Usada por un viejo sucio Pt2
La oficina se vacía, pero la vergüenza se queda. Arturo le ha dado órdenes que cruzan la línea de lo profesional, y ahora su cuerpo responde donde su mente intenta resistirse. Esta noche, el riesgo deja de ser solo laboral para convertirse en una fiesta de sumisión absoluta.
Al día siguiente llegué a la oficina muerta de vergüenza y excitación. Arturo me había enviado un mensaje a las 6 de la mañana con instrucciones precisas:
“Blusa blanca transparente sin bra. Falda negra cortísima. Tanga roja hilo dental. Tacones altos. Y métete el plug anal mediano que dejé en tu cajón. No te atrevas a quitártelo en todo el día.”
Me miré al espejo antes de salir. La blusa dejaba ver claramente mis pezones oscuros y duros. La falda apenas cubría la mitad de mis nalgas; cualquier movimiento brusco mostraba la tanga. Caminaba con cuidado, sintiendo cómo el plug de metal presionaba mi ano con cada paso. Cada vez que me sentaba, el plug se hundía más y tenía que morderme el labio para no gemir.
Durante toda la mañana intenté esconderme detrás de la computadora. Sentía las miradas. Dos compañeros jóvenes no disimulaban al mirarme el escote. Un viejo del departamento de contabilidad pasó varias veces por mi escritorio solo para verme las piernas.
En mi mente no paraba de repetirme:
“¿Qué carajos estoy haciendo? Este viejo asqueroso me está convirtiendo en su puta barata… Soy una profesional, no una cualquiera…”
Pero mi cuerpo me traicionaba. Mi coño chorreaba sin control. La tanga estaba empapada y sentía mis jugos corriendo por el interior de mis muslos. El plug me recordaba constantemente que mi culo ya no me pertenecía.
A la hora de la comida, Arturo se acercó por primera vez. Se paró detrás de mí y me susurró al oído:
— ¿Cómo está ese culito, Marce? ¿Ya te acostumbraste a tener algo metido en el ano como la perra en celo que eres?
Me puse roja como tomate y miré alrededor, aterrada.
— Por favor… alguien puede oírte — susurré.
Él soltó una risa baja y apretó mi hombro.
— Me vale verga. Esta noche te voy a llevar a una fiestecita con mis cuates. Serán siete vergas viejas y sucias. Y tu culito virgen va a ser la sorpresa principal. Te van a reventar ese ano entre todos.
Mi mente gritó “¡No! ¡Eso es una locura!”, pero mi clítoris palpitaba con fuerza y más humedad salía de mí.
Por la tarde el riesgo aumentó. Arturo me mandó al archivo a buscar documentos. Tuve que agacharme varias veces. La falda se me subió por completo y dos compañeros entraron justo en ese momento. Escuché a uno murmurar “Qué puta…” mientras el otro se quedaba mirando mi culo con el plug brillando entre mis nalgas. Me levanté rápidamente, roja de vergüenza, y salí casi corriendo.
A las 7 de la noche, cuando casi todos se habían ido, Arturo se acercó a mi escritorio.
— Vámonos, puta. La fiesta ya empezó. Y no te limpies. Quiero que llegues oliendo a perra caliente.
Me llevó en su coche viejo y apestoso. Durante todo el camino metía su mano gruesa entre mis piernas, frotando mi coño empapado sobre la tanga.
Llegamos a una casa vieja en las afueras. Adentro olía a cigarro, cerveza rancia y sudor. Seis viejos más (entre 55 y 70 años), todos gordos, barrigones y desaliñados, esperaban con miradas de lobo.
Arturo me empujó al centro de la sala y anunció con orgullo:
— Miren lo que les traje, cabrones. Esta es Marce, la putita mojigata de la oficina que se hacía la decente. Hoy le vamos a estrenar el culito virgen.
Los hombres soltaron risas groseras y comentarios asquerosos mientras me desnudaban. Me dejaron solo con los tacones y la tanga empapada. Arturo levantó mi falda y les mostró el plug.
— Miren nomás, ya viene preparada. Qué puta tan obediente.
Me arrodillé y empecé a chupar la verga gruesa de Arturo mientras les confesaba, con voz temblorosa al principio:
— Soy… la puta de Arturo… Me encanta su verga vieja y sucia… y quiero que todos ustedes me usen.
El Chato, un gordo calvo con bigote amarillento y panza enorme, fue el primero en estrenarme el culo. Escupió sobre mi ano y metió su verga gruesa sin piedad. El dolor se convirtió pronto en placer. Después de eso, no hubo descanso.
Me tiraron sobre una mesa vieja. El Chato me folló el ano mientras Don Pepe me penetraba el coño con su verga larga y curvada. Sentía las dos vergas frotándose dentro de mí, llenándome por completo. Luego cambiaron una y otra vez: Don Toño y El Profe, Arturo y El Ruso… Siempre con doble penetración brutal.
El Profe, con su verga ultra gruesa, me estiraba el ano como nunca. El Ruso fue el más salvaje. Mientras me follaba el culo con Arturo debajo de mí en mi coño, se burló cruelmente:
— ¡Joder, qué culo tan usado tienes ya! El Profe te dejó el ano tan abierto que casi no aprieta. Mira cómo entra y sale mi verga sin esfuerzo… Este ano ya es un puto cráter.
Me obligaron a lamer huevos sudados y anos peludos mientras me cogían. Me escupían, me cacheteaban y me humillaban sin parar. Yo ya no resistía:
— ¡Más duro! ¡Cójanme más fuerte! ¡Soy su puta anal! ¡Ábranme el culo!
Uno tras otro se corrieron dentro de mí: en mi coño, en mi ano y en mi boca. Mi ano quedó completamente abierto, rojo e hinchado, chorreando semen espeso.
Finalmente me pusieron de rodillas en el centro para el bukkake final. Formaron un círculo a mi alrededor. Con la cara ya manchada y la voz ronca, supliqué sin vergüenza:
— Por favor… dénme toda su leche sucia y olorosa… Quiero tragarla toda… Soy su receptáculo de semen… ¡Llérenme la cara y la boca de su corrida apestosa!
Uno por uno me cubrieron de semen espeso y caliente. El Chato, Don Pepe, El Güero, Don Toño, El Profe y El Ruso descargaron sobre mi cara, cabello, ojos y boca abierta. Tragué todo lo que pude, tosiendo y gimiendo de placer.
Cuando terminaron, Arturo me ordenó que limpiara todas sus vergas con la lengua. Me arrastré de rodillas, lamiendo cada verga, cada par de huevos sudados y cada prepucio sucio hasta dejarlos impecables.
Al final, con la cara completamente destruida y cubierta de semen, Arturo me levantó la barbilla con el pie y preguntó:
— ¿Qué eres ahora, Marce?
Sonreí como la puta en la que me había convertido y respondí con orgullo:
— Soy la puta de todos ustedes… Su ramera personal. Pueden usarme cuando, donde y como quieran.
Arturo sonrió satisfecho:
— Buen trabajo, zorra. Mañana quiero que vengas a la oficina con el plug en el culo, sin calzones y con el sabor de nuestra leche todavía en la boca. ¿Entendido?
— Sí, amo… — respondí, lamiéndome los labios cubiertos de semen —. Mañana seré una puta aún más obediente y sucia para todos ustedes.
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