Xtories

El reino del rey. 17

Rosa siempre supo que su hijo era especial, pero nunca imaginó que el 'rey' de la casa la reclamaría a ella también. Ahora, bajo el mismo techo, todas las mujeres comparten el mismo destino: servir a su placer. ¿Está lista para cruzar la última línea?

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Al mediodía, poco antes de la comida, Rosa dio varios besos a Lucía. La abrazó, felicitó y lloró por la niña perdida.

- Eres una mujer.

También sintió una punzada de envidia. Recordó aquella primera vez que tuvo un beso y un manoseo en las tetas como caricias previas a que le quitaran las bragas con unos tirones. Fue una follada rápida contra la pared de un gallinero perdiendo el virgo y quedar embarazada con un margen de unos minutos. Como nada más conocía, a ese hombre lo proclamó su dios.

Luego de casada, fue una sucesión de polvos rápidos por las noches en los que a veces gozaba y con la mayoría quedaba a medias. Casi siempre el marido roncaba mientras desilusionada terminaba la sesión de sexo con los dedos. Así desapareció la divinidad. Fue lo normal hasta que aquel se marchó.

Con Diego fue distinto, no quiso recordar más en ese momento o tendría que subir a la habitación para calmarse con los dedos.

La tarde transcurrió con sonrisas, y ofertas de consejos. Pero... ¿Qué iba a aconsejar Rosa ante unas chicas tan guapas y mejor preparadas que ella para la modernidad? En los colegios los profesores no hablan de sexo. Pero sí entre las alumnas de diversa edad, sobre comportamiento y experiencias. Cierto que hay mucho de errores, mentiras y exageraciones, pero siempre se puede pedir información más directa a un profesor, consultar en internet o preguntar a un hermano mayor. Casi siempre es lo más acertado, otras, crea más confusión.

Esa noche Rosa se hizo un dedo pensando en su afortunado hijo con dos novias, mujeres, o esposas, sin contar con las dos del servicio, mientras que ella estaba sola.

- Disfrutar, hijos míos. Pasarlo bien. Y hacerme feliz al ver vuestros alegres rostros por las mañanas. - Los dedos de la diestra se retiraron de los labios menores para centrar la caricia en el clítoris mientras que los de la otra mano se metieron por la vagina. - Os he visto crecer. Os quiero.

En esa petición mientras se rascaba el coño no se acordaba de Elena.

Las sirvientas de la casa se conformaron con toqueteos y algún beso. Ya fuera al cruzarse en el pasillo o interrumpiendo algún trabajo doméstico. El joven señor tenía a dos esposas que acaparaban sus noches y estaba saciado, porque más de una tarde al salir del instituto, Elena acudía con Lucía a la alquería dispuesta a acostarse con su novio.

Hubo una excepción. Aquella mañana Daniel estaba en el despacho comparando unos planos de papel y el del ordenador la eficacia del regadío según la colocación de los toldos de plástico llegando a la conclusión que gracias a los tubos y la presión del compresor no hacía falta tocar nada. Los toldos estaban dispuestos para abarcar mayor espacio. Tampoco había agua en exceso que debiera ser retirada.

No. No había encontrado los planos que se supone hay por el despacho. Se trataban de otros que Clota tenía en la alquería y ya avisó que debían ser más actualizados.

Llegó Mónica empujando el carrito de limpieza.

- Perdón, don Daniel. No sabía… volveré en otro momento.

- Puede pasar. No se preocupe.

La mujer retiró el polvo de los estantes y luego fregó el suelo.

- Secará pronto, señor.

Daniel pensó que podía aprovechar la ocasión de estar con tan hermosa mujer.

- Gracias. Por favor, señora. ¿Podría cerrar la puerta y atenderme un momento?

Los ojos de Mónica brillaron.

Al poco, Mónica estaba sobre la mesa con las tetas descubiertas y las piernas muy separadas permitiendo que Daniel le comiera el coño.

