La Cualidad de la Palabra. 42
En la mansión Montesinos, las reglas del juego se escriben en silencio. Cuando Nerea pide entrar en el círculo íntimo de los dueños, Guille no solo le abre la puerta, sino que descubre que el placer puede ser más complejo que un simple contrato.
Unos días más tarde, Nilea llamó a Berta coincidiendo que estaban en el gabinete los dos por lo que Berta puso el manos libres, avisó se cogía dos semanas de vacaciones y que al menos estaría una en Zamalca para ver a sus padres.
- Perdona. - Guille preguntó: - ¿No estaban en Alemania?
- Solamente fue una temporada. Por probar. Debían compartir la casa con unos familiares y era un poco incómodo para todos. Además, vivir aquí les sale más barato teniendo ya casa propia.
Guille cambió de tema.
- Podríamos quedar y vernos. Salir por ahí una noche. Cenar.
- Bailar. - Propuso Berta.
- Te mereces unas vacaciones. - Añadió Guille. – Después de estar con tu familia podrías venir a nuestra casa.
- ¿Vuestra casa? – Se asombró la rubia alemana. - No sé. No estáis en los Nopales, y alojarme en casa del gran jefe... No sé. Me da apuro.
- Está contento con tu trabajo.
En unos minutos Berta la convenció sin que Guille empleara la Cualidad. Pasaría unos días en la villa. Además, Nilea tenía curiosidad por ver ese palacio.
Esa noche Berta recordó a Guille que las tetas de la alemana eran un poco más grandes que las suyas, y que tenía el atractivo de ser rubia auténtica. Esto es, el vello del pubis es rubio natural. A lo que Guille respondió:
- Cariño. Si tienes ganas de follar con ella ya sabes que no me molesta. Adelante.
Berta se ruborizó. Y por eso lo primero que hizo esa noche fue darle una mamada que casi lo deja paralítico.
- ¡Uf, cariño! ¡Qué bien!
Berta se limpiaba alrededor de la boca con el dorso de la mano se tragaba la descarga del marido poco a poco, saboreándola.
Tras un vaso de agua, que bebieron entre los dos, Guille ya pudo reaccionar y “devolver el favor” a su esposa con cuatro orgasmos. El primero al acariciar sus tetas y el segundo con la comida de coño.
- ¡Ah! ¡Qué bien lo haces! – Berta gemía animando al marido. – ¡Así! Un poco más arriba. ¡Ahí! - Lo pasaba muy bien con esa lengua en su coño.
Y agitó todo el cuerpo en ese electrizante orgasmo. Gimió:
- ¡Ah! ¡Uhm! Sí.
De un manotazo Guille se limpió la barbilla y propuso:
- Vale. Pues ahora vamos a follar. ¿Cómo quieres…?
- Ven así cariño. No tardes. – Ordenó separando otra vez las piernas al ofrecerse. - Métemela ya.
El siguiente orgasmo fue follando a lo misionero.
- ¡Te mueves muy bien!
- Te amo.
Y el último fue cuando, tras empujar a Guille para cambiar de posición, a lo amazona. Se puede decir que en esa galopada los dos llegaron parejos a la meta.
- ¡Así, nena! ¡Tú sí que te mueves bien!
- ¡Calla! ¡Y coge mis tetas!
Berta galopando, Guille acariciando sus tetas, con apretaditas en el culo, y toquecitos en el clítoris.
- ¡Ah! ¡Lo tengo cerca!
- ¡Y yo!
Berta sintió cómo nacía el fuego en su interior y se desbordaba en forma de flujo sobre los testículos del marido. Su cuerpo vibraba, su vagina se agitaba y su garganta gemía.
- ¡Uhm! ¡Mermelada!
Guille se dejó llevar soltando la culminación de su placer en varias descargas.
- ¡Mermelada para los dos!
Berta se dejó caer a un lado. Cansada de tan larga galopada. Guille se puso a darle besos en la cara, hombros. Masajeaba una teta porque la otra resultaba inalcanzable en esa posición.
- Cariño. Basta. No puedo más. – Protestó Berta.
- Me gustas mucho.
- Por favor. Otro día. – Pidió.
En la ducha Berta se puso muy seria contra su novio que no cesaba en el juego.
- ¡Quietas esas manos, o te la corto!
- Vale.
- ¡Ah! ¡Qué hombre este! Lo mismo te quejas que te pones “pesadito”.
- Vale, vale. Tranquila que no te toco. – Tenía una toalla en las manos. Se ofreció: - ¿Te seco la espalda?
- ¿Dónde están las tijeras? – Pidió Berta mirando a los lados.
- ¡Eh, eh! Con un no, es suficiente.
Berta se puso el pijama mientras que Guille aún estaba en calzoncillos.
- Cariño. – Dijo Berta muy seria. – No te vayas haciendo el remolón que no hay más.
- Vale. Dame un besito.
Berta lo contuvo empujando con las manos.
- Me parece que esta noche voy a dormir abrazada a las tijeras.
Se pusieron en la postura de siempre. Y al poco Berta notó que la polla de Guille tenía volumen sin estar dura.
- ¡Oh! Cariño. No puedo dejarte así.
Tiró de los elásticos de la ropa de su novio. Alcanzó la polla y en cuatro minutos hizo que se corriera en su boca.
- ¡Uf! ¡Ahora sí! ¡Duérmete!
- Gracias, cariño.
Teniendo a Berta encima resultó un tanto difícil ponerse la ropa. De hecho, solamente lo consiguió con el calzón. No protestó. De unas patadas retiró el pantalón del pijama. Berta sí que se quejó:
- ¿Qué no estás satisfecho? ¡Deja de moverte!
Dio un beso a la frente de su novia y ya no se movió.
Berta fue a buscar a Nilea al aeropuerto, y ya quedaron que pasarían el día juntas. Evitaron la zona de la Avenida Antigua y el centro. Por lo que fueron a un parque recién inaugurado cerca de las galerías del Puerto.
Al caminar bajo los árboles recordaron los domingos en el club de excursionismo. Las caminatas y la sauna. Los fines de semana en los Nopales. Lo divertido que se lo pasaban "jugando" en la cama con los chochetes al aire, hasta que llegó el momento de hablar del dolor de las separaciones.
