Xtories

MENSAJE POR ERROR. El fin del principio

La puerta se cerró con llave, pero el secreto de la pared delgada aún latía. Ahora, el castigo no es la soledad, sino la promesa de una noche en la que el dolor y el deseo se confunden. ¿Podrá el perdón ser tan intenso como la culpa?

aSeneka6.5K vistas9.1· 23 votos

El fin del principio

Pulsó el timbre por tercera vez y siguió esperando. No se oían pasos, ni tan siquiera un leve ruido de objetos moverse. Quizás dentro no hubiera nadie. En ese caso, todavía podría encontrarla por las escaleras, portando sus bolsas.

O quizás, lo más probable es que no quisiera hablar con él. Suspiró resignado y se echó la mochila al hombro antes de dar media vuelta y comenzar su último descenso.

Cuando apenas había llegado al segundo escalón oyó descorrerse, uno a uno, los cerrojos. Tras la puerta apareció una impertérrita Herminia. Cristian se alivió de que, al menos, aceptara verlo. Volvió tras sus pasos hasta colocarse frente a ella que lo observaba con el mismo ademán adusto que cuando salió de allí por última vez.

—¿Has venido a pedir perdón?

Cristian no contestó de inmediato, pero a su cara asomó media sonrisa triste cuando se dio cuenta de cuánto iba a echar de menos el mal humor de la vieja huraña. Negó con la cabeza y una caída de ojos.

—Me voy, Herminia. Solo he pasado a despedirme.

Ella no reaccionó de primeras, pero al percatarse de la enorme mochila en su hombro, sus ojos mostraron la sorpresa de quien no entiende.

—¿Te cambias de casa? ¿Ahora que por fin…? —Se quedó callada cuando entendió que no iban por ahí los tiros a tenor del semblante de su vecino—. Tu madrastra —sentenció—, otro ataque de arrepentimiento. Demasiado gritaba esa gata. Y menudas cosas salían de su boquita. Ya me extrañaba que no te culpase a ti de ello, la muy…

Cristian levantó dos dedos para frenarla e hizo una mueca apesadumbrada. Después, arqueó las cejas con humildad.

—Mi padre —explicó—, se ha enterado.

Y se hizo la luz, dolida en su pecho por el mismo mazazo. Dejó caer los hombros y enterneció su semblante.

—Vaya, eso… no me lo esperaba. —Movió la cabeza con pesadumbre—. Dios, pobre hombre.

—No quería hacerle daño. Y a él menos que a nadie. Solo era…

—Lo sé —cortó—, un juego peligroso en el que nadie debía salir herido. —Suspiró con pesar—. ¿Pero cómo…?

Cristian agachó la cabeza.

—Nos vio. Le partimos el corazón.

Entrecerró los ojos en un ademán acusador—. Eso no tenía que haber salido así.

Cristian afirmó cabizbajo, asumiendo toda la responsabilidad. —Pensábamos que aún estaba fuera y que tardaría días en volver. Por lo visto no era así y pensó en darle a Marta una sorpresa.

La señora movía el mentón a uno y otro lado, cavilando.

—Llevo días oyendo lloros, ahora entiendo tanta lágrima. —Se cruzó de brazos—. Tenéis que hablar con él.

Se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Me ha echado de casa —explicó—, a los dos. Por eso he venido. No creo que nos volvamos a ver usted y yo.

Herminia se cogió de las manos, tan apesadumbrada como él, quizás esa era la peor noticia para ella. El ambiente era de velatorio y compartía su dolor como quien acompaña un duelo. Ninguno sabía qué decir y se limitaban a mirar al suelo dejando pasar el tiempo. Al final, fue ella quien lo rompió.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—No lo sé. Mi madre quiere que me mude con ella y me olvide de todo. —Soltó el aire—. Tampoco sé cómo pedirles perdón ni cómo compensar toda la mierda que he dejado.

—El único lugar donde uno paga lo que ha hecho… es el mismo donde lo cometió.

—Eso… —dijo él frotándose el mentón— va a ser difícil. Tengo vetada la entrada a esta casa para el resto de mi vida y no consigo hablar con mi padre, ha cortado todo contacto conmigo. Y respecto a Marta… le he jodido la vida pero bien. Tampoco ella me quiere ver. Creo que se vuelve para siempre a su pueblo natal.

Se quedó pensativa, con la vista en su mochila.

—Espera, quiero darte algo.

