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Hay una zorra en ti - completa (03)

Mario siempre tuvo la suerte de las mujeres, pero esa noche el destino decidió jugar una broma a su ego. Mientras su amigo se quedaba sin acción, una chica con mirada inteligente y boca sucia eligió al tímido, revelando que el deseo no siempre sigue las reglas del juego.

Abel Santos8.4K vistas9.1· 17 votos

A partir del lunes siguiente —después de reflexionar durante el fin de semana—, comencé una búsqueda que a la postre resultó infructuosa. Necesitaba encontrar a Laura, hablar con ella. Y, sobre todo, necesitaba pedirle perdón. Perdón especialmente por Mario, pero también por mí.

Yo le había presentado a mi amigo, aún a sabiendas de que era un mujeriego incorregible. Y le había dejado solo con ella. Porque, a pesar de la muchedumbre que llenaba la discoteca, una vez Mónica se pilló la cogorza y desapareció de su lado, Laura era un conejito vulnerable al que Mario dio caza sin dificultad.

Por otro lado, me había comportado como un mal amigo y un cobarde. Había presenciado las barbaridades que Mario la había obligado a hacer y no la había defendido. Cierto era que se trataba de una relación consentida. Pero, aun consintiendo, le había dicho que no a algunas cosas que Mario le pedía, y él había insistido hasta conseguirlas.

Mi pecado era no haber intervenido para que mi amigo aceptara su decisión.

La última frase que dijo antes de marcharse —«no soy una puta»— aún resonaba en mi cabeza. No entendía como le había reído la gracia al idiota de Mario cuando la había tachado de tal cosa.

Desde el inicio de mi búsqueda, intenté contactarla por el móvil y por redes sociales. Pero en todas partes me encontré con que me había bloqueado.

Tenía que verla en persona, no cabía otra.

Así que empecé por buscarla en su clase de primer curso. Algunas de sus amigas que ya me conocían me dijeron que hacía días que no aparecía por allí. Me devolvieron el interrogatorio y me preguntaron si yo sabía algo. A duras penas les pude dar esquinazo ante la presión a la que me sometieron.

Era una historia demasiado embarazosa como para ir contándola por ahí.

Cuando Laura apareció de nuevo —unos quince días después—, intenté acercarme para hablar con ella. Pero cada vez que lo hacía, mi amiga me daba esquinazo de las formas más sutiles. A veces, incluso, si nos cruzábamos por las calles del campus, ella se cambiaba de acera y apartaba la mirada.

Podía haber sido más inquisitivo, haberme puesto pesado para que se sentara conmigo en una cafetería, pero no quería cometer el mismo error que Mario y la dejaba marchar.

Mi último intento fue el autobús. Aquel viaje de media hora diaria que nos había unido en su momento. Pero ella cambió de horario. En vez de marcharse en el de las 21:00, comenzó a hacerlo en el de las 20:30. Incluso se perdía el final de algunas clases con tal de no cruzarse conmigo.

Finalmente me rendí.

Estaba claro que, ya fuera por vergüenza o por animadversión, Laura no quería saber nada de mí. Me costó un tiempo aceptarlo, pero casi sin darme cuenta dejé de buscarla, de asediarla, de intentar hablar con ella de cualquier manera.

Y el tiempo fue pasando y un buen día por la mañana, al levantarme, ya no pensaba en ella.

CONOCIENDO A LUCIA

La relación entre Mario y yo se enfrió de golpe. Si por aquellas fechas nos veíamos poco, a partir de ese día nos veíamos aún menos. Y en nuestros encuentros solo hablábamos de los estudios. Le pasaba los apuntes, me los agradecía y cada uno se iba por su lado.

Por supuesto, ya no salíamos de fiesta juntos. Y ya no me contaba sus éxitos con las chicas. Hablar de ello habría conseguido abrir la herida que luchaba por cerrar. De forma implícita, ninguno de los dos mencionó jamás lo que había ocurrido aquella noche. Nadie lo propuso, pero ambos tuvimos claro que lo que había pasado en el Flamingo, se quedaba en el Flamingo.

Para siempre.

Tanto se había enfriado nuestra relación, que al acabar el curso, como no teníamos la excusa de los apuntes y los exámenes, dejamos de vernos por completo.

Tras el verano, al inicio del último curso, pareció que Mario se encontraba dolido por la situación, y decidió cortar por lo sano.

