
- ¡Los tres!
- Compartiremos todo. – Añadió Lucía, ruborizada.
Daniel, decidió no abrir la boca no fuera que metiese la pata. Tras superar un momento de duda, con el pensamiento se concentró en Adela ordenando que todo iba bien, era perfecto, que aceptara la relación de su hija formando un trio.
En el rostro de Adela aparecieron unas lágrimas.
- No sé si te entiendo. ¡No sé si os entiendo! Espero que seas feliz. Hija, Elena. Siempre me tendrás a tu lado con mis consejos y poyándote en tus decisiones. – Miró a Daniel y le amenazó. – Cómo le hagas daño sabrás en tu carne lo que es sufrir.
- ¿Qué? No se preocupe, señora.
Sin recordar una conversación anterior, acordaron que de momento Elena se quedaba en casa con su madre hasta terminar el instituto.
- Sí, gracias Daniel. - Dijo Adela. – Por favor no me arrebates a mi niña tan rápido. Deja que me vaya haciendo a la idea.
La visita se marchó tras unos besos entre Daniel y Elena que Adela hizo como que no lo vio. Ya a solas preguntó a su “niña” si tenía que hablar sobre cómo son los hombres. Elena se ruborizó.
- No hace falta, mamá.
Adela la acarició en el rostro y casi llora al quejarse:
- ¡Qué rápido has crecido!
Mediados de enero. Cumpleaños de Lucía. La pareja durmió sola a puerta cerrada. Que cerrasen la puerta no era necesario porque todo el mundo en esa casa sabía que era el equivalente a una noche de bodas y nadie les molestaría.
Rosa, estando tumbada en la cama recordaba su primera vez. Fue toda una sorpresa de la que recordaba placer, dolor y más placer. Murmuró:
- ¡El muy bruto, lo hicimos de pie!
Faltaba poco para el amanecer cuando Lucía acudía a la habitación que ocupaba Elena. Fue acordado que dormiría sola con la intención de dejarles en esa noche tan especial.
- ¡Hola! ¿Estás despierta?
Elena se despertó. Y al ver a su amiga al lado de la cama supuso que tenía ganas de hablar, de comparar, o quizás de contar su felicidad. Encendió la lámpara de la mesita.
- Hola, preciosa. – Intentando sonreír ordenó: - Ven. Dame un beso.
Lucía se quitó la bata quedando desnuda y antes de que pudiera meterse en la cama Elena la contuvo. Del cajón de la mesita cogió toallitas con jabón y le limpió los muslos manchados de semen, flujo vaginal y algo de sangre. Con otra toallita limpió el perineo alcanzando el ano. La tercera toallita fue restregada suavemente sobre la rasurada vulva retirando más semen, flujo y saliva.
Lucía se dejó hacer. Estaba ruborizada, callada, no había pensado en eso. Se sujetaba de los hombros de Elena.
- Ahora sí, amor mío. – Elena se recostó dejando abierta la ropa de cama. Ofreció: - Ven y cuéntame todo.
- Estoy en la nube.
- ¡Ah! Te comprendo.
- La otra vez yo a ti, no. No te entendía. Y ahora lo veo. La nube del placer. La culminación mediante el gozo.
Se acostaron muy juntas cubriéndose con el edredón hasta el cuello. Elena hizo que Lucía se acercara más, en un abrazo, la morena apoyaba la cabeza en el hombro de la otra. Así, Elena ofreció:
- Si quieres hablar, te escucho.
Lucía recordó:
Besos, caricias. Placer. En las tetas, en el sexo. ¡Qué gustito las lamidas en los pezones! Luego llegaron las lamidas en ese sitio, en ese punto, sin bragas que estorbasen. Notaba descargas de placer cada vez que la lengua de Daniel lo rozaba. Culminó. ¿Fueron dos veces? Puede. Notaba que la descarga de su cuerpo empezada en el interior, abarcando hasta las tetas, los muslos y salía por la vagina. ¡Daniel la recogía con la lengua!
¡Qué placer!
Un beso en el pubis, en el ombligo, entre las tetas y acercarse a los labios. Besos. Palabras de cariño, que no entendía o las olvidaba tras escucharlas.
Algo duro y caliente se movió sobre su intimidad. ¿Buscaba? No, solamente la recorría desde el clítoris al ano. Hasta que notó que se situaba en la entrada de exactamente ahí. Recordó tan íntima parte de su cuerpo abriéndose a ese ariete.
Un instante de dolor.