- Creo que estuve enamorada de Violeta. - Dijo Berta intentando no ponerse muy triste. - A veces echo de menos su frescura al hablar. Sus besos.
- Te comprendo. Yo nada sé de Ana María. Verás, es curioso. Durante un tiempo nos ignorábamos. Luego me llamó y no contesté. Y varias veces ha sido al revés. La llamo y no responde. Ahora mi actitud hacia ella es de indiferencia durante el día y añorar sus carias alguna noche.
- Ya veo. – Berta recordó una conversación con Violeta sobre ella. - En este tiempo no has tenido pareja.
- A nadie.
- Antes solías ir a discotecas. - Era una pregunta.
- Iba con compañeras del insti. Una vez allí dejábamos que los chicos se acercaran y podía escoger. Y bueno, sola no me apetece. No quiero. Parece demasiado evidente a lo que voy. Una cosa es buscar a alguien para follar y otra parecer una puta.
- Creo que te comprendo. Aunque es una situación por la que jamás he pasado.
- Cuando dejo de trabajar me siento sola.
Estuvieron un rato en silencio hasta que fue roto por Nilea.
- ¡Y menos mal de Ratolín!
- Ratolín. Sí, es divertido.
Soltaron algunas carcajadas.
Berta no dijo que se compró un juguete similar para cuando va de viaje lejos de su esposo, al que llama Menique. Le daba vergüenza admitirlo. Aunque en el viaje a Paris, gracias a la intervención de una guapa alemana, solamente lo empleó una noche.
Cambiando de un tema a otro, Nilea contó que enviaba dinero a casa de sus padres para cubrir los estudios de sus hermanos. El mayor, estudiaba informática en Múnich y ya había dicho que no regresaba a España. Tenía su vida organizada allí y no quería más cambios.
- Era un crío cuando vinimos y no le costó adaptarse. O al menos eso parecía. Y ahora, ya ves. Afirma estar cansado de tanto cambio.
- ¿Y tus padres, tu otro hermano?
- Los papás añoran a la familia. Pero se encuentran muy cómodos aquí. Conocen gente y tienen amigos. Mi Bruderito también tiene sus amigos. Y es en Múnich donde se aburre.
- ¿Bru… qué?
- Cosas mías. – Rio Nilea. – Hermano se dice Bruder en alemán. Y añado “rito” en castellano, como diminutivo. No voy a decirte cómo me llama él.
- Vale.
Ninguna propuso ir a comer al club de excursionismo por eso fue unánime buscar otro sitio, desechando también las cercanas Galerías del Puerto.
- Seguro que hay mucha gente.
- Conozco una almazara reconvertida en restaurante. – Propuso Berta sonriendo. - Ya he ido con Guille, me gustó el sitio.
- Vamos.
Guille bajaba al sótano por su coche cuando escuchó una voz que le llamaba. Se trataba de una mujer que no conocía. Pensó que debía trabajar en otra oficina del mismo edificio.
Se acercó descubriendo que la mujer tenía pillado el vuelo del vestido con la puerta del coche. Una situación muy vista en internet.
- Perdona. Por favor. ¿Podrías alcanzarme la llave?
La señaló. La llave del coche estaba en el suelo a unos dos metros. Fue tremendamente fácil socorrer a esa dama.
La mujer comprobaba el estado de su ropa. Suspiró aliviada.
- Gracias. Te debo un café.
Guille la miró. Guapa, bien peinada y maquillada. Con un cuerpo que, aunque oculto por el vestido se adivinada escultural. Empleando la Cualidad se ocupó que se lo agradeciera de otra forma.
Fueron a un lavabo y ahí hizo que se quitara el vestido descubriendo lo que ya sospechaba. La mujer estaba muy bien.
La mujer estaba apoyada con las manos en la pared y con el culo en pompa y Guille la follaba tras averiguar que estaba casada, esto es, no era virgen y tomaba precauciones.
Estuvieron follando cinco minutos en los que la mujer gemía diciendo todo el tiempo a cada embestida: ¡Uh! Hasta que Guille decidió que mejor no correrse dentro del coño. El lugar no era cómo para lavarse ya que faltaba papel, toallas…
Manteniéndola metida ordenó que se corriera. Luego, que se sentara en el retrete y le diera una mamada.
Estuvo bien. La mujer sabía hacerlo.
Guille quedó saciado con esos cuatro lechazos.
- Bien. Ahora te vistes. Te aseas y no me recordarás para nada. La llave te la entregó un tipo gordo muy amable.
Se marchó.
Era media tarde cuando Berta llevó a Nilea a casa de sus padres. Frente la puerta del edificio y sin bajar del coche se despidieron para verse unos días más tarde.
- Antes lo hablamos por teléfono.
Ambas se sorprendieron al darse un beso en los labios. Quedaron quietas a tan solo un palmo de distancia, mirándose a los ojos. Despacio se separaron en silencio. Sonrieron. Sin decir nada bajaron del coche para coger la maleta.
Nilea tenía la valija asida por el asa. Berta cerró el maletero. Se quedaron mirando.
- Bueno, nena. Ya nos veremos.
- Te esperamos en la villa en una semana.
Sin tocarse y casi a la vez las dos dieron media vuelta.
Condujo despacio, a treinta por hora es el límite en esas calles. Al llegar al semáforo se pasó la diestra por la boca. Recordó el suave beso de Nilea. Le gustó el roce, la caricia.
Ya en la mansión narró a Guille algunas conversaciones con Nilea, dijo dónde habían ido a comer y poco más. Por supuesto, nada contó sobre los comentarios sobre ratolín ni del beso en la despedida. Algo similar dijo a la abuela durante la cena cuando aquella se interesó sobre su día.
- ¿Lo pasaste bien? – Preguntó alargando la mano para coger el vaso con agua. – Me refiero a si la conversación fue divertida, si la encontraste bien de salud.
- Hubo tiempo para todo. Ya sabes. Recordar.
Guille recordó que en una semana o así vendría a la mansión, la habían invitado a pasar unos días.