Se metió en la casa y volvió al cabo de unos minutos. En su mano portaba una bolsa de plástico amarilla. Cuando Cristian la abrió, reconoció al instante los dos objetos que portaba. Sacó uno de ellos y lo mostró, estupefacto. Era la fotografía de la infidelidad, esa en la que aparecía con una mirada de leona hambrienta mientras su amante se escondía en el armario.

—Quiero que te la quedes. Solo tú sabes lo que significa. —Se encogió de hombros—. Y quizás, alguna vez, hasta te hagas una paja con ella.

Cristian recibió aquel tesoro con ternura y un destello de nostalgia. La sujetó entre sus manos, admirándola, sin poder creerse que sería el poseedor de su secreto más preciado.

—Ni de coña. No me vuelve a joder la cabeza.

La vecina soltó una carcajada muda y Cristian devolvió la foto a la bolsa. Después, extrajo el segundo objeto, confundido.

—Ya sabes para qué es. No pierdes nada por intentarlo.

Asintió sin decir palabra y lo devolvió a la bolsa que guardó en su mochila. Después, volvió el silencio y las miradas al suelo. Ninguno quería terminar aquella perversa relación de dos personas tan dispares y tan parecidas entre sí.

—Lo pasamos bien, ¿eh, chico?

Cristian asintió. Había sido el camino más morboso y sucio que hubiera recorrido nunca en complicidad de alguien menos pensado.

—Sobre todo usted, al otro lado del tabique.

Su respuesta causó la sonrisa maliciosa de la vieja verde. Y, de nuevo, el silencio como acompañante molesto de una despedida que ninguno quería.

—Siento mucho haber discutido —dijo él—. Siempre que pierdo los nervios, acabo diciendo lo que no debo y la cago con quien no se merece.

—Ya te advertí que, en esta vida, la primera clave del éxito, es no decir todo lo que sabes —inspiró y expiró con fuerza—. Dicho de otro modo, hay que saber cuándo cerrar la boca, zoquete.

Cristian sonrió de oreja a oreja, anotando el consejo de la vieja que no iba a obedecer.

—¿Puedo darle un abrazo? —pidió él, por fin.

—¿Vas a aprovechar a tocarme el culo?

—No, Herminia, no le voy a tocar el culo, no voy a besarla y, mucho menos, voy a empotrarla contra la pared a pollazos.

—Entonces olvídalo.

Pero él se acercó a ella como si no la hubiera oído y rodeó su cintura, apretando a la mujer contra sí hasta amoldar sus cuerpos. Ella se dejó hacer, recibiéndolo sin protestar y rodeó su cuello con sus huesudas extremidades.

Se quedaron así. Ella, sintiendo la fortaleza del adolescente y él, su cariño de cien años. Cerrando los ojos ante un abrazo que reconfortaba a ambos. De sus labios se escapó una sonrisa de gratitud.

—Me gusta cómo huele usted —dijo—, a frutas, igual que su dormitorio.

—Es lubricante, tengo las manos perdidas, pero no te voy a decir por qué.

—Vale, se acabó el abrazo.

Cuando se separaron ambos sonreían por ese juego retorcido que les unía frente al mundo y a pesar de él.

—Dale recuerdos a tu bonita novia, ahora es lo más importante que tienes.

Cristian chasqueó la lengua. —Se va a pasar el verano con su padre biológico. Hasta en eso tengo mala suerte.

—Eso no importa, también en la distancia se puede seguir queriendo a alguien. —Se puso seria—. Dicen que para obtener el perdón, se necesita un cambio, pero también el amor necesita acción, así que atesóralo y cuida de ella.

—Lo siento, pero prefiero que ella cuide de mí cuando vuelva. He llegado a la conclusión de que es lo que más me conviene.

—Tus conveniencias son una mierda. —Y le soltó una colleja—. Haz caso, que te lo dice una vieja.

El adolescente soltó una carcajada mientras se frotaba el cuello.

—La echaré de menos. Cuídese ahora que se queda sola.

—Respecto a eso… —comenzó a decir la señora— ayer llamé a mi hijo.

Cristian levantó las cejas, inquiriendo con la mirada. Ella continuó hablando.

—Le dije que quería volver a verlo; que echaba de menos su risa de niño, que deseo volver a tener contacto con él y con su familia.

—Claro que sí. Va progresando usted. ¿Ve cuánto le beneficia mi compañía?