Se retiraba la cortina que hacía de barrera.
Como dijo Elena: la despedida de la niña, la llegada de la mujer.
Y placer. ¡Cuánto placer! Lejos quedaban las solitarias pajas por encima de las bragas. Es otro nivel. Esa dura barra la hacía sentirse llena, plena, hasta que se estremeció. Como si fuera una oleada notó nacer el orgasmo en su vientre y que le alcanzó hasta las cejas.
Abrió la boca y quizás dijera algo, quizás fuera un grito exclamando su placer. O tan solo una bocanada de aire en un suspiro. Luego, tras un beso, y continuar con el vaivén, llegó la inundación de sus entrañas. Lo llaman leche, semen, esperma... Lo bautizó con un nuevo nombre: Regocijo.
Concluyeron las sensaciones. Las descargas que convulsionaban su cuerpo. Un silencio. Unos suspiros y nuevas palabras llegaron a sus oídos y solo dos fueron dignas de recordar:
- Te amo.
Se abrazaron sin dejar de besarse. Estaban compartiendo el mismo aliento, la misma saliva. El pelo que Daniel tiene en el pecho rozaba en sus tetas y era otra caricia.
Daniel se puso a un lado y por fin Lucía dormitó un rato hasta que sintió ganas de levantarse y gritar al mundo su felicidad. ¡Ya no era una niña!
A su lado el novio dormía, vencedor y vencido. Le habría besado, y vio en su rostro que dormía plácidamente. Llena de amor le dejó descansar.
Se cubrió con una bata y fue a buscar a la amiga, a la otra esposa.
- Sí. Algo similar noté. – Afirmó Elena. – Creo que ya te dije que cuando viniste a mi lado esa noche pensaba que reclamabas sitio entre los dos. No fue así y me sentí aliviada. Me felicitaste como amiga, como mucho más que amigas. Nada más marcharte nuestro marido volvió a acariciarme. Me llenó de júbilo. Y por suerte, sí cariño, por suerte no follamos. ¡Tenía el coño escaldado!
- ¿Entonces…?
Era una pregunta sobre qué debía hacer. Elena, comprensiva, le dijo lo que a ella le gustaría.
- Vuelve ahora a su lado y daros muchos besos.
La novia anhelaba otra vez, otro encuentro sabiendo que debía esperar a la siguiente noche. Sabiendo que debía compartir marido con la otra esposa. En ese momento no sentía irritación en la vagina, pero si follaban otra vez, ahora, posiblemente apareciera esa incomodidad.
Las palabras de Elena sonaron a trompetas celestiales.
- Esta noche vuelve con él. Disfruta de su abrazo, ámale. Es lo que me habría gustado aquella vez. Pero fue así. Distinto.
Recordaron que esa noche especial fue en sábado, y el domingo tuvo que ir a casa de su madre.
Lucía acarició el rostro de Elena. Se besaron en la cara.
- Me sabe mal dejarte.
- No te preocupes, cariño. Con lo que me has contado y lo que recuerdo voy hacerme un dedo.
Amplió la sonrisa al ordenar que se fuera, que la estorbaba para rascarse el coño.
A Lucía le gustaba cómo es su amiga, sin dejar de pensar que a veces es un tanto bruta en el hablar. Se levantó poniéndose la bata sobre los hombros.
- ¡Ah! Una cosa. – Elena la retuvo haciendo un gesto. - Sabes que es todo un hombre. Sí, claro que ya lo sabes. - Sonrió: - Bien. Cualquier noche nos pedirá que lo hagamos los tres juntos. En un trío. Ya verás.
Lucía asimilaba esas palabras mirando el rostro de Elena. Se imaginó a las dos desnudas en la cama. Recordó que algo similar había ocurrido cuando la acariciaba estando ella al lado. No sería lo mismo. Planteó:
- Y tendremos que besarnos y más cosas entre nosotras.
- Sí.
- No sé qué pensar.
- No lo pienses. Llegado el momento te niegas o lo disfrutas.
- Besarte. Bueno. Lamerte. No sé. No sé qué haré.
- En ese momento lo decides. Yo. Bueno. No me importaría lamerte el coñito. – Lo señaló ya que la bata que llevaba Lucía sobre los hombros no lo cubría. - Así rojito destacando sobre tu piel morena. Debe estar rico.
Lucía se estremeció y casi huyó de Elena.
Elena sonreía. Iba hacerse el dedo pensando en el novio y a veces intercalaba la imagen del sexo de Lucía. Antes que se amaran, cuando le dio algunos consejos sobre qué y cómo, y el más importante:
- No te preocupes y déjate llevar por él y por tus sentimientos.