- ¡Jefe! ¡Qué ganas tenía! ¡Siga, siga!

Mónica se corrió dos veces. La segunda, además de notar la lengua en el clítoris disfrutó de esos dos dedos jugando por dentro del coño.

- ¡Qué traviesos!

Descansaba estando sentada sobre las piernas de Daniel mientras que éste lo estaba en el sillón. Se abrazaban y Daniel aprovechaba la cercanía y la buena disposición de la mujer para los besos en los labios al tiempo de unos pellizquitos a una teta.

- Gracias por dejarme saborear su cuerpo. - Daniel sonreía sin dejar de acariciar la teta. - Es muy sabroso.

- ¡Qué bien lo he pasado! – Afirmó Mónica. - Ahora ordene, jefe. ¿Quiere que se la chupe o prefiere follar?

- ¡Ah! ¡Difícil elección!

Al poco Daniel estaba sentado en el borde de la mesa con los pantalones bajados y Mónica, en frente, sentada en la butaca. La mamada era de fábula. La mujer, además de hacerlo bien, estaba saboreando esa verga. Por eso se acariciaba el coño al mismo tiempo.

- ¡Bien, bien! – Avisó Daniel. - No tardaré en correrme.

Mónica continuó succionando al tiempo que aceleraba sus dedos sobre el coño. Se corría sin dejar de chupar.

¿Qué tenía la polla de este hombre que tanto le gustaba metérsela en la boca? Dejó de pensar para continuar disfrutando.

Siguiendo lo prometido, Daniel no tardó. Se corrió al mismo tiempo que notaba esos apretoncitos en los testículos.

- ¡La merienda! - Murmuró Mónica mientras se pasaba el dorso de la mano por la boca. - ¡Qué rica!

Pero lo dicho, salvo esta excepción, el servicio se sentía triste y abandonado.

Daniel, al quedar solo en el despacho, pensó que era una gozada esa mamada. Hacía muchos días de la última vez que gozó de una boca en la polla, porque las dos novias no lo hacían, y ya echaba de menos una lengua jugando con sus cocos. Se rascó la bragueta pensando que lo repetiría de vez en cuando.

Recordó a Lola. ¡Qué bien lo hace! ¿Y con Núria? Con la más joven había follado y comido su coño, pero ella nunca se la chupó. Bueno, es su elección.

Las mujeres del servicio se sorprendieron cuando una tarde, Nuria se disponía a limpiar el salón de visitas, donde no hay televisión, y encontró a Lucía estudiando. Se disculpó. Se disponía a retirarse y Lucía interrumpió sus estudios para pedir a Núria que esperase un momento, tenía que decirle algo importante. La sirvienta casi se pone firmes.

- Verá señora Núria. Desde hoy tengo el periodo.

Núria asintió y quedó sorprendida cuando oyó a Lucía decir que esa noche su marido no dormiría en su cama. No quería intimidades teniendo la menstruación.

- Prefiero que vaya a dormir a otra habitación.

Esa mirada. Núria supo que ofrecía a su novio, o marido, por esas noches que no podían amarse.

- Sí, señora. Comprendo.

Núria comprendía la situación de la señora al mismo tiempo que mentalmente daba saltos de alegría. Por alguna extraña razón la señora aceptaba y ofrecía que su marido estuviera con ellas.

Al comentarlo con Mónica y Lola llegaron a la conclusión que Daniel nada hacía a escondidas. Todo se sabía. Y el verdadero motivo que lo acapararan esos días es por la novedad en el matrimonio y no por celos.

- No deja de ser raro. – Murmuró Nuria.

- ¡Ya! ¿Y te parece normal que tres mujeres deseemos acostarnos con él sin más tardar? – Replicó Mónica.

- Y sin tener celos. – Añadió Lola.

- Bueno. – Mónica ya reía. – En nuestro caso es que estamos locas.

- Sí, cariño. – Dijo Lola riendo. – Locas por la polla del jefe.

Al otro lado de la mesa en la cocina, Mora se unió a las risas.

