El reino del rey. 18
En la casa de Daniel, el silencio no existe; solo hay el eco de los gemidos y la lógica implacable de un calendario sexual. Rosa llega buscando olvido y encuentra un reino donde el placer es un deber compartido y la soledad, un pecado.
Daniel estaba ocupado fuera de casa. Lo mismo podía estar en la bodega que en la alquería.
Rosa hacía caligrafía en el despacho. Cada vez lo hacía mejor, pero las letras B y V, parecían negarse a ponerse en el sitio correcto. Esa mañana, tan apenas Daniel salió de la casa Lola le llevó un vaso con agua y le entregó una pastilla.
- ¿Qué es? No estoy mala.
Lola explicó que es la del día después. Rosa se ruborizó y la tomó rápidamente. Solo faltaría quedar embarazada.
- Señora. Debería ir al médico. Y para mayor discreción mejor en Zamalca.
Iba a recomendarle el de Mónica y que podían ir juntas.
- No hace falta, gracias. – Recordó: - Durante un tiempo tomé pastillas. Volveré a hacerlo.
Se refería a cuando estuvo saliendo con Diego.
Miró a la sirvienta. Habían hablado muchas veces de la casa, del servicio, de las mujeres que compartían la cama con Daniel, pero su relación con él cambiaba. Preguntó si no se escandalizaba.
- Me has traído la pastilla. Es porque sabes que yo y Daniel hemos estado juntos.
- Señora. Ya nada me sorprende. Es más, la envidio. Usted es joven, guapa. Seguro que lo pasa bien con el señor. Sí, señora: Esta vieja la envidia.
Conversaron un rato sobre Daniel. De las esposas y las sirvientas. Todas sabían todo y aceptaban lo que sucedía en la casa como si fuera lo más natural. Solamente Elena estaba excluida de ese conocimiento.
- ¿Están todas enamoradas?
- No se preocupe, señora. Solamente las señoras Elena y Lucía. Mónica está encantada de poder follar con quien la deja satisfecha en lugar de con un torpe egoísta. Núria es más sensible, cada vez que follan se enamora, pero comprende que el señor tiene dos esposas a las que ama sinceramente. Y se resigna, lógico. Ya fue advertida y consintió. – Miró a Rosa y añadió lo más seria posible: – De usted no lo tengo claro. Esta mañana parecía una novia después de la noche de bodas. Y ahora vuelve a ser la señora de la casa.
Rosa, disimulando su rubor señaló una silla a su lado para que Lola se sentara, preguntó:
- No se sienten coaccionadas.
La pregunta fue directa sobre un asunto tratado anteriormente con ambigüedad.
- No. Todo lo contrario. El señor fue muy claro al pedirlo. Al liberarnos de la esclavitud a la que los anteriores nos sometían.
Rosa la miró sorprendida.
- Sí, señora. Si no se follaba con los Gallego, y antes, con los Rubio, había castigos. Si te negabas llovían los golpes y las coacciones. Aquello no era follar, era violar. Estoy segura que la joven Núria no sabía lo que es gozar en el acto sexual hasta que lo hizo con Daniel.
- Dices que estás segura. Eso es que lo sufriste.
- Sí, señora.
Dedicó un buen rato en explicar cómo estaban las sirvientas antes de la llegada de Daniel en comparación con la actualidad.
- Puede ver lo distinto de la situación y lo agradecidas que están las chicas con él. Y está que cuando le dicen que no, lo acepta sin malos modos ni reproches. Y que no es violento, es todo lo contrario, cariñoso. Se preocupa de que gocen. Las trata como mujeres y no como agujeros donde meterla.
Agachó la cabeza pensando que se había pasado al hablar así, y al alzarla continuó hablando.
- Recuerdo que una noche Mónica estaba asustada. Iba a decir que no a Daniel porque tenía la regla. Y nos sorprendió cuando Daniel le dio un beso en la mejilla preguntando si tenía molestias. Si había tomado algo que la aliviara. De tratarse de los Rubio la habrían follado por el culo, la boca o llenarle las tetas de semen sin ninguna contemplación.
Quedó callada. Cabizbaja. Recordando lo mal que lo pasó de joven.