—Me dijo que a ver a qué venía eso ahora. Que si me había bebido el minibar y que si le he llamado para esto. Que hacía muchos años que había dejado de tener madre.

—Puto… cabrón sin corazón. —Su cara era de estupefacción—. Yo… Siento la mierda de consejo.

—Sí, como asesor familiar eres un inútil —corroboró—. Y, sin embargo, ha sido lo mejor que he hecho en los últimos diez años.

Cristian frunció el ceño, sin entender.

—Vendí esta casa hace lustros —explicó—. De hecho, vendí todo lo que poseía cuando enviudé y doné el dinero a mi hermana. —Hizo una pausa—. Todo el dinero —remarcó—. No quería que, si me moría, él recibiera nada. Desde entonces vivo de alquiler, que paga ella. También me da una pequeña renta según le voy pidiendo.

A Cristian empezó a asomársele una sonrisilla, al comprender por dónde iban los tiros.

—Siempre me he preguntado si hice bien dejando a mi hijo sin la posibilidad de heredar un solo céntimo, con el eterno gusanillo reconcomiéndome por dentro —continuó—. Ahora, por fin, ya no tengo ese cargo de conciencia.

»Además, la única dueña de mi cuerpo, soy yo. Así que, si en todo este tiempo, no se ha dado cuenta, puede irse a la mierda.

—Uffff, —dijo Cristian llevando los dedos al puente de la nariz y apretando con fuerza— la de pajas que me voy a hacer con esa foto.

La vieja sonreía triunfal, agradecida por el beneplácito de su joven vecino y por su último comentario. Él le devolvía la misma imagen de satisfacción por un secreto que solo ellos conocían.

El secreto del cornudo.

—¿Le puedo preguntar qué pasó?

El recuerdo evocó en ella viejos fantasmas y sus ojos fueron los primeros en notarlo. Torció el gesto, pero, tras unos instantes, terminó encogiendo los hombros, concediendo.

—Mi esposo se fue apagando con el tiempo. Nunca supimos si era algo físico o, simplemente, que su mente le jugaba una mala pasada. El caso es que cuanto más se obsesionaba con satisfacer lo que él creía que era una necesidad para mí, peor se ponía todo.

Hizo una pausa, rememorando con tristeza.

—Dejé de tener relaciones con otros hombres. No podía mientras él no se encontrara bien. Quizás eso lo empeoró todo porque mi carácter también se fue apagando con el paso de los años.

Una nueva mueca de disgusto acudió a sus ojos.

—Terminé accediendo a que otro ocupara el lugar que nunca debió dejar de ser suyo. Lo hice por él —se lamentó—. Él lo estaba haciendo por mí. —Se quedó callada.

—¿Ese otro… era su jefe?

Ella negó con gesto afable. —No, eso jamás. No en su cara. —Cerró los ojos e inspiró profundamente—. Fue con un chico joven, un crío. —Chasqueó la lengua, dolida—. Iba a clase con mi hijo.

Cristian levantó las cejas y abrió la boca, incrédulo.

—No-me-joda.

Ella asintió apesadumbrada.

—Imagínate lo que supuso para el abusón del colegio descubrir que uno de los panolis a los que atizaba, se follaba a su madre. —Cerró los ojos con aprensión—. Mientras su padre suplicaba sumiso.

—LA-PU-TA-MA-DRE.

—A partir de aquel momento, para él, pasé a ser una puta, y su padre… un pusilánime.

Cristian vivía uno de esos momentos en los que no se sabe qué decir y, cualquier palabra de ánimo, suena como una burla. Su hijo debió de flipar de lo lindo.

—No te vayas a confundir con él —atajó ella, adivinando sus pensamientos—. Mi hijo ya era el imbécil bobalicón y prepotente que conoces. Lo único que cambió fue que, desde aquello, creyó tener la excusa para serlo. —Levantó la mirada con un semblante arrepentido—. Aunque a nosotros nos dejó la culpa. Y nuestro hogar se convirtió en un zoco de vergüenza y miradas de reproche.

Cristian abrió la boca para decir algo, pero prefirió seguir callado. Después, dio un paso adelante y volvió a abrazarla. Ella se dejó hacer y de sus hombros se desprendieron cien años de peso.

Se mantuvieron así un buen rato antes de separarse.

—Me voy ya —dijo por fin—. Cuídese.

Mientras bajaba las escaleras, ella lo llamó desde arriba.