Después de cenar, Daniel también se sorprendió. Su esposa le ordenaba que la dejara sola esa noche mientras se pasaba una mano por el bajo vientre, y que fuera a dormir a otra habitación. Preocupado repasó que no estuviera condicionada mentalmente. No quería eso para su querida hermanita fea.

- Tendría que ser con Elena. - Continuó seria Lucía como si fuera lo más normal. - Tu esposa que la tienes totalmente enamorada, pero ya sabes, no vendrá hasta el sábado. – La justificó. - Cómo ha venido varias veces estos días ha descuidado los estudios y quiere recuperar. – Parecía preocupada al añadir: - No sé cómo le diremos que, con excepción de mamá, te follas a todas las mujeres de esta casa.

Daniel, sin decir nada, recordó que no follaba con Mora. Y que salvo muy rara excepción en Villuela nada hacía fuera de la casa. No follaba con las contratadas en la alquería ni con las de la bodega.

Lucía, ajena al pensamiento de su novio, propuso:

- Se lo diremos cuando se quede a vivir aquí. ¿Vale?

Daniel afirmó que dormiría esas noches en la que fuera su habitación de soltera, e incluso juntos. Le bastaba con un abrazo.

- No, cariño. No debes contener tu forma de ser. Durante muchos meses solamente no follabas cuando dormías conmigo. Una noche o dos a la semana.

- Podemos volver a eso.

- No. Ya no. Daniel, eres el amo de todo. Compórtate como amo. El dueño y señor. – Señaló el lugar. - Este es tu reino. Ahora ves al segundo piso y acuéstate con… no sé quién te espera. Y mañana nada me digas. ¡Vete!

- Entonces te molesta que esté con otra.

Se ruborizó al responder:

- Lo que me molesta es que en cuatro noches no follemos. – Añadió escondiendo la mirada: - Después de hacer que disfrute tanto de tus caricias y demás es un tormento tenerte a mi lado sin que puedas tocarme.

Daniel iba acariciar y besar su rostro, pero Lucía lo evitó empujándolo para sacarlo de la habitación.

- Vete, cariño mío. Esta noche solamente quiero dormir.

Daniel se dejó llevar hasta el pasillo, pero en lugar de enviar un mensaje a las sirvientas bajó con intención de ir al despacho. Quizás buscara una peli porno en el ordenador y se la machacara con la diestra viendo cómo una actriz de grandes tetas era follada por un tío con una polla enorme.

Se encontró con mamá en el salón. Miraba la televisión mientras saboreaba una copa de vino. Seguramente no podría dormir y se relajaba así. Vestía pijama, con una bata por encima. Gruesos calcetines y zapatillas de estar por casa. Estando en el sofá se cubría las piernas con una manta, que, después de un sorbo a la copa la alzaba hasta cubrirse el cuello. Algo que en verdad no hacía falta gracias a la calefacción. Simplemente la sensación de comodidad era mayor.

Saludó al entrar y se sentó a su lado.

- ¡Daniel! ¿Qué haces aquí? – Se sorprendió Rosa. - Deberías estar en el segundo piso. Seguro que te esperan.

Otra vez las mujeres se contaban todo.

Le llamaban el rey del reino y se sentía el bufón.

- Vale. Tengo dos esposas, pero si no estoy con ellas creo que las traiciono.

- Tonterías…

Rosa dedicó mucho rato a una larga parrafada en la que repitió por tres veces que, como señor, todos los coños de la casa eran suyos.

- Siempre tendrás a una mujer dispuesta a satisfacerte porque las tienes muy contentas. Además, eres el rey de esta casa.

Daniel dudaba. Se acercó más cubriéndose las piernas con la manta. Rosa dejó la bebida sobre la cercana mesita, luego le removió el pelo, le acarició la espalda satisfecha de sus logros y ya se abrazaron. Daniel colocó su cabeza sobre un hombro de Rosa.

