Campus Cornudo PARTE 2 (Cap. 29)
La apuesta era simple: ganar el partido o ver a tu esposa en ese vestido rojo prohibido. Pero el verdadero precio de la derrota no fue la ropa, sino la vergüenza de quedar desnudo y atado frente a los ojos de todos. ¿Podrás soportar la burla de tus compañeros de club?
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CAPÍTULO 29
Como cada jueves organizamos unos partiditos de pádel. En esta ocasión éramos cuatro parejas de modo que reservamos dos pistas. Pero a última hora una de las parejas tuvo que borrarse y, inesperadamente, se apuntaron Edu y Marisa.
Edu y Marisa no eran habituales en los partidos que organizábamos, pero como también estaban en el grupo de WhatsApp al ver que quedaba una plaza libre se apuntaron.
Después del cabreo del viernes anterior encontrármelos en la pista me pareció una buena oportunidad para darle su merecido a Edu.
La mecánica del minitorneo era simple, un primer partido de 30 minutos en el que sólo se contaban juegos, no sets, y el vencedor de la pista 1 se enfrentaba con el vencedor de la pista 2 en un partido de una hora, este sí, al mejor de tres sets. Las otras parejas jugaban la final de consolación.
Al llegar al club me encontré a Laura tomando un té en una mesa con Edu y Marisa. No me apetecía nada sentarme junto a ellos de modo que, manteniéndome de pie, pregunté:
–¿Han llegado todos?
–Sí, ya están calentando. Deberíamos ir tirando.
Mientras los demás se levantaban de la mesa, Marisa dijo:
–Por cierto, Laura, tienes que enseñarme el famoso vestido rojo.
–Ya te pasé una foto– respondió Laura.
–Ya, ya. Pero me refiero a enseñármelo puesto.
–¡Anda ya! Yo no me presento con ese vestido en ningún sitio más. Cada vez que me lo pongo acabo… ¡como acabo!. –sentenció.
Mientras nos acercábamos a nuestras respectivas pistas intervino Edu.
–¿Listos para perder?
–Ni por asomo. Hoy volveré a ganar. – respondí con convicción.
–Las últimas veces que has ganado es porque yo no estaba. Hoy te voy a machacar.
–Que te crees tu eso.
–Venga, ¿Qué te apuestas? ¿Una cena de 100€ por comensal?
Los cuatro nos detuvimos en la puerta de las pistas y todos se giraron para ver mi respuesta.
–Yo nunca apuesto con dinero – respondí zanjando el tema.
–Pues otra cosa– propuso Edu.
–Una cena en nuestra casa. Nosotros invitamos – intervino Marisa, –Pero si ganamos el partido, Laura deberá ponerse el vestido rojo.
–¿Y si ganamos nosotros? – preguntó Laura.
–Pues será Marisa quien se lo ponga– arriesgó Edu.
–¿El vestido rojo? – pregunté imaginándome como le quedaría el vestido a Marisa.
–El mismo.
–Ok. Acepto – respondí y todos dirigimos nuestra atención a Laura.
–De acuerdo, la que pierda se pone el vestido – sentenció.
Chocamos la mano y entramos en la pista.
Disputamos el primer partido en la pista 1, contra Jaime y Sonia; mientras que Edu y Marisa jugaron su partido en la pista 2 contra Alberto y Maribel.
No fue difícil vencer nuestro primer partido, sobre todo porque Laura era muy superior a su rival femenino y si no ganamos 10-0 fue porque el molesto cinturón de castidad me martirizaba cada vez que debía lanzar mis golpes.
–Laura– le dije acercándome confidencialmente a mi mujer, –deja que me quite el cinturón. Para la final tengo que estar al 100% o perderemos.
–Pero amor, no debes quitártelo. Además, yo confío en ti y sé que vamos a ganar este partido. Eres muy superior a Edu.
Desafortunadamente yo no compartía su confianza y el partido se nos complicó desde el principio.