Rosa, reconociendo que nada sabía sobre los sucesos anteriores a su llegada, pidió que contara más.
Pero Lola movió la cabeza negándose a recordar tan desagradables momentos, prefirió decir cómo estaban ahora, por eso nombró a la cocinera.
- Mora se siente desplazada. Es virgen. Y tiene ganas de… ¿Qué dijo? Sí, que don Daniel le quite las telarañas. – Rosa hizo un gesto de sorpresa mientras que Lola sonreía. – Sí. La muy bruta se refería así al virgo. Al himen. Luego están las otras que comprenden que el señor esté con sus esposas, pero también quieren un revolcón de vez en cuando. No he dicho que usted forma parte del reino.
- ¿Reino? Creía que ibas a decir harén. ¿Daniel es el rey?
No tenía claro por qué hizo esa pregunta. Era algo que ya se sabía. En las paredes resonaba el eco de ese título junto con los gemidos de placer de las cortesanas.
- No es un harén, bueno, lo parece. Son mujeres que les gusta pasarlo bien con un hombre generoso en caricias.
Recordó aquellas veces que Daniel llegaba cansado o de mal humor y follando se descargaba. No lo dijo a Rosa.
Tras la respuesta que ya conocía, Rosa asintió. Sin darse cuenta se acarició un pezón, y a continuación un apretoncito. Lola se dio cuenta y avisó que esa sensibilidad es consecuencia de la pastilla, que, entre otros efectos secundarios, también podría marearse.
- Hasta esta tarde, después de comer, tenga cuidado al bajar las escaleras.
- Gracias. No lo sabía.
Lola se levantó afirmando que tenía que barrer los pasillos.
- ¡Ah! Bien la ayudaré con eso. Supongo que empezaremos por el tercer piso. – Pidió algo ruborizada: - Y, por favor, espere a decir mi situación a las chicas. Antes tengo que hablar con Lucía. Y yo misma les diré a ustedes que hay otro coño en el reino.
- Bienvenida, señora, al reino de Daniel. Y perdone si le digo que si hay una única reina es Lucía.
No necesitó meditarlo para responder.
- Lo sé.
Lola se retiró mientras Rosa recogía el material de escritura empleado sobre la mesa. Se dirigía por los bártulos de limpia pensando en la disposición de los coños en la casa. Primero, por supuesto, el de Lucía. Seguía Elena, aunque todavía no lo supiera. Luego Mónica y según qué momento era el de Núria. El coño de ella no contaba, pero sí su boca. Sonrió. Ahora el de Rosa había que colocarlo en tercer lugar, anteponiéndose a las compañeras. ¡Ah! Qué lejos quedaba de su rey. Se sintió abatida y debía conformarse siendo ya tan mayor. Murmuró:
- Larga vida al rey.
De siempre Lucía contaba todo a Rosa, y esa tarde iba a ser al revés. En el salón se disponían a estudiar juntas, como era normal. Lo habitual después del café.
Rosa empezó a hablar. No sabía cómo plantearlo que sonara normal con Daniel, siendo cómo es. Y también porque quería ser sincera con la que quiso como a una hija y ahora se convertían en esposas del mismo hombre.
- No te preocupes. – Interrumpió la más joven. – Es algo que se veía venir. Eres mujer, joven, guapa y vives en la misma casa de ese hombre que nos tiene contentas a todas.
Rosa se asombró al ver que lo aceptaba con la dignidad de una dama. No la veía como una oponente, ni se escandalizaba por el parentesco familiar.
Ninguna sabía que Daniel lo había solucionado pensando en ellas esa misma mañana. Después de pensar que debía dejar que hablaran con naturalidad meditó que realmente quería armonía. Por eso intentó influir en todas suavemente.
Rosa y Lucía continuaban en el salón sin llegar a abrir los libros.
- Ahora, mamá… perdona, desde hoy te llamaré Rosa, porque somos iguales. Bueno eso, ahora debemos acordar cómo lo hacemos. Estamos Elena, Mónica, Núria, yo y ahora tú. Vale. Daniel es fuerte, pero nos tiene que durar.