- Ya hace tiempo que dejaste de ser un niño y pronto traías un sueldo a casa. Ahora, otra vez gracias a tus logros, vivimos bien. ¿Cómo estás? ¿Te resulta muy pesado?

- No. A veces tengo que hacer algunas cavilaciones, pero creo que es lo lógico, lo normal. Además, veo que mi querida Lucía está mucho mejor que antes, y tú, no te matas a trabajar para sacar la casa adelante. Hacías milagros con lo poco que aportaba. Es hora que vivas bien.

- Gracias. Mira, eres el señor y yo una mantenida. Ahora tienes dos novias o esposas. Además, y aunque al principio no me gustaba, dispones de Mónica y Núria. Las dos son preciosas. Ignoro el convenio que tienes con ellas, ambas parecen novias enamoradas.

La mujer continuaba diciendo lo bien que estaban gracias a él y como se había convertido en el señor de la casa. Podía hacer lo que quisiera, que todas las mujeres bajo ese techo estaban dispuestas a satisfacerle.

No medía el valor de sus palabras. O quizás sí, ya que tan solo había bebido unos sorbos de vino.

Animado por semejante charla, Daniel se separó un poco de Rosa y la besó en los labios. Las bocas estaban cerradas y los labios pegados en la caricia. Se separaron, durante unos instantes miraron los ojos del otro.

Rosa estaba ruborizada, asombrada y con sentimientos contradictorios. Deseaba cariño y entre sus brazos tenía a un hombre que la miraba interrogante con cariño y sin la avidez del deseo sexual que conocía por un marido y un novio. Hasta que con un gesto de la cabeza consintió. Juntaron otra vez las bocas y en el beso las lenguas se unieron en lo que parecía un baile.

Una mano de Daniel llegó a la nuca de Rosa, se deslizó por dentro de la ropa llevándola al hombro por debajo del tirante del sujetador. La bajó hasta alcanzar una teta cuyo pezón reaccionaba a la caricia. La sujetó dejando quieta la mano.

Volvieron a mirarse. Los ojos de Daniel pedían permiso. ¿Continuaba o no pasaban de ahí?

Rosa cerró los suyos y murmuró.

- Hace meses que temía que esto pasara. Sí, sabía que llegaríamos a esto, y encuentro que lo estoy deseando.

Daniel recordó cuando, controlada por el pensamiento, le dijo que a veces su coño palpitaba por él y que tenía ganas de liarse la manta a la cabeza y… Lo que estaba sucediendo en ese momento.

Rosa, disfrutando de esa mano en su teta pensó:

“Es mi hijo. De esta voy de cabeza al infierno. – Notó los apretoncitos, el masaje en el pezón. Se corrigió: - Bueno, de cabeza no sé. De culo o de coño seguro”.

Una bata estaba retirada, un suéter alzado. Unas manos acariciaban unas tetas de una mujer guapa, de tan solo treinta y siete años y que había parido una vez. Eran bonitas, hermosas y apetecibles en cualquier caricia.

También eran las tetas más grandes que Daniel acariciaba y le gustaba la reacción de esos pezones a sus pellizcos.

Rosa disfrutaba de esas manos en su cuerpo.

Nunca la acariciaron así, con tanta delicadeza y energía a la vez. Las manos fuertes de Daniel apretaban y alzaban los senos para que destacara el pezón, quedando bien expuesto a la boca, a la lengua y los dientes. Caricias que le arrancaban gemidos deseando que nunca terminaran.

Que agradable descubrimiento que su querido Daniel fuera tan virtuoso.

- ¡Oh! ¡Daniel! ¡Cuánto has aprendido!

Recordó los rostros de las muchachas al día siguiente de amarse, de disfrutar de una buena noche de pasión, mostraban amor y satisfacción. ¿Sería igual el suyo? Qué vergüenza mañana de lo que hoy disfrutaba. Pero sería mañana. Se centró en el momento. El delicioso momento.

- Me manejas muy bien.

- Me alegra que te guste. Tu cuerpo es muy sabroso.