Laura jugaba desenvuelta, ágil, rápida y precisa, pero Marisa respondía asegurando los golpes y no cometiendo errores no forzados. Como es habitual en los partidos mixtos, el juego se balanceaba entre las chicas, ambas jugando al lado derecho mientras que los chicos interveníamos mucho menos.
La diferencia estaba en que cuando le caía una pelota a Edu, cortaba una víbora sobre la esquina derecha de Laura a la que no podía responder. Mientras que cuando me llegaba la pelota a mí, si arriesgaba la mandaba a la red o al cristal, y si no arriesgaba, el punto continuaba sin que yo pudiera influir.
Perdimos el primer set 6-2 pero empezamos el segundo con más fortuna. Incluso llegamos a tener una bola de set con un 4-5 favorable, pero los nervios me traicionaron y perdimos el juego con una imperdonable doble falta en el punto de oro.
–Parece que quieres perder – dijo Edu desde el otro extremo de la pista, –¿Quieres volver a ver a Laura con el vestido rojo? – añadió provocadoramente.
No me digné a responder la provocación y continué jugando tan bien como pude, pero la presencia del cinturón me atenazaba. Realmente, no era un problema físico, sino que era un problema de confianza; con el cinturón de castidad me sentía débil, me sentía un macho beta… en definitiva, me sentía un perdedor, un loser con todas las connotaciones que adquiere esa palabra.
Y en eso me convertí cuando mandé a las nubes la bola que nos hubiera permitido jugárnoslo todo al tie breack.
–Lo siento Laura – dije a modo de disculpa, –ha sido culpa mía. He regalado el partido.
–¿Por qué? – preguntó.
–Por el cinturón. Me roba la confianza, me hace sentir un perdedor. Voy a cambiarme en casa. Nos vemos.
–¿No te duchas aquí?
–¿Con el cinturón? Ni hablar, sería el hazmerreír del club. – respondí compungido.
–No me seas crio, ve al vestuario, dúchate y pasea orgulloso tu cinturón. Si supieran cual es el premio por llevarlo muchos lo querrían para ellos.
Me la miré incrédulo.
–Que va, que va. Me voy. Nos vemos en casa.
–Si no lo haces– dijo Laura agarrándome del brazo, –lo consideraré como una falta y te pasaras 15 días castigado sin sexo.
–¿En serio? – respondí bajo la severa mirada de Laura. Y con la cabeza gacha obedecí.
Me esperé a que el vestuario se vaciara y cuando ya casi no quedaba nadie me duché en una esquina; al secarme me cubrí con la toalla para que nadie pudiera ver mi pene prisionero.
–¿A ver que llevas? – dijo Edu desde mi espalda quitándome la toalla con un brusco tirón.
Quedé de pie, completamente desnudo frente a Edu y dos hombres más que se giraron al escuchar ruido. Raudo como una gacela corrí hasta mi taquilla y me puse los calzoncillos tan rápido como pude, aunque el mal ya estaba hecho y los dos hombres empezaron a reírse. Pronto todo el mundo lo sabría y me convertiría en el hazmerreír del club.
Sin dirigirle la palabra a Laura me fui directo a casa. Derrotado, humillado y deprimido.
Cuando pocos minutos después oí como Laura abría la puerta del piso me encerré en el cuarto y apagué la luz.
–¿Estás bien amor? – dijo Laura, –¿Por qué te has ido sin decir nada? Todos han pensado que estabas enfadado por perder.
–¿Por perder? – respondí casi gritando, –y por exhibir mi pollita ante todos. Pronto todos lo sabrán y se reirán de mí.
–No es verdad, amor. Pronto se olvidarán y no debes avergonzarte de ser un macho beta. La mayoría de los chicos del club lo son. ¿Te preparo algo bueno para cenar o vamos a un restaurante?
–¡No! ¡No! Me voy a dormir. No cenaré. – y en voz baja para que no lo oyera Laura añadí, –mañana me espera otra cena para olvidar.
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