—Chico —Cristian se paró en mitad del segundo descansillo—, respecto al consejo que me pediste…—hizo una pausa para que él prestara toda su atención— cambia, no seas como yo.

La pausa, cargada de intención, pareció hacer efecto porque él se la quedó mirando, con el mentón a un lado, cavilando.

—Va a ser que no —dijo continuando su descenso.

—Hazme caso, soy una vieja cargada de sabiduría que un día pagarás por escuchar.

—No la oigo —dijo un piso más abajo.

—Te convertirás en un amargado y solitario, como yo.

—Nada, que se corta.

Ella suspiró, resignada, viéndolo bajar piso tras piso hasta oír el sonido de la puerta de la planta baja cerrarse por efecto del muelle.

«Pobre ignorante».

— · —

—Así que te instalas ya —corroboraba Martina, la hermana de Marta—. ¿Tan pronto?

—Sí, he venido un poco antes para ver cómo ha quedado la obra.

—¿Y Mario?

—Él… bueno, sigue de viaje, ya sabes. —Apartó la mirada—. Siempre yendo y viniendo.

—Vaya, con las ganas que tenía de verle.

Tomó de la mano a su hermana a modo de consuelo. Ella le devolvió el gesto con una sonrisa tranquilizadora.

—Pero hablemos de ti. ¿Tenéis todo preparado para la boda?

—Claro, cuñada —contestó Marcos tomando la palabra—. Solo faltan por confirmar los últimos invitados. A ver si Aníbal se decide a venir por fin.

Marta dio un leve respingo.

—¿Aníbal? ¿Le habéis invitado a él también? —Había levantado las cejas y sonreía sin disimulo—. Vaya, Alba se va a llevar una sorpresa.

—Ah, pero… ¿Al final tu prima viene a la boda? —preguntó Marcos con interés—. Te entendí que se había descolgado en el último momento.

—No, eso fue… —Marta movió la mano en el aire deshaciendo el entuerto— una confusión mía. No sé por qué, me hice a la idea de que al final no vendría. Llegará a finales de la semana que viene.

—Ay, qué guay —exclamó Martina—, con las ganas que tengo de ver a la primi.

—Me perdonáis un momento —dijo Marcos levantándose del sofá—. Vuelvo enseguida.

Salió al jardín por la puerta acristalada y la cerró tras él. Dentro se oían las voces de las dos chicas. Se alejó unos pasos hacia la piscina y sacó su móvil, no sin antes comprobar que no había nadie cerca.

—¿Aníbal?… Ey, tío, soy yo… Ya, escucha: NOTICIÓN. Alba SÍ viene a la boda… Que sí, joder, como lo oyes… Pues porque me lo acaba de decir la propia Marta. Llegará a finales de la semana que viene… —pausa—… Sí, ya sé que te dije que se había rajado, pero parece que, al final, se ha vuelto a apuntar… ¿Eh? no sé, no me ha dicho. Con su novio, supongo… Sí… Que sí… —largo rato escuchando y sonrisa de depredador—… ¿Entonces… te vienes o qué?… Claro, colega, hablo con Gonzo y los otros y vamos preparando… —Pausa larga escuchando y nueva sonrisa—… Sí, yo también lo creo.

— · —

Era la segunda cerveza que se tomaba con Javier, su colega del pueblo. Estaban sentados en una de las terrazas frente a la playa.

—¿Y solo vas a estar aquí una semana?

—Es lo que me deja quedar Cris en casa de su padre —contestaba Cristian—. Dice que en estas fechas es cuando más trabajo tiene su viejo y que necesita toda la casa para llenarla de trastos para la venta.

—¿El hippy? ¿Trabajo? —Javier levantaba una ceja, escéptico.

—Fabricando sus propias mierdas, yo qué sé.

Su amigo dio una carcajada muda.

—Pensaba que pasarías el verano con tu madrastra. Joder, con las ganas que tenía de pasarme a visitarte. —Le guiñó un ojo, cómplice.

Cristian apartó la mirada, inquieto.

—Cambio de planes. Me instalo en casa de mi madre —dudó—. Marta y mi padre… están de cambios, así que, durante un tiempo…

—¿Lo han dejado? No me jodas.

—No, no, o sea… a ver. —Se llevó la mano a la frente—. Movidas suyas de pareja con el tema de la casa, las mudanzas y eso. —Miró a su amigo de soslayo—. Además, estará liadísima con lo de la boda de su hermana como para cargar conmigo hasta que mi padre vuelva de un viaje que está haciendo.

