<p>El día siguiente fuimos a la oficina y el día pasó inusualmente tranquilo. Ni una sola llamada requiriendo mis servicios, ni una visita lasciva de Sonia. Nada de nada. El ambiente se sentía cargado, como si todos supieran lo que se avecinaba. Cuando llegó la hora, uno tras otro los compañeros se fueron marchando, dejando la oficina en un silencio sepulcral que solo aumentaba mi nerviosismo.</p>
<p>Pablo y Ricardo cerraron toda la planta y bloquearon los ascensores. Habían invitado a dos compañeros más: Marcos, el joven musculoso del departamento de ventas, con sus brazos hinchados de gimnasio y una polla que ya había visto en fotos que circulaban por el grupo; y Luis, el contable gordo y sádico, conocido por su crueldad en las bromas pesadas y su verga gruesa y corta pero brutal. Emilio, el vecino, llegó puntual con su sonrisa lasciva y esa mirada que siempre prometía degradación.</p>
<p>Don Pablo, como buen anfitrión, nos “invitó” a pasar a la sala de reuniones, cerrando la puerta tras de sí cuando entré en último lugar. El clic de la cerradura sonó como una sentencia.</p>
<p>—Bien, me alegro que todos hayáis decidido venir —anunció don Pablo sin preámbulos, sin presentaciones. Todos sabían perfectamente por qué estábamos allí—. Primero vamos a preparar a la putita. A este cornudo le sobra todo ese vello. Quiero su cuerpo completamente depilado y suave para follárnoslo como se merece.</p>
<p>Me tumbaron boca arriba, desnudo por completo sobre la fría mesa de reuniones. El cristal helado contra mi espalda me hizo estremecer. Me abrieron las piernas obscenamente y las sujetaron con cables de ordenador improvisados a las patas de la mesa, dejando mi polla, mis huevos y mi ano totalmente expuestos. Sonia me sujetaba la cabeza tiernamente con ambas manos, acariciándome el pelo como si fuera un perro obediente, mientras los cinco hombres se colocaban alrededor como depredadores.</p>
<p>Emilio trajo la crema depilatoria y varias cuchillas nuevas. Don Pablo empezó por el pecho y el abdomen. El frío de la crema blanca al extenderse sobre mi piel contrastó con el ardor químico que vino después, quemando cada folículo. Ricardo y Marcos se encargaron de las axilas y las piernas. Sentía el raspado metálico de las cuchillas quitando pelo y dejando la piel enrojecida, sensible, casi en carne viva. Luis, con una sonrisa sádica, se ocupó de la zona genital. Me cubrió la polla, los huevos y todo el pubis con una capa gruesa de crema.</p>
<p>—Mira qué polla tan ridícula y pequeña tiene este maricón —se burlaba Luis mientras me raspaba con la cuchilla, tirando de mi escroto para tensarlo—. Apenas llega a los ocho centímetros dura. Patético. Y vamos a dejarle el culito y los huevos como los de una zorra de lujo, lisos, suaves y listos para que se los llenemos de leche.</p>
<p>Cada pasada de la cuchilla era deliberadamente lenta. Sentía cómo me quitaban la virilidad pelo a pelo. Mi polla se encogía de humillación bajo sus miradas y risas. Luis me levantó los huevos con dos dedos gordos y pasó la cuchilla por debajo, por el perineo, acercándose peligrosamente al ano.</p>
<p>—Esto va a quedar como un coñito depilado —comentó, y todos rieron.</p>
<p>Una vez terminado el frente, me giraron boca abajo sin piedad. Mis muñecas y tobillos quedaron atados de nuevo. Emilio me abrió las nalgas con fuerza, separándolas hasta el límite, exponiendo mi ano virgen ante todos.</p>
<p>—Mirad qué putito rosa —dijo Emilio.</p>