Ya en la habitación y acostados la empujó para que se pusiera encima en esa posición que tanto le gustaba. Besó su frente.
- Y ahora a dormir.
- Te amo.
Era un viernes por la tarde cuando Berta recibió a Nerea, acompañada de Juliana, en el gabinete del primer piso. La muchacha vestía zapatos tipo manoletinas, sin calcetines, pantalón vaquero ajustado muy oscuro, suéter discreto. Apenas maquillada. Berta, vestida con pantalón de hilo y un suéter con cuello, antes que entrara había leído el escueto informe de cuando trabajó en Barcelona. Poco explicaba ya que se limitaba a decir que cumplió lo contratado sin retrasos ni quejas por parte de jefes y compañeros. Sabía, gracias a doña Paula, que actualmente trabajaba de dependienta en una zapatería y por la duración del contrato debía tratarse de una suplencia.
- Bien. Las referencias que me llegan desde Barcelona son aceptables. En las aportadas por usted veo que no ha estado ociosa. – Enseñó el listado de los trabajos en ese tiempo. - Y además viene recomendada por su madre, una persona apreciada en esta casa. Por lo que, si su futura jefa no tiene objeción, - miró a Juliana, la cual sonrió levemente al mismo tiempo que asentía con un gesto, - vamos a contratarla durante tres meses en los que la observaremos. En el contrato figura el sueldo, tiempo y vacaciones, pero referente al horario será la señora Juliana quien se lo dirá.
Desvió la mirada un instante al ordenador que estaba con la pantalla a oscuras. Pero mostraba la luz de encendido.
- Si acepta, la llamaré señora y por su nombre, en lugar de solamente por el nombre. Es costumbre en esta casa. - Le entregó una copia del contrato que desde el principio de la conversación estaba sobre la mesa entre las dos. Faltaba rellenar algunos datos. - Dispone de todo el tiempo que necesite para leerlo y si lo firma, yo lo haré al lado, para luego entregarlo al abogado de la casa que ya se ocupará de darle el alta como activa en el seguro médico y demás trámites. Entonces se le entregará más documentación o copia de la misma.
Señaló un sofá indicando que podía sentarse para leerlo.
- Me retiro. Ya me avisarán de su decisión.
- Perdón señora, pero no hace falta que se marche.
Dijo Nerea rápidamente y algo nerviosa. Miró a Juliana como si buscara su conformidad.
- Si me deja ese bolígrafo. - Señaló encima de la mesa. - Lo firmo ahora.
Berta asintió.
Nerea rellenó los espacios en blanco rápidamente solo se entretuvo en buscar en una cartera el número de su cuenta en un banco que resultaba ser de Fuente Ahorro.
Ya firmado por las dos, le entregó una copia. Le recordó que su contrato empezaba a primero de mes, y que debía estar a las órdenes de Juliana.
- Tiene el cargo de Ama, y por lo tanto es su jefa.
- Sí, señora. Gracias.
Cuando Berta quedó sola en el gabinete se acercó al ordenador que estaba sobre la mesa. Conectó la pantalla y preguntó a doña Amparo qué tal lo había hecho.
- Muy bien, señora de Montesinos. Muy bien.
Berta soltó un bufido.
- He tratado con comerciantes muy agresivos y un drogadicto, y jamás me había puesto tan nerviosa como ahora.
La puerta se abrió apareciendo doña Amparo cargando su teléfono frente a ella. Lo apagó desapareciendo a la vez su imagen en el ordenador de Berta.
- Querida hija, has estudiado para un trabajo y lo sabes hacer, pero luego está un puesto en la casa que se afianza mediante órdenes, decisiones y muestras de control tanto de los demás como de ti misma. En el Cic te dieron unas recomendaciones, pero no son directrices. Lo dicho, hija mía, la escuela es el día a día.
Miró en dirección a la ventana antes de continuar.
- Cuando alguien del servicio viene con un gran problema hay que enfrentarlo como si fuera aburridamente fácil. Y si te traen una propuesta, de ser una genialidad la puedes aceptar, de no ser así no permitas que nadie se oponga a tu decisión. No cedas ni una sola vez. – Dijo amenazante: - Dejarías de ser la señora de este lugar.
Cogió aire caminó hacia la ventana apoyándose en el marco, y continuó con la lección.
- Y también debes aprender a delegar. Sí, conocer los trabajos, qué son y cómo se hacen, pero cuando ya lo sepas, te desprendes de él, que lo haga quien trabaja para ti. Solamente así podrás ocuparte de varias cosas a la vez y disponer de tiempo sobrante.
Berta recordó aquel enfrentamiento, un tiempo atrás, de la abuela con los jardineros donde se hizo lo que ella quería en contra de los razonamientos de esa gente. Era un buen ejemplo.
Doña Amparo sonrió, y señalando la ventana propuso salir a caminar un rato.
- ¿Te apetece? Ya no hace tanto calor.
- Me apetece tu compañía. – Y preguntó: - Y otra cosa, abuela. Tan solo un detalle. ¿Me puedes decir por qué me he ocupado del contrato de Nerea, cuando es algo que hacen los abogados de la casa directamente?
- No voy a repetir lo ya dicho. – Sonrió doña Amparo. - No hace falta. ¿Verdad?
Berta asintió. Ya se ocuparían los abogados de renovar o no ese contrato. Aprender a delegar, sí, pero antes debía aprender el qué, cómo y por qué para poder exigir adecuadamente el resultado que quería.
Contenta la joven Nerea bajó a la cocina. Donde Juliana ayudándose con un gesto ofreció que tomara lo que le apeteciera. Y que tenía que dejarla porque había cosas que atender.
Estando sola fue al lavabo. ¡Qué limpio! Se bajó el pantalón y las bragas para sentarse en el retrete. Y despacio se estuvo acariciando la vulva.
Nada. Nada conseguía. Vale, podía achacarlo a los nervios por el nuevo contrato, pero es que era otro añadido a su inapetencia desde hacía meses.
“Calma. Recuerda. – Pensó. – Don Guillermo me ayudará”.
Recordó las palabras de su madre alagando al joven señor de Montesinos. Capaz de arreglar todo, ya fuera con su dinero, o su agradable voz.