—Ah, sí, Martina. —Se le iluminó la cara—. Lo buena que está la tía.

—¿La conoces?

—Su novio es amigo de un colega mío y… he visto fotos.

—¿En pelotas? No jodas.

—No, coño, en topless —sonrió ladino—, pero menudas tetas. Y qué pezonacos.

Cristian movió la cabeza como si le costara creerlo. —Tú siempre tienes fotos en bolas de mogollón de pavas de este pueblo.

Javier no le respondió a eso. En su lugar le guiñó un ojo de manera cómplice y echó un trago de su bebida que apuró hasta el fondo. Después, toqueteó su móvil y lo levantó frente a su cara.

—¿Ves a esta tía? Pues antes de que acabe el verano, la voy a ver follando en directo.

—Hostia, pero qué buena está. Menudo pibón.

—Pues es la prima de tu “mami” —contestó ufano—. Y ya ves que todas las chicas de esa familia desbordan de lo mismo.

—¿La famosa prima de Marta? ¿La que viene a pasar unas semanas con ella? —Cristian se hizo con el móvil para verla mejor, ampliando en cada una de las partes más interesantes. La estudiaba con detenimiento, desplazando la imagen arriba y abajo, embobado—. ¿Y ésta es la que ha elegido a un pagafantas en lugar del macho alfa que era el hombre de su vida? —decía sin podérselo creer.

—¿Eso… te lo ha dicho Marta?

—Me contó una historia sobre ella —dijo sin apartar la vista de la pantalla—. Que tomó la decisión incorrecta.

Javier se hizo con el teléfono y comenzó a toquetear en él.

—¿Qué haces? —preguntó Cristian.

—Wasapeo.

—¿Con quién?

—Con nadie. ¿Y dices que te lo ha contado la propia Marta?

—Sí, y por lo visto su relación no pasa por su mejor momento. Por eso han estado a punto de no venir a la boda.

Javier, sin dejar de escribir en su smartphone, amplió su sonrisa.

—Colega, si yo fuera tú, pasaría en Sales de Kabio el resto de las vacaciones.

— · —

Marta había cortado el césped por segunda vez en lo que iba de semana. El jardín era amplio y el esfuerzo le ayudaba a no pensar. Ya casi no lloraba en una casa que se le caía encima cada noche. Ni tan siquiera las vistas del mar, que tanto le gustaban, mitigaban su dolor y ya estaba harta de inventar excusas justificando la ausencia de su pareja. Por suerte, la boda de su hermana y la llegada de su prima dentro de una semana, ayudaba a levantar el ánimo.

Tenía muchas ganas de verla y de volver a la adolescencia, a los cotilleos y a las noches de confesiones en vela. Sus charlas por teléfono no eran lo mismo que cuando se hacían al calor de una manta compartida y la complicidad de quien no necesitaba palabras.

Eso era lo peor: haber perdido al hombre que amaba y el calor de una cama que ya no la esperaba.

Entró en la casa a través del acceso acristalado del jardín y fue entonces cuando oyó que llamaban a la puerta principal. El corazón le dio un vuelco y cerró los ojos deseando que fuera él.

Nerviosa, se atusó el pelo y se arregló la camisa frente al espejo de la entrada. Se frotó los ojos y parpadeó con rapidez, intentando eliminar los restos de unas lágrimas tardías, no quería que la viera así. Se plantó frente a la entrada, se secó las manos en el vestido y cogió aire. Más tranquila, lo expulsó con rapidez y tiró del pomo hasta abrir la puerta por completo.

No era él.

Y su sonrisa desapareció.

La figura que la miraba desde el otro lado tampoco sonreía. Tenía la vista baja que solo levantaba de hito en hito, sin saber cómo empezar una conversación que había temido desde que la imaginó.

—Siento presentarme así —dijo por fin—, pero… es que no me coges el teléfono.

Marta no dijo nada, pero los sentimientos volvían a aflorar de nuevo. Una gran bolsa de deporte, junto a él, le hizo fruncir el ceño.

—No vengo a quedarme. Solo… estoy de paso. Necesitaba verte, saber si estabas bien.

Ella soltó el pomo y se cogió de los codos, apartando la vista por primera vez. Todo lo ocurrido volvía de golpe y sus ojos eran los primeros en notarlo.

—No lo estoy —dijo.

Y ni siquiera sonaba a reproche.