<p>Don Pablo aplicó crema directamente en el ano y el perineo. El picor y el ardor fueron inmediatos e intensos. Me retorcía instintivamente, pero las ataduras me mantenían inmóvil. Sentía la crema ardiendo dentro del agujero, quemando la piel delicada. Luego vinieron las cuchillas: pasadas cuidadosas pero firmes alrededor del esfínter, raspando cada pliegue, dejando la zona completamente lisa, hinchada y ultrasensible. El ardor era casi insoportable, pero mi polla traidora goteaba líquido preseminal sobre la mesa.</p>
<p>Cuando terminaron, me embadurnaron entero de aceite de bebé. Manos grandes y rudas extendieron el líquido por cada centímetro de mi cuerpo enrojecido e irritado. Mis nalgas brillaban, mi ano relucía rosado y expuesto, palpitando. Me bajaron de la mesa y me llevaron al salón principal.</p>
<p>Me pusieron a cuatro patas sobre la alfombra. Marcos fue el primero. Su mano grande y fuerte me sujetó del cuello, apretando lo justo para que sintiera la dominación mientras alineaba su polla gruesa, venosa y larga contra mi ano recién depilado.</p>
<p>—¡Aaaahhh! —gemí cuando me la metió de un empujón brutal, abriéndome de golpe hasta el fondo.</p>
<p>—¡Cállate, zorra! —gruñó Marcos, apretando más mi cuello—. Este culito está hecho para pollas de verdad. Siente cómo te abro entero, maricón. ¡Qué estrecho y caliente estás ahora sin pelo! Joder, parece que estoy follándome a una virgen depilada.</p>
<p>Cada embestida era profunda, salvaje y sin piedad. Su polla gruesa rozaba mi próstata hinchada con cada golpe, provocándome oleadas de placer humillante que me hacían gemir como una puta. Mis huevos depilados, suaves y lisos, se balanceaban y chocaban contra mis muslos recién afeitados. El aceite y mi propia excitación hacían que entrara y saliera con ruidos obscenos y húmedos. Sentía cada vena de su verga raspando las paredes internas de mi culo, dilatándome sin compasión.</p>
<p>Mientras tanto, don Pablo se sentó en el sofá y tiró de Sonia hacia él. La sentó sobre su verga venosa y gruesa, empalándola de golpe. Empezó a follarla con fuerza frente a mí, agarrándola de las tetazas grandes y pesadas, pellizcando sus pezones duros.</p>
<p>—Míralo, Sonia —decía don Pablo mientras la embestía salvajemente, haciendo que sus tetas rebotaran—. Tu cornudito depilado recibiendo verga de verdad mientras yo te reviento el coño. ¿Ves cómo le gusta?</p>
<p>Sonia gemía alto, mirándome con ojos llenos de lujuria y desprecio:</p>
<p>—¡Sí, don Pablo! ¡Fóllame fuerte! ¡Más profundo! Y tú, Juanjo, cornudo baboso, disfruta de esa polla en tu culito de puta mientras yo me corro con pollas de verdad. ¡Mírame! ¡Estoy empapada!</p>
<p>Luis se puso delante de mí, me agarró del pelo y me metió su polla gorda y corta hasta el fondo de la garganta, follándome la cara al ritmo de las embestidas de Marcos. Sentía sus huevos pesados golpeando mi barbilla depilada. Emilio y Ricardo miraban, masturbándose lentamente, disfrutando del espectáculo.</p>
<p>Después me llevaron a la cocina de la oficina. Me subieron sobre la encimera fría, boca abajo, con el culo en pompa y las piernas abiertas. Don Pablo se colocó detrás y me clavó su verga hasta el fondo de mi culo dilatado de un solo golpe brutal. El ardor de la piel depilada hacía que cada roce fuera mil veces más intenso, áspero y doloroso, aunque el aceite de bebé servía de lubricante resbaladizo.</p>
<p>—¡Qué culo más suave y resbaladizo, joder! —rugía don Pablo mientras me follaba con fuerza animal, sus caderas golpeando mis nalgas lisas y rojas—. Ya no eres un hombre, Juanjo. Eres nuestro agujero, nuestro cubo de lefa. ¡Mira cómo te brillan los huevos sin pelo, colgando como los de una puta barata!</p>