—Tenemos que hablarlo —me dijo en la puerta de la clase antes de un examen—. Esto no puede seguir así.

Me mostré reticente. Y me costó más de dos semanas aceptarlo. Pero al final accedí a vernos en algún sitio neutral para hablar del tema.

Nos citamos en un pub al que no habíamos ido nunca, nos sentamos en una mesa lejos de potenciales curiosos y esperamos a que el camarero nos sirviera las cervezas para comenzar la charla.

Fue él el primero en hablar.

—Mira, Alex, ya sé que me porté como un cerdo, pero creo que lo que nos está pasando no puede continuar.

—Ah, ¿sí? —le dije—. ¿Y qué hacemos, lo olvidamos todo y ya está?

—No, ya sé que eso es imposible —concedió—, pero nuestra amistad debe estar por encima de todo.

—Así de fácil, ¿no? —me mostraba frío como un témpano, le iba a costar conquistarme de nuevo.

La verdad es que pensaba que aquella pantomima era una puñetera excusa. Que si quería que habláramos del tema era solo porque temía perder al compañero de estudios que le hacía la mitad del trabajo para sacarse la carrera.

Pero no era así. Me llevaría mucho entenderlo, pero aquella noche fue crucial para comenzar a hacerlo.

—Sí, Alex, no es fácil pero es lo que creo. Tú y yo éramos amigos antes de que apareciera esa chica. Y nuestra amistad no debería irse a la mierda por ella.

—«Esa chica» tiene un nombre —le reprendí.

—Claro, perdona, quería decir Laura…

—Pues eso…

Le dio un trago a su cerveza antes de continuar.

—Lo que ha pasado entre nosotros no es la primera vez que pasa. Siempre hay un amigo que se porta como un cerdo y le quita la chica a otro. Pero la amistad de dos tíos debe de estar por encima de todo eso.

Imaginé que aquel discurso lo habría sacado de alguna novela. Pero me gustaba escuchárselo decir mientras rogaba, así que le dejé proseguir.

—Soy un cabrón, ya lo sé. Pero sobre esta mesa te juro por mi vida que nunca más volverá a ocurrir algo semejante. Aunque para cumplirlo, necesito que hagas una cosa.

—¿Qué cosa?

¿Se había vuelto loco? ¿Me estaba echando en cara que yo tenía parte de la culpa?

—Necesito que me digas si una chica te gusta para que sepa que es sagrada y que no debo ni mirarla.

Supe por dónde iba y una culebrilla recorrió mi estómago.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste que estabas intentando empezar una relación con Laura? Si lo hubiera sabido, aquello nunca hubiera pasado.

No tenía respuesta para su pregunta. Reconocerle que era un cobarde y un blandengue me avergonzaba sobremanera. Así que bajé la mirada sin poder responder. Por otro lado, no me pasó desapercibido que Mario sabía que Laura y yo estábamos casi juntos. ¿Se lo habría dicho ella después de aquella noche? ¿Acaso es que seguían viéndose?

Descarté aquello, deseaba olvidarme del tema.

Aquella tarde hicimos las paces, y nuestra relación comenzó a remontar de nuevo. Pero en ningún momento me mencionó que él también conocía a Laura y que estaba intentando, igualmente, iniciar una relación con ella. Aunque en su caso era una relación de un par de polvos, muy en su estilo.

Por eso mi herida quedó semiabierta hasta que Laura la cerró una noche en que nos encontramos años después.

*

Una vez restaurada nuestra amistad, comenzamos a salir de copas como antaño. Al principio de vez en cuando y, con el tiempo, más a menudo. Y de tanto en tanto hasta echábamos un polvo juntos. A veces con dos chicas, pero en ocasiones especiales nos follábamos a la misma y al mismo tiempo.

Ese tipo de experiencias eran las que construían una amistad duradera. Y la nuestra se iba reforzando día tras día.

A los dos años de recomenzar nuestra amistad, sucedió un hecho que marcaría un hito en mi vida. A decir verdad, en la vida de ambos.

Por ese tiempo, Mario y yo ya trabajábamos en sendos bufetes de abogados. Yo como becario y él, por su mayor experiencia en el mercado laboral, como especialista de primer grado.