—¿Has hablado con él? —le preguntó a ella—. A mí no me coge las llamadas. Me ha bloqueado por completo y, cuando voy a verle, no me abre.

Ella cerró los ojos aguantando la congoja.

—Solo una vez. Me pidió tiempo.

Cristian asintió con pesadumbre. Ya era más de lo que había conseguido él. Quizás era porque suya fue la mayor traición y el mayor dolor. Se quedó con la vista fija en el suelo, sin valor para sostener la de ella.

—Le hicimos daño, sobre todo, yo.

Marta se mordió los labios y apartó la vista. Sus lágrimas acudían en tropel. Una de ellas desbordó de un ojo que ella limpió con rapidez con el dorso de la mano.

—Le echo tanto de menos.

Fue todo lo que pudo decir, después sucumbió a la congoja y se embutió en un silencio que no servía ni para hacer compañía. Tuvo que pasar más de un minuto hasta que él decidió romperlo.

—Sé que nada de lo que haga o diga va a solucionar lo que pasó, y no hay excusas que lo justifiquen, pero… he pensado… que quería darte esto.

De su mochila sacó algo envuelto en una bolsa de plástico amarillo. Ante sus ojos apareció un objeto ovalado como la quilla de un barco. Parecía una bandeja o algo similar, de un palmo de largo.

—Es de madera noble —explicó él—, no de corcho, como mi cerebro.

Marta seguía sin reaccionar.

—Era de mi abuela —continuó Cristian—. Formaba parte de un juego de vasos de cristal fino. Una herencia de familia que guardaba como oro en paño. A mí… —suspiró— me encantaba jugar con ellos a los trenes o haciendo construcciones, torres…

Marta levantó una ceja sospechando el futuro de aquellas piezas o quizás cansada de escuchar una historia que no le interesaba lo más mínimo en ese momento.

—Te voy a abreviar el drama —dijo expirando con frustración—, me los cargue todos, pese a que mi abuela me lo advirtió mil veces. —Soltó otro suspiro—. Creo que nunca la vi más triste.

Levantó brevemente la vista para ver su reacción, pero ella seguía con la mirada cansada. Cerró los ojos y terminó de contar la historia.

—Esta bandeja —dijo volviendo a mostrarla— es lo último que queda de aquel juego de vasitos y de su recuerdo. No te lo doy como una ofrenda de perdón, sino como una herramienta para ayudarte con todo lo que te he hecho —explicó—. Odiar, también es sufrir. Por eso me gustaría que lo guardases hasta que quieras devolvérmelo. Aunque, también, puedes romperlo y saldar parte del daño que te he hecho.

Marta lo miró de nuevo y lo tomó entre sus manos, sosteniéndolo con curiosidad.

—Estoy cansada de llorar —dijo por fin ella—. No te odio, Cristian, me odio a mí. Por lo que provoqué, por lo que permití. —Se llevó una mano a la frente y se masajeó las sienes con dos dedos—. Fui yo la que entró a tu cuarto a darte mis bragas, yo te pedí que te quedaras conmigo. No me diste nada aquella noche que no quisiera recibir. —Se tapó la cara con una mano ahogando un sollozo—. Yo… solo quiero que vuelva y que me perdone para que volvamos a estar como antes. —Llanto largo—. Pero dudo que eso vaya a ocurrir. Así que lo único a lo que aspiro es pasar página y olvidarme de todo. —Le devolvió la bandeja—. Toma, puedes quedártela, ya te perdoné hace tiempo. Ahora solo hace falta que me perdone yo.

Cristian ahogó una mueca de fastidio. Esa bandeja solo era una manera de mantener un vínculo con ella para poder mantener el contacto.

—Me gustaría que te la quedaras de todas formas. No se me ocurre un mejor lugar donde pudiera estar. Además, no me apetece volver a casa de mi madre para dejarla donde estaba.

Marta dudó, pero terminó aceptando la pequeña bandeja.

—Supongo que podré encontrar un lugar idóneo haciendo que ocupe su antiguo uso.

Después, de nuevo el silencio y miradas a ninguna parte. Cristian se frotaba la nuca, turbado. Marta parecía afectada de verdad y eso le provocaba un regusto amargo. No estaba acostumbrado a sentir remordimientos por nadie y menos a causa de algo que tanto había deseado conseguir.

—¿Qué tal llevas las noches? —preguntó solo para romper el silencio.