¿Sabroso? Pensó Rosa y ya se fijó que la caricia en los pezones, que tanto le gustaba, era con la lengua, además de emplear los labios para chupar.

Una mano se deslizó bajo su braga.

"¿Es ahora? ¿Ya ahí? - Se sorprendió y pronto cedió al ímpetu de Daniel. - Bueno. Sí. Adelante vayamos hasta el final".

Rosa separó las piernas para dejarse hacer y, tras deslizarse esos dedos entre el pelo del pubis, llegó el roce en la vulva y el gustito por la caricia. Sintió incomodidad al pensar que no se lo arreglaba desde que dejó de salir con Diego. Y al poco la oleada de placer.

- ¡Uhm!

Qué gusto notar esos dedos acariciar cada pliegue de su intimidad. Qué gusto cuando la caricia se centra sobre el clítoris. El muy bribón de Daniel lo hacía muy bien. Solamente podía gemir su gozo.

- ¡Cariño! Cariño, cariño.

Pantalón y braga fue retirado, colaborando al mover las piernas y nalgas. Separó más las piernas y se ofreció cerrando los ojos. Rosa pensó que ya la tomaría, la haría suya. Estaba dispuesta a entregarse del todo. Se convertiría en otro coño disponible para el rey de la casa. Y lo estaba deseando. Pronto notaría esa polla con la que ya había fantaseado en más de una ocasión, dentro de su cuerpo.

Pero no notó el miembro de Daniel en su intimidad, notó su lengua recorriendo la vulva.

- ¿Qué? ¡Uhm! Sí. – Gimió. - ¡Adelante, cariño!

Al poco comparó. Llegó a creer que Diego se lo comía bien y resulta que es un torpe en comparación con Daniel. El muchacho sabía cómo hacer que el placer fuera creciendo a cada caricia, a cada lamida.

Notó la húmeda lengua en la entrada de su cuerpo, empujar los labios menores como si jugara con ellos o los acariciara, y llegar al botón, que ya asomaba fuera de su capucha, con el que su cuerpo sufrió y gozó una descarga de placer.

- ¡Ah! ¡Qué…! ¡Oh, cariño! Cariño.

No se había corrido y se extrañó, era como el anuncio de un gran orgasmo que no tardaría. Fue cuando se dio cuenta que, sin correrse, de su vagina ya fluía gran cantidad de líquido. Nunca le había pasado. Nunca había aportado tal cantidad.

“¡Dios! ¡Qué cachonda estoy!”

Los labios de Daniel sujetaban el clítoris y la lengua le lamía el extremo. ¡Eso es nuevo! Lo nota sujeto y la caricia. Se abrió esa boca y ya la caricia con la lengua era desde abajo. ¡Qué gozada!

Se corrió. La intensidad del placer agitó todo su cuerpo.

- ¡Ah, ah! ¡Eres el rey! – Gimió.

Al poco notó que la lengua entraba por la vagina recogiendo el flujo antes de que saliera. Le animó:

- Así, cariño. ¡Sigue!

Tres minutos más tarde con similares caricias, tuvo otro orgasmo. Tan intenso como el anterior, y un poco más largo. Su cuerpo volvió a agitarse en la culminación del placer.

- ¡Oh! ¡Ah! Esto es delicioso.

Cansancio. Debía pedir que parase. Y fue cuando Daniel se puso a su lado y con el beso en los labios notó el sabor del jugo de su intimidad.

- Rosa, cariño. Continuamos. ¿Puedo?

Proponía follar, lógico que tuviera ganas. Y la mujer, que ya se había corrido tres veces, consintió.

- Sí, Daniel. Ven, cariño. Hazme tuya. Desde hoy soy tu mujer. Otra mujer en esta casa para ti.

Separó sus piernas preparándose para el brusco empujón al ser invadido su cuerpo. Cómo lo hizo su marido y luego Diego cada vez que la poseían. Ponían la polla en la entrada y con un golpe de cadera la llevaban hasta el fondo. Hacían que gimiera entre sorpresa y algo de dolor, porque el placer llegaba poco a poco. Llegando a pensar que siempre la penetración era rápida hasta el tope.

