Romina, camino a la perversión 03
Sabe que no es lesbiana, pero su cuerpo traiciona su mente cada vez que Sofía la toca. En el silencio del auto, con el mundo pasando a su lado, la frontera entre el horror y el placer se desvanece, dejando solo la sumisión absoluta.
Mi mente era caos puro, lujuria, morbo… estaba completamente aturdida por lo perverso de la situación. Sentada sobre la falda de la mujer de mi papá, en el baño apestando horrores a mierda, removiendo mi culo sobre ella, haciendo que mi reciente cagada se embarre más en ella y en mi, cálida, inmunda, pegajosa, mientras su mano no paraba de masturbarme untada en esa misma mierda. Luego del tercer orgasmo había perdido la cuenta. Su otra mano torturaba mis tetitas, mis pezones hinchados se deshacían entre sus dedos y su boca no paraba de estimular mi cuello con mordidas y chupadas que solo paraban para lanzar un gemido o una grosería. Esa mujer respetable, bella, elegante, era ahora una bestia enferma de depravación y me sometía por completo, convirtiéndome en menos que un animal, menos que un juguete sexual de lo más degenerado. Perdí todo contacto con el mundo.
Desperté de madrugada, en plena oscuridad. Estaba en mi cama, desnuda. Limpia, pulcra, oliendo a suave perfume, con el cuerpo completamente agotado. Mi coñito ardía un poco, al tocarlo notaba mi clítoris inflamado, sensible, asomando despierto, como buscando más, anhelando más, pero el resto de mi cuerpo ya no podía, me sentía como si hubiera competido en una prueba de pentatlón sexual. Tenía vagos recuerdos de lo que había pasado luego de perderme en la deliciosa oscuridad de un orgasmo que me arrancó chorros de orina y babas de mi boca abierta, con un gesto que sin duda me mostraban inconciente. Sofía metiéndose conmigo en la ducha, besos cargados de degeneración perturbada, deliciosos. Yo diciéndole que no era lesbiana, que no me gustaban las mujeres mientras me arrancaba más gemidos de placer y ella diciéndome al oído que si lo era, que era una puta guarra pervertida, que era una morbosa sucia, una pajera, una perra para apalear, una mascota, una esclava sin voluntad, un retrete para recibir solo mierda y orina de mujeres y hombres de verdad. Yo me dejaba hacer, me limpiaba, me lavaba, me masturbaba, me degradaba y humillaba cada vez más. Tenía marcas en partes de mi cuerpo, me habia abofeteado, me había azotado, me había mordido. Me había violado quizás por horas y era lo más delicioso y maravilloso que me había pasado jamás. Me dormí otra vez, chorreando de excitación.
Por varios días no supe si aquello había pasado o no. Yo me mantenía en mis rutinas, desviando la mirada cada vez que me cruzaba a Sofía, hablando de cualquier cosa cuando me llevaba al instituto y mencionando tonterías cotidianas cuando regresábamos a casa. Ella lo disimulaba aún mejor, se comportaba de manera que me seguía haciendo dudar de si había pasado o no. Nada me indicaba que fuera una cerda fetichista enferma. Solo me trataba con más cuidado y ternura que de costumbre. Por supuesto yo no le decía “mamá”, ni ella “hija”o “bebé”, era el trato mas o menos distante de siempre. Durante casi tres semanas mi lujuria desapareció como si nada. Me convertí en una chica normal, hasta había empezado a hablar con algunas amigas de que me gustaba este o aquel chico. Pero a veces volvia a participar de esos juegos de ver porno con mis compañeros y compañeras del instituto, seguía actuando escandalizada y horrorizada o tal vez de verdad me escandalizaban ahora, me horrorizaban, me asqueaban. Y mis amigos me mostraban esas cosas que frente a lo que rondaba en mis recuerdos difuminados, eran una tontería inocente, putas rodeadas de pollas, dobles penetraciones, lesbianas besándose y chupando sus pezones, primeros planos de eyaculaciones abundantes… eran hasta aburridas, insulsas.