Se pasó un poco de papel por el coño. Se subió la ropa y lavándose las manos recordó la voz de mamá contando tantas cosas de esa casa.
“¿Te enamoraste mamá? Todas las mujeres de esta casa lo están o solamente follan con el señor por lo bien que lo hace. Lo averiguaré. Sí. Y si puedo, quiero formar parte del grupo de putas. ¡Quiero el contrato Montesinos!”
Se lavó bien las manos, las secó mirándose al espejo. Pensativa se cogió las tetas. le gustaría que fueran más grandes, pero es lo que hay. Pensaba que no era fea y su culo estaba bien. Seguro que la aceptaría y sobre todo la ayudaría con su buen hacer y hablar.
Guille estaba recorriendo el edificio Aguilar acompañado de un equipo de arquitectos y aparejadores enviados por Nuevos Proyectos de Mundo Globo, y una mujer uniformada como vigilante de seguridad. A Guille le caía bien esa muchacha mientras que al arquitecto jefe le fastidiaba su sola presencia. Habían estado casi quince minutos discutiendo con ella porque no les esperaba y tenía que confirmar que era real la visita llamando a su supervisor antes de dejarles entrar. Luego se disculpó, por supuesto, al tiempo que afirmaba que no se fiaba ni de dios. Añadió:
- Deben comprender que no fui informada de su visita. Y la orden es que nadie puede entrar.
El arquitecto jefe puso cara de dignidad herida. Otro murmuró:
- ¿Qué se creé que vamos a robar en este sitio? Solo hay polvo y suciedad.
El tercero opinó que quizás les considerara ocupas. Mientras que Guille contuvo la risa. Sopesaba la idea que había vigilancia en un lugar abandonado se debía a que estaba catalogado como histórico, y había que evitar el vandalismo.
Los arquitectos se marcharon en dos horas. Habían hecho un montón de fotos además de comparar zonas con los planos que cargaban. Así se dieron cuenta que en los años que fue un cuartel se habían removido varias paredes. Mientras que Guille, ya a solas, pidió visitar la última sala al final del pasillo del primer piso.
La vigilante preguntó por qué, a lo que Guille respondió con tono intrigante:
- Antes de que esto fuera una comisaría, mi abuela fue estudiante aquí y me he enterado de un lugar secreto.
- ¿Secreto?
La mujer sintió curiosidad.
- Un lugar donde una niña de diez años escondía sus cosas.
- ¡Ah! Comprendo. – Miró la escalera señalada por Guille, y su voz sonó con pesar al responder: - Puede que no exista.
- Puede. Me gustaría comprobarlo. – Mostró la mejor de sus sonrisas al preguntar: - ¿No tiene curiosidad?
Sí que la tenía. Y estaba harta de tanto tiempo sola. Al menos con ese hombre de simpática sonrisa se entretendría.
Llegaron a la sala descrita por el abuelo y Guille se dirigió a un rincón. Con la puntera del zapato golpeó el rodapié de debajo la ventana desde la que se ve el patio interior, hasta que sonó hueco.
- ¡Aquí! – Sonrió.
- Por lo menos está el agujero. – Añadió la mujer.
Ayudándose con la punta de un clip metálico quitó el yeso que sujetaba el azulejo y lo retiró. Apareció el esperado hueco. Con algo de asco ante lo que pudiera encontrarse metió la mano y sacó una caja metálica cuyo dibujo indicaba que originariamente contuvo galletas. Estaba manchada de polvo y algo de humedad. Por culpa del óxido tardó un poco en abrirla.
La vigilante se acercó curiosa frente a Guille para ver el contenido. Murmuró sonriendo:
- ¡La caja del tesoro!
Guille asintió. Y por fin cedió la tapa.
Se encontraron con un carrete de hilo amarillo. Varias agujas de coser. Una muñeca de trapo pequeña de tan apenas diez centímetros que habría que lavarla. Unos botones que debieron ser brillantes y bonitos. Una peseta y otras monedas más pequeñas. Y, por último, una nota apenas legible porque el papel estaba amarillento, en la que ponía que su abuela la quería mucho.
- ¡Todo un tesoro! - Dijo la vigilante sonriendo. - Bueno, se supone que no debo dejar que nadie saque nada de aquí, pero en este caso miraré a otro sitio mientras lo guarda en su maletín.
Guille se lo agradeció con un murmullo y una sonrisa, pero antes metió la caja en una bolsa de plástico que tuvo la precaución de llevar.
Retrocedieron buscando la escalera que les llevara a la salida del edificio. Guille iba recordando anécdotas contadas por su abuelo sobre el colegio. La vigilante solamente asentía amable, era de las pocas veces que podía hablar con alguien estando en el solitario trabajo.
Entonces Guille se fijó más en la mujer que le escoltaba. Guapa, aunque ese uniforme no era precisamente para resaltar su feminidad. Decidió emplear la Cualidad y pasar un buen rato con ella.
Así llegaron las explicaciones.
= Llevo tres años de vigilante. Me aburro un montón y me estoy acostumbrando a no tener miedo a la soledad.
= Si bien he tenido que llamar la atención a más de un gamberro, borracho y posible ocupa, no me he tenido que enfrentar a nadie ni llamar a la policía.
= Ahora mismo no tengo novio.
= Por culpa de tan mal horario. Trabajo todas las tardes de cuatro a doce. Luego conecto las alarmas y me voy.
= Es durante el día cuando puede haber problemas.
= Sí. Algunas veces traía a mi novio. Echábamos uno rapidito y se marcha. Una vez casi nos pilla mi inspector.
= No. Ya no. Desde hace unos meses que dejamos de salir.
= Abajo, en un cuarto que está más limpio. Nos retirábamos la ropa lo justo para unas caricias. Y ya está. Luego, el sábado que libraba ya follábamos en su casa porque en la mía siempre hay gente, somos muchos de familia.
= No. Aquí no me apetece. En casa, tengo un consolador.
= Estando en la cama. Antes de dormir. Durante la ducha no suelo tener tiempo, ya dije que somos muchos de familia y siempre hay alguien que aporrea la puerta.