- Y otra cosa, cariño. No debemos ser egoístas.
- Bueno, hoy y por dos días más, nada podré. ¿Recuerdas? Tengo el asunto. - No se ruborizó ante mamá, Rosa. Era algo muy hablado entre ellas de siempre. De cuando la enseñó a lavarse y poner correctamente los trapos sujetos con las bragas. - Elena no estará hasta el sábado, así que ya lo acordarás con Mónica y Núria.
- Veo que hay un día libre. Servirá para que descanse.
- A no ser que coja a alguna por banda. – Replicó Lucía ocultando la sonrisa con una mano. - Que puede suceder.
- Por banda, no. – Rosa se ruborizó por sus palabras. - Lo hará de frente o por detrás.
Rieron mientras regresaban a los estudios.
- Por detrás. - Murmuró Lucía riendo.
- ¡Chist! Calla. – Protestó Rosa. - Tenemos que estudiar.
Durante un rato ninguna pudo hacerlo por culpa de las risitas que intentaban contener.
No sabían que Lola, de vez en cuando, y normalmente por las tardes, le daba una mamada.
Daniel miraba la contabilidad de la bodega compartiendo la pantalla del ordenador con Eladia. El negocio de la bodega iba bien siendo el beneficio más ajustado de lo esperado. Habían bajado las ventas tras las fiestas de navidad. Gracias a lo invertido en América, siendo donde más gastos había en trasporte y aranceles, quedaba más compensado. Eladia propuso invertir en propaganda mientras que Daniel no lo veía claro.
- Está prohibida de bebidas alcohólicas.
- Sí. En la tele, y las calles. Pero no en bares, restaurantes y supermercados. Debemos llenar de letreros esos sitios. Entregando a los responsables un poster bonito para el local y, para ellos, unas botellas de regalo por las molestias.
Daniel asintió. Parecía que era lo normal y que todo se complicaba si lo hacía también la competencia. Pidió cuanto les costaría eso.
- Algo así se tardaría mucho en calcularlo. Es más efectivo y fácil de controlar, acordar una cantidad asumible y gastar de ahí hasta que se acabe.
Daniel tuvo una idea, quizás no fuera buena o no saliera bien, pero tenía que intentarlo. Y para eso tenía que estar solo.
- Comprendo. – Asintió poniéndose en pie. - Deja que lo piense. Ahora tengo que irme.
Eladia quedó sorprendida. Faltaba hablar sobre el diseño de los letreros y una imprenta que los hiciera. Seguramente la misma que imprimía las etiquetas de las botellas. Dedicó un rato a comparar algunas ideas.
Daniel dejó el coche en su sitio en el garaje de la alquería antigua. Y caminando despacio se acercó a la alberca. Se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared de la caseta donde están los motores. Al quedar a la sombra hacía frío, no le importó, no estaría mucho rato.
Siendo mediodía el sol quedaba muy bajo en el horizonte. Pronto, en dos horas como mucho, se ocultaría tras las montañas porque tan solo había transcurrido algo más de un mes desde el día más corto del año.
Alzó las solapas de la chaqueta y así su cuello quedaba más protegido del fresco viento.
Se puso a pensar concentrándose como jamás lo había hecho antes.
“Una semana de cada mes, el llamado “vino de la casa” de los restaurantes y bares de Zamalca será de la marca valdefrutas. Recomendando calidades superiores en los menús y cartas”.
“En los supermercados de esa ciudad, lo ofrecerán a los clientes por su buena relación precio-calidad haciendo una oferta semanal cada dos meses”.
“Los consumidores de vino añadirían esa marca a su hábito. En relación una botella por cada tres de otras marcas o la habitual”.
“Aquellos que beben alcohol normalmente, comprarán una botella al mes para consumir durante las comidas”.
“Esto sucedería a los habitantes del área metropolitana de Zamalca y los turistas, quedando excluidos quienes tengan cosecha propia y por razones de salud”.
Se relajó.
¿Se olvidaba de algo? Repasó las órdenes, y dudó. ¿Las ampliaba a la provincia? No. Mejor así. Ya abarcaba la capital y tres municipios aledaños con sus zonas de playas y puertos que en verano abrían muchos bares, pubs y restaurantes.