<p>Ricardo me sujetó fuerte del cuello con las dos manos, apretando mientras don Pablo me reventaba. Sentía la presión en la garganta, la cara enrojecida, la falta de oxígeno y mi próstata explotando de placer con cada embestida profunda que me hacía babear sobre la encimera. Al mismo tiempo, Marcos había sentado a Sonia sobre la mesa de la cocina y la estaba follando por delante, haciendo que sus tetas rebotaran violentamente.</p>
<p>—¡Más fuerte, Marcos! —gritaba Sonia entre gemidos—. ¡Quiero correrme mientras veo cómo follan a mi marido como la zorra que es!</p>
<p>La bajaron al piso y Emilio se unió, metiéndole su polla en la boca a Sonia, sujetándola del pelo con fuerza mientras la follaba la garganta. Los gemidos ahogados de mi mujer llenaban la cocina, orgasmo tras orgasmo, mientras don Pablo seguía destruyéndome el culo, sacando casi toda su verga y volviéndola a clavar hasta los huevos.</p>
<p>Me follaron por turnos en ambas zonas durante lo que parecieron horas. En el salón, Ricardo me seguía sujetando del cuello mientras me follaba con estocadas largas y brutales, y don Pablo follaba a Sonia justo al lado, obligándome a mirar cómo su coño tragaba esa polla enorme. En la cocina, Luis me follaba con fuerza sobre la encimera, su barriga gorda chocando contra mis nalgas suaves mientras Emilio y Marcos se turnaban para que se las mamara bien, metiéndomelas hasta la garganta, haciendo que vomitara hilos de saliva y preseminal.</p>
<p>Sentía cada polla diferente: la gruesa y venosa de Marcos abriéndome como nunca, la larga de don Pablo llegando a lugares que nadie había tocado, la gorda y corta de Luis presionando mi próstata sin parar, la de Emilio más curva que me rozaba en puntos nuevos. Mi ano estaba completamente dilatado, rojo, palpitante, chorreando aceite y fluidos. Mis huevos depilados estaban hinchados y sensibles, golpeando sin cesar.</p>
<p>Al final, todos se colocaron alrededor de mí. Me pusieron de rodillas en el suelo del salón, con la cara pegada a la alfombra y el culo en alto, expuesto y abierto. Uno tras otro se corrieron sobre mi espalda depilada:</p>
<p>Don Pablo fue el primero. Gruñó como un animal y descargó chorros espesos, calientes y abundantes que me caían desde la parte baja de la espalda hasta los hombros, escurriéndose por mis costados.</p>
<p>Marcos gruñó y añadió más lefa abundante, chorros potentes que cubrieron casi toda la zona lumbar, espesa y blanca.</p>
<p>Luis y Emilio se corrieron casi al mismo tiempo, dejando mi espalda completamente pintada de semen espeso, pegajoso y caliente que chorreaba por mis costados y mis nalgas suaves y depiladas.</p>
<p>Ricardo fue el último. Apuntó directamente a mi nuca y mi columna, soltando varios chorros largos que me bajaban por el cuello.</p>
<p>Sonia se acercó, pasó los dedos por mi espalda llena de semen, recogiendo una buena cantidad y me los metió en la boca sin piedad:</p>
<p>—Traga, cornudito. Prueba la leche de todos los machos que te han usado mientras yo me corría como una perra con sus pollas. Esto es lo que mereces, puta depilada.</p>
<p>Don Pablo me dio una última palmada fuerte en el culo depilado y brillante de sudor y semen, dejando una marca rojiza:</p>
<p>—Buen trabajo, putita. La semana que viene más y mejor… tengo nuevas ideas para ti, mamonazo. Quizás te traigamos algunos amigos más.</p>
<p>Quedé tirado en el suelo del salón, exhausto, con el cuerpo completamente en carne viva del roce de sus cuerpos, cubierto de semen espeso en la espalda, el ano rojo, hinchado y abierto palpitando, goteando restos de aceite y corrida. Mientras ellos salían a celebrarlo a algún antro del centro, don Pablo me tiró las llaves de la oficina.</p>
<p>—Recoge todo, y puedes ducharte en los vestuarios. Mañana es sábado. Iremos de compras —dijo guiñando un ojo, con una sonrisa perversa.</p>
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