Nuevo acceso de lágrimas en los ojos de ella que apartó la mirada, incapaz de sostener la de Cristian.

—En vela, la pena me consume —dijo antes de morderse los labios para contener un llanto—. Más de una vez he dormido frente a la tele, en el sofá, para no sentirme tan sola. Y por el día… la casa se me cae encima.

A Cristian se le cayeron los hombros, derrotado. Eso lo había provocado él.

—Lo siento —solo pudo decir.

Marta se secó la cara con un pañuelo y se sonó los mocos.

—A veces, creo que me voy a terminar volviendo loca —de nuevo se mordió los labios aguantando un sollozo—. Le echo de menos, Cristian. Le echo mucho de menos.

Se vio en la obligación de darle un abrazo, dejando que llorara en su hombro. Al cabo de un rato y algo de calor humano, ella se separó, limpiándose los ojos de nuevo con el pañuelo e intentando serenarse haciendo varias respiraciones profundas. Cristian volvió a quedarse sin nada que decir.

—Creo… que tengo que irme —dijo por fin él.

Decidió dar media vuelta y volverse por donde había venido. Antes de llegar a la portezuela que daba acceso a la acera, Marta lo llamó.

—Espera —caminó hacia él—, no te vayas. —Había sonado como una súplica—. No quiero seguir sola. Quédate unos días —pidió—, hasta que consiga salir a flote.

Cristian no dio muestras de sorpresa, pero por dentro suspiró de alivio. Había llegado a aquella casa dispuesto a implorar que lo acogiera. Resulta que ella misma le ahorraba el bochorno.

—No estaría bien que compartamos espacio después de lo que ha pasado entre los dos —se excusó—. Y mi padre podría volver. Vernos juntos le mataría.

Ese fue un golpe que ella acusó cerrando los ojos y bajando la cabeza. Cristian se arrepintió de decirlo nada más abrir la boca. No quería hacerle recular.

Ella miró la bandeja de nuevo y la apretó contra su pecho. Después, se quedó en silencio, rumiando por dentro. Tras un largo rato, levantó la vista hacia él.

—Tu padre no vendrá antes de que acabe el verano —concluyó—. Si es que viene. Para entonces tú ya habrás comenzado la universidad.

Cristian se quedó callado, disfrutando de una sensación de alivio como nunca había experimentado. Lo del padre de Cris estaba bien como última opción, pero sabía que no lo iba a pasar nada bien allí metido. Cerró los ojos y exhaló un suspiro.

Regaló a su madrastra una sonrisa de sincera gratitud. Había deseado a toda costa, encontrar un perdón que no merecía. A partir de ahora (se dijo) ella sería como su verdadera madre y juró que iba a comportarse como nunca debía de haber dejado de hacerlo.

«Te prometo que voy a cuidar de ti».

Marta volvía a acariciar la bandeja.

—Y, si quieres… —Ofreció al muchacho una sonrisa triste— puedes invitar a tus amigos a merendar. Podréis bañaros en la piscina. Me vendrá bien volver a oír risas de nuevo.

—Claro, no te pienso dejar sola para que te comas el coco ni un segundo.

La cara de ella mostró, por primera vez, un amago de sonrisa.

—Venga, lleva tu mochila arriba, al cuarto del camarote. Enseguida te subo sábanas para que hagas la cama.

—Ah, sí. Ya recuerdo que la mía la van a ocupar tu prima y su novio pureta.

A Marta se le borró el conato de sonrisa de cuajo.

—Sí, ese —escupió.

Un detalle que no pasó desapercibido para un Cristian experto en reacciones faciales de asco.

—Uy, ¿Y esa cara? Si decías que era muy majo.

—Sí, decía —bufó—. Hasta que me enteré de que es otro crápula que solo busca aprovecharse de mi prima pequeña. Un cretino. —Comenzó a caminar hacia la casa—. Si es que esa tontaina no sabe elegir los novios, joder.

Para Cristian, la aversión de Marta, fue suficiente razón para odiar a muerte a ese “crápula” que perturbaba la paz de su mentora.

Comenzaban las vacaciones y un hálito de esperanza se abría frente a ellos. Ya habían tocado fondo y, a partir de ahora, todo iría a mejor.

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Fin capítulo XXIV

Si te ha gustado, deja un comentario, el autor te lo agradece enormemente.

La próxima semana, el epílogo y cierre de este relato.

Gracias por leerme y muchas gracias más por comentar.