Fueron al mencionado cuarto. En algún momento debió ser un despacho o quizás un almacén. Había una ventana que daba al patio de antes, y que en ese momento estaba a oscuras. La luz emanaba de un fluorescente en el techo. Suficiente para un cuarto tan pequeño en el que tan solo había dos sillas y una mesa de patas metálicas contra la pared.
Guille la acarició sin desnudarla más que lo suficiente para alcanzar las tetas. Le había abierto la camisa y subido la camiseta junto con el sujetador. Esas tetas eran pequeñas culminando con unos pezones gordísimos que se endurecieron cambiando a un color más oscuro. Le gustó chuparlos hasta que consiguió que se corriera sin necesidad de ordenárselo.
- ¡Oh, sí! ¡Qué bien!
Guille, sin darse cuenta, la comparó con su esposa. No le costó afirmar:
- Me gustan tus tetas.
- Gracias por decirlo. Ya sé que son pequeñas, y por ahora debo conformarme. No dispongo de dinero para operarme.
- Nena. Por supuesto que puedes hacer lo que quieras con tu cuerpo, aunque yo creo que solamente hay que saber apreciarlas.
La mujer sonrió agradecida.
- Gracias. La verdad es que disfruto mucho con las caricias y temo que al operarlas se pierda algo.
Guille no quiso opinar sobre lo que desconocía.
Le desabrochó el cinturón y el botón del pantalón, bajándolo para descubrir sus bragas. Una prenda blanca, grande y seguramente cómoda. Que también fue retirada hasta las rodillas. El sexo estaba cubierto con una gran mata de pelo negro. Aparecía brillante, mojado, por el flujo aportado al correrse poco antes. En esa posición el pantalón resultaba incómodo. Era increíble que fuera bien para la caricia.
- Sube a la mesa. – Ordenó. - Así podré chuparte el coño.
- Sí, sí.
Realmente tenía mucho pelo en el sexo y de vez en cuando Guille tenía que escupir o retirar con los dedos un pelo que le molestaba en la boca.
Precisamente en ese momento sonó el teléfono de la vigilante.
- ¡Mierda! ¡Tengo que contestar es mi jefe! Pero sigue. Sigue.
Con la diestra cogió la cabeza de Guille para mantenerla en el coño.
La mujer estuvo escuchando y apretando la boca para no gemir lo bien que lo pasaba.
- Sí. Bueno. Esto está tranquilo. Bueno, adiós.
Apagó el teléfono que quedó sobre la mesa.
- ¡Cabrón! Ahora avisa de vuestra visita. ¡A las seis de la tarde! – Volvió a sujetar la cabeza de Guille. – Sigue, cabrón, sigue.
El grito que soltó al correrse retumbó en las paredes de tan pequeña sala. Luego, mientras Guille se retiraba gimió.
- ¡Dios! Ha sido mucho mejor que mis dedos.
- Bien, preciosa. – Guille sonreía al ofrecer: - Vamos por el segundo.
- ¿Así? – La mujer sonrió. – Bueno. No sé. Inténtalo.
El pantalón estaba ahora en los tobillos, la mujer mantenía separadas las rodillas para permitir el acceso a su intimidad apoyando los pies en el respaldo de una silla.
- ¡Uha! Has tocado el botón de encendido.
En unos minutos volvió a correrse lanzando sonoros suspiros. Mantenía los ojos cerrados y la boca abierta.
- Espero que te haya gustado.
La mujer hizo un sonido gutural afirmativo acompañado de un largo suspiro.
Luego Guille se bajó el pantalón y le pidió que le diera una mamada. Cambiaron posiciones. Ahora Guille estaba sentado en la mesa y la mujer en la silla para alcanzar con comodidad el pene.
- Tienes una polla bonita. – Afirmó la mujer mientras le pajeaba con las dos manos. - Ni demasiado larga ni corta. El grosor es perfecto. Tienes una buena herramienta.
La mujer lo hacía bien. De vez en cuando la sacaba de la boca para pasar la lengua desde el extremo hasta los testículos. Hasta que Guille avisó que faltaba poco. La mujer se la metió todo lo que pudo en la boca y se movió como si follaran.
En cuatro o cinco veces Guille se descargó.
La mujer lo escupió en una servilleta y con otra se limpió la boca. Buscó un termo y bebió un buen trago de lo que parecía café con leche.
- Perdona. Jamás me lo trago.
- No te preocupes, y gracias. - Murmuró Guille.
- ¿Te ha gustado? ¿Lo he hecho a tu gusto? Hace un año que no tengo sexo, que no chupo polla.
- Ha estado bien. Sí. ¿Y tú? ¿Te gustó mi lamida?
- ¡Uf! ¡Ya lo creo! ¡Mejor que con mis dedos!
- ¿Te haces muchas pajas?
- Pues no sé. Oigo que una de mis hermanas se la hace y suele animar a las otras. – Aclaró. – Dormimos juntas tres hermanas. En otra habitación, dos hermanos. Luego están mi abuela. En la habitación al lado, pared con pared, mis padres que a veces les escuchamos follar. – Soltó unas carcajadas al afirmar: - Papá suele bufar mientras se descarga.
Guille asintió sin decir nada más. Hasta que ya arreglado completamente dijo de marcharse. Y añadió:
- Me gustaría repetir en otra ocasión.
- ¡Claro! Puedes venir cuando quieras a darme una alegría al cuerpo. Estar aquí sola es muy aburrido.
- ¿No te turnas con los compañeros?
- ¡Qué va! Aunque en la empresa no soy la más novata, tampoco soy de las amigas del jefe.
- ¿Amigas? ¿En plural?
- Que yo sepa, folla con dos.
- Comprendo.
Sin más se despidieron.
Berta llevó a Nilea en el coche hasta la puerta principal de la villa. Quería que la primera vez que llegaba su amiga entrara por ahí y no por el garaje lateral. Allí le avisó que más tarde volverían para llevar el coche a su sitio. Pero apareció Guille al que poco antes habían avisado que no tardarían. Hubo saludos, besos y abrazos. Tenía la intención de ocuparse de llevar el coche a su sitio.
- Cariño. Lleva a nuestra amiga a su habitación. – Pidió sin dejar de sonreír. - Que se ponga cómoda, y con más tiempo ya le enseñaremos la casa.