No fue así. Daniel no lo hizo así. El pene entraba despacio avanzando y retrocediendo suavemente en su húmeda intimidad. Disfrutaba ese novedoso movimiento y al mismo tiempo la exasperaba el retraso de sentirse llena.

- ¡Qué bien te mueves! – Gimió.

Para cuando notó que esa polla estaba toda dentro, el orgasmo se aproximaba imparable.

- ¡Sigue! – Pidió apretando el culo de Daniel. - Cariño, sigue.

Al correrse soltó mucho más flujo, parecía que orinaba.

- ¡Nunca…! Yo…

Se le atragantaron las palabras. No pudo terminar de decir que jamás había sentido un orgasmo tan bueno. Tan intenso. Y a la vez tan pronto.

Ahora Daniel continuaba follando como un macho egoísta que busca su placer en un alocado vaivén, hasta que Rosa avisó que le faltaba poco para tener otro orgasmo.

- ¡Espera! – Pidió Rosa pensando que sería ignorada como siempre sucedía: - Por favor, espera que me falta poco. – Notaba en su cuerpo que si continuaba un poco más con esa barra dentro de su vagina no tardaría en tener otra culminación. - Viene otro. Lo noto.

¿Quién era egoísta? Daniel no se había corrido mientras que ella fue varias veces.

El ritmo cambió. Ahora Daniel se movía despacio. Rosa oyó:

- Sí, cariño. Adelante, cuando quieras. Goza.

Se sintió agradecida al saber que intentaría esperarla.

Al poco se combinó que Daniel se corría sin poder retrasarlo más, motivando en orgasmo de Rosa.

- ¡Ah! Perdona, cariño. ¡No puedo más! ¡Voy!

- ¿Qué? ¡Ah! ¡Huy! ¡Es caliente! ¡Huy, sí!

Su interior recibía las descargas de Daniel, al tiempo que su cuerpo las empujaba con su aportación. Era como la unión de dos fuentes.

- ¡Te amo! - Murmuraron a la vez.

Quedaron abrazados un rato. Luego, antes que sintiera frío, Daniel la ayudó a vestirse. Ya cubiertos con la manta se abrazaron.

Rosa se había enamorado de Daniel, si bien sabía que tan solo era otro coño a disposición del rey de la casa.

Desde ese momento era una esposa por lo que la relación anterior debía romperse.

- Mi nombre es Rosa. – Ordenó dudando qué tono de voz poner ante el macho, el rey. - Así me llamarás desde hoy y te llamaré por tu nombre.

- Sí, de acuerdo. Aunque también te llamaré cariño, amor mío… y más nombres que se me irán ocurriendo.

Rosa aceptó complacida. En ese momento, plena de amor y placer nada más quería pensar.

- Bien.

Daniel se giró para darle un beso y desde esa posición pudo ver que en la puerta de la sala estaba Lola. Llevaba una bata sobre lo que parecía un camisón de dormir. Sonreía y le lanzaba un beso. Daniel disimuló. No quería que Rosa se sintiera descubierta, no tan pronto.

Abrazado a Rosa pensó en sus novias. Debía decirles tantas cosas. Dar tantas explicaciones. Medio se adormiló en el abrazo y Rosa ordenó que debían ir a la cama.

- No nos durmamos aquí. – Ordenó Rosa. - Para una breve siesta está bien, pero un buen descanso solo se consigue en la cama.

- Sí, cariño.

A Rosa le gustó que le llamara así.

La habitación de Rosa estaba perfectamente ordenada.

En los últimos meses muy pocas veces había entrado Daniel esa estancia. Ahora lo hacía en condición de marido de una nueva esposa, y rey de un nuevo cuerpo.