Curiosamente no escuché ni supe nada de mi papá y Sofía teniendo sexo por esos días. Habiamos tenido un par de fines de semana casi familiares, paseando, reuniones alegres con tios y primos, visitas a un centro comercial, una ida a la costa, cenas de pizza y refrescos. Cosas tan prosaicas que de alguna forma también me aturdían, me hacían sentir que algo raro estaba pasando.
Pero entonces un día, un viernes, Sofía fue a buscarme al colegio, muy temprano, a mitad de clases. Logró sacarme, no se con cuál excusa, sorprendiéndome, asustándome lo suficiente como para que yo no pensara en nada y fuera con ella de forma inocente. Pero ya en el auto, ante mis preguntas repetidas, contrastando mi palidez y nerviosismo con su actitud relajada y mirada intrigante, sonrió.
-Sabés Romi, bebé, mami te ha dejado varios días para que te relajes, para descansar, para que recuperes fuerzas en tu delicioso cuerpo de puta de mierda y para que se prepare tu mente de cerda pajera depravada. Ahora mami está caliente y necesita más, mucho más – me dijo con la voz ronca y con la expresión más cachonda y pervertida que hubiera visto jamás, dejándome casi en shock. Puso el auto en marcha y arrancó. Al mismo tiempo abrió sus piernas y subió su falda hasta su cintura, dejando ver sus deliciosos muslos, mostrando que no llevaba ropa interior y que su coño depilado chorreaba, formaba un charco impúdico en el asiento. Su camisa se había abierto un poco, ya que no estaba abotonada, mostrando sus tetas balanceándose debajo, sin sostén. Un intenso olor a sexo y orina inundó el auto y mientras conducía con una mano, llevó la otra a mi cabeza, me tomó del cabello con fuerza, mordiendo su labio y me forzó hasta su entrepierna, haciéndome gritar, mitad de dolor, mitad de sorpresa. Mi clítoris hinchado se estremeció, palpitando y rozando la suave tela de mis braguitas blancas de algodón, estimulándome y haciendo que me moje, que chorree casi en el acto, con mis pezones endurecidos como rocas – Hoy voy a usarte de nuevo, sin ninguna restricción, necesito a la puta de mierda que eres, sucia perra, cerda asquerosa – lanzaba entre gruñidos y gemidos, mientras apretaba mi cabeza contra su coño, forzándome a chuparla, cosa que apenas podía hacer, enloquecida por atrapar en mi boca y en mi lengua sus jugos. “no soy lesbiana” decía mi mente… pero si eres una puta de mierda, adicta a esto, me repetía luego… o lo decía Sofía? – Esta vez no voy a contenerme, pendeja, entendiste? – me dijo casi con rabia
-Si entendí – dije yo entre jadeos, notando como hilos de saliva y flujo quedaban entre mi rostro y su coño. Tiró con fuerza de mi cabello levantándome casi hasta su cara.
-Si mamá! – rugió, para luego escupirme en la cara, escupirme de nuevo cuando abrí un poco mi boca y una ultima vez directo en mi boca abierta.
-Si mamá – dije, con mi mente en blanco, dejando que solo la estimulación de su perversión extrema llenara todo mi ser, saboreando su escupida como la mas deliciosa de las humillaciones.