“En verano la población se multiplica por cinco y en la zona de costa por diez”.
Notó que le dolía la cabeza y que algo patinaba por los labios hasta la barbilla. Creyó que era moco por culpa del frío hasta que vio el contraste en el blanco pañuelo de papel. Se trataba de sangre que le salía por la nariz. Se asustó, hasta que tras sonarse en tres pañuelos dejó de sangrar. ¿Qué había pasado? Meditó. Estaba claro que no debía esforzarse tanto. Las órdenes no debían ser de tan gran envergadura.
“Menos mal que no lo he ordenado a la provincia”.
Nada más entrar en el salón del televisor, Rosa descubrió las manchas de sangre en la barbilla y un pómulo, se preocupó. Daniel le quitó importancia.
- Me sangró la nariz al sonarme.
Lucía se preocupó preguntando si fue mientras conducía.
- No te preocupes, cariño. – Sonrió Daniel. - Se puede decir que el coche ya conoce el camino.
Rosa comentó que los accidentes son más numerosos en vías secundarias. Lo había leído.
Lavarse la cara, cambiar la camisa y ya parecía que nada pasaba. Fue al comedor donde le esperaban para la comer.
Después estuvo en el despacho. Repasando lo dicho por Eladia y los carteles propuestos. Si sus órdenes iban bien todo eso no sería necesario. Debía contener la iniciativa de esa mujer al menos un día.
Unas horas más tarde se reunió con la familia en el salón del televisor donde estuvieron comentando la jornada hasta después de la cena. Rosa dijo que estaba aprendiendo a cocinar al mismo tiempo que conocía los distintos productos de limpieza. Se sentía bien ayudando en la casa, además de hacer caligrafía y copiar textos.
Mientras que Lucía afirmó que odiaba al profesor de matemáticas y a la tirana de gimnasia explicando por qué.
- Es ciencia exacta, dice cada vez que le preguntamos algo, que le pedimos una explicación. “Es así porque sí. No necesita explicación”, nos dice. ¡Mentira! No le da la gana. Se puede explicar hasta por qué dos por dos son cuatro. - Lanzó un suspiro y continuó con las quejas. Ahora contra la de gimnasia. - No es necesario correr tanto. Se trata de estar ágiles quemando calorías. Nos grita: “Vamos niñas y niños. Una vuelta más”. ¡Ya me dirá para qué! ¡Qué no competiremos en las olimpiadas!
Su rostro cambió al recordar:
- ¡Ah! Daniel, cariño, tengo un recado de tu esposa Elena. Quiere que este sábado la folles bien. Que tiene el índice cansado de tanto frotarse el coño pensando en ti.
Rosa dejó de mirar la televisión para protestar.
- ¡Niña! No seas tan bruta.
- Son sus palabras. - Se defendió sonriendo.
Daniel recordó que las dos esposas compartían instituto y curso.
- Bueno y hablando de acostarse. – Rosa miró a Daniel. – Esta noche ves al segundo piso.
Daniel no se sorprendía que lo supieran, pero sí que fuera tema de conversación.
- Sí, cariño. Ves. – Pidió Lucía. Y añadió sonriendo. – Estará Mónica esperándote. Y por lo que he visto está más nerviosa que una novia.
- ¡Vaya! ¿Y vosotras qué pensáis?
Lo sabía. Lo había leído de sus mentes, simplemente disimulaba.
- ¿Qué va ser? – Preguntó Lucía apretando la boca.
La respuesta fue de Rosa.
- Todas las mujeres de esta casa te deseamos. Cada una, yo misma, te encerraría en mi habitación para mi sola. Pero no debemos ser egoístas.
- Debemos compartirte. – Añadió Lucía. – Ahora Mónica, mañana Núria. Luego yo, el viernes descansas si quieres. – Señaló a Rosa diciendo. – Puedes repetir con Rosa. – Sonrió al añadir: - Y el sábado verás que Elena vendrá sin bragas. Bueno, quizá tengamos que ir a buscarla.