El evento de que os hablo sucedió en una noche de sábado. Ese día salimos a tomar las copas del finde. Habíamos trabajado por la mañana —los abogados disponemos de pocos fines de semana libres— y teníamos unas ganas de dormir con compañía que eran difíciles de disimular.

—Esta noche plantamos la bandera —decía Mario con voz beoda tras su quinta cerveza.

—¡Brindo por ello! —decía yo y le daba un trago a mi botella, menos beodo que él. Por aquel tiempo solía ser más previsor que mi amigo y a partir de la tercera botella pedía cerveza sin alcohol.

Alguien tenía que conducir el coche al final de la fiesta.

Sobre las dos de la mañana, nos encontrábamos sentados en dos banquetas junto a la barra de nuestro tercer pub. Mario se excusó para ir al baño y yo le pedí a la camarera —una mulata con dos enormes tetas que te apuntaban a los ojos— que nos pusiera otra ronda.

Miré el reloj. Mi amigo se estaba retrasando. Nunca había necesitado más de cinco minutos para mear cuando no había cola en el baño, como era el caso. Y ya llevaba quince.

Un instante después, llegó hasta mí y me dio un toque en el brazo, eufórico.

—Hostia, Alex, coge las botellas y sígueme, que he ligado…

No me extrañé en absoluto. Nuestros ligues solían comenzar así. Él por un lado y yo por otro, como en los buenos tiempos. Juntos no había forma de ligar. Y las ocasiones en que yo captaba a las chicas eran solo una de cada diez.

Seguí a Mario y en pocos segundos nos encontrábamos sentados a la mesa de dos chicas preciosas. La más guapa tenía un pelazo de ensueño, castaño con reflejos rubios. La otra era muy morena, con una cara pizpireta que atraía mucho, sobre todo cuando sonreía.

Iban vestidas muy recatadas, como si no quisieran atraer ligones. Con Mario no lo habían conseguido, al parecer.

Mario comenzó por las presentaciones, como buen anfitrión.

—Mirad, chicas, este es mi amigo Alex, el mejor abogado de Madrid. Alex, estas son Lucía y Marina.

—Lucy para los amigos —le corrigió la medio rubia.

Ambas me tendieron una mano, pero yo me lancé sobre ellas y les planté un par de besos a cada una. Era un truco que había aprendido de Mario: «el roce de pieles, cuanto antes mejor», solía decir.

Y la conversación comenzó a fluir con una soltura fruto de la experiencia de Mario, que estaba al quite para sacar un nuevo tema cuando el antiguo se enfriaba.

Resultó que Lucía —Lucy para los amigos— trabajaba en un salón de manicura. Marina, por su parte, era peluquera y estaba a punto de abrir su primera peluquería. Decía «primera» porque tenía planes para abrir de cinco para arriba.

—Vas a hacerte rica… —le peloteaba Mario para comerle la oreja.

—Por supuesto… —confirmaba ella—. Ya te invitaré al estreno de la sexta.

Era algo mayor que la medio rubia, y eso se notaba en su forma de explicarse, además de las pequeñas arrugas que le enmarcaban los ojos.

Yo miraba a las dos chicas y me preguntaba cuál de las dos me tocaría. Porque de eso se trataba cuando Mario y yo conocíamos a dos chicas nuevas. De elegir cada uno a una, y luego como en los toros: «que dios reparta suerte».

En realidad, casi siempre dejaba que él eligiera primero, y luego me quedaba con la que menos le gustara. Pero en este caso, ambas chicas eran muy del tipo de mi amigo, así que no conseguía adivinar cuál de las dos le gustaría más.

Tras un par de rondas, pagadas por turnos —ni locas se dejarían invitar, aseguraban—, por fin Mario entró a matar.

—¿Qué os parece si continuamos la fiesta en un sitio más tranquilo? —dijo como quien no quiere la cosa—. Por ejemplo, en mi casa… Tengo una colección de discos que lo podéis flipar. De vinilo, por supuesto. Esa porquería del streaming está acabando con la buena música.

Menudo piquito tenía Mario. Lo de los discos de vinilo era una excusa que solía calar entre las chicas más jóvenes. Pero estas dos eran más espabiladas que la media y, tras intercambiar una mirada, se echaron a reír.

—Ni de coña nos vamos a tu casa… —dijo la morena.

—¿Pero por qué? —preguntó Mario poniendo morritos de niño bueno.