- Asi me gusta bebe, ahora abre la boca, mami quiere usarte como el puto retrete que eres.- Me llevó de nuevo hasta su entrepierna, retorciéndome de manera incomoda en la estrechéz del auto y antes que yo pudiera reaccionar, se acomodó, adelantó su pelvis abriendo más sus piernas y comenzó a mear, al principio un ligero chorro como agua cayendo sobre el asiento, encharcando todo, pero casi en seguida un chorro potente, amarrillo y apestoso que se estrelló en mi rostro y por fin llenó mi boca, dejándome tragar al menos una parte, mientras el resto empapó sus piernas, el asiento, mi cabello y parte de mi camisa, para terminar formando un abundante charco en el piso del auto. Un poderoso flash sacudió mi mente cuando me corrí como cerda ante la situación, apretando mis piernas, moviéndome entre convulsiones eléctricas, mi clítoris inflamado se estimuló hasta arrancarme un delicioso orgasmo que se prolongó unos segundos interminables hasta hacerme mear sin control, mientras me retorcía como una sucia rata para llegar a su coño y chuparlo, buscando más de su orina que ya no salía.
Finalmente pude acomodarme y llegar a su coño plenamente, lamiendo como poseída. Sentía que además de la orina chorreaba una baba pegajosa, intensa, su coño destilaba unos mocos blanquesinos de sabor intenso que me hicieron dar un vuelco de placer… “yo no soy lesbiana” pensaba, pero necesito mas de esta delicia.
– Asi, asi, bien, chupa el coño de mamá bebé. Las putas de mierda como tu solo sirven para esto, disfruta, que esa leche que sale es del degenerado de tu padre.– me dijo entre-dientes, jadeando, sin dejar de conducir y sin importarle que fuéramos a plena luz del día por una calle muy transitada, con una chica encima, con la cabeza entre sus piernas, dejando al aire mi culo con mis braguitas metidas, empapadas y su mano libre manoseándolo sin parar, apartando la tela para encontrar mi coñito palpitante. Pegué más mi boca a su encharcado coño, devorando sin parar todo lo que chorreaba, abundante, pegajoso, caliente, sucio. “No soy lesbiana” claro que no… soy una puta cerda.
No se en qué momento llegamos a casa, no se cómo llegamos, pero yo seguía deborandola, se había corrido, al menos tres veces, me habia llenado la boca con su corrida en cada ocasión. No paraba de decirme lo basura que era, de manera bestial, perversa, inhumana. Me lastimaba, me arañaba, me mordía. Azotaba mi culo, metia con furia sus dedos en mi coñito. Me había hecho correr junto con ella, tres veces. Saber que mucha, muchísima gente nos habría visto, me dio un condimento extra… “soy una puta cerda, exhibisionista… me gusta que todo el mundo sepa lo puta que soy” me decía mi mente, hundida en oscuridades asquerosas. Seguía chupando, buscaba más… buscaba hundirme en la suciedad y el morbo, buscaba mierda.
Tiró de nuevo de mi cabello, demasiado fuerte, me obligó a acomodarme en mi lugar, me escupió, me abofeteó, me insulto una y otra vez. Nada me pareció demasiado, quería más.
– Así puta de mierda, tranquila, que ahora mami está mejor, necesitaba a una basura como tu para mi coño. Te has portado bien, pero esto recién comienza. Ahora, no me vas a dar las gracias?.
-Si mamá, gracias, que rico – dije, con su mano en mi cuello, chorreando sus corridas y su orina, pegajosa, casi sofocada, dolorida. Deseaba desesperadamente masturbarme, meterme algo, ser usada, penetrada, follada, cogida, abusada… pero una bofetada me volvió a ubicar en el lugar, en el “aca y ahora”.
-Shhh, tranquila bebé. Dile a mami qué eres? – me dijo con una expresión atemorizante de perversión y dominio brutal.
-Soy… soy una puta mamá – dije, tratando de sonar sumisa, convencida de que era verdad. Me dio otra bofetada. Aullé un momento de dolor y sorpresa. Me miró expectante – soy una sucia puta de mierda, una basura, menos que un animal – dije, sintiendo que asi sometida, humillada, estaba a un paso de correrme otra vez. Me miró, sonrió y me dio un suave y tierno beso en los labios, dejándome confundida.
- Si lo eres bebé, eres mi sucia puta de mierda, una basura asquerosa y estoy segura que a tu padre le encantará tener una porquería como tu para usar, asi que prepárate.
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