Rosa miró severa a Lucía, no la riñó. Luego a Daniel para ordenar:
- Ahora nos das un besito de buenas noches y a cumplir cómo el hombre que eres.
Las dos sonreían.
Daniel dudaba si realmente controlaba la situación o eran las mujeres quienes le controlaban a él.
Mónica estaba sentada en la cama y su rostro se iluminó al verle entrar.
- ¡Has venido!
- Si, cariño.
Ya no pudo decir más. Mónica se acercó de un salto. Lo desnudó a tirones. Lo arrojó a la cama y se puso a chuparle la polla como una hambrienta ante un manjar. Por fin Daniel pudo reaccionar empujándola a un lado y acarició todo el cuerpo de la muchacha que tanto le gustaba. ¡Qué bien sabía ese coño! Y cuando se corrió parecía que el flujo era añadir salsa al festín.
Mónica no quiso continuar así para el segundo orgasmo.
- ¡Vamos a follar! ¡Méteme la polla ahora mismo!
Lo pedido no era del todo exacto. Lo empujó y se puso encima. Sentada sobre las piernas de Daniel le pajeó la polla un rato para que se pusiera más dura, manifestando las ganas que tenía de follar.
- ¡Uhm! ¡La tienes más bonita que nunca!
Para metérsela por el coño ya fue con más cuidado, y aun así gritó su júbilo al notarse llena:
- ¡Mi rey! ¡Cuánto te añoraba!
Daniel dudaba. ¿Era él el rey o su polla? Tampoco importaba mucho, se podría decir que forman un conjunto indivisible.
Ya con la polla bien dentro, Mónica comenzó a moverse. Daniel la cogió de las tetas, alternando esa caricia al sujetarla por el culo e incluso llevó una mano al clítoris y le dio un apretoncito.
- ¡Por favor, así no! – Pidió Mónica entre jadeos. - ¡Que me despistas! Y hoy quiero que sea… que sea. ¡Ostias! ¡Ya! Lo tengo ya. ¡Uh! ¡Qué pronto!
Realmente estaba muy ansiosa.
Daniel notó las contracciones vaginales en el pene acompasadas a los jadeos de placer.
- ¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Uf! ¡Oh, mi rey!
Daniel la cogía de las tetas.
La mujer se inclinó para delante, apoyándose en Daniel, que tuvo que soltar esas maravillas para abrazarla.
- Un segundo, jefe. – Pidió Mónica respirando fuerte. - Dame un segundo y continuamos.
Estuvieron así un ratito.
- ¡Uhm! Jefe. ¡Ha sido fuerte! ¡Sabroso y fuerte! - Cogió aire para continuar hablando. - Nunca lo había tenido tan pronto. Realmente me has cogido cachonda.
Cierto. El orgasmo, que no fue muy intenso, o al menos no tanto como otras veces, había llegado a los pocos vaivenes con la polla dentro que ya rezumaba flujo caliente, suave y perfumado antes que se la metiera.
Se dieron varios besos hasta que se ofreció para continuar:
- Bien. Sí, muy bien, jefe. – Sonrió Mónica. – Ahora dime cómo quieres continuar. Elije agujero que te lo doy. Lo voy a disfrutar por igual.
- Preciosa mía. Me gustaría ponerme encima y llevar el ritmo.
- Vale.
Se deslizó a un lado y el pene se salió de su cuerpo.
Ya acostada de espaldas separó las piernas ofreciéndose.
- ¡Adelante, jefe! Ven. Disfruta con mi cuerpo.
- Sí, preciosa. Sí. Voy a… - Metió la polla despacio. - ¡Uf! Voy a disfrutar de tu cuerpo. Y me gustaría… que tú también lo… lo pases bien.
- ¡Sí! Mi rey. Así. ¡Uf! Ven y folla.
En ese vaivén al mismo tiempo que la penetra, se detenía y esperaba un poco para continuar. Cuando notó que sus pelvis chocaron fue aumentando el ritmo de su cadera a uno que le iba bien.
Mónica gemía su gozo. A veces le daba apretoncitos en el culo, o le acariciaba la espalda.
- Bien, jefe. Sí. Esto es sabroso. – Se ofreció. – Puedes ir al ritmo que te guste. Más rápido si quieres.
