Xtories

Enric, un hotel y más peligro

La puerta entreabierta, el cristal frío contra la espalda y el sonido de la tarjeta en la cerradura: el riesgo es el mejor afrodisíaco. ¿Qué pasa cuando la esposa sube justo cuando el placer alcanza su punto máximo?

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Después de aquel ardiente encuentro en el probador, los días pasaron con mensajes cada vez más intensos entre Enric y yo. La adrenalina de lo prohibido nos tenía atrapados en una red de deseo incontrolable.

Una tarde, mientras estaba en casa, recibí un mensaje suyo:

Enric: Hoy tengo un evento importante con mi esposa en un hotel del centro. Vamos a cenar con algunos socios, pero no dejo de pensar en ti. ¿Te atreverías a hacer algo realmente peligroso?

Mi corazón latió con fuerza. Sabía que cualquier cosa que propusiera sería una locura, pero justo eso lo hacía aún más irresistible.

Yo: Puede ser, si me animo... solo dime dónde y cuándo.

Enric: Piso 12. Habitación 2424. A las 21 p.m. Dejaré la puerta entreabierta.

Mi piel se erizó, mi coño se humedecio al leer esas palabras. Era un juego peligroso, pero la excitación de saber que su esposa estaría cerca solo encendía más mi deseo por hacerlo.

Me arreglé con un vestido rojo granate ajustado, unos tacones negros bastante altos y muy sexys y sin ropa interior. Sabía que la noche prometía, y no pensaba hacerla esperar. Salí de casa con el pulso acelerado y llegué al hotel con la sensación de que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría regreso.

Al entrar en el lujoso edificio, vi a lo lejos a Enric con su esposa y un grupo de personas en la zona del restaurante. Me mordí el labio, sabiendo que en pocos minutos él estaría cerca de mi hacieno al saber que cosas, esperaba de todo. Sin mirar atrás, tomé el ascensor y subí al piso 12.

La puerta de la habitación estaba entreabierta, como prometió. Empujé con suavidad y entré, cerrando tras de mí sin hacer ruido. La habitación estaba tenue, con la luz justa para ver la enorme cama de sábanas blancas y el gran ventanal que daba a la ciudad iluminada.

Escuché la puerta del baño abrirse y lo vi salir. Se había quitado el saco y la corbata, y sus ojos me devoraban con deseo.

—No sabes cuánto he pensado en esto —susurró al acercarse.

Me tomó de la cintura y me giró con fuerza, empujándome contra el cristal. La ciudad estaba a nuestros pies, y cualquiera en los edificios cercanos podría vernos si tan solo miraban bien. Esa idea me estremeció.

Sus manos se deslizaron por mis caderas, levantando el vestido, descubriendo mi piel desnuda. Su respiración era agitada cuando sus dedos rozaron mi humedad. Me estremecí de placer cuando comenzó a jugar con mi clítoris mientras su boca recorría mi cuello.

—Eres tan puta —susurró al oído, mordiéndome suavemente la oreja—. Mira lo mojada que estás, sabiendo que mi esposa está ahí abajo.

No pude evitar soltar un gemido.

De repente, su teléfono vibró sobre la mesa. Lo tomó y me miró con una sonrisa traviesa.

—Es ella —dijo, mostrándome la pantalla.

Esposa: ¿Dónde estás?

—Respóndele —ordenó Enric, dándome el móvil.

Mis manos temblaban por la excitación. Teclé lentamente:

Enric: Ahora voy, cariño. Estoy en el baño.

Le di el móvil y él lo dejó de nuevo en la mesa. Me giró con firmeza, haciéndome apoyar las manos contra el frío cristal.

—Tenemos cinco minutos antes de que sospeche —susurró, desabrochándose el pantalón.

Sentí la dureza de su miembro contra mi entrada, y no tuve que esperar mucho más. Se hundió en mí de una sola embestida, y tuve que morderme el labio para no gritar. La sensación de su dureza llenándome, la idea de que su esposa estaba a solo unos pisos de distancia, todo eso me llevó al borde del climax. Haciendome sentir como una verdadera puta.

Enric agarró mis caderas con fuerza y comenzó a moverse con rapidez. El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en la habitación mientras mis pequeños pechos se aplastaban contra el vidrio.

—Dios, me encanta lo apretada que estas —jadeó mientras aumentando el ritmo.

El placer era abrumador. No pude controlarme mucho más y mis gemidos empezaron a salir de mi boca como si estuvieramos solos.

Sus manos recorrieron mi cuerpo, una de ellas apretando mi garganta con suavidad mientras la otra se colaba entre mis piernas, estimulándome sin piedad. Sabía que no duraría mucho, no con toda esa excitación acumulada. Estaba llegando al orgasmo, le dije que estaba casi a punto.

Entonces, el teléfono vibró otra vez.

Esposa: Estoy subiendo.

Enric se congeló por un segundo, pero luego me miró con una sonrisa perversa.

—Entonces termina rápido —susurró.

Me cogió con más fuerza, acelerando sus embestidas. La sensación de peligro, la urgencia, todo me llevó al clímax en segundos. Me arqueé, sintiendo cómo mi cuerpo explotaba en un orgasmo demoledor. Un instante después, él gruñó con bastante intensidad pero algo bajito y se corrió dentro de mí, derramándose en mi interior mientras me apretaba contra el cristal.

Rápidamente, se apartó y me ayudó a alisar mi vestido mientras él se acomodaba el pantalón. Corrí al baño justo cuando escuchamos la tarjeta abrir la puerta.

—¿Dónde estabas? —preguntó su esposa, con un tono de leve sospecha.

—Aquí, descansando que me encontraba algo mal, pero ya estoy muy bien —respondió él con calma.

Desde la puerta entreabierta del baño, me miró y sonrió con malicia y perversidad. Sabía que esto no había acabado.

Y yo, jadeante y aún temblando de placer, tampoco quería que terminara.

Continuara...?