—Pues por lo que tú ya sabes, guapetón… —intervino Lucía—. Porque vosotros lo que queréis es echarnos un polvo.

Las dos soltaron unas carcajadas que llamaron la atención a nuestro alrededor.

Yo me apoqué al oír la frase sin filtros. Aquellas chicas eran de las difíciles, esa noche no íbamos a mojar ni locos. Al menos no con ellas.

Pero Mario era mucho Mario, y siguió remando:

—Ah, ¿sí? —les dijo todo digno—. Vale… nosotros queremos echaros un polvo… ¿Y qué queréis vosotras? ¿Es que no queréis lo mismo? Ya os advierto que follarse a dos abogados da muchos puntos. Vais a poder presumir durante años con vuestras amigas.

Las chicas volvieron a mirarse y esta vez solo sonrieron. La medio rubia se encogió de hombros. Joder, estaban conversando con la mirada. Y parecía que la morena estaba por la labor.

—Vale, nos vamos a tu casa —soltó sin cortarse un pelo—. Pero antes pasamos por una farmacia y compráis condones. Que nosotras los veamos.

No me lo podía creer. Habían aceptado casi sin esfuerzo. Y hablaban de follar como quien habla del tiempo.

Tragué saliva nervioso, pero me atreví a preguntar.

—Condones tenemos en casa… —dije—. ¿Qué pasa? ¿Es que no os fiais de nosotros?

—Ni de coña —respondió Lucía—. Hay muchos que se hacen los despistados y luego, con el calentón, a follar a pelo… Cualquiera se fía… jajaja.

Me encantaba la forma de reír de la medio rubia, pero ya estaba convencido que sería la que se quedaría mi amigo.

—Vaya… —bromeó Mario—. Ya veo que sois todas unas expertas en el tema… Casi nos pilláis….

Se miraron las chicas y volvieron a reír.

¿Pero qué les pasaba a aquellas dos? Las muy descaradas no tenían pelos en la lengua. Y borrachas no parecían estar.

—No pasa nada —sentenció mi amigo—. Vamos a una farmacia y compro una caja de doce.

La morena le dio un toque en el brazo y soltó otra carcajada.

—Jajaja… muy macho pareces tú —reía como si no hubiera un mañana—. ¿Vas a llegar a doce? Ni sumando a los dos llegáis vosotros a tres o cuatro, vaquero…

Lucía le seguía la corriente y reía como una loca.

«Joder, hemos dado con unas chonis —me decía—. Estas se nos van a follar a nosotros, y no al revés. Nos van a dejar para el arrastre, ya verás…».

Más tarde, durante el trayecto en el coche, sabría que de chonis nada. Marina era licenciada en Filología Hispánica y tenía un doctorado en Sociología infantil. Lucía, por su parte, era Licenciada en Historia del Arte.

¡Joder con las chonis!

Cuando lo comentaron, supuse que era un farol y así se lo dije, pero ellas sacaron las fotos que solían enseñar a los ligues que no las creían. Eran fotos de su graduación y de la orla.

—Y ahora mira hacia adelante, guapetón —dijo la medio rubia—. Que te vas a chocar con una farola.

*

Una hora más tarde, nos encontrábamos en el salón de Mario, cada uno con un gin-tonic especialidad de mi amigo. La caja de condones había quedado sobre la mesita frente a los sofás, que nadie olvidara para qué estábamos allí.

Escuchábamos música romántica de los noventa y bailábamos de vez en cuando. Bailes siempre agarrados, con la intención de rozarnos, que ellas no rehuían.

Llegado el momento, Lucía dio el paso crucial.

—Bueno, es tarde… —dijo dejándose caer en un sillón y resoplando como si estuviera rota de cansancio—. Habrá que ir pensando en irse a la cama…

Mi polla comenzó a alzarse como si la estuvieran inflando con una bomba de aire. Se adivinaba polvo a la vista. O polvos, si la noche se mostraba propicia. Aunque faltaba lo principal: había que repartir las parejas. Y yo debía esperar, aún no sabía cuál de las dos sería la preferida de Mario.

—Vale —acepté yo la propuesta de la medio rubia para forzar la situación—. ¿Quién con quién?

Las chicas se miraron y ambas se encogieron de hombros. Parecía que les diera igual, aunque después se vería que no era así.