- Gracias.
Se movía como al principio, deslizándose suave y sin brusquedades. Lo mismo entraba un poco para ya retroceder que la llevaba hasta el tope.
– Me va bien así.
La mujer, que estando encima se metió el pene con la brusquedad del ansia, ahora apreciaba esa ternura. El rey sabía cómo tratarla a cada momento. Recordó los consejos que daba a Núria y se los dio a sí misma:
“No tengo que enamorarme. Sólo es follar. Follar sin compromiso con un hombre. ¡Qué bien lo hace!”
Realmente Daniel lo pasaba bien con ese movimiento hasta que mirando el rostro de Mónica supo que no tardaría en tener otro orgasmo por lo que intentó retrasar la eyaculación. Era difícil teniendo la polla en tan agradable lugar y una chica hermosa gimiendo de placer.
- ¡Oh! Jefe. Jefe. Jefe. ¡Esto está buenísimo!
- Sí. Está rico.
Daniel notó los dedos de la mujer clavarse en sus nalgas y los espasmos vaginales en el pene. Además, había puesto los ojos en blanco y mantenía la boca abierta. Supo que ya podía dejarse llevar y descargó toda la lechada.
- ¡Jefe! – Gritó Mónica. - Gracias por... – Iba agradecer la espera y fue cuando notó la invasión de semen en cuatro cálidas oleadas. - ¡Oh! Tú. Ahora tú. ¡Me llenas! ¡Sí! ¡Qué bueno!
Daniel tenía tantas ganas de correrse que sintió alivio al completar las descargas. Parecía liberar la tensión de su cuerpo.
Lo bonito habría sido abrazarse tras tan íntimo encuentro. Pero no podían, durante unos minutos estuvieron separados intentado recuperar el resuello.
Mónica fue la primera en reaccionar. Se giró quedando de costado. Pasando una mano por el pecho de Daniel, se puso a reñirle. Dijo que había sido muy malo con ella al tenerla abandonada tanto tiempo. Que no tardara para la próxima vez.
- Y por haber venido esta noche, haciéndome disfrutar, voy a agradecértelo. Mi rey.
Llevó la mano al pene y se puso a pajearlo. Cuando ya le consiguió volumen acercó la boca.
- Así de hermosa me gusta esta polla.
Comenzó con lamidas, alternando con chupadas y besos. Daniel lo pasaba de fábula. Y casi se asustó al escuchar las pretensiones de Mónica.
- Bueno, y ahora, Daniel, veamos si consigo que disfrutes.
No cesó la caricia hasta que su boca se llenó de esperma. Gimió saboreando tan rico manjar. Al notar que ya no salí más se retiró para enseñar su boca llena y tragarlo con deleite.
- ¡Qué rico!
Con una mano le acarició los testículos.
- Creo que los he dejado vacíos. – Soltó una carcajada. Le cogió la arrugada polla y murmuró. – Bueno ahora a limpiar. Y como no tengo jabón… ¡Adivina!
Acercó la boca y, aunque no se empalmaba Daniel tuvo que pedir que parase. Estaba muy sensible.
- ¡Me estás matando!
Menos mal que Daniel se quedaba a dormir en esa cama, porque si intentaba bajar la escalera en ese momento seguro que se mataba. No le respondían las piernas.
Mónica le acariciaba el pecho y daba algún pellizco en una tetilla. Se puso en plan melosa, pero al estilo de ella, claro.
- Jefe, jefe, jefe. Qué bien que me aguantas cuando me pongo burra. Lo necesito. Y, bueno, ya sabes. Puedes metérmela por el culo, o correrte en mis tetas cuando quieras.
- Gracias, cariño. Tendrá que ser en otro momento. Ahora necesito descansar. ¡Me has machacado!
- ¿A ti? Si con lo que aguantas podrías con dos hembras como yo. Dime. ¿Cuántos hombres consiguen que sus mujeres se corran dos veces antes de soltar la lechada? – Añadió: - Eso sin contar las anteriores con las caricias.
No contestó.