Siendo lo correcto, se trataba de hablar de algo amable ante la invitada.
Las dos mujeres, que parecía que se habían puesto de acuerdo en llevar unos vestidos ligeros sin mangas y sandalias, lo cual era lógico ante el calor reinante, entraron en la casa, y al parecer Juliana había sido avisada por Guille, ya que las estaba esperando junto la puerta. Tras la bienvenida a la mansión Montesinos se ofreció a llevar la maleta.
Nilea sonrió agradecida.
- No gracias. Tiene ruedas y no pesa.
No estaba acostumbrada a ese trato. Luego se quedó mirando la grandiosidad de la entrada, tanto de la arquitectura cómo de sus cuadros. Ya sabía cómo era gracias a las numerosas descripciones de Berta, pero no por eso dejaba de ser monumental.
- ¡Uh! Esto es muy bonito.
- Opino lo mismo. – Afirmó Berta. - Yo también me quedé paralizada como tú. A veces me quedo mirando un cuadro, una moldura. Este lugar no deja de impresionarme.
Berta la cogió de un brazo para empujarla hasta el ascensor al mismo tiempo que prometía que en otro momento le enseñaría hasta los calabozos y salas de torturas.
Nilea abrió mucho los ojos. Estaba asombrada, aunque por otro lado supuso que, en los antiguos palacios, los criados que se comportaban mal o hurtaban, recibían un castigo físico.
Berta se echó a reír al ver el rostro de su amiga al mismo tiempo que afirmaba que era mentira. Que es algo que se dice a todas las visitas incluso a ella misma cuando llegó a la casa por primera vez
- Nada de eso he visto en esta casa. – Añadió: - Pero claro no he recorrido todas las habitaciones.
- ¿Tú también con esas bromas, hija mía?
- ¡Abuela!
Saliendo del ascensor llegaban doña Amparo, cogida del brazo de don Francisco, acudían a recibir a la invitada, y lo hacían tarde porque el abuelo estuvo hablando con la delegación de la comercial en Madrid hasta tan apenas un minuto antes.
Berta presentó a la visitante como la gran asesora de las dos empresas Cifuentes en Barcelona y una buena amiga. Añadió:
- Mis notas durante los primeros años de carrera fueron buenas gracias a ella, sus clases y consejos.
Apretones de manos, besos. Tiempo que fue aprovechado discretamente por Juliana para retirar la maleta. Por fin doña Amparo dijo de subir al gabinete del primer piso donde podrían tomar un café. El matrimonio mayor lo hizo en el ascensor mientras que las dos jóvenes subían por la escalera. Berta le mostraba los distintos cuadros sin apenas entretenerse.
- Ya se ocupará Guille de contarte las anécdotas y chismes. Yo aún no me las he aprendido.
- Vale.
En el pasillo del primer piso las esperaba el matrimonio sin llegar a entrar en el gabinete.
- Bueno, hijas mías, os liberamos de nuestra presencia. - Dijo doña Amparo cambiando de parecer. - Ir a vuestras cosas y ya nos veremos para la cena.
Don Francisco hizo un gesto de disgusto. Habría preferido hablar sobre el funcionamiento del hotel en el Pirineo, y cómo iba lo de construir otro en Palermo. ¿Y qué era eso de unos estudios sobre viabilidad de dos más en el sur de Francia? Necesitaba saber más detalles, todo. Se resignó al ser empujado por su esposa. Tan apenas tuvo tiempo de girarse para señalar a Nilea con un dedo y dar una orden:
- Tenemos que hablar.
- En otro momento. – Añadió doña Amparo. – Recuerda, es una invitada que está de vacaciones.
Las chicas fueron a la habitación asignada para Nilea. Al poco acudió Guille, pero le fue negada la entrada.
- Vamos hablar de cosas de mujeres. ¡Vete!
- ¡Vale, vale! ¡Ah! La llave del coche está en la guantera.
- ¡Vete de una vez! – Insistió Berta.
Guille fue a su habitación con la intención de cambiarse para bajar a la piscina. Además de refrescarse haría algo de ejercicio. Se puso un bañador muy ceñido y pequeño, idóneo para la piscina, encima unas bermudas y una camiseta holgada. Calzaba con gran disgusto unas chanclas, nunca le gustó ese calzado, aunque debía reconocer que le resultaba práctico para ir a la cercana piscina. Cogió una enorme toalla del baño.
Estaba ya en la parte de atrás de la mansión y relativamente cerca de la piscina cuando encontró a Nerea barriendo uno de los pasillos entre los setos. Solamente había polvo y algunas hojas. Se quedaron mirando al reconocerse, y la joven, un tanto nerviosa, pidió si podían hablar en cuanto lo dispusiera.
- Puede ser ahora mismo. Nada importante iba hacer.
- Pues... verá, señor.
Miró alrededor para comprobar que estaban solos. Con gran vergüenza y algo de temor la joven expuso que quería formar parte del contrato Montesinos. Guille disimuló su sorpresa pidiendo más detalles.
- Señora, perdone. Usted ya está contratada aquí, como asistenta en villa Montesinos. Si no se refiere a eso no comprendo de qué se trata.
Ahora la sorprendida era la joven. Pero pronto asintió. Se trataba de algo secreto, y la discreción era la norma. Tragó saliva y se dispuso a explicarse intentando no mirar fijamente a Guille, pero sí a los lados de vez en cuando. Comprobaba que nadie pudiera escucharles.
- Me refiero al mismo contrato que tenía mi madre con el que estaba a su servicio especial y al de don Francisco.
Nerea estaba muy ruborizada y sus manos apretaban innecesariamente fuerte el palo de la escoba. Alzo la mirada al proponer:
- Puede ponerme a prueba. - Pasaron unos segundos hasta que con voz entrecortada añadió: - Si lo considera necesario, señor.
Guille estaba sorprendido. La señora Paula habló de Contrato con alguien que no lo tenía. ¿Tanto ansiaba que lo tuviera su hija que superó la orden de la Cualidad?
- Comprendo. ¿Además de su madre lo ha hablado con alguien más?