Se montaron dos cónclaves por separado. Ellas por un lado y nosotros por el otro.

—¿Cuál prefieres? —le pregunté a Mario.

—Pues ni idea… —repuso—. El caso es que las dos me gustan, y puedo acostarme con la que sea. Las dos son unos putones de cuidado. ¿No quieres elegir tú?

Esta última frase debieron de oírla las chicas, porque Marina saltó como un resorte.

—Ni hablar, aquí las que elegimos somos nosotras…

Mi amigo y yo estuvimos de acuerdo, qué remedio, y ellas se retiraron a deliberar.

—Vamos a la cocina, —dijo Lucía—. Aún no tenemos claro cómo repartirnos.

—¿Tan difícil lo tenéis? —pregunté curioso.

—Tu calla y espera —me sonrió Marina.

Salieron del salón y tardaron cinco minutos en reaparecer.

Las miramos con ojos de deseo. Era la hora de la verdad.

—¿Ya habéis elegido? —pregunté con voz estrangulada por el morbo—. Os está costando, ¿eh?

La que tomó la palabra fue la medio rubia.

—Pues ha ocurrido que no nos poníamos de acuerdo, así que lo hemos echado a suertes.

Mario y yo nos miramos y nos relamimos. Estábamos cachondos como nunca. Era la primera vez que nos tocaba esperar tanto hasta que se acordaran las parejas. Lo normal es que el reparto saliera de forma espontánea.

Por fin Lucía dictó sentencia:

—A mí me ha tocado con Alex y a Marina con Mario.

Di las gracias al Karma, porque me di cuenta de que era lo que había deseado toda la noche: que me tocara con la medio rubia.

La cara de Mario era un poema. Parecía que el resultado del sorteo no había sido de su agrado. Días más tarde me reconoció que le hubiera gustado partirle el coño a la que me había tocado a mí.

Y siempre sospeché que se guardó las ganas para tirársela si volvía a surgir la oportunidad. Por supuesto, no me equivocaba, conocía al cerdo de Mario como si lo hubiera parido. Pero pasaría algún tiempo hasta que mi sospecha se hizo realidad.

*

Ni corta ni perezosa, Lucía me agarró de una mano y tiró de mí. Antes había extraído seis condones de la caja de doce y los había mostrado a la otra pareja para que se viera que no hacía trampas.

—Vamos, guapetón, ¿sabes dónde está nuestro cuarto?

La dirigí hacia el dormitorio de invitados, donde me había tirado una media docena de ligues de Mario, y nos acostamos tras magrearnos sobre las sábanas durante más de media hora.

Aquella chica, aparte de ser un bombonazo, era una señora puta. Sabía hacer cosas con su boca contra la mía que yo ni había soñado. Mientras me besaba, me hizo una soberana paja que tuve que cortar acojonado para no correrme en los pantalones.

—¿Qué pasa? —me preguntó—. ¿No quieres correrte? ¿Es que eres de un solo disparo?

Me sentía manejado, y a mí me había gustado siempre llevar la voz cantante en la cama.

—No, preciosa —respondí arrogante—, es que quiero explotar toda mi pólvora dentro de tu cueva. Y te aviso que pienso dispararte de dos a tres veces antes de dejarte dormir.

—A ver si es verdad, pistolero…

Reíamos todas las ocurrencias y, tras quedarnos desnudos, nos metimos bajo las sábanas. Antes de que me diera cuenta, ya estaba dentro de ella, culeando contra su coño con las ansias acumuladas durante varias horas.

Aquella noche saltaron chispas en aquella cama. La chica era muy abierta en cuestiones de sexo y no se cortaba con nada, a excepción de una línea roja que me dejó clara desde el principio: «el culete ni se toca, ese agujero es sagrado», me dijo y yo lo acepté sin ningún problema.

Por la mañana estábamos ambos más cansados que al acostarnos.

Cuatro condones bien cargados adornaban el suelo de la habitación.

Propuse que nos ducháramos juntos y en el baño echamos el último polvo del día. Al final solo quedó un condón de nuestro lote. No estaba mal el resultado, sobre todo después de las burlas de Marina sobre nuestra hombría.

*

Más tarde, mientras desayunábamos, nos preguntábamos sonrientes cómo les habría ido la noche a Mario y Marina.