- Otra cosa, jefe. Quiero pedirte que a Lola le des besos y alguna acaricia. Es mayor, sí. Pero es mujer. Y a todas nos gusta. – Lo miró suplicante. - ¿Lo harás? Si lo haces te dejaré que me hagas todas las perrerías que quieras.
- Mónica, cariño. No es como antes, cuando estábamos los tres juntos, pero sí. Le doy algún beso. – Sonrió. – Y lo que dices de perrerías, bueno. Ya con lo normal me machacas así ya me va bien.
Se prepararon para dormir. Mónica se abrazó a Daniel aceptando ese cariñoso beso en la frente. Y otra vez se repitió:
“No te enamores”.
Lo repitió varias veces como si fuera un mantra hindú.
Por la mañana Mónica estaba ruborizada ante las señoras. La trataban con amabilidad y respeto mientras servía el desayuno, porque de otro modo la mujer saldría corriendo a esconderse en su habitación. Todo venía porque en la cocina, esa mañana a modo de saludo, Lola le soltó:
- ¡Qué bien follada se te ve!
Todas en la casa sabía que había estado con Daniel y por lo tanto había follado, y seguro que pasado un buen rato hasta correrse dos veces por lo menos.
Cuando llegó Daniel fue peor. Rosa, al verla tan apurada, dijo que podía retirarse y que se ocupaba ella de servir el desayuno.
- Sí, señora. Gracias.
Se oyó la bocina de un coche haciendo que Rosa se sobresaltase y casi consigue que el chorro de café que servía a Daniel callera fuera de la taza, Y Lucía, a su lado, mirando la hora exclamó que llegaba tarde. Salió corriendo. Estaba claro que se refería al instituto.
Julio, que esperaba con el coche en la puerta, se debió dar cuenta del retraso y la llamó mediante el claxon.
Poco más tarde, Rosa dijo que iba a la alquería a ver cómo iban los pimientos. Afirmó que sabía cuidar una huerta, de siempre se ocupó de la que tenían al lado de casa, pero no a nivel industrial.
Daniel terminaba el desayuno cuando llegaban Lola y Mónica para limpiar la mesa. Se levantó y dio un beso en los labios a Lola.
- Hola novieta. Buenos días.
- Buenos días, muchacho.
Se acercó a Mónica y la abrazó. Aquella correspondió con similar caricia. Le murmuró al oído palabras de agradecimiento, cariño y le pidió volver a verse otra noche.
Como respuesta, Mónica ofreció sus labios.
Terminada la magia del momento, Lola les apremió a trabajar.
- Venga niños, que las tareas no se hacen solas.
Casi corrió a la bodega para enterarse de los pedidos tras su pensamiento del día anterior. Chasco. Nada. Los pedidos llegaban al mismo ritmo de días antes. Dedujo que sería por la tarde. Ya en la bodega estuvo con Eladia que insistía en regalar vino con carteles de propaganda, la cantidad que ponía como límite asustó a Daniel: Mil botellas, por lo que había que seleccionar más de trescientos comercios. También había que buscar una imprenta que se ocupara de diseñar el cartel.
- No iremos a la de siempre. – Proponía Eladia. - Buscaremos una que hagan diseños más actuales, o por lo menos que no se parezcan a los anteriores.
Mostró varios diseños anteriores y verdaderamente se parecían mucho, como si fuera una variación del mismo. Había que innovar.
Dando escusas eludió, por el momento, la situación.
- Sé que es mucho dinero. – Insistía Eladia. – Pero ya verá que lo recupera y con un buen margen de beneficio.
Contestó diciendo que todavía lo estaba pensando.
Por la tarde no fue a la bodega. Y se pasaba el tiempo mirando el teléfono, hasta que recordó que no había gente en la oficina por lo que los pedidos, si los había, se acumulaban para el día siguiente.
Aburrido salió del despacho con intención de ir al salón para ver un rato la tele, porque se había asomado a la ventana y vio que comenzaba a llover, en esas condiciones no quería pasear hasta la alquería.
Se cruzó con Núria que desvió la mirada. La llamó:
- Señora. Me gustaría, si le va bien, que esta noche me espere en esa habitación al fondo del pasillo.
- Sí, señor.