Así era. Con excepción de Natalia por carecer del contrato Montesinos, lo había hablado con Juliana. Y más tarde en una reunión con las otras sirvientas. Las cuales la orientaron que se dirigiera a don Francisco, como ya hicieron ellas. Decidió acudir a Guille mostrando, sin saberlo, una preferencia y que no estaba bajo el control de la Cualidad.
- No quiero ofender a nadie. Pero con usted sí. Mientras que con don Francisco... yo. Preferiría que no.
Era lógico lo que pedía. Prefería hacerlo con un joven y guapo antes que con un viejo al no estar bajo el control de la Cualidad ni el compromiso de un contrato. Guille decidió averiguar más cosas, sobre qué es lo que la muchacha pretendía realmente y sin estar subyugada con la Cualidad.
- Ya veo. Pero supongamos que le digo no. Qué pasaría.
- Nada, señor. – Fue la rápida respuesta. Cogió aire y ya habló más despacio. - Me sentiría rechazada en mi orgullo como mujer, pero nada haría. No podría. - Se había ruborizado otra vez. - Por mi madre, por mis padres. Por la ayuda que usted me dio ante la petición de mi madre, de la que estoy muy agradecida.
Al parecer ya tenía mucha información gracias a su madre.
Guille intentó imaginarse una conversación en la que la madre admitía ante la hija que durante muchos años ejercía de amante del señor de la casa Montesinos, y que esa situación era lo mejor para la hija. Podía suplantarla.
Nerea cogió aire y otra vez miró alrededor antes de continuar con su explicación.
- Tengo un contrato de poco tiempo. Pero tal como están las cosas me conformo. Si me rechaza, ya veré por ahí de conseguir otro trabajo. Pero lo dicho nada haré contra usted. Además, que nada lograría. Usted es el señor de Montesinos, dueño de fábricas y hoteles, y yo una fregona. Además, si intentara algo fastidiaría a mis compañeras y a mi madre. Y a las familias de todas. Así que, eso, nada haría.
Lanzó un suspiro al mismo tiempo que retrocedía un paso. Estaba muy triste, casi llorosa.
Guille pensó que un sobre sueldo le vendría bien a la muchacha le renovaran o no el contrato.
Nerea apenas pudo murmurar:
- Perdone la molestia, señor. Me retiro.
Cogía la escoba con las dos manos y se disponía a barrer.
- Por favor, espere. - Pidió Guille.
Estaba decidido a aprovechar la oportunidad que esa guapa chica le brindaba.
- Sí, señor. Haré lo que me ordene.
Esa oferta era muy amplia. En los ojos de la mujer había un brillo de esperanza.
No podía correr el riesgo de llevarla a su habitación ya que Berta podría enseñarla a Nilea en cualquier momento. Ni a ninguna sala del primer piso. Cabía la posibilidad que estuvieran recorriendo las salas de la casa, por lo que debía buscar un sitio más recóndito donde estar con Nerea. Desechó el coche, no podrían follar cómodamente. Por fin recordó la habitación donde su abuelo se veía con el servicio, y allí se dirigieron.
Resultaba que, gracias a las compañeras, Nerea ya conocía la existencia de esa habitación.
Durante el camino Nerea se mostraba nerviosa. Ninguno habló.
Guille se sentó en la cama dejando la toalla y el protector solar encima de un mueble, y Nerea, frente a él se desnudó sin prisas, no era algo sensual, simplemente eso, se despojaba de la ropa para mostrar su cuerpo desnudo a la aprobación del señor de la casa. Por eso tan apenas se ruborizó.
Era guapa. Piernas delgadas. Culo pequeño y redondo con las nalgas algo separadas. Estando así, de espaldas, entre los muslos y el culo se le veían los labios menores de color marrón un poco oscuros. Se giró de frente y no sabía cómo poner las manos. Simplemente las dejó caer a los costados.
Estaba depilada. De su sexo asomaban los labios menores que parecía quedar aprisionados por los mayores. El vientre era casi plano. Sus tetas eran pequeñas destacando del resto del cuerpo tan delgado. Sus pezones oscuros sobre esa blanca pie acaparaban la atención fácilmente. Casi no había areola.
Fue entonces cuando sus pezones reaccionaron poniéndose duros y sobresaliendo de sus tetas. Quizás fuera por los nervios, o realmente por la excitación del momento. El caso es que en un instante ya destacaban más sobre el níveo cuerpo. Esa muchacha no solía tomar el sol.
- Espero ser de su agrado. Señor. - No tartamudeaba, pero lo parecía de tan nerviosa. Hablaba a golpes de palabras. - Yo. Verá. No soy virgen. Y también con la boca, yo... Pero puedo ofrecerle el culo. - Estaba dispuesta a todo. - Jamás lo he hecho por ahí. Es suyo. Si lo quiere. Señor.
Guille empleó la Cualidad, aunque estuvo pensando que no hacía falta, sabía que no podía fiarse a largo plazo. Mejor no correr riesgos, era mejor mantenerla sometida.
- Bien. Mediante un compromiso verbal tendrá el contrato Montesinos durante estos meses que mi esposa la puso a prueba como sirvienta. Debe saber que, si ella la acepta, le renovaré el contrato por el mismo tiempo. Naturalmente no tendrá ningún documento firmado. Se trata de un compromiso verbal del que no podrá hablar con nadie que no tenga ese mismo contrato, además del señor Francisco y yo. Si lo acepta será gratificada con un considerable aumento de sueldo.
La muchacha, acondicionada o no con la Cualidad, no lo dudó ni un instante:
- Lo acepto. Gracias, señor.
- Y ahora, señora Nerea, como bien sabe desde este instante tiene el contrato. Me gustaría que me la chupara.
- A su servicio.
Debía ser cierto que ya había chupado alguna polla por ahí, aunque mostraba poca maestría. Podría ser por los nervios algo que, gracias a la Cualidad iba desapareciendo. Tuvo que aleccionarla indicándole cómo.
- Además, también debe disfrutar al hacerlo.
- Sí, señor. Ya verá cómo aprendo.
No iba bien. No seguía las indicaciones de Guille. Incluso con la Cualidad esa muchacha estaba muy nerviosa y someterla más no le parecía adecuado. No es bueno cambiar la personalidad de la gente. Propuso que follaran.