Rosa con pijama, Daniel en calzoncillos, para no estropear el momento al ir por un pijama a su habitación, se acostaron muy juntos en la posición de cucharilla.

- Nunca pensé que me abrazarías así, como lo hacía a Lucía cuando tenía frío. Sé que también la abrazas así. - Estaba inquieta y con ganas de hablar. - ¿Te he dado las gracias por esperar a que fuera adulta? ¿No? Bien. Te las doy ahora. Siendo mujer se disfruta más. Una conoce mejor su cuerpo y el del hombre. Se espera lo que va a pasar, y no se tiene tanto miedo. – Se quejó al recordar. - Conmigo no fue así.

Daniel, con un tono de voz que mostraba cansancio, le pidió que callara.

- Perdona. Mañana hablamos.

- Sí, amor mío. - Respondió Rosa. - Durmamos.

Le cogió una mano y la llevó a los labios para besarla.

“Veamos qué va a pasar ahora”.

Recordó lo bien que lo pasó minutos antes. Comparó. Con su marido era un desastre. Se corría cuando ella empezaba a notar placer quedándose a medias. Así aprendió a pajearse en silencio. Con Diego fue mejor, sintió placer. Y todavía quedaba corto con lo alcanzado esa noche.

“¿Será siempre así o llegará la monotonía? No quiero pensar. Ahora no”.

Desayuno. Daniel llegó a la mesa del salón encontrando a Rosa y Lucía muy juntas. Murmuraban. Rosa estaba ruborizada. Mientras que el rostro de Lucía mostraba que estaba muy cerca del enfado. Por eso Daniel, mientras las besaba en los labios, con el pensamiento ordenaba a Lucía que todo era normal, que lo aceptara. Y al mismo tiempo no le gustaba condicionarla.

Se equivocaba. Rosa no le contaba nada a Lucía. No en ese momento. Hablaban sobre la menstruación. Un tema que con la mesa puesta para el desayuno no era apropiado. Al darse cuenta, Daniel modificó las órdenes a Lucía sabiendo que en cualquier momento hablarían de eso y debía comportarse natural, sin su influencia. Luego, en caso necesario, ya se ocuparía que aceptara la nueva incorporación al matrimonio.

Al otro lado de la mesa. Lola servía el desayuno a Daniel. Se maravillaba de cómo se desarrollaba la situación. ¡Ese muchacho es el diablo! ¿A qué esperaba Rosa para contarlo a las esposas? Supuso que debía ser por vergüenza.

Minutos más tarde todos se dedicaban a las rutinas.

Lucía se fue al instituto, como siempre la llevó Julio, que desde poco antes de navidad la llamaba señora por muy juvenil que vistiera. Esa tarde se retrasaría una hora en volver porque iría a la casa de una profesora. Tenía repaso. Por eso se llevaba un bocadillo, aunque Daniel le ofreciera dinero para que fuera a ese bar cercano donde hacían tapas y ofrecían un menú. Prefería comer sentada en un banco al sol, frente la entrada al instituto porque en el bar había mucha gente, sobre todo hombres tomando cafés y brandis. Demasiados hombres con demasiados brandis. En esa zona no había un restaurante o casa de comidas aceptable. Ese burguer que ahora hay, tardaría unos años todavía en aparecer.

No le gustaba ser observada. Para todo el mundo era la hermanastra negra del nuevo dueño de la bodega Valdefrutas. Incluso más de una vecina pensaba que estaba destinada a ser la criada o algo similar. Algunos vecinos preguntaban a Mónica o Julio y sus respuestas no convencían.

- Fueron hermanastros, sí. – Decía Julio durante la partida de mus en el bar que solía ir muchas tardes. – Ahora es la señora de Valdefrutas.

- No están casados. – Diría el compañero que se sentaba al lado empleando un tono de voz ligeramente despectivo.

Y como suele suceder es la persona que menos tiene que hablar. De ahí la réplica de Julio.

- Bueno. Tu hija tampoco y ya tiene una niña con el mecánico que vive hace unos años. ¿No?

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