Se acercó para darle un beso en los labios. Núria se ruborizó aceptando la caricia.
- Se lo ruego. – Insistió.
Iba a retirarse, pero Núria volvió a abrazarle. Lo sujetaba con fuerza manteniendo el rostro contra el hombro y los ojos cerrados. Estuvieron así medio minuto.
- Señor. – Núria dudaba al hablar. – No sé si debo ir.
- Señora Núria. Es su decisión.
La muchacha se separó sin llegar a soltarle de los brazos. Mirándole fijamente al rostro preguntó:
- ¿Puedo negarme?
- Con tristeza debo decir que sí.
La respuesta tardó unos segundos.
- Yo… Iré.
Daniel le dedicó una sonrisa.
En el salón Lucía estaba estudiando. A su lado Rosa copiaba de uno de los libros del instituto. La oyó decir asombrada:
- ¡Júpiter tiene 79 lunas!
A lo que Lucía respondía:
- Sí. Son mucho más pequeñas que la Luna. La verdad es que no sabía que fueran tantas. – Añadió dubitativa: - Ese tema toca dentro de dos o tres semanas.
Desde la puerta y sin llegar a entrar, Daniel vio que la televisión estaba apagada, molestaría en los estudios. Se retiró en silencio.
Al pasar por la puerta de a la calle volvió a dudar si daba un paseo. Pero fuera estaba oscuro y por culpa de la lluvia los caminos serían barrizales.
Se encontró con Lola que de un solo vistazo se dio cuenta de su preocupación. Le preguntó:
- Chico. Eres un manojo de nervios. ¿Qué tienes?
Sin entrar en detalles explicó que estaba pendiente de unos pedidos que no llegaban y temía que saliera mal. Representaba mucho dinero.
Mientras hablaban se dirigían al despacho.
Una vez allí dentro, Lola cerró la puerta, ordenó que se quitara el pantalón para darle una mamada.
- Venga, ahora te relajo.
Lola se movía con energía, casi con rabia, sobre esa tiesa polla. Era lo que Daniel necesitaba, una descarga rápida que lo dejara tranquilo.
- Eres una diosa que siempre sabe darme lo que más me gusta. Lo que necesito.
Lola no respondió. Continuaba mamando polla.
- ¡Uf! Novieta, pronto. – Avisó.
Tampoco Lola interrumpió la faena. Y por fin Daniel se corrió.
Tras tragarse las descargas de semen, ahora Lola le limpiaba la polla con unos pañuelos.
- Bueno, muchacho. Solamente así. Que esta noche debes dejar saciada a la pobre Núria. Por favor trátala con cariño.
- Vale. ¿Me enseñas las tetas?
- No.
- ¿Y el coñito?
No contestó. Por lo que Daniel puso cara de niño enfadado mientras murmuraba:
- Tengo una novieta que ya no me quiere.
Lola le miró sonriendo. Sin otro gesto que delatara el aprecio que sentía por Daniel, salió del despacho.
Sin saber qué hacer se acercó al guardarropa cercano a la puerta de la casa. Se puso el calzado con el que iba a vendimiar o a la huerta, cogió el abrigo y salió con intención de caminar. Iría hasta los coches, puede que pasara a ver la alberca, ya se le ocurriría algo, pero estar en la casa sin nada que hacer resultaba agobiante.
La lluvia era muy débil. No molestaba. Caminaba con cuidado de no salirse del pequeño camino para no meterse en el barro.
Fue cerca de la alquería que se fijó en esas luces rasgando el aire. ¿Linternas? ¿Qué empleado de la alquería las necesitaría para orientarse? Con las solitarias luces de posición bastaba. Además, se suponía que a esas horas nadie habría. Dedujo que alguien ajeno a la casa intentaba entrar en el edificio por una ventana sin saber que la puerta de los coches nunca se cierra con llave. Y que en esa casa lo único de valor, sin contar los coches, es la herramienta y quizás una calculadora a pilas.
Decidió actuar.
Continúa en
- Relato #250580— title-regex: contiguous parts (17 -> 18)
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Comparte:Relacion jefe subordinadaMirones que se involucranPoder y control