- Ven, preciosa. Ponte sobre mí.
Guille se dejó caer atrás para que Nerea se pusiera encima a lo vaquera.
La muchacha se puso a horcajadas y ayudándose de una mano separó los labios del coño para ofrecerse. Gimió al notar que esa barra entraba en su cuerpo.
Guille se fijó en el rostro de la muchacha. Otra vez los nervios actuaban en contra. No estaba excitada, no había lubricado su intimidad. Esos gestos no eran de disfrute. Seguramente le dolía. Pidió que se retirase.
- Vale. Dejémoslo. Probemos otra cosa.
- Señor. Perdone. Yo...
Nerea se sentó al lado. No le dio tiempo que nada notaba al follar desde hacía un año o algo así.
- Nada. Perdone usted. Por favor, túmbese en la cama y acaríciese. Disfrute con sus manos.
Nerea asintió. Apoyada contra el respaldo de la cama estuvo un buen rato frotándose el coño y las tetas, pero, aunque lanzaba algunos suspiros tardaba más de lo esperado.
Así, Guille le ordenó que se tumbara totalmente y se preparase para otra caricia.
- Bien, señora Nerea. Si me permite voy a acariciar sus tetas.
La muchacha sintió.
Guille estuvo acariciando los pezones suavemente y estos no reaccionaban por lo que puso un poco de saliva y sopló. Uno se endureció por el frío.
“Bien. Una reacción. – Pensó Guille. – Antes debieron reaccionar por lo mismo, el frío”.
Pasó a lamerlos sin dejar de apretar las tetas. Nerea soltó un gemido. Y en ese momento Guille no supo interpretarlo. Continuó.
Unos minutos y los pezones ya estaban erectos. La muchacha lo pasaba bien. Guille se animó a continuar.
- Nunca me trataron las tetas así. – Murmuró Nerea.
Puso una mano entre las piernas de la muchacha a la altura de las rodillas y la acarició. Despacio, avanzando y retrocediendo, llevó los dedos de la diestra hasta rozar los labios menores que quedaban expuestos ya que ella misma separó las piernas y lo había abierto mostrando la vulva por completo.
Preguntó innecesariamente:
- Su cuerpo es muy bonito. Y si me permite continuaré con la caricia.
- Yo… sí. Adelante. – Consintió.
“Lo está logrando. – Pensó Nerea. – Don Guillermo hace que me guste. ¡Dios! ¡Por fin lo paso bien desde hace mucho!”
Besó la parte interna de los muslos sin prisas, alternándolos e intercalando caricias. Hasta que su boca llegó al sexo. Depositó un beso justo debajo del clítoris, y ya se dispuso a lamer y acariciar ese coño.
Un buen rato más tarde ya iba mejor. Nerea disfrutaba de la caricia. Su vulva estaba lubricada y esos gemidos eran, sin duda alguna, de placer. La miró al rostro. Nerea tenía los ojos cerrados y la boca un poco abierta. Mantenía húmedos los labios al pasar la lengua casi continuamente. Lanzaba suspiros y murmuraba algo que Guille no llegaba a comprender. Con una mano se sujetaba a la sábana y con la otra se acariciaba el vientre.
Era el momento de un paso más. Le metió un dedo por la vagina al mismo tiempo que pasaba la punta de la lengua sobre el clítoris, y Nerea se estremeció agitando su cuerpo. Esa vagina parecía tener vida propia al agitarse apretando el dedo.
Por fin se corrió mojando la mano de Guille y dejando una mancha en la sábana.
- ¡Ah! ¡Uf! Sí. Ahora.
Guille notaba en el dedo las convulsiones de ese cuerpo. Y al cerrar sus muslos cogió la cabeza de Guille.
Guille se retiró mirando el rostro de Nerea. Pensó que todas las mujeres se vuelven más guapas cuando disfrutan de un orgasmo.
- Gracias, don Guillermo. - Murmuró Nerea sin dejar de suspirar. - Me ha gustado. Sí.
- Soy yo quien le da las gracias.
Todavía estaba Nerea saboreando su orgasmo, un placer que hacía meses que no lograba. Y Guille se puso encima, se besaron, acarició un poco las tetas dándole algunos apretoncitos y pellizcos. Le acarició delicadamente la vulva comprobando que aún estaba mojada, acercó el pene y entró en su cuerpo. Despacio, pero sin detenerse. Guille notó que entraba suave, y los gemidos de Nerea eran de placer al sentirse invadida.
- ¡Uf! Sí. Ahora sí. - Por fin, Nerea lo pasaba bien y le animaba a continuar. - Don Guillermo. ¡Ahora, sí!
El vaivén era exquisito. Guille disfrutaba de esa vagina cálida y Nerea se retorcía de gusto. Lo mismo se acariciaba las tetas que abrazaba a Guille o le sujetaba por el culo.
- ¡Oh! ¡Sí! ¡Qué bueno!
Guille no quiso prolongar la situación por lo que aumentó el ritmo hasta conseguir que se corrieran casi a la vez.
- ¡Sí! ¡Por fin! – Notaba las descargas inundando su vagina. Lo pasaba muy bien. - ¡Qué gusto!
Guille notó que esa vagina apretaba su polla como antes lo hiciera con el dedo. Le gustó por dos motivos, el placer que le aportaba y saber que por fin esa muchacha lo había pasado bien.
Nerea se quedó mirando al techo. Sonreía. Había pasado lo que su madre le dijo unos días antes:
“Descubrirás a un hombre que se preocupa en darte placer. – Y la advirtió de lo que podría pasar: - Solamente ten presente que es sexo, no te enamores”.
Guille estaba sentado al borde de la cama, se había limpiado el pene con un pañuelo de papel. Dudaba si vestirse ya o dar algo de afecto a esa muchacha. Optó por lo último ya que era la primera vez que lo hacían y se recostó a su lado. La besó en el rostro. Se abrazaron quedando de forma que podía acariciar las tetas suavemente, casi con cariño. Sin darse cuenta se puso a jugar con el pezón que mejor quedaba a su alcance en esa postura.
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