El caso es que se desnudó delante de ella para ponerse unas braguitas de color champaña que contrastaban muy bien con el color oscuro de su piel, y pudo ver que ese sexo ya palpitaba de deseo. Quería darle un besito, pasar la lengua. ¡Seguro que su sabor era exquisito! Se corrió pensando en eso mientras el índice se movía veloz sobre el clítoris. Gimió:
- ¡Eres muy guapa!
Después del orgasmo se chupó el dedo. ¡Sabroso! Mientras se ponía bien las bragas pensó que el coñito moreno de Lucía debía tener un sabor muy parecido.
Estuvo meditando sobre cómo podía ser esa seguridad sobre que no le molestaría lamer el coño de su amiga y tenía reparos en chuparle la polla al novio. La respuesta podría estar en que la idea le parecía bien y que luego, cuando fuera a hacerlo, le pasara lo mismo. Se petrificaría sin hacer nada.
“Daniel, cariño. Tienes mucho que enseñarme”.
Era otra forma de pedir que la ayudara a superar su miedo. A vencer su timidez.
Lucía se metió desnuda en la cama junto su novio.
- Hola preciosa. ¿Has estado con Elena?
- Sí.
- Bien. ¿Me abrazas?
Lucía se dio la vuelta dándole la espalda.
- Tú a mí.
Estuvieron así un rato hasta que la muchacha preguntó:
- ¿Duermes?
Daniel se despertó y por alguna extraña razón había entendido la pregunta.
- No. Dime.
- Pues, que… Si tienes ganas de más, mi cuerpo es tuyo. Puedes hacer lo que quieras.
- Gracias. Te amo.
Tal como estaba pasó una mano alcanzando sus tetas. Las acarició dándose cuenta que los pezones no se ponían duros.
- Cariño. Gracias por ofrecerte, pero creo que estás muy nerviosa o, todo lo contrario, cansada. – No quiso emplear la mente. Quería que con ella fuera natural. - Desde luego no tienes ganas, por eso dime. ¿Qué tienes?
- Pues, tengo el cuerpo cansado y al mismo tiempo pienso que debo hacer más por ti.
- Vale. Si quieres podemos besarnos. Y, si me dejar, te acaricio.
Lucía se giró quedando bocarriba y pidió que la besara.
Y ocurrió que los besos llevaron a las caricias y las caricias de las manos de Daniel llegaron hasta su intimidad. Parecía que Daniel iba a repetir lo mismo que con Elena, pero Luisa ordenó que se pusiera encima.
- Quiero notarte.
La vulva era acariciada con el glande de la polla. Lucía, cada vez que notaba esa fuerza en el clítoris o la entrada de su cuerpo gemía. Hasta que una de las veces que notó el glande en la entrada de la vagina apretó el culo de Daniel y ordenó:
- ¡Ven!
Daniel no preguntó. Tenía el permiso. Por eso empujó con la cadera. El glande fue deslizándose mientras Lucía gemía.
Se puso a moverse metiéndose un poco más a cada embestida. Se fijaba en el rostro de su novia. Pensaba:
“Sí la hago daño, paro y me retiro”.
Los únicos gemidos que oía eran de placer. Notó las manos de la novia apretando la espalda mientras murmuraba que le faltaba poco.
- ¡Cariñó! Me llevas al cielo. ¡La nube del placer!
En la polla, Daniel notó las contracciones de esa vagina y que expulsaba un torrente de flujo. No cesó en el movimiento y por fin Lucía recuperó su respiración normal.
- ¡Ah! ¡Dios! Te amo, Daniel. Te amo.
- Bien, cariño. Bien. Te amo. Yo no tardaré. – Afirmó Daniel besándole la barbilla. - A no ser que quieras que pare.
- ¡Sigue! ¡Sigue!
“Ha soltado mucho flujo. – Pensó sin dejar de moverse. - Su cuerpo está lubricado. No le haré daño”.
Unos minutos y por fin se corrió. No quedaba claro que con ese gesto y movimientos si Lucía tuvo otro orgasmo. Lo abrazaba con fuerza hasta que cesó la descarga.
- ¡Ah! ¡Lo noto! ¡Cuánto!
Ya satisfecho, Daniel se movió lo suficiente para ponerse a un lado.
Se durmieron.
Continúa en
- Relato #250515— title-regex: contiguous parts (15 -> 16)
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