—¿Tú crees que habrán follado más veces que nosotros? —preguntó.

—Lo dudo… Hacía tiempo que no me extraían tanto jugo de las pelotas.

Reíamos con bromas lascivas, mientras tomábamos café y tostadas. Pero nuestra sonrisa se nos congeló en los labios al ver llegar a Marina. Iba vestida con el mismo atuendo de la noche, arrugado como un acordeón, y portaba en una mano una escueta manta de avión.

El pelo lo llevaba totalmente revuelto.

No tenía pinta de venir de la ducha.

—¿Tenéis un café muy cargado?

Mientras desayunaba, nos contó cómo había terminado su noche, la de ella con Mario, que no había sido tan apasionada como la nuestra.

—Tuvimos una discusión sobre lo que íbamos a hacer y no nos pusimos de acuerdo. Al final, reñimos y me fui al salón. Me dejó esa manta y he dormido en el sofá un par de horas. Estoy rota.

—Ay, pobre… —exclamó Lucía—. ¡Ya me parecía que la cosa iba a acabar mal! Venga, me visto en un minuto y nos vamos. Así te puedes duchar en casa y echarte una siesta antes de comer.

—Vale —respondió la morena—. Pero necesito pasar urgentemente por el baño. ¿Se ha levantado el señor ogro?

—No, aún no… —le aseguré—. Además, puedes ir al baño del pasillo. Él tiene el suyo propio.

Cuando nos quedamos solos, no pude evitar la pregunta a Lucía.

—¿Qué es eso de que sabías que la cosa iba a acabar mal?

Me acarició una mano.

—Pues eso, que sabía que esos dos no iban a congeniar. Son de carácter muy fuerte los dos, así que era más que probable que no se pusieran de acuerdo.

No conseguía entenderlo.

—Bueno, y si sabíais eso, ¿por qué no hicisteis las parejas al revés?

Le dio un sorbo a su café y luego me contó la historia de su negociación para hacer el reparto.

—A ver cómo te lo explico… —comenzó—. Cuando lo hablamos aquí en la cocina, resultó que eras tú quien nos gustaba a las dos.

Al oír aquello, mi ego se multiplicó por tres. Era la primera vez que descubría que Mario no era infalible. Que algunas chicas podían preferir a un tipo tímido como yo más que a un machirulo, por muy atractivo y piquito de oro que fuera.

Y descubrir aquello puede que me cambiara de por vida.

Al menos en mi relación con las mujeres.

—Pero no era cosa de hacer un trío por un lado —prosiguió— y dejar al dueño de la casa como un pasmarote, así que decidimos hacer el sorteo. Cuando salió lo que ya sabes, yo me temía que la cosa no iba a ir bien y le propuse a Marina que cambiáramos. Yo me acostaría con Mario y seguro que no pasaba nada, soy mucho más sumisa que ella en la cama. Pero su orgullo no le permitió aceptarlo.

Suspiré aliviado. Pasar la noche con Lucía había sido como un sueño. Y saber que el encuentro había estado a un milímetro de no suceder, me provocaba un hormigueo incómodo.

—Y al final tú y yo nos lo hemos pasado genial —dije sonriendo—, y ellos no se han comido un colín… ya veo…

—Mas o menos…

Nos quedamos en silencio acabando el desayuno.

—Y hablando de pasarlo genial… —rompió el mutismo Lucía con una frase cauta. Titubeaba, como si le costara soltarla—. ¿Te apetecería que nos… volviéramos a ver?

Me encantó que me lo pidiera. Yo estaba deseando pedírselo a ella, pero seguramente no me hubiera atrevido.

—Por mí encantado… —repuse ensanchando la sonrisa que exhibía en mi rostro desde primera hora—. ¿Nos pasamos los teléfonos?

Sentía ganas de dar saltos por la cocina, pero me obligué a contenerme.

—Sí, venga… —aceptó ella mordiéndose el labio.

Tomamos los móviles y nos hicimos una llamada para comenzar nuestra inminente relación.

Y no debió de ser un mal comienzo, porque seis años después nos casábamos, ella de blanco y yo de frac. En una iglesia antigua y con más de cien invitados.

Lucía y yo nos habíamos conocido en una noche «rara», pero estaba claro que el destino, el Karma, o lo que fuera, había predispuesto aquella noche para unirnos.